La Transfiguración del Señor
6 de agosto de 2006

La homilía de Betania


1.- LA TRANSFIGURACIÓN

Por Javier Leoz

2.- JESÚS, MAL POLÍTICO

Por José Maruri, SJ.

3.- EL ESTADO DE GRACIA

Por Antonio Díaz Tortajada

4.- LA GLORIA DEL TABOR

Por Antonio García Moreno

5.- LA DIVINIDAD DE JESÚS SE HIZO PRESENTE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


UNA NOCHE DE VIVAC

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA TRANSFIGURACIÓN

Por Javier Leoz

1.- “Maestro; qué bien se está aquí” (Mc 9,2-10) Para sentir algo tan difícil como el bienestar interno y externo necesitamos buscar “Tabores” que nos conviertan en personas nuevas. Experiencias personales donde el traje de nuestra vida y de nuestras actitudes resplandezcan en un blanco deslumbrador por el secreto escondido que todos llevamos dentro: la presencia de Dios.

Sólo cuando seamos capaces de alejarnos del ruido, de correr y rasgar los velos que el mundo pone delante de nosotros, reconoceremos el papel que juega Jesús en nuestra existencia y lo que pretende de ella.

--Tabor son aquellas situaciones que Dios nos regala y donde, de una forma sorprendente, comprobamos que El camina junto a nosotros.

--Tabor es el monte idílico del que nunca quisiéramos descender para no enfrentarnos a las numerosas cruces que nos aguardan. Es la otra cara de la moneda: las dificultades de nuestra misión cristiana como paso previo a la Resurrección.

--Tabor es la claridad que nos hace ver, leer, escrutar y asombrarnos ante la huella de Dios por su Palabra y en sus Misterios

--Tabor es, ante todo, aquel momento que Dios nos brinda para adquirir la capacidad de comprensión y entendimiento: detrás de la humanidad de Jesús se descubre la grandeza y el poderío de Dios.

2.- ¡Hagamos miles de tiendas! Tres tiendas pretendía levantar Pedro movido por una atmósfera de paz y de éxtasis espiritual y miles de tiendas, quisiéramos construir muchos de nosotros, para vivir cosidos al Maestro permanentemente. Para que nuestra vida no tuviera resquicio de duda ni de pecado, de división ni de dificultades.

-Tres tiendas quería Pedro y vivir de espaldas al llano que le aguardaba, del martirio y de las complicaciones que le traería el ser discípulo de Jesús.

Otras tantas, que protegen y fortalecen la vida cristiana, podemos tener nosotros:

-Cuando vivimos con intensidad una eucaristía: nuestro interior resplandece a la luz de la Fe.

-Cuando, como penitentes, reconocemos que en el Sacramento de la Reconciliación se alcanza la paz consigo mismo y, sobre todo, con el mismo Dios.

-Cuando escuchamos la Palabra de Dios que nos propone caminos para ser hombres y mujeres enteramente nuevos.

-Cuando en las situaciones de cada día descubrimos que Jesús se transfigura en los pequeños detalles, en las grandes opciones que realizamos, en las cruces que abrazamos.

3.- ¡Hagamos miles de tiendas, Señor! No para estar ajenos a la realidad que nos produce hastío o cicatrices en el cuerpo, en el corazón o en el alma:

-Una tienda cuyo techo sea el cielo que nos habla de tu presencia Señor.

-Una tienda, sin puerta de entrada ni salida, para que siempre nos encuentres en vela, despiertos y contemplando tu realeza.

-Una tienda en la que todos aprendamos que la CRUZ es condición necesaria e insoslayable en la fidelidad cristiana.

-Una tienda que nos ayude a entender que aquí todos somos nómadas. Que no importa tanto el estar instalados cuanto estar siempre cayendo en la cuenta de que todo es fugaz y pasajero.

-Una tienda, Señor, que nos proteja de las inclemencias de los fracasos y tumbos de nuestra vida cristiana.

-Una tienda, Señor, que nos ayude a ESCUCHAR tu voz en el silencio del desierto.

-Una tienda, Señor, donde permanentemente sintamos cómo se mueve su débil estructura al soplo de tu voz: “Tú eres mi Hijo amado”.


