La sección de Reportajes, hoy, esta dedicada a la Virgen del Carmen. Pero junto a los textos sobre Maria conservamos en esta misma página, el resumen que dimos de la visita del Papa a Valencia.


En la Festividad de la Virgen del Carmen

Este año coincide la celebración del Domingo XV del Tiempo Ordinario con la Festividad de la Virgen del Carmen. Y como se sabe prevalece la celebración del domingo. No obstante hemos querido dedicar la sección de reportaje a esta advocación de Maria de tanto seguimiento devocional en España e Iberoamérica. Añadir que los datos del presente texto los hemos obtenido de la página “El Ángel de la web”

EL ORIGEN

La advocación a la Virgen del Carmen se inicia en el siglo XII en tierras de Palestina. El Monte Carmelo está presente en varios episodios significativos del Antiguo Testamento. Se ensalza siempre su belleza y en el se refugio Elías para defender la pureza de la fe en el único Dios. Ya, en nuestra era, en el Siglo XII, unos ermitaños se instalaron en aquel Monte. De ese monasterio nació una orden religiosa amparada en la regla monástica que les había dado Alberto, patriarca de Jerusalén y que sería aprobada, después, por el Papa Honorio III. Esta familia religiosa dio a la Virgen el patrocinio de sus trabajos y meditaciones. Y a partir de ahí el culto a la Virgen del Carmelo –o del Carmen— extendió por toda la cristiandad

En la Biblia encontramos diferentes pasajes que nos hablan del Monte Carmelo, considerado siempre bello, incluso sirvió como piropo en el Cantar de los Cantares: "Tu cabeza es como el Carmelo, de púrpura tu melena ..." (Cantar 7, 6-7) el autor del Cantar de los Cantares compara la melena de aquella chica que le dedica el piropo con el Carmelo, ya que en toda esta montaña abunda la vegetación. Precisamente allí, hay el santuario que dio origen a esta devoción: el Santuario de la Virgen del Carmelo (o del Carmen). ¿Pero cuáles fueron sus inicios?

Una de las citas bíblicas importantes es la que encontramos en el capítulo 18 del Primer Libro de los Reyes de la Biblia. Allí se nos dice que las gentes de aquellas tierras de Haifa adoraban en su amplia mayoría al dios pagano Baal. El profeta Elías, que predicaba los mensajes del Señor, sin recibir demasiadas respuestas de los habitantes, les propuso que organizaran conjuntamente un sacrificio a la ladera del Monte Carmelo, cada uno rogando a su respectivo Dios, para invocar la lluvia, ya que habían estado 3 años de sequía. En primer lugar lo hicieron los partidarios de Baal, sacrificando un novillo en medio de oraciones, pero no obtuvieron respuesta. Inmediatamente Elías y sus pequeños seguidores cogieron otro novillo y al cabo de pocos instantes cayó fuego sobre el altar y sonaron grandes truenos. Elías invitó a uno de sus seguidores para que subiera a la cima de la montaña y desde allí éste le dijo: "Una nube pequeña como la palma de la mano de un hombre sube del mar"

De pronto, el cielo se oscureció con nubes y viento, y cayó una lluvia abundante. Cabe decir que algunos religiosos carmelitas y escritores del siglo XIV vieron en la mencionada nubecilla la presencia de la Virgen, pero... esto no deja ser una bella leyenda devocional sin fundamento, ya que faltaban unos 900 años para que María naciera. A pesar de ello, si que nos sirve la simpática "nubecilla" para ver en ella, un símbolo de la Virgen María, una auténtica nube que nos sacia en los momentos que más necesitamos. También en este texto simbolizamos a María que nos hizo llover al mismísimo Jesucristo, por eso, la liturgia de las Horas de la fiesta del Carmen, empieza con esta invocación: "Al Señor de la gloria, admirable en la nube del Carmelo, venid adorémosle".

El Carmelo era sin duda, el monte donde numerosos profetas rindieron culto a Dios. Los principales fueron Elías y su discípulo Eliseo, pero existían también diferentes personas que se retiraban en las cuevas de la montaña para seguir una vida eremítica. Esta forma de oración, de penitencia y de austeridad fue continuada siglos más tarde, concretamente en el III y IV, por hombres cristianos que siguieron el modelo de Jesucristo y que de alguna forma tuvieron al mismo profeta Elías como patrón situándose en el valle llamado Wadi-es-Siah.

A mediados del siglo XII, un grupo de devotos de Tierra Santa procedentes de Occidente -algunos creen que venían de Italia-, decidieron instalarse en el mismo valle que sus antecesores y escogieron como patrona a la Virgen María. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Santa María del Monte Carmelo. Desde su monasterio no quisieron crear una nueva forma de culto mariano, ni tampoco, el título de la advocación, respondía a una imagen en especial. Quisieron vivir bajo los aspectos marianos que salían reflejados en los textos evangélicos: maternidad divina, virginidad, inmaculada concepción y anunciación. Estos devotos que decidieron vivir en comunidad bajo la oración y la pobreza, fueron la cuna de la Orden de los Carmelitas, y su devoción a la Virgen permitió que naciera una nueva advocación: Nuestra Señora del Carmen.

