Domingo XII del Tiempo Ordinario
25 de junio de 2006

La homilía de Betania


1.- ¡TENED FE!

Por José María Maruri, SJ

2.- ¡QUE NO ES PARA TANTO…CALMA!

Por Javier Leoz

3.- FRENTE AL MAL DEL MUNDO

Por Antonio Díaz Tortajada

4.- LA TEMPESTAD

Por Antonio García Moreno

5.- TU NAVE ES TU CORAZÓN

Por José María Martín OSA

6.- “TODO SALDRÁ BIEN”

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL PEQUEÑO LAGO AL QUE LLAMABAN MAR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¡TENED FE!

Por José María Maruri, SJ

1.- Para cuando Marcos escribe el relato de esta tempestad vive en el ambiente de la Iglesia que cree firmemente en la divinidad de Jesús, pero que está ya experimentando los bamboleos de la barquilla azotada por la tempestad de los más fieros mares.

El mar era ese ser misterioso, cuyo fondo se desconoce y en el que habitan monstruos inmensos que con sus colas agitan las aguas y las levantan hasta alturas desconocidas.

A ese mar sólo un ser, sólo Dios lo puede dominar, un Dios que ha visto nacer el mar, que lo ha tomado en sus brazos con cariño y lo ha envuelto en las mantillas de las nubes y en los pañales de las nieblas, y que como el niño revoltoso se ha ordenado de dónde no puede pasar.

Ese mar que provoca un maremoto como en el que en los años sesenta arrebató de Nagoya, en Japón, ocho mil personas. En los brazos de Dios es niño revoltoso,

2.- Y ahí viene la intención de Marcos al tratar de fortalecer la fe de los cristianos: el mar que atraviesa la barquilla de la Iglesia se encrespará con terribles tormentas, pero es un cachorrillo en manos de Dios. ¡Tened Fe!

3.- También hoy las olas azotan la barquilla de la Iglesia:

--la persecución abierta y franca

--la persecución solapada y bien calculada para acabar con los principios de fe de los más débiles, de los niños

O puede ser una situación de límite personal en que nos encontramos:

--la familia se nos deshace

--la situación económica es desastrosa

--la enfermedad o las muertes…

Y nos entra miedo y se nos escapa de los labios aquella tremenda acusación a Dios mismo: “¡Pero, es que no te importamos nada!

Tened Fe…

--Fe en el Señor que ha vencido al mundo

--Fe en el Señor que va con nosotros en la misma barca.

--¡Fe en el Amor!

4.- Falta de fe es lo mismo que falta de confianza. Fe no es creer lo que no vimos, es fiarnos a ciegas de ese Señor que dando su vida con nosotros nos apremia con su amor.

Cómo podemos decirle al Señor que dio su vida por nosotros: “¿Es que no te importamos nada? ¿Es que lo mismo te da que nos muramos?

5.- La Fe en el Señor no hace un paraíso de nuestras vidas. La Fe nos enseña y ayuda a afrontar la vida de una manera nueva. Por la Fe sabemos que el Señor ha vencido al mundo, y sabemos, también, que el Reino de Dios es una cosa inevitable, que llega, que está por encima, que nadie puede luchar con él y vencerlo. Y por lo tanto nuestras luchas están siempre llenas de esperanza segura.

Hemos leído el último capítulo de la novela y sabemos que acaba bien, hemos visto las últimas escenas de la película y sabemos que el final bueno está asegurado.

Pero la fe, dentro la absoluta seguridad, tiene una gran inseguridad. La barca de nuestras vidas está muy bien anclada en la roca del fondo. Estamos ciertos que las olas no se la llevan, pero arriba, la barca está agitada por las olas, y nos da miedo.

6.- Hay miedos confiados y hay miedos desesperados, cuando en la escala de valores hemos puesto arriba la vida, el dinero, la salud, el honor, entonces cuando algo de esto se nos va de las manos nos volvemos a Dios con desesperación y con una acusación tremenda en los labios: “¿Es que no te importo yo nada?”