2.- JESÚS, MAL POLÍTICO

Por José Maruri, SJ

1.- Jesús fue un malísimo político y así fue que no acabó el término de una legislatura parlamentaria. Le faltó un consejero de imagen, saber consensuar con propios y ajenos, hablar sin decir nada, decir medias verdades.

El Señor se empeña en llamar a las cosas por sus nombres y el que tenga oídos para oír que oiga sin más. Él admite que es el Mesías, o sea el único líder del único partido político posible en la mente de Dios, capaz de conducir a la humanidad entera a la vida, a la felicidad, a la igualdad de todos, a la fraternidad.

Hasta aquí, Pedro y los compañeros del próximo gobierno, recordarán que Juan y Santiago le piden sentarse uno a la derecha y otro, a la izquierda, es decir dos buenos escaños. Por eso Pedro a la pregunta del Señor. “Vosotros quién decís que soy yo”, contesta con entusiasmo: “Tu eres el Mesías…”, el Mesías de los escaños.

Pero el Señor quiere dejar bien claro que ese Mesías lo es a lo divino, que ese mismo Dios, que pide a Abrahán el sacrificio de su hijo, envía su Hijo como Mesías perseguido, acusado, detenido, juzgado, sentenciado a muerte y ejecutado, porque el mundo no tiene oídos para oír la Verdad de Dios.

Pero no va a ser sólo el líder del partido, es que todo el que quiera afiliarse acabará en la cruz como el líder. Tome su cruz y sígame.

Y esto de la cruz lo hemos almibarado tanto nosotros que ya no nos suena como sonaba en los oídos horrorizados de los discípulos. Nuestra cruz es objeto de veneración y hasta de adorno. Pero la cruz de la que habla el Señor corresponde a la horca, ese ángulo fatídico con el nudo corredizo bamboleándose en el vacío.

“Tome su cruz y sígame” significa: “tome su horca en que va ser ejecutado y sígame”. ¿Os figuráis esta cruz transformada en horca y Jesús bamboleándose en ella? Hasta blasfemia nos parece y sin embargo es lo que en tiempos de Jesús significaba.

Un político que habla así se queda sin votos y el primero que le retiró el voto fue san Pedro, que regaña al Señor como diciéndole: “con esa imagen nos quedamos solos y el Señor lo llama Satanás. Porque el jefe iba en serio con lo de la horca, es algo que no admite consenso, ni con propios, ni con la oposición.

2.- Y ahí está su esfuerzo –la Transfiguración-- por convencer a los suyos de que los designios de Dios sobre la muerte y la cruz es un principio de vida, que la cruz es el lugar de encuentro con Dios que es amor. Y por eso encontramos a Dios en la cruz dando por amor su vida por nosotros. El Señor de transfigura ante Pedro, Juan y Santiago…

Pero en medio de esa gloria, Moisés y Elías hablan de la muerte de Jesús en Jerusalén. ¿Por qué? Porque el Señor no trata de disimular las cosas. No trata de engatusar, sino de hacer comprender la verdad: que por la cruz se va a la vida.

3.- Ni Pedro, ni vosotros, ni yo, comprendemos nada… A Pedro le deja mal el Evangelio. Lo deja más bien de tonto, de hombre que no sabe lo que dice. Porque la conclusión que saca es que como se está tan bien allí que lo mejor es establecerse allí para siempre. No ha entendido nada de la lección, que es como Dios nos muestra su vida por nosotros. Así nuestro amor verdadero a Dios se mostrará en seguirle cada uno con nuestra cruz. Y en eso está la vida y la gloria.

* No sabemos lo que decimos cuando atribuimos las cosas penosas que nos pasan a un castigo de Dios. ¿Castigó Dios a su Hijo en la cruz?

* No sabemos lo que decimos cuando nos quejamos de estar solos, cuando Jesús no sólo ha andado nuestro mismo camino antes que nosotros, sino que lo vuelve a andar hombro con hombro con nosotros.

* No sabemos lo que decimos cuando nos quejamos amargamente por al muerte de un ser querido, cuando el Señor Jesús le precedió en la muerte y vuelve a morir con él en su misma muerte.

Y todo se nos va en decir lo que no sabemos, cuando Dios lo que nos recomienda hoy es “Escuchad”. No es decir sino oír.

Nuestro líder no nos pide nuestra opinión. Que es lo que tendemos todos: a darle nuestra opinión y enmendarle la plana, como Pedro. Nuestro líder nos pide oídos, porque nos está siempre hablando y sólo Él nos puede dar a comprender el misterio de la cruz y del amor. Y del amor en la cruz.

Y hablando a los corazones, el Señor se ha hecho un gran partido de seguidores a lo largo de los siglos. Al fin y al cabo, el Señor no es tan mal político.


3.- EL ESTADO DE GRACIA

Por Antonio Díaz Tortajada

1. Cada hombre instintivamente tiende hacia la felicidad. Sin embargo, a menudo, no sabe en qué consiste y la busca donde no está, ni puede estar. Con su transfiguración sobre el monte Tabor, Jesucristo indicó que la verdadera felicidad consiste en la unión con Dios. En esta unión el ser humano cambia, se transfigura. En su alma entra una inexpresable paz, armonía y alegría; su mente se ilumina y todas las capacidades humanas reciben su máxima revelación; el alma se llena de luz Divina y se torna semejante a Dios. El Reino de Dios entra en el hombre,

La transfiguración de Cristo fue la más alta revelación del estado de Gracia: Del Reino de Dios que vino con fuerza. En el monte Tabor brilló no la luz física, sino la luz de la naturaleza divina de Cristo, hasta entonces escondida bajo su cuerpo humano. El milagro consistía en que de los ojos de los apóstoles cayó el velo que ocultaba de ellos el mundo espiritual y vieron a Cristo en su gloria divina. Entonces sus corazones se llenaron de tal gozo, que no habían experimentado nunca hasta este momento.

2. Después de llegada de Espíritu Santo sobre los apóstoles y hasta nuestros días, muchos cristianos, en particular los santos, han comulgado con el milagro de Tabor y fueron dignos de ver los destellos de la luz divina. Estos momentos de su vida para ellos eran inolvidables y de mayor felicidad. Pero la luz divina no es limitada solo a algunos elegidos. Entra en cada cristiano en el momento de su bautismo y misteriosamente permanece en él. Aumenta a medida del perfeccionamiento cristiano y su acercamiento a Dios.

Para que el hombre no se torne perezoso y orgulloso, no se le otorga toda la alegría de sentir la unión con Dios. Creemos que después de este mundo temporal comenzará la vida eterna, cuando "los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre"

3. El evangelista Marcos relata la Transfiguración de Jesucristo sobre el monte Tabor, cuando su aspecto exterior cambió y se hizo luminoso. La transfiguración aconteció seis días después que el Salvador predijo sus sufrimientos en la cruz. La crucifixión siguió unos cuarenta días después.

El Salvador llevó consigo no a todos sus discípulos, sino solo a tres: Pedro, Santiago y Juan, dejando al resto de ellos a la base del monte. La subida al monte era fatigosa, y por eso, los apóstoles, que acompañaban a Cristo, se recostaron para descansar y se durmieron. El Salvador comenzó a orar y durante la oración su aspecto externo cambió. Su rostro se iluminó como el sol y su vestimenta se hizo blanca como la luz. Por la fuerte luz, los apóstoles se despertaron y vieron a su maestro en su gloria celestial del Hijo de Dios. Su divinidad resplandecía a través del cuerpo y los vestidos.

Con sorpresa, mirando a Cristo, los apóstoles vieron al lado de Él a dos personajes desconocidos, que luego se aclaró que eran los antiguos profetas Moisés y Elías, que vinieron a Cristo desde el mundo invisible. ¿Por que vinieron justamente estos profetas?, los evangelistas no lo explican.

Se puede suponer, que para los apóstoles y para todo el pueblo hebreo la aparición de los dos más importantes hombres justos del Antiguo Testamento era el testimonio de la dignidad divina de Cristo. En primer termino, hasta este momento, entre el pueblo simple se hablaba que Jesucristo es el profeta Elías o algún otro profeta resucitado. La aparición de Moisés y Elías mostraba la incongruencia de esta opinión popular. En realidad, los profetas aparecidos hablaban con Cristo justamente como con Mesías, el Hijo de Dios.

Además, como muchos judíos acusaban a Cristo de quebrar la ley de Moisés y de blasfemia — como si Él, sin ningún derecho, se apropiaba del nombre de Hijo de Dios, –– entonces la aparición de dos mas celosos defensores de la gloria de Dios, debía convencer a todos que Cristo es, en realidad, el prometido Mesías y que todos sus afirmaciones eran verdad.

4. La conversación de los profetas Moisés y Elías con Cristo debía dar fuerzas a los apóstoles y fortalecer su fe en Cristo ante futuros sufrimientos en la cruz del Salvador. En realidad, los apóstoles tomaban los sufrimientos de su maestro, como su humillación y oprobio, en cambio, los profetas los llamaban "gloria," que Él va a revelar en Jerusalén. Y antes de su crucifixión el Salvador miraba a la futura humillación y muerte vergonzosa como el comienzo de la glorificación de su Padre y de si mismo, como Salvador de la humanidad, diciendo: "Padre, la hora ha llegado; glorifica a Tu Hijo, para que también Tu Hijo glorifique a Ti".

El estado especialmente de gloria que experimentaron los apóstoles durante la transfiguración del Salvador lo expresó el apóstol Pedro diciendo: “¡Qué bien se está aquí!” Alegrado por la visión divina, Pedro deseaba que continuara, si es posible, para siempre. Con esto Pedro propuso a Cristo de hacer tres chozas ahí mismo sobre la cima del monte.

Los evangelistas relatan, que este momento a todos que se encontraban sobre el monte, los cubrió una nube luminosa, que indicaba la presencia de Dios Padre. Y desde la nube se escuchó voz misteriosa, tal como en el Bautismo de Cristo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” Y agrega: “Escuchadle”."

Estas últimas palabras debían recordar a los apóstoles la antigua profecía de Moisés sobre el gran profeta que vendrá para anunciar la voluntad Divina. "Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que El hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta". Así, aquí, sobre el monte Tabor, años después, con el testimonio de Dios-Padre, se afirmó la profecía de Moisés sobre el Mesías como el profeta más grande.

Al escuchar la voz, que salía de la nube, los discípulos asustados cayeron a la tierra. Aquí, sobre el monte, todo resultó para ellos extraordinario: La soledad y altura del lugar, el profundo silencio de la naturaleza, la aparición de antiguos profetas, la fuerte luz, la misteriosa nube, y al final, la voz del mismo Dios Padre.

5. Cuando comenzaron el descenso del monte, Jesús prohibió a los apóstoles de contar a nadie lo que pasó sobre el monte, hasta Su resurrección de los muertos. El Señor se transfiguró para asegurar completamente a sus apostolados de confianza, que El es realmente el Mesías. Pero para la amplia masa hebrea relatar la transfiguración era demasiado temprano. Despertaría en ellos una imagen real de Mesías como un poderoso rey-conquistador. Mas adelante, uno de los testigos de este acontecimiento milagroso, el apóstol Pedro, recordaba esto como un hecho indudable y lo mencionaba como demostración de la naturaleza divina de Cristo.

Jesús superó con creces la grandeza de los personajes del Antiguo Testamento, aunque Él lo hace mediante la entrega y el servicio que le llevara a la Cruz. Se acredita como el ensalzado humillado.


4.- LA GLORIA DEL TABOR

Por Antonio García Moreno

1.- “Seguía yo mirando en la visión nocturna…” (Dn 7, 13) Nos refiere el profeta Daniel que en el año primero de Baltasar tuvo un sueño, que luego puso por escrito. Habla de cuatro terribles fieras que hacían grandes daños. También contempló a un anciano, sentado en un trono radiante ante el que servían millares de millares, y millones de millones. Las bestias fueron aniquiladas y arrojadas al fuego. Se habla también de los libros que fueron abiertos ante el tribunal. Son alusiones al triunfo de Dios y del juicio universal.

En este encuadre aparece en medio de la noche la visión del Hijo del hombre que llega sobre las nubes del cielo y es presentado ante el trono. El Anciano de muchos días lo recibe y le entrega “el señorío, la gloria y el imperio”. Ante él se postrarán todos los pueblos. Estas visiones son augurios sobre la figura de Jesucristo que, en más de una ocasión, alude a su condición de Hijo del hombre. Un título cristológico de gran riqueza teológica, que Jesús no duda en aplicarlo a sí mismo. De esa forma anunciaba su condición mesiánica. El mismo Jesús dirá que se la ha da todo poder en el Cielo. Por otro lado este título expresa la doble naturaleza divina y humana de Cristo, siendo hombre y Dios al mismo tiempo, hijo de Santa María y de Dios padre. El Verbo eterno hecho carne efímera.

2.- “…Como quienes han sido testigos oculares de su majestad” (2 P 1, 16) Pedro era consciente de la misión que Cristo le encomendó. Llevaba clavada en el alma aquella escena a la orilla del lago, cuando Jesús le pregunta dos veces si le ama y una si le quiere. Parecía que Jesús dudase de su amor y entrega. Era un recuerdo doloroso, pero al mismo tiempo gozoso. Era cierto que él había renegado de Cristo, pero fue perdonado y, además, recuperó la primacía del Colegio apostólico... Pasaron varios años, la Iglesia estaba ya implantada y en una fase de crecimiento. Habían surgido las primeras desviaciones, aquellos primeros brotes de teorías extrañas de interpretaciones desviadas, poniendo en duda diversas cuestiones. El que había sido elegido como piedra de fundamento, para la solidez del edificio de la Iglesia, actuará con fortaleza y hablará con claridad.

En efecto, Pedro afirma con energía que cuanto se narra en el Evangelio no es producto de fábulas o invenciones humanas. El contempló en el Tabor el esplendor deslumbrante del rostro de Cristo. Escuchó la voz del Padre aquellas palabras que nunca olvidaría y que le van a fortalecer siempre en el amor a Cristo, también cuando le llegue su personal pasión y muerte, cuando sea encarcelado y venga el momento en que, como le dijo el Señor otro le llevará donde no quiera, atadas las manos para ser crucificado boca abajo en el Gianícolo... Muy cerca, en la colina vaticana, le sepultaron y, desde entonces, su sepulcro ha sido el centro de la Iglesia católica y romana.

3.- "... y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos" (Mc 9, 2) El Tabor se alza en la llanura de Galilea con menos de quinientos metros desde su base. Es uno de los recuerdos gratos y emocionantes del peregrinaje a Tierra Santa. Grato por la amplía y sugerente panorámica que se divisa desde la cima, y recuerdo emocionante por el riesgo de subir y bajar por esos taxis, cuyo conductores árabes son tan buenos peritos al volante, como audaces y osados al tomar las curvas...

En la altura y la soledad hay silencio, un aire limpio y un sol claro. Hay, sobre todo, una atmósfera de cercanía e intimidad con Dios. Allí se palpa y se ve la grandiosidad y la belleza del Señor. Que bien se está aquí, piensa más de uno... Silencio, soledad, amplio horizonte, aire puro, circunstancias que podemos buscar y encontrar en nuestros campos y bosques, junto a nuestras riberas y orillas. Paz en el alma, donde casi se nota el roce de Dios. Basta con callar y mirar, sobre todo hacia dentro... Madre mía, gracias, por mostrarnos de vez en cuando un retazo de la gloria del Tabor...


5.- LA DIVINIDAD DE JESÚS SE HIZO PRESENTE

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Este domingo la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor Se interrumpe el relato de los domingos del Tiempo Ordinario y así nos correspondería el decimoctavo, con todo su contenido litúrgico. La Transfiguración es una gran fiesta y este hecho –su reflejo evangélico—está presente en los “tiempos fuertes” de Cuaresma y Pascua. En este ciclo del Tiempo B. leemos a San Marcos.

Fue la Transfiguración algo muy extraordinario, dirigido a incrementar la fe de los Apóstoles y que sirvió para confirmarles la divinidad del Señor Jesús. Es verdad que los seguidores de Cristo no fueron capaces de ver lo magnifico de aquel hecho y solo a Pedro, con su capacidad de inmediata iniciativa, se le ocurrió construir tres chamizos para perpetuar la presencia en la tierra de la Gloria de Jesús, acompañado de Moisés y Elías. Después de la Ascensión del Señor este hecho se admitió como portentoso y es, sin duda, una de las celebraciones más antiguas de la Iglesia. Leemos hoy la Segunda Carta de San Pedro donde él mismo hace memoria histórica de aquel sucedido.

2. - La enseñanza que nos da a nosotros, ya transcurridos unos años del Tercer Milenio, es idéntica a la que Jesús pretendía que recibieran Pedro, Santiago y Juan. Tenían que saber que Cristo era Dios y que tenía poder sobre el tiempo, el espacio, los cuerpos, la vida y la muerte. Pero, además, Cristo recibe una vez mas el beneplácito del Padre al oírse desde el interior de la nube de gloria: "Este es mi, el amado, mi predilecto. Escuchadlo". Así lo refiere el Evangelio de Mateo que se lee en este ciclo A. Por un lado es la confirmación de la misión del Hijo en presencia de la Trinidad y por otra se trata de una aproximación al tiempo futuro: cuando todos los cuerpos estén glorificados y la muerte haya perdido su aguijón. Y esas enseñanzas siguen vigentes.

3. - En nuestro tiempo hay un afloramiento excesivo de lo mágico o de lo esotérico, en contraposición al racionalismo que impregnó la vida humana a partir de la Ilustración. Lo "mágico" ha supuesto un retroceso y la misma Iglesia sin negar, ni atenuar, ninguno de los hechos portentosos que aparecen en las Escrituras no entra en la sublimación mágica de las mismas. En realidad, cada cristiano debe tomar estas cosas con alegría y humildad. Alegría porque muestran la magnificencia futura de nuestros cuerpos resucitados y glorificados. Y humildad ante lo difícil que resulta, racionalmente, admitir este hecho cierto. Lo demás, lo mágico, poco importa.

El Reino de Cristo vive en este mundo, pero no es de él. Transciende hacia lo espiritual y lo eterno. Y en esa dimensión --que queda fuera de la historia, del tiempo y del espacio-- tienen que acontecer grandes maravillas. No podemos cerrarnos a lo que contendrá ese ya aludido mundo futuro. Pero no debemos convertirlo en una fábula. Está ahí y es nuestra esperanza. Y como tal hemos de esperarlo y respetarlo. La Transfiguración es pues una muestra del poder de Dios y, también, de su misericordia, porque un día nosotros nos veremos con los cuerpos y los semblantes radiantes en conversación con Jesús Glorificado y todos sus santos.

4. - La Profecía de Daniel nos va a recordar al Apocalipsis de Juan, en la que el Apóstol se inspiró. Pero narra igualmente la grandeza del presente de Dios, vislumbrado por los hombres. Juan también fue testigo del milagro del Monte Tabor. Es el resplandor del Hijo en presencia del Padre y para que lo vean los discípulos. Saquemos de esta fiesta –que se instituyó en el siglo VI por la dedicación de una basílica en ese monte de Palestina—una clara idea de que Dios tiene gloria y quiere mostrarla. No es un Dios solitario, lejano, mágico, difícil. Es un Padre amante que, en muchas ocasiones, refuerza la fe de sus hijos con prodigios.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN

UNA NOCHE DE VIVAC

Por Pedrojosé Ynaraja

Yo no sé si sabéis lo que es, mis queridos jóvenes lectores, pasar una noche al raso por pura aventura, por deporte. Cuesta dormirse, pues, el imponente espectáculo de las estrellas rutilantes descansa y divierte el ánimo. Se despierta uno pronto, cuando los primeros rayos de sol, rasgan el horizonte. No se descansa demasiado, pero es una experiencia inolvidable. Los que lo hayáis practicado, me daréis la razón. Seguramente esto pensaban los más íntimos amigos de Jesús, aquellos tres hombres tan diferentes, pero que tenían el común deseo de acompañarle fuera donde fuese. (Pedro, hombre mayor, nunca quiso claudicar de la vida y sentirse viejo. Juan, uno de los “hijos del trueno” era el benjamín del grupo, despierto de ánimo él y discurriendo siempre el mensaje que el Maestro pretendía trasmitir). La escena con mucha probabilidad ocurriría en otoño, se trataba seguramente de las fiestas del sukot, cuando los israelitas, recordando los tiempos del Sinaí, pasaban unos días en el campo, en cabañas improvisadas. Ellos, se deduce por la narración, decidieron, pues, hacer vivac. El evangelio no nos dice qué montaña habían escogido para su excursión, pero el contexto y la tradición, señalan, casi unánimemente, que se trataba del Tabor. Es una montañita singular, plantada con gracia en medio de la gran llanura de Esdrelón, el granero de aquel país. Desde cualquier ángulo que se adentre uno en esta planicie, distingue siempre la “montaña santa” inconfundible. Forma como el lomo de un jumento, que eleva suavemente el lado Este. Aún hoy en día, muchos jóvenes que disponen de tiempo, les gusta subirlo a pie. No debe ser pesado el hacerlo, pues, desde los campos de cultivo a su pie, hasta la cima alargada, no hay más de 400 m. de altura.

Se inició el sueño de los amigos y, en esta ocasión, no fue el amanecer el que los despertó, fue otra luz intensa, pero no hiriente. Fue la gran sorpresa. Maravillados, vieron al Señor acompañado por Moisés y Elías. Nos dice el escritor sagrado que eran figuras luminosas y limpias. Pedro, aunque fuera viejo, su estado anímico era joven y emprendedor, y no se contentó con mirar la escena pasivamente. Propuso levantar rápidamente tres chozas, como era cosa normal hacer aquellos días y lo menos que se podía ofrecer a tales huéspedes. El Padre Eterno con seguridad sonreiría. Observaría desde el Cielo la escena y se sentiría complacido. Se cubrió con una nube y les habló. Quería que supieran, dentro de lo que les era posible entender, quien era su amigo y compañero de fatigas. Era evidente que si tales eran los interlocutores, Jesús debía ser hombre importante en la historia de Israel. No hubieran bajado para hablar con un espontáneo entrometido. Esto lo tenían claro. El Padre añadió: era nada más y nada menos que su Hijo predilecto. Proclamada la buena nueva, hizo mutis por el foro, como se decía antiguamente en los guiones teatrales.

Quedaron aturdidos. Algo importante se les había anunciado. Todavía no eran capaces de asimilarlo. Pronto empezaron a descender en silencio. Nueva sorpresa, Jesús les habla de su resurrección, implícitamente de su muerte. Demasiadas cosas para un solo día. Pero, a veces, es suficiente conservar el recuerdo de un impacto. Y ellos no lo olvidaron. Aunque, para su vergüenza, durante la pasión no quisieron, o no pudieron acordarse.

Tal vez el Señor le pareciera suficiente que vivieran tal experiencia y, en el futuro, nos la explicasen. Y nosotros pensándola y pensando lo que aconteció posteriormente, aprendiéramos a sorprendernos sin temer, ni pasar de largo en los momentos importantes. Aprendiéramos de Pedro a ofrecer nuestra colaboración. Escucháramos a Dios, aunque no entendiéramos del todo lo que nos dijese. Y que supiéramos que a la gloria le puede suceder, la prueba, el dolor y la derrota aparente, para que finalmente triunfa la resurrección.

En la cima del Tabor, hoy en día se eleva una preciosa basílica. Al atardecer, el sol se escurre por la puerta se adentra por la nave y choca en el ábside, que lo entrega a su vez al altar. Si en aquel momento un sacerdote celebra misa allí, la iluminación trasforma el ámbito y uno cree asistir a una nueva Transfiguración. Pero, al emprender la marcha, a la izquierda del camino, una ermita recuerda que por allí el Señor, les anunció que resucitaría de entre los muertos. Por tanto que le tocaría morir. Como a nosotros.