LA ORDEN DE LOS CARMELITAS

Aquellos primeros monjes instalados en el valle del Wadi-es-Siah del Monte Carmelo, convivieron bajo una primera regla que obtuvo en 1226 la aprobación del patriarca de Jerusalén, que se llamaba Alberto, y del Papa Honorio III. La regla subrayaba vigorosamente el carácter de soledad y de huída del mundo del modelo de vida monástica: los monjes debían vivir en celdas separadas, bajo obediencia, castidad y pobreza, en silencio, oración, ayuno... Un planteamiento que se ha mantenido en los rasgos fundamentales de la espiritualidad de la orden.

En el mismo siglo XIII muchos monjes huyeron a Chipre, Sicilia, Francia e Inglaterra a causa de los crecientes peligros de la invasión musulmana, mientras otros, intentaban sobrevivir en Tierra Santa. Sin embargo, muy pronto, se formó una corriente en Inglaterra y en otras partes de Occidente que deseaba adaptar la orden a la realidad occidental, siguiendo el modelo de otras congregaciones religiosas como los franciscanos y los dominicos. De esta forma, se pretendía que los carmelitas pudieran abrir conventos en las ciudades y realizar trabajos pastorales. En 1247 el Papa Inocencio IV aprobó este cambio de estilo de vida, aunque se abstenían de comer carne y continuaban guardando silencio, llevando un estilo de pobreza y sobretodo, una gran devoción a la Virgen María. Este amor mariano les valió a los carmelitas el aprecio de todos los pueblos donde estaban instalados y el reconocimiento oficial de la Iglesia Católica en 1286 por el Papa Honorio IV.

En el mismo siglo XIII, uno de los monjes carmelitas, San Simón Stock, recibe de manos de la mismísima Virgen María el escapulario, el símbolo de dicha congregación y del que ya hablaré más tarde. Es a partir de entonces cuando nace la imagen de la advocación de Nuestra Señora del Carmen: el Niño y la Madre aguantando el escapulario, la figura típica de dicha devoción mariana. En los años 1434-1435, la regla sufrió una serie de cambios que fueron aprobados por el Papa Eugenio IV y que no gustaron a ciertos sectores de la orden. Para ellos, la nueva regla suavizaba la observancia más antigua y forzó a que en el siglo XV, Juan Sorteh (1451-1471) empezara a movilizar un nuevo movimiento que llevaría en 1593 a la ruptura de la orden carmelitana en dos bandos. Los principales miembros de esta reforma en España fueron Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591), dos de los más grandes ejemplos de la mística cristiana. Para constituir su regla, se apoyaron básicamente en la que ya fuera aprobada en 1247 sin incluir las posteriores atenuaciones de 1434-1435. A esta nueva congregación se la llamó Orden de los Carmelitas Descalzos, mientras que los anteriores, fueron conocidos por la Orden de los Carmelitas Calzados o de la Antigua Observancia.

AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD

Desde siempre, los hermanos carmelitas, "calzados o sin calzar" han estado al servicio de la sociedad desde los más diversos servicios caritativos, pastorales y misioneros junto a su dimensión espiritual y contemplativa. Visten hábito marrón con el escapulario y capucha y, en ocasiones solemnes, capa y capucha de color blanco. Según el libro "La Vida Religiosa de la A a la Z" de George Schwaiger publicado por Editorial San Pablo en 1998, la situación en 1996 era la siguiente: los Carmelitas Calzados tenían 361 conventos en todo el mundo con 2.197 miembros, 1434 de ellos sacerdotes, mientras que los Carmelitas Descalzos poseían 525 conventos con 3.809 miembros, 2.422 de los cuales eran sacerdotes.

La orden femenina: no podemos olvidar aquí la rama femenina: las carmelitas. La orden nació en los siglos XIII y XIV, pero no se organizaron como comunidad hasta el 1450 cuando fundaron en Florencia (Italia) el Monasterio de Santa María de los Ángeles.

SANTA TERESA

Santa Teresa de Jesús impulsó en España una reforma en la congregación para llevar a cabo una vida de clausura estricta y de oración profunda. El 7 de febrero de 1562, la santa obtuvo autorización para la erección del Monasterio de San José de Ávila, que se abrió el 24 de agosto de 1562. En él, se siguió la observancia de la regla que ella consideraba "primitiva" y que fue aprobada por Inocencio IV en 1247. En la obra "Camino", escrita por Santa Teresa de Jesús, se destaca la forma de vivir de estas monjas: "Deben ser capaces de vivir en soledad y estar abiertas a la intimidad con Cristo, buscando en la oración y en la mortificación", como participación activa en su pasión redentora".

Santa Teresa fundó 16 monasterios: Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Salamanca y Alba de Tormes de entre otros. A parte de San Juan de la Cruz, el Padre Gracián fue junto a Santa Teresa los impulsores de esta reforma femenina conocida también bajo el nombre de "carmelitas descalzas". El espíritu de Santa Teresa fue difundido fuera de España y se abrieron muchos conventos en diferentes países de Europa. De entre muchas monjas que formaron parte de las carmelitas descalzas cabe señalar a Santa Teresa del Niño Jesús, también conocida como Teresa de Lisieux (1873-1897) y a Santa Edith Stein (1891-1942).

En 1996, existían 64 conventos con 823 monjas de la antigua observancia de la orden (carmelitas calzadas), mientras que la fundada por Santa Teresa (carmelitas descalzas) contaba con 877 conventos y 12.278 monjas.

Otras congregaciones: hay un gran repertorio en todo el mundo de grupos religiosos que siguen el espíritu carmelitano que realizan diferentes servicios en los pueblos donde residen, casi todo ellos dedicados a la educación, a los enfermos y a los marginados. Todas estas órdenes fueron fundadas por monjas, sacerdotes o religiosos. Aquí están: Carmelitas de la Caridad (conocidas también como "las Vedrunas" porqué las fundó Santa Joaquina de Vedruna), Carmelitas Misioneras Teresianas, Carmelitas Terciarios Misioneros, Carmelitas de San José, Carmelitas Teresas de San José, Hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo y Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús.

SAN SIMÓN STOCK Y EL ESCAPULARIO

Antes de todo, es bueno saber que San Simón Stock nació en Aylesford (Inglaterra) y que falleció en Burdeos (Francia) en 1265. A él se le debe la fundación de diferentes monasterios carmelitanos en Europa, llegando a ser general de la orden. Según la tradición, se pasó 20 años viviendo bajo una gran austeridad en el interior de un roble; de allí el sobrenombre de "stock", que en inglés significa "tronco".

Hecha esta introducción vamos al tema del escapulario, que tanta fama le ha dado al buen Simón y a la orden de los carmelitas. La historia cuenta que Simón Stock era un gran devoto de la Virgen y que siempre le pedía un privilegio para su orden religiosa. Después de muchas súplicas, en el año 1251 se le apareció la mismísima Virgen llevando en sus manos el escapulario diciéndole: "Éste será el privilegio para ti y para los tuyos. El que muera revestido de él, se salvará".

¿Fue verdad dicha visión? Algunos piensan que es una simple leyenda que sirvió para engrosar a las múltiples narraciones épicas de la vida de los santos que se utilizaban en la Edad Media para aumentar la fe en las personas. Si de verdad fue leyenda (o sea, no existió tal visión), nos es útil igualmente en esta época en la que vivimos llena de ordenadores y de nuevas tecnologías. Muchas veces nos servimos de cosas inventadas para guiarnos en nuestra vida y nunca hemos parado a pensar en ello. Por ejemplo... fíjate en la señal de circulación de STOP que tienes en tu calle. ¿Te imaginas por un momento que no existiera?, ¿cuantos accidentes habrían? La narración del escapulario, aunque fuera falsa, nos sirve de gran orientación, ya que nos muestra que "María es nuestra Madre", una mujer amable, cariñosa y a nuestro alcance que nos da su abrigo, en este caso el escapulario, para que notemos su amor, sus caricias y nos proteja en el momento de nuestra muerte. Este es el mensaje de esta narración y no le demos más vueltas sobre la veracidad o no de ella. Simplemente tengamos en cuenta el servicio que nos pueda hacer.

¿QUÉ ES EL ESCAPULARIO?

Pues no es más que una tira de tela de color marrón con una apertura en el medio para que pase la cabeza y que se lleva colgando sobre el pecho y la espalda. En la imagen, puedes ver una representación de cómo la Virgen se lo entregó a San Simón, tal y como cuenta la tradición. ¿Qué significa llevar el escapulario? Llevar este signo mariano tan apreciado conlleva toda una serie de actitudes que no es más que seguir a Jesucristo tal y como lo hizo María. Algunas de ellas:

-Devoción a la Virgen María.

-Rezar tres avemarías al día (mañana, tarde y noche).

-Imitar las virtudes de María: humildad, sencillez y pureza de corazón.

-Estar al lado de los más pobres y necesitados.

-Descubrir a Dios que es presente en todas las circunstancias.

-Velar por la justicia y la paz.

Ten presente que el escapulario no es un amuleto, o sea, una cosa mágica que te trae suerte. Es un signo para imitar en tus acciones las virtudes de María y sentir su abrigo, su amor. Llevándolo, te unes al Carmelo, a su espíritu, a su ideal, a la gran familia carmelitana. Si lo quieres llevar, se lo tendrás que pedir a un religioso carmelita o bien a un sacerdote. Él lo bendecirá y te lo impondrá una sola vez. Puede ser traspasado a otras personas sin necesidad de volverse a bendecir e imponer.

Gracias a la tradición de la entrega del escapulario por parte de María a San Simón Stock, la orden de los carmelitas sufrió un gran auge, naciendo la imagen de Nuestra Señora del Carmen, tal y como la conocemos hoy.

En los siglos XV-XVI se incrementaron las diferentes Cofradías del Escapulario por todo el mundo, todas ellas formados por laicos que querían retribuir un homenaje devocional a esta advocación.

En el siglo XVII, el Papa Pablo V fija el 16 de julio como la fecha para celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Carmen.

DEVOCIÓN Y PATROCINIO

Ya que el escapulario es posible sustituirlo por una medalla, es juntamente con el rosario, el objeto piadoso más difundido del mundo. En ciertas regiones de España y de Italia era tradición, y aún hay gente que lo sigue haciendo, de imponerlo al niño recién bautizado. En la Edad Media se creía que María significaba "estrella del mar", en latín "stella maris". Desde aquella época, muchos carmelitas han aclamado a María como la "Flor del Carmelo" y la "Estrella del Mar". Lo hizo el mismo Simón Stock con esta plegaria que se le atribuye: "Flor del Carmelo Viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda, singular. ¡Oh Madre tierna, intacta de hombre, a todos tus hijos proteja tu nombre, Estrella del Mar!

El nombre de "Stella Maris" se ha dado también a todos los centros del Apostolado del Mar de la Iglesia Católica que están ubicados en los puertos. Pero ¿de donde viene el patronazgo de la Virgen del Carmen hacia los marineros? En el siglo XVIII, cuando ya era muy popular la fiesta de la Virgen del Carmen en España, el almirante mallorquín Antonio Barceló Pont de la Terra, nacido en 1716 y fallecido en 1797, impulsó su celebración entre la marinería que él dirigía. Fue a partir de entonces cuando la marina española fue sustituyendo el patrocinio de San Telmo por el de la Virgen del Carmen. En muchas localidades españolas se celebran grandes procesiones marítimas que son un auténtico éxito. En el obispado de Girona cabe remarcar las de: l'Escala, Roses, Llançà, Arenys de Mar y Palamós. Aunque la Virgen sea la patrona de los marineros, muchos de ellos comparten aún el patrocino con San Telmo. También los pescadores tienen a la Virgen del Carmen como patrona sin olvidar a San Pedro. Se la puede invocar para que nos proteja ante posibles naufragios y tempestades en alta mar.

En Cataluña, antiguamente, las chicas rogaban con una pequeña oración a Nuestra Señora del Carmen para que les encontrara esposo rápidamente, daba igual su estatus económico, rico o pobre: "Mare de Déu del Carme, doneu-me un bon marit, sia pobre, sia ric, mentre vingui de seguit". También le tenían como patrona los ya desaparecidos serenos (policía nocturna) de Barcelona.

El gran santuario dedicado a Nuestra Señora del Carmen se encuentra lógicamente en el Monte Carmelo, en Haifa (Israel), pero... no en el valle del Wadi-es-Siah, sino en el valle conocido como "El-Muhraqa". Allí hay el monasterio de los carmelitas, una hospedería y un gran mirador.

Dios grande y santo, desde la Antigua Alianza has querido señalar el Monte Carmelo por la presencia de los profetas, y en la Nueva Alianza lo has elegido como lugar de contemplación y santuario en honor de María, Virgen y Madre; por su intercesión concédenos el gozo de experimentar en la oración tu presencia amorosa.

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

La novena es una oración para rezar durante 9 días seguidos. Normalmente se realiza antes de la fiesta del santo o santa a quien va dirigida, pero también se puede rezar en cualquier época del año. Hay novenas donde se invita a meditar un texto distinto durante los 9 días, y otras, en las cuales, el mismo texto sirve para cada día. Este último, es el caso de la novena que te proponemos y que se ha hecho muy popular también en Internet.

Invocaciones

Desbordo de gozo con el Señor y

me alegro con Dios, mi Salvador,

porque me ha dado por Madre, a Su Madre,

Reina y Flor del Carmelo.

 

Dios te salve, Maria,

llena eres de gracia,

el Señor está contigo,

bendita eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en nuestra muerte. Amén

Señora, tráeme a tu Monte Santo

y alégrame en tu casa de oración.

Condúceme, Virgen María, a la

Tierra del Carmelo, para que

pueda comer sus mejores frutos.

 

Dios te salve, Maria,

llena eres de gracia,

el Señor está contigo,

bendita eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en nuestra muerte. Amén

Madre, que tú blanca sombra

invisible acompañe mis pasos,

llevándome hacia Cristo, mi origen y meta.

 

Dios te salve, Maria,

llena eres de gracia,

el Señor está contigo,

bendita eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en nuestra muerte. Amén

 

Madre, que siempre me mantenga

unido a ti con lazos irrompibles,

practicando seriamente las virtudes.

SALUTACIÓN

Madre del Carmelo, al llegar a ti, evoco la visita que hiciste al hogar de Zacarías. En alas del amor volaste hasta la montaña. Al encontrarte con Isabel la saludaste. Y tus palabras de cortesía estremecieron prodigiosamente a Juan en el seno materno. Tu prima, llena del Espíritu Santo, contestaba a tu saludo con una jubilosa bienvenida. Bendita Señora y Madre mía, repito hoy la felicitación de Isabel: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tú vientre!… ¡Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá lo que se te ha dicho de parte del Señor!

Virgen del Carmen, Madre, aquí me tienes, junto a ti.

¡Mi corazón, Madre, se remansa frente al tuyo, para que lo enciendas en tu amor y lo configures a tu semejanza!

Virgen del Carmen, mendigo soy de Dios y tuyo, por eso he de pedirte que socorras mis necesidades, (pedir aquí la intención) pero sobretodo, las de los hombres, mis hermanos.

Madre, recibe de nuevo mi saludo, ahora con las palabras del Ángel: ¡Alégrate, llena de gracia; el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres!

Amén.

HIMNO DE LA VIRGEN DEL CARMEN

En el Diurnal, el libro de la Liturgia de las Horas, en el “formulario” correspondiente a Laudes, aparece, también, este precioso himno, que nos parece muy oportuno reproducir y que nos puede servir también como instrumento oracional. Merece la pena leerlo despacio.

¿Quién eres tú, mujer, que, aunque rendida

al parecer, al parecer postrada,

no está sino en los cielos ensalzada,

no estás sino en la tierra preferida?

 

Pero, ¿qué mucho, si de sol vestida,

que mucho, si de estrellas coronada,

vienes de tantas luces ilustrada,

vienes de tantos rayos guarnecida?

 

Cielo y tierra parece que, a primores,

se compitieron con igual desvelo,

mezcladas sus estrellas y sus flores;

para que en ti tuviesen tierra y cielo,

con no sé que lejanos resplandores

de flor del Sol plantada en el Carmelo.


 

La visita del Papa a España

Valencia se convierte en la capital de la cristiandad al recibir al Papa Benedicto XVI, para la clausura del Encuentro Mundial de las Familias. Llegó el sabado al Aeropuerto de Manises y de ahi se trasladó a la estación de Metro de Jesús, donde se produjo el trágico accidente que costó la vida a 42 personas, después marchó a la Catedral donde, tras orar ante la reliquia del Santo Caliz, saludó a los obispos españoles. En la foto, un momento de la llegada del Papa Benecito XVI y el saludo del Rey de España, Don Juan Carlos I. Rezó con los familiares de las victimas del accidente de metro. Y, tambiem, asistio a la concentración de familias dentro del Encuentro Mundial, y cuya foto aparece más abajo. Terminaba la visita de Benedicto XVI a España, a Valencia, con la multitudinaria misa, de la cual publicamos también, la homilia completa. De este material, y con otros, intentaremos la semana que viene dar en la sección de Reportaje, un resumen de tan importante visita. Esperamos que este modesto e incompleto esfuerzo de atención respecto a la visita del Pontifice haya sido del agrado de nuestros lectores.

Discurso del Papa al recibir la bienvenida en Valencia

VALENCIA (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este sábado, en el aeropuerto internacional de Valencia-Manises, durante la ceremonia de bienvenida.

TEXTO INTEGRO

Majestades,

Señor Presidente del Gobierno

y distinguidas Autoridades,

Señores Cardenales y Hermanos en el episcopado

Queridos hermanos y hermanas:

l. Con gran emoción llego hoy a Valencia, a la noble y siempre querida España, que tan gratos recuerdos me ha dejado en mis precedentes visitas para participar en Congresos y reuniones.

2. Saludo cordialmente a todos, a los que están aquí presentes y a cuantos siguen este acto por los medios de comunicación.

Agradezco a Su Majestad el Rey Don Juan Carlos su presencia aquí, junto con la Reina y, especialmente, las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre del pueblo español. Expreso también mi deferente reconocimiento al Señor Presidente del Gobierno y a las demás Autoridades nacionales, autonómicas y municipales, manifestándoles mi gratitud por la colaboración prestada para la mejor realización de este V Encuentro Mundial.

Saludo con afecto a Monseñor Agustín García-Gasco, Arzobispo de Valencia, y a sus Obispos Auxiliares, así como a toda la Archidiócesis levantina que me ofrece una calurosa acogida en el marco de este Encuentro Mundial, y que estos días acompaña en el dolor a las familias que lloran por sus seres queridos, víctimas de un trágico episodio, y que se siente cercana también a los heridos. Mis afectuosos saludos se dirigen también al Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, así como a los demás Cardenales, al Presidente y miembros de la Conferencia Episcopal Española, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos lo fieles laicos.

3. El motivo de esta esperada visita es participar en el V Encuentro Mundial de las Familias, cuyo tema es «La transmisión de la fe en la familia». Mi deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio. Ésta es una institución insustituible según los planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre con sentido de responsabilidad y alegría.

4. Mi venerado predecesor y gran amigo de España, el querido Juan Pablo II, convocó este Encuentro. Movido por la misma solicitud pastoral, mañana tendré la dicha de clausurarlo con la celebración de la Santa Misa en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Muy unido a todos los participantes, imploraré del Señor, por intercesión de nuestra Madre Santísima y del Apóstol Santiago, abundantes gracias para las familias de España y de todo el mundo.

¡Que el Señor bendiga copiosamente a todos vosotros y a vuestras queridas familias!

[Texto original en español © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana ]

 

Palabras de bienvenida de Don Juan Carlos

VALENCIA (ZENIT.org).- Publicamos el discurso de bienvenida que dirigió Su Majestad el Rey Juan Carlos I al Papa Benedicto XVI en el aeropuerto internacional de Valencia-Manises.

TEXTO INTEGRO

Santidad,

Permitidme manifestaros el gran honor y la especial satisfacción que la Reina y yo sentimos al poder recibiros esta mañana en Valencia, al inicio de una Visita que esperábamos con particular interés.

Agradecemos a Vuestra Santidad las sentidas palabras de cariño y aliento que habéis dirigido a Valencia y a España entera, aún conmocionadas por la terrible tragedia de principios de esta semana, que ha costado la vida a cuarenta y dos ciudadanos y causado numerosos heridos.

La presencia de Vuestra Santidad entre nosotros trae un gran consuelo para todos y, muy en particular, para las familias que acaban de perder a sus seres queridos.

Ésta es la primera vez que, como Sumo Pontífice, pisáis tierra española. Os damos de corazón nuestra más afectuosa bienvenida, y os deseamos una muy feliz estancia en España.

Mantenemos muy presente en nuestra memoria la hermosa y emotiva ceremonia que, hace poco más de un año, dio inicio a Vuestro Pontificado, así como la muy amable y entrañable audiencia que, pocos meses después, Vuestra Santidad tuvo a bien concedernos en Vuestra residencia en Castelgandolfo.

Con tal motivo, ya nos hicisteis partícipes de Vuestro profundo afecto por España y de Vuestra ilusión por acudir a esta importante cita en Valencia. Un afecto que arranca de Vuestro amplio conocimiento de nuestra Historia y que, sabemos, habéis cultivado en las numerosas ocasiones previas en que habéis viajado a nuestro país.

Madrid, El Escorial, Salamanca, Ávila, Toledo, Pamplona y Murcia fueron etapas de Vuestra intensa actividad pastoral y académica en España como Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Seis importantes conferencias y una homilía son el centro de la huella de Vuestro paso por nuestras tierras; una huella de alto contenido teológico que la Conferencia Episcopal Española ha recogido en un hermoso libro.

Hoy Os recibimos, Santo Padre, en esta histórica y luminosa ciudad de Valencia. Apreciamos y agradecemos, en muy alto grado, que hayáis escogido a España como destino de uno de los primeros Viajes pastorales de Vuestro Pontificado. Constituye para nosotros un reconocimiento a la intensidad y profundidad de los lazos que, desde hace tantos siglos, vinculan a la Iglesia y a España, y que cuentan desde hace casi tres décadas, con un marco de entendimiento acorde con las disposiciones de nuestra Constitución.

Unos lazos que merecieron siempre la afectuosa y generosa dedicación de Vuestro predecesor, Su Santidad el Papa Juan Pablo II, esa gran figura universal de imborrable recuerdo, que nos visitó en cinco ocasiones y a quien hoy quiero rendir un sentido homenaje como infatigable luchador de las causas más nobles, como probado amigo de España, a la que siempre colmó con el calor de su respaldo y el ánimo de su aliento.

Llegáis a España en el año en que celebramos el Quinto Centenario del nacimiento de San Francisco Javier. Un ilustre hijo de España, ejemplo de firmes convicciones, de generosa atención a los más necesitados, de respetuoso amor hacia los seres humanos de distintas latitudes, credos y culturas, y paradigma de solidaria entrega a los demás. Proclamado por la Iglesia, a muy justo título, Patrón de todos los misioneros del mundo, la huella de ese gran navarro que fue San Francisco Javier sigue presente en la vocación abierta y solidaria que anima a la sociedad española y distingue, en particular, a nuestra juventud.

La España que Os acoge, Santidad, es un país moderno, dinámico y solidario, una antigua y gran Nación plural y diversa, fiel a sus tradiciones, amante de la paz, la justicia y la libertad. Un país que, en las últimas décadas, y gracias al esfuerzo de todos los españoles, ha vivido el más largo período de modernización y prosperidad de toda su Historia, en un clima de estabilidad fruto del marco de concordia, respeto mutuo y convivencia democrática que nos hemos querido dar.

Santidad,

En Valencia Os esperan muchos miles de españoles y de fieles de todo el mundo, venidos para asistir al “Quinto Encuentro Mundial de las Familias". La Iglesia Católica tiene puestos sus ojos en dicho Encuentro. Un Encuentro volcado sobre la familia, núcleo esencial de la vida, de la transmisión de valores y de la formación del ser humano.

Desde esta Comunidad Valenciana, semillero de muchas vocaciones, y desde la ciudad de Valencia, convertida estos días en capital mundial de las familias cristianas, millones de personas van a poder seguir a Vuestra Santidad a través de los medios de comunicación. Conocemos Vuestra incansable entrega a la Iglesia. Como hombre de oración y pensamiento profundo, Os habéis pronunciado sobre las principales alegrías y preocupaciones del ser humano.

Desde el respeto a la dignidad humana, no podemos permanecer impasibles ante las guerras, el terrorismo, la violencia, el hambre, la pobreza, la injusticia, la violación de los derechos humanos o la falta de libertad. Requieren de nuestro compromiso y entrega para borrarlos de la faz de la tierra.

Santidad,

Vuestra esperada estancia entre nosotros, Vuestra palabra y Vuestro aliento servirán, sin duda, para reforzar la amplia admiración y el respeto que Vuestra persona suscita. Os reitero la más cordial bienvenida en nombre del pueblo español, del Gobierno de España, de las autoridades autonómicas y locales de Valencia, así como en nombre de toda mi Familia y en el mío propio.

Muchas gracias, Santo Padre, por venir a España, y muy feliz estancia en esta querida tierra de Valencia, que hoy os brinda su mayor hospitalidad.

Conclusiones del Congreso Teológico-Pastoral sobre la Familia

VALENCIA (ZENIT.org).- «La familia está sometida a una crisis sin precedentes», afirman las conclusiones del Congreso Teológico-Pastoral sobre la transmisión de la fe en la familia, en el marco del V Encuentro mundial de las Familias. Con la lectura de un documento de ocho páginas de conclusiones, al cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, clausuró ayer este encuentro que ha convocado en Valencia a unas diez mil personas.

«El Congreso ha puesto de manifiesto la existencia en la cultura contemporánea de una situación paradójica respecto a la familia. Se advierte su importancia pero los grandes cambios sociales, los avances tecnológicos, los movimientos migratorios y los profundos cambios culturales llevan a un cambio de civilización lo que requiere hombres formados para afrontar los cambios», afirman las conclusiones provisionales de este Congreso. «Se observa a la vez que la familia está sometida a una crisis sin precedentes en la historia. Las razones se encuentran sobre todo en los factores culturales e ideológicos. La mentalidad corriente tiende a eliminar los valores. La acción persistente de un laicismo de raíz nihilista y relativista lleva a un modo de vivir individualista», añade el documento conclusivo.

El Congreso ha denunciado con fuerza «esa presión ideológica invitando a tomar conciencia de la importancia de la familia y contribuir a su desarrollo». Los asistentes expresaron también su «profunda alegría» porque este Congreso ha sido «una manifestación de riqueza, espiritualidad y vida». El Congreso reconoció que «algunos de los valores que imperan en diversos países, sobre todo en los más desarrollados, están en contradicción con los que facilitan la comprensión cristiana de la familia».

«Se impone --añade el documento-- el principio de autonomía que lleva al consumismo, el relativismo y el subjetivismo, ignorando principios trascendentales. En esa mentalidad se apoya la crítica al matrimonio que trata de sustituirlo con uniones libres». El Congreso instó «a las familias cristianas a ser conscientes de la importante misión que les incumbe en servicio de la Iglesia y de toda la humanidad». Una parte de las conclusiones fue dedicada a los problemas actuales y desafíos a la familia en los campos de la legislación civil, la justicia social, la economía, la bioética y la demografía.

En cuanto a la transmisión de la fe, el Congreso afirmó que «la familia ha sido siempre lugar privilegiado, la unidad básica para la transmisión de la fe». El Congreso señaló la aparición de numerosas nuevas iniciativas para la difusión de la fe: centros especiales de formación familiar, cursos de preparación al matrimonio, centros de espiritualidad matrimonial, retiros especializados, cursos para padres, entre otros. También las diócesis han creado comisiones para la familia. Se advierte la presencia de una preocupación constante por mejorar los contenidos catequéticos relativos a la familia. Por último el Congreso reconoció el papel fundamental de la educación y de la asignatura de Religión así como la importancia de las asociaciones de padres.

 

Carta de Benedicto XVI a los obispos españoles

VALENCIA (ZENIT.org).- Publicamos la carta que Benedicto XVI ha dirigido a los obispos españoles y que entregó este sábado en la Capilla del Santo Cáliz, en la catedral de Valencia.

TEXTO INTEGRO

Queridos Hermanos en el episcopado

Con gozo en el corazón, doy gracias al Señor por haber podido venir a España como Papa, para participar en el Encuentro Mundial de las Familias en Valencia. Os saludo con afecto, Hermanos Obispos de este querido País, y os agradezco vuestra presencia y los muchos esfuerzos que habéis realizado en su preparación y celebración. Aprecio particularmente el gran trabajo llevado a cabo por el Señor Arzobispo de Valencia y sus Obispos Auxiliares para que este acontecimiento tan significativo para toda la Iglesia obtenga los frutos deseados, contribuyendo a dar un nuevo impulso a la familia como santuario del amor, de la vida y de la fe.

En realidad, la solicitud de todos vosotros ha hecho posible que se haya creado ya un ambiente de familia entre los mismos colaboradores y participantes de las diversas partes de España. Es un aspecto prometedor ante los deseos que habéis expresado en vuestro mensaje colectivo sobre este Encuentro Mundial, y también una invitación a recibir los frutos del mismo para proseguir una incesante e incisiva pastoral familiar en vuestras diócesis, que haga entrar en cada hogar el mensaje evangélico, que fortalece y da nuevas dimensiones al amor, ayudando así a superar las dificultades que encuentra en su camino.

Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés los acontecimientos de la Iglesia en vuestro País, de profunda raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a aportar al testimonio de la fe y a su difusión en otras muchas partes del mundo. Mantened vivo y vigoroso este espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad al alma de vuestro pueblo.

Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar (cf. Deus caritas est, 39).

En momentos o situaciones difíciles, recordad aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia [...], y no os canséis ni perdáis el ánimo» (12, 1-3). Proclamad que Jesús es «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), «el que tiene palabras de vida eterna» (cf. Jn 6, 68), y no os canséis de dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).

Movidos por vuestra solicitud pastoral y el espíritu de plena comunión en el anuncio del Evangelio, habéis orientado la conciencia cristiana de vuestros fieles sobre diversos aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los sencillos. Así mismo, habéis puesto la Eucaristía como tema central de vuestro Plan de Pastoral, con el fin de «revitalizar la vida cristiana desde su mismo corazón, pues adentrándonos en el misterio eucarístico entramos en el corazón de Dios» (n. 5). Ciertamente, en la Eucaristía se realiza «el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo» (Homilía en Marienfeld, Colonia, 21 agosto 2005).

Hermanos en el episcopado, os exhorto encarecidamente a mantener y acrecentar vuestra comunión fraterna, testimonio y ejemplo de la comunión eclesial que ha de reinar en todo el pueblo fiel que se os ha confiado. Ruego por vosotros, ruego por España. Os pido que oréis por mí y por toda la Iglesia. Invoco a la Santísima Virgen María, tan venerada en vuestras tierras, para que os ampare y acompañe en vuestro ministerio pastoral, a la vez que os imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.

BENEDICTUS PP. XVI

[Texto original en español © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana ]

 

Homilía del Papa en la misa de clausura del V Encuentro Mundial de las Familias

VALENCIA (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI durante la misa de clausura del V Encuentro Mundial de las Familias que celebró en la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia.

TEXTO ÍNTEGRO

Queridos hermanos y hermanas:

En esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir, concelebrando con numerosos Hermanos en el episcopado y con un gran número de sacerdotes, doy gracias al Señor por todas las amadas familias que os habéis congregado aquí formando una multitud jubilosa, y también por tantas otras que, desde lejanas tierras, seguís esta celebración a través de la radio y la televisión. A todos deseo saludaros y expresaros mi gran afecto con un abrazo de paz.

Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa: "Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones" (14,5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda "esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú" (2 Tm 1,5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones.

Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.

En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

A Ester su padre le había trasmitido, con la memoria de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios del que todos proceden y al que todos están llamados a responder. La memoria de Dios Padre que ha elegido a su pueblo y que actúa en la historia para nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina la identidad más profunda de los hombres: de dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad.

Con el pasar de los años, este don de Dios que los padres han contribuido a poner ante los ojos de los pequeños necesitará también ser cultivado con sabiduría y dulzura, haciendo crecer en ellos la capacidad de discernimiento. De este modo, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, se favorecerá que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran con ella el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello.

La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf. Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.

La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad. "Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Ésta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos" (Homilía en la vigilia de Pentecostés, L’Osservatore Romano, edic. lengua española, 9-6-2006, p. 6).

Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Jn 15,9). A este respecto enseña el Concilio Vaticano II que "los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar en la enseñanza cristiana y en los valores evangélicos a sus hijos recibidos amorosamente de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella" (Lumen gentium, 41).

La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos. La experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nuestros padres es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desarrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el camino hacia la verdad y el amor, y a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios.

Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso, "deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia" (Familiaris consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.

Volvamos por un momento a la primera lectura de esta Misa, tomada del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, un prefiguración de María, que su Hijo nos ha dado a todos nosotros como Madre; una prefiguración de la Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar.

La familia cristiana –padre, madre e hijos- está llamada, pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si éstos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Éste es el mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a todas las familias del mundo. Amén.

[Texto original en español © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana ]