Domingo XII del Tiempo Ordinario
25 de junio de 2006

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos a esta asamblea de hermanos que se aman y que es nuestra Eucaristía Dominical. Hoy celebramos el Domingo Décimo segundo del Tiempo Ordinario, el primero que ya lleva este nombre, aunque las solemnidades de la Trinidad y del Corpus Christi ya formaban parte de este tiempo. Es un domingo que nos debe llevar a confiar en Jesús pues el sabe calmar las tormentas y, hoy en día, hay muchas tormentas y perturbaciones en nuestro mundo. Pero él calmará esos problemas: estemos seguro de ello.


MONICIÓN SOBRE LAS LECTURAS

1.- La primera lectura de hoy procede del capítulo 38 del Libro de Job. Es un breve texto que nos habla de cómo Dios manda en la tormenta. Luego en el Evangelio Jesús hará enmudecer al temporal. Una vez más –como otros muchos domingos-- la primera lectura y el Evangelio guardan estrecha relación.

S.- El Salmo 106, a su vez, como la primera lectura considera el poder de Dios reflejado en su poder sobre la tormenta. Este salmo –uno de los más extensos del salterio—es una oración de acción de gracias a Dios por haber librado al pueblo judío del destierro y de las calamidades sufridas y, entre ellas, de la feroz tormenta que también les afligía.

2.- San Pablo, en el fragmento de la II Carta a los fieles de Corinto plasma perfectamente la teología del hombre nuevo, a partir de una vida llena de Cristo. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo, dice el Apóstol.

3.- La escena de la tormenta en lago es narrada por Marcos con brevedad y gran precesión. Los discípulos se admiran del poder de Jesús igual que, poco antes, se admiraban de que durmiera mientras que olas embravecidas parecían que se iban a tragar la barca.

Lectura de Postcomunión

MONICIÓN

John Henry Newman, cardenal inglés, se convirtió del anglicanismo y llegó a ser una gran figura –religiosa e intelectual—de la Iglesia Católica Universal. Tiene esta Oración para Irradiar a Cristo que nos parece muy adecuada para estos momentos.

ORACIÓN PARA IRRADIAR A CRISTO

Amado Señor,

Ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya.

Inunda mi alma de espíritu y vida.

Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto

que toda mi vida solo sea una emanación de la tuya.

 

Brilla a través de mí,

y mora en mí de tal manera

que todas las almas que entren en contacto conmigo

puedan sentir tu presencia en mi alma.

 

Haz que me miren y ya no me vean a mí

sino solamente a ti, oh Señor.

 

Quédate conmigo

y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú;

a brillar para servir de luz a los demás a través de mí.

 

La luz, oh Señor,

irradiará toda de Ti; no de mí;

serás Tú, quien ilumine a los demás a través de mí.

Permíteme pues alabarte

de la manera que más te gusta,

brillando para quienes me rodean.

 

Haz que predique sin predicar,

no con palabras sino con mi ejemplo,

por la fuerza contagiosa,

por la influencia de lo que hago,

por la evidente plenitud del amor

que te tiene mi corazón.

Amén.


Exhortación de despedida

Salgamos felices de la Eucaristía ya que estamos completamente convencidos de que el Señor Jesús nos librará de todo mal como libró a los apóstoles de la tormenta.