Hay miedos confiados en la presencia y cercanía del Señor, miedos ciegamente confiados, en la seguridad de que pase lo que pase al final todo será bueno. Ya no juzgamos a Cristo con criterios humanos, no como haciéndole semejante a nosotros, de forma que pueda olvidarse de nosotros y que no le importemos.


2.- ¡QUE NO ES PARA TANTO…CALMA!

Por Javier Leoz

1.- Han pasado las grandes solemnidades de Pentecostés, la Santísima Trinidad o el Corpus y, la vida de los cristianos, retoma o recobra la normalidad. Aunque, siempre, la vida de un cristiano tendrá que ser extraordinaria, una continua fiesta, una gloria a la Trinidad, una apertura al Espíritu y un recoger fuerzas de la fuente de la Eucaristía.

A los cristianos, cuando somos bautizados, no se nos hace un seguro de vida. Es decir; no se nos garantiza que por el hecho de serlo, vayamos a estar exentos de dudas y de batallas, de dificultades y de tormentas.

Jesús, que era el Señor, no vivió ajeno a ellas, los discípulos tampoco y ¿nosotros? Posiblemente si analizamos nuestra propia historia, encontraremos enseguida situaciones tormentosas. Momentos en los que hemos sentido que el mundo (la familia, el matrimonio, el sacerdocio, la profesión, etc) se nos iba entre las manos, se abría en mil fisuras bajo nuestros pies.

2.- ¿Dónde está, entonces, la lotería de ser seguidor de Jesús? Pues precisamente en fiarnos de El; en caminar con El y en dejarnos guiar por El. No hay mas remedio. Si somos de los suyos, las turbulencias (que las hay y duras en nuestra existencia) serán prueba de nuestra fidelidad; clave para ver la consistencia de nuestra fe; criba que purifica el grano de trigo de la simple paja.

Últimamente oímos demasiado que estamos en tiempos difíciles para la fe. Pero lo cierto es que, desde siempre, el Reino de Dios ha tenido sus “contrarios”, sus “detractores”. Y, precisamente por ello, enseguida, surgían hombres y mujeres que levantaban –con más fuerza si cabe- el testigo del amor de Jesús.

A los que nos decimos amigos de Jesús, no nos deben de asustar las tormentas que dañan la imagen de la Iglesia (tampoco quedarnos de brazos cruzados); no nos debe de paralizar cuando, la barca de nuestra fe, haga ademán de sacudirnos fuera. Y no nos debe de asustar porque, entre otras cosas, Jesús va por delante.

La propuesta del Evangelio, desde sus mismos inicios, encontró adhesiones, deserciones y críticas. El mensaje de Jesús, cuando se vive medianamente bien, asombra. Y puede asombrar en dos sentidos:

--Cuando los cristianos vivimos convencidos y con entusiasmo el hecho de que somos Hijos de Dios y, por lo tanto, damos razón de El allá donde estamos

--Cuando los cristianos nos diluimos en medio del café del mundo y, lejos de darle sabor, a penas se nota nuestro ideario, nuestra pertenencia a la iglesia, nuestra experiencia de Jesús Resucitado.

3.- Si, amigos, podemos asombrar en doble dirección: cuando se nos nota lo que somos y, por el contrario, cuando somos insípidos en el ser, hablar y obrar.

Retomamos este tiempo sin grandes solemnidades ni fiestas. Es el momento oportuno para situarnos delante del Señor. Para retomar, con serenidad, la oración, la eucaristía. Para interpelarnos sobre nuestros temores ¿A qué tenemos miedo? ¿Por qué tenemos miedo? ¿A quién?

Si, el Señor, nos ha dicho que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, esta promesa nos debe de producir una disensión y una sensación de paz, de confianza y de fe.

