LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 149. COMPLACENCIA MUTUA
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Situamos este himno de alabanza y bendición en una fase, podríamos llamar, gloriosa del pueblo elegido: la vuelta del destierro. Israel es testigo de que Yahvé ha escuchado sus súplicas, ha estado atento a su dolor y lágrimas y le ha hecho volver a su tierra. Se da inicio así a la reconstrucción de Jerusalén y a la reedificación del Templo santo. La alegría del pueblo, a pesar de su ardua y también conflictiva empresa, es indescriptible. El salmo es una expresión grandilocuente de la gratitud que empapa hasta la saciedad el alma del pueblo: "¡Aleluya! ¡Cantad a Yahvé un cantar nuevo: su alabanza en la asamblea de sus amigos! ¡Regocíjese Israel en su hacedor, los hijos de Sión exulten en su rey; alaben su nombre con la danza, con tamboril y cítara salmodien para él!”

Encontramos en el himno diversos memoriales por los que Israel se rinde ante el amor que Yahvé ha derramado sobre él. Hay uno que nos parece que sobresale por encima de los demás: Yahvé se complace con su pueblo. Israel, el pueblo apóstata, infiel e idólatra, es amado por Yahvé. Se está anunciando el Amor en su dimensión más profunda. Yahvé ha apartado de sus ojos todas las infidelidades de su pueblo y se complace en él: "Porque Yahvé en su pueblo se complace, adorna de salvación a los humildes. Exalten de gloria sus amigos, desde su lecho griten de alegría."

Esta experiencia de Israel sobrepasa totalmente los cánones comúnmente establecidos acerca del amor. Lo cierto es que no es que simplemente sobrepase estos cánones o límites. Se está anunciando un amor diferente, único, nuevo..., el Amor infinito e incondicional de Dios. Sólo Dios, que ama así, puede complacerse en el barro que es Israel y, por extensión, en el barro que es todo ser humano.

El complacerse de Dios con su pueblo nos viene también descrito, con unos tintes poéticos magistrales, por Isaías. El profeta, en nombre de Yahvé, anuncia a Israel que su destierro es sólo temporal. Dios volverá a apiadarse, e Israel seguirá siendo el pueblo de sus promesas.

Es posible que Israel, sumido en su nueva esclavitud, no diera mucho crédito al profeta. Unos por escepticismo, y otros por la carga de culpabilidad que sobrellevaban por el hecho de haber roto su alianza con Dios a causa de sus idolatrías. Sea como fuere, las palabras: perdón, compasión, benevolencia, les son difíciles de aceptar aunque vengan de parte de Dios.

Sin embargo, Isaías levanta los ánimos de su pueblo desterrado con unas palabras que hacen renacer en sus corazones las promesas de Yahvé a sus patriarcas, y que creían ya anuladas: Israel sigue siendo el pueblo en el que Dios se complace, por más que ahora esté bajo el dominio de los gentiles: "No se dirá de ti jamás Abandonada, ni de tu tierra se dirá jamás Desolada, sino que a ti se te llamará "mi Complacencia ", y a tu tierra "Desposada" (ls 62,4).

Por si este anuncio no termina de despertar los espíritus hundidos y adormecidos de los desterrados, el profeta les añade, valiéndose del signo del matrimonio, que Yahvé está en comunión con ellos, aunque en esos momento se consideren el último y el más desgraciado pueblo de la tierra: "Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia, se gozará por ti tu Dios "(ls 62,5).

Es indudable que estos anuncios-promesas del profeta nos sorprenden sobremanera. Nuestro concepto de justicia y, con él, el de culpabilidad, hacen inviable concebir un amor así, tan gratuito como impensable. Más aún, no es creíble, no hay mente humana que pueda abarcar y comprender un amor de esta dimensión. El caso es que estamos hablando de la mente de Dios. Ella sí abarca y es capaz de un amor así: que no lleva cuentas del mal, de la ofensa, de la agresión... Dios es Amor, y así es como ama.

Veíamos en el salmo: "Yahvé se complace en su pueblo". Palabras que alcanzan su plenitud en el Mesías. Recordemos que el Señor Jesús inicia su misión con su bautismo en el Jordán. Aquel día, el Padre habló desde lo alto, y acerca de su Hijo nos dijo: "en Él me complazco"; "Bautizado Jesús, salió luego del agua y en esto se abrieron los cielos... y una voz que salía de los cielos decía: "Éste es mi Hijo amado en quien me complazco" (Mt 3,16-17).

En y por Jesucristo, Dios se complace en todos sus hijos: Fruto de esta complacencia -recordemos que Dios nos amó primero (Juan 4,19), los discípulos del Señor Jesús reciben la sabiduría para complacer y agradar a Dios, como ya Él mismo nos lo anunció proféticamente por medio del rey Salomón: "Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacía el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos. Envíala de los santos cielos, mándala de tu trono de gloria para que a mi lado participe en mis trabajos y sepa yo lo que te es agradable" (Sb 9,9-10).