4.- SOBRE TODO….CALMA

En la salud; pide a Dios que sea tu fortaleza

En el trabajo; dile a Dios que lo realices con dignidad

En el desaliento; preséntale a Dios tu debilidad

En la oscuridad; déjale al Señor que sea tu luz

SOBRE TODO…CALMA

 

Cuando todo se venga abajo; busca una mano que te sostenga

Cuando todo carezca de sentido; abre la Palabra de Dios

Cuando creas que todo está acabado; piensa en Jesús

SOBRE TODO…CALMA

 

Déjale a Dios, que sea Dios

Déjale que, en las tormentas, sea quien tenga la última palabra

Déjale que, en las inquietudes, ponga a tono tu corazón

SOBRE TODO….CALMA

 

Porque, si desesperas, pones a Dios en mal lugar

Porque, si desesperas, piensas que el mal es mayor que el poder de Dios

Porque, si desesperas, denota que tu fe no es tan grande como crees

Porque, si desesperas, es porque no caminas al ritmo de Jesús.

SOBRE TODO…CALMA

Y, si por lo que sea, te cuesta:

Pídesela al Señor

Para que, allá donde te encuentres,

Nunca sean mayores las dificultades y las pruebas

Que tu valentía y serenidad para hacerles frente.

Una cosa tengamos cierta:

Jesús es el mejor pararrayos

Jesús es el mejor calmante

Jesús es el mejor timón

Jesús es quien, tarde o temprano,

Hasta lo más retorcido, ante El, se endereza.


3.- FRENTE AL MAL DEL MUNDO

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- La literatura bíblica ha visto en el mar la expresión del poder incontrolado, indomesticado, frecuentemente enemigo del hombre. Se trata, sin duda, de un tópico cultural similar a cualquiera de los de nuestra época. Y frente a ese poder indómito e inhumano, esa misma literatura bíblica se ha gozado en afirmar ––siguiendo el tópico–– que la fuerza salvadora de Dios es mayor que la capacidad destructora del mal. A través de tópicos e imágenes, la Sagrada Escritura nos centra en una afirmación rotunda: Dios es poder, y poder de salvación, sobre cualquier otra fuerza, por inhumana e indomesticada que ésta se nos ofrezca. Así en el texto bíblico del Libro de Job, primera de las lecturas de este domingo, y así en el pasaje del evangelio de Marcos, tercera de las lecturas de hoy. El mensaje bíblico es terminante: Dios es más fuerte que toda fuerza, y la fuerza de dios es siempre fuerza de salvación para el hombre.

2.- Se nos rubrica esta enseñanza frente al mal del mundo. El hombre propende a sobrecogerse cuando contempla el horizonte de su tiempo, tantas veces hecho de violencias, guerras, injusticias, inhumanismo. Job tipifica esta primera y primaria reacción del hombre frente al mal; y el texto evangélico de Marcos se complace en subrayar el pánico que acoge a los discípulos del Señor ante la tempestad del lago. “¿Por qué sois tan cobardes?”, es la replica de Jesús. Válida ayer, válida hoy y válida mañana.

Se nos invita con esta interpelación a dejar a un lado nuestros pesimismos o, más en derechura, a espabilar nuestra confianza en la fuerza de Dios. Pese a todos los pesares, el movimiento de la historia concurrirá a llevar a cabo el designio de dios sobre el proyecto humano. El creyente vive en la esperanza porque se afianza en la fe, que, si no ha visto aún el advenimiento del Reino, sabe que su implantación futura es cierta e inesquivable. A quien, como creyente, da un voto de confianza al Dios de la salvación ¿será mucho pedirle esa misma confianza en la realización del proyecto de Dios sobre el mundo? No se trata de introducirnos en un optimismo irrealista, sino en una confianza que desafía al imperio del mal porque Dios es más fuerte que todo pecado... ¡Y buena falta nos hace de esta confianza en estos momentos! Sin su impulso, ¿qué acción apostólica puede sostenerse en pie y qué otra base puede formularse como fundamento de la operatividad cristiana?

3. - A veces, este inconfesado temor ante el mal nos lleva a abrazarnos en demasía a lo ya mil veces comprobado. ¿Será mucho decir que ciertos integrismos de los cristianos aun revestidos de ortodoxia, son expresión de una radical e inconfesada falta de fe? “El que vive con Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado; ha llegado lo nuevo”.

El cristianismo es novedad, es superación de lo manido, es opción por el mañana, es apuesta por nuevas fronteras para el hombre, que, desde la fe, se encamina hacia la plenitud de su realización. El cristiano esta llamado a ser inconformista ante todo lo conseguido; lo suyo más especifico es el impulso hacia el porvenir. Siempre más adelante, porque siempre más arriba; siempre muriendo al presente, porque siempre estamos en trance y posibilidad de resurrección. Cuanto el hombre consigue de libertad, de justicia, de fraternidad, de comunión... has de resultarle insuficiente al autentico creyente. Su meta está siempre más allá y todo logro viene a convertirse en medianía. “Nos apremia el amor de Cristo”. ¡Siempre hay nuevos horizontes de humanización para quien cree y espera en la plenitud de la salvación!

4. - Este es, radicalmente, el sentido de nuestra muerte con Jesús. “El que murió por todos”. Muertos en Él y con Él, nuestra existencia adquiere sentido en línea con su muerte y su resurrección, es, en la andadura de su caminar hacia una salvación que supera todos nuestros objetivos y que, por ello, relativiza toda meta conseguida e impulsa hacia nuevas dianas. Será, pues, cosa de escuchar al Jesús que nos interpela. “¿Aún no tenéis fe?”.


4.- LA TEMPESTAD

Por Antonio García Moreno

1.- "El Señor habló a Job desde la tormenta" (Job 38,1) Dios es el dueño de cuanto existe, como es dueño el artífice de la obra que realizan sus manos. Sí, Dios es el Creador del Orbe infinito. Pero nos hemos acostumbrado a su existencia y hablamos de él con una superficialidad escalofriante. Sin tener en cuenta su grandeza y su poder. Sí, cuando oímos noticias de terremotos que hunden pueblos enteros en el lodo y en la desesperación, nos impresionamos. Más aún si un pequeño movimiento sísmico nos afecta un poco más de cerca. Entonces nos acordamos de ti, te miramos suplicantes, atemorizados, nos damos cuenta de que tú eres el Todo, y nosotros la nada. Y nos convertimos por unos días en buenos creyentes, y cumplimos con diligencia tus mandatos.

Así, con la violencia casi, conquistaste a su pueblo, así lo redujiste. Tu presencia era siempre tremenda, impetuosa, arrolladora. El libro del Éxodo nos narra un momento de tus apariciones ante el pueblo: Todos escuchaban aterrorizados los truenos y los relámpagos, el sonido de las trompetas y el humear de la montaña. El pueblo, al ver esto, temblaba y se mantenía a distancia... Pero al venir los tiempos del Mesías, cambiaste de táctica. Tu presencia no fue entre rayos y truenos, temblor de tierra y bramar del viento. Llegaste calladamente, hecho hombre verdadero, con los ojos de mirada amable y penetrante, la palabra clara y persuasiva. Querías reconquistar a los tuyos con una nueva fuerza, la del amor, que convence y vence queriendo de verdad.

Señor, gracias por el cambio de táctica en la comunicación. Sin embargo, sigue mostrando tu brazo fuerte y extendido. Para que nosotros, los que tú ganaste a precio de sangre, nos sometamos totalmente a tu voluntad. Por amor a Ti, pero también con un santo temor de Ti.

"¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno...?” (Job 38, 8) Es inevitable, Señor. A veces no vemos con claridad. Es más, lo vemos todo muy oscuro. Nos parece que te portas mal con nosotros, que no eres justo, incluso pasa por nuestra mente la idea de una crueldad inconcebible. Y es que somos muy torpes, débiles, flacos y enfermos. Pero es así. Hay situaciones en las que uno se hace mil preguntas, sin encontrar ninguna respuesta. Y entonces surgen nuestras hipótesis, nuestras cábalas, nuestras absurdas teorías. Que si nos lo habremos merecido, que si esta vida no tiene sentido, que si no vale la pena vivir, que si la única salida que hay es la indiferencia, la apatía, la náusea.

Y la voz de Dios llega hasta nuestro rincón de tinieblas: ¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas? Ciñe tus lomos como un héroe. ¡Yo te interrogaré y tú me instruirás! ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?”... Y Job se hunde ante la grandeza de Dios, ante la profundidad de su divino misterio: Heme aquí, mezquino soy. ¿Qué puedo yo responderte? ¡Pongo la mano en mi boca!... Yo también callaré, Señor. Aceptaré cuanto dispongas, seguro de tu gran sabiduría y de tu infinito poder, confiado y sereno ante tu inmenso amor.

2.- "Entraron en naves por el mar" (Sal 106, 23) El salmista recuerda la salida al mar de los hijos de Israel, aquellas largas travesías en busca de nuevas tierras donde vivir, de nuevos mercados para sus productos. Contempla la llanura de las aguas en los momentos maravillosos del océano en bonanza, la paz de los atardeceres marinos, la suave brisa bañada en yodo y sal. También recuerda los días de tempestad, aquellos en los que el viento impetuoso bate las velas hasta hacer crujir los mástiles. Aguas turbulentas de olas gigantescas, sacudiendo con violencia la nave.

Desde que nace cada hombre es un navegante; nada más llegar ya se hace a la mar en esa frágil barquichuela que es una cuna. Así, pues, la vida entera no es más que una travesía, larga o corta, por las aguas de la vida. Vamos surcando, día a día, las olas serenas o encrespadas de nuestra existencia. Cada uno tiene su propia barca y su propia ruta que ha de recorrer inevitablemente, cada uno ha de enfrentarse con los vientos y sostener su propia vela. Ojalá que no perdamos el rumbo y lleguemos a puerto seguro, y ojalá que en los momentos difíciles recurramos a quien puede apaciguar las aguas.

"... gritaron al Señor en su angustia" (Sal 106, 28) Dicen que si quieres aprender a rezar examínate o hazte a la mar. A esto se refiere el salmista cuando nos sigue relatando la aventura de esos navegantes, que bien pueden ser símbolo y figura de nosotros mismos. Se levantó un viento impetuoso que alzaba las olas a lo alto, que subían al cielo y bajaban al abismo. Se veían ya perdidos, hundidos en el agua. Pero gritaron al Señor en su angustia y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa y enmudecieron las olas del mar.

Es cierto que en la mayoría de los casos la ruta transcurre sin grandes percances. Y también que abunda más el tiempo bueno que el tormentoso, más la bonanza que la tempestad, más los momentos felices que los amargos. Aunque cuando estamos hundidos nos parezca lo contrario, yo pienso que la vida, esta nuestra travesía, tiene más de crucero de placer que de barco mercante o buque de guerra.

De todos modos, cuando el mar se agite, cuando la tempestad se levante, por dentro o por fuera, que clamemos confiados a Dios nuestro Señor. Aunque parezca ausente, aunque esté dormido como lo estuvo un día en la barca, acudamos a él. Nos ocurrirá como a los navegantes del salmo: Se alegraron de aquella bonanza y él los condujo al ansiado puerto.

3.- "Hermanos: nos apremia el amor de Cristo" (2 Co 5, 14) Pablo escribe con tono de urgencia, con tono de apremio, como quien tiene prisa por ser atendido en su petición. Y es que de atender o no a sus palabras, dependen cosas muy importantes y decisivas. Depende, nada menos, la salvación eterna de quienes le escuchan... Y son palabras que siguen resonando con la misma fuerza, con el mismo ritmo de urgencia y de apremio. Sí, también hoy, también a ti te apremia el amor de Cristo, te urge a que acabes de una vez con esa actitud indolente y aburguesada en que habitualmente vives.

Cristo murió por todos, sigue el Apóstol, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos... Morir a nosotros mismos, derrumbar nuestra propia vida y dar paso a la vida de Dios. Pues el deseo de Cristo no es abandonarnos para dejarnos muertos, vacíos y secos. El deseo, la voluntad decidida de Dios, es transmitirnos su vida, transformarnos en criaturas nuevas. Y como nos ama, nos urge, nos da prisa, nos apremia para que seamos consecuentes, hasta lo último, con nuestra condición de cristianos.

"Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo" (2 Co 5, 17) Somos amigos de lo nuevo. Es como una ley que el hombre lleva consigo desde que tiene uso de razón. Por muy valioso que sea aquello que se tiene, es preciso renovarlo, cambiarlo por algo distinto... San Pablo nos dice hoy que lo viejo ha pasado y que ha llegado lo nuevo. Lo nuevo definitivo, lo que nunca será viejo, lo que satisfará de tal modo al hombre que ya no tendrá deseo de otro cambio.

Y esto nuevo a que se refiere el Apóstol es la vida que Cristo nos ha conseguido con su muerte. Por la participación en esa vida, el hombre viejo desaparece para dar paso al hombre nuevo... Y, sin embargo, ese hombre viejo no se resigna a morir del todo, y de hecho no muere definitivamente, hasta después de pasar la frontera de la muerte. No, no muere del todo ese hombre viejo que cada uno lleva dentro de sí. Y por eso tampoco acaba de nacer plenamente el hombre nuevo. No obstante es preciso ser conscientes de que lo viejo, el pecado, ha pasado, tiene que pasar. Hemos de amar lo nuevo, hemos de anhelar lo que no cambiará, lo que es perenne, eterno.

4.- "¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" (Mc 4, 41) Las aguas del lago de Genesaret fueron testigos mudos de grandes prodigios realizados por Jesús de Nazaret. En el pasaje de hoy se nos narra el mayor de todos. Después de una intensa jornada, los apóstoles con el Señor pasan en barca a la otra orilla del lago. Jesús estaba tan rendido que se queda dormido en la proa de la embarcación. De pronto las aguas comenzaron a encresparse, se levantó un fuerte huracán y la frágil nave comenzó a cabecear peligrosamente. Las olas eran tan fuertes que el terror hizo presa en aquellos curtidos pescadores.

Mientras, Jesús dormía. Hay quien ha pensado que el Señor simulaba dormir para poner a prueba la fe de sus discípulos. El texto no dice nada. Por eso podemos pensar que el cansancio de Jesús era tan grande que se duerme profundamente, sin que el vaivén de la barca le despierte. Este dato es altamente significativo en orden a descubrir la humanidad santísima del Señor que se cansa y se fatiga hasta quedar rendido. En otros momentos se dejará sentir también la fragilidad de esa naturaleza, semejante a la nuestra excepto en el pecado, que pasa sed, que se acongoja, que siente angustia y tedio de muerte.

El mar se agita cada vez más y el peligro crece por momentos. Sin saber ciertamente para qué, despiertan al Maestro; no para que calme la tempestad, lo cual les parecería imposible, sino para recriminarle que siga dormido, sin importarle que estén a punto de sucumbir a las embestidas del oleaje. Por eso le preguntan, consternados, si no le importa que se hundan. Jesús no les contesta. Se pone en pie sobre la proa e increpa a las aguas con voz potente y dominadora: ¡Silencio, cállate!

Una primera reacción sería la de pensar que Jesús estaba loco. Cómo podía un hombre mandar sobre las aguas y los vientos. Sólo de Yahvé se dice en uno de los salmos que domina la soberbia del mar y contiene la bravura de las aguas. Sólo Dios podía calmar la tempestad. Pero paulatinamente van contemplando, tras la intervención de Jesús, cómo el mar se tranquiliza y el viento amaina. Pronto reina la bonanza y las barcas siguen, serenas y ágiles, su ruta hacia la ribera.

No salen de su asombro. Estupefactos se preguntan entre sí quién era este, capaz de dominar el furor del mar y del huracán. No acababan de comprender la grandeza de Jesucristo. Todavía eran hombres de poca fe, cobardes y tímidos. Pero el Señor sigue junto a ellos, esperando paciente al Espíritu que los transformaría. Entonces no volverían a tener miedo. Aun cuando la tempestad se desencadenara con más fuerza todavía, aun cuando el Señor pareciera dormido, sin importarle el peligro que corría la barca en la que navegaban. Siempre permanecieron serenos y valientes, apretando con fuerza el timón, seguros de que nada ni nadie podría hundir aquella barca, la Iglesia de Cristo, en la que generosos y esperanzados navegarían a través de todos los siglos.


5.- TU NAVE ES TU CORAZÓN

Por José María Martín OSA

1- En la Biblia se considera el mar como enemigo de Dios e instrumento de Satanás. No olvidemos que los egipcios mueren en el mar Rojo cuando perseguían a los hebreos, lo cual es prueba del poder de Dios. La Bestia del Apocalipsis surge del mar. Marcos nos presenta el mar como la fuerza maligna que quiere impedir que Jesús se acerque a Gerasa, tierra de paganos. Había concluido su enseñanza en parábolas, junto al lago de Tiberíades y ahora quiere ir a la otra orilla. Jesús está siempre presente en aquella persona que lo necesita, sea de la nación que sea. Su mensaje es universal, no particularista. Es en la otra orilla del lago donde curará al endemoniado. Las olas del mar -símbolo del mal- quieren impedir que Jesús realice el bien. Pero Jesús demuestra su poderío y dominio sobre el espíritu del mal con el mismo grito que lanzó al poseso de la sinagoga de Cafarnaún: ¡Silencio, cállate! Primera enseñanza: Dios lo puede todo, confiemos siempre en su fuerza curativa.

2.- Los discípulos, que quieren ser seguidores de Jesús, a pesar de todo lo que habían visto, dudan y tienen miedo cuando se desata la tormenta y ven que Jesús duerme. El, tranquilamente para la tormenta y les echa en cara su falta de fe: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?". Nuestra fe, como la de aquellos discípulos es muchas veces vacilante y débil, sobre todo cuando llega la dificultad: una enfermedad inesperada, un suspenso en un examen, un trabajo que no nos sale bien, un desengaño amoroso, los primeros síntomas de debilitamiento por el paso de los años... Y nos venimos abajo, o le exigimos a Dios una prueba de su poder. Jesús quiere que confiemos plenamente en El, porque nos ha dado pruebas suficientes de amor.

Los discípulos no tienen más remedio que reconocer su grandeza y cercanía. Nosotros también le tenemos muy cerca, pero a veces no le notamos. El es como el sol que alumbra y da calor, pero para que podamos gozar de él es necesario que abramos las ventanas de nuestra casa, de lo contrario es imposible que entre. San Agustín comenta que la nave es tu corazón: "Jesús estaba en la nave. La fe habita en tu corazón. Si traes a la memoria tu fe, no vacilará tu corazón; si olvidas la fe, Cristo duerme y el naufragio está a las puertas. Por tanto, haz lo que falta, para que si se encuentra dormido, despierte. Dile: "Despierta, Señor, que perecemos", para que dé órdenes a los vientos y se produzca la bonanza en tu corazón. Cuando Cristo, es decir, cuando tu fe está despierta en tu corazón, se alejan todas las tentaciones o, al menos, pierden toda su fuerza. Por tanto, ¿qué significa levántate? Muéstrate, manifiéstate, hazte notar. Levántate, Señor y ven en mi auxilio". Segunda enseñanza: Abre tu corazón a la presencia de Dios.

3.- Jesús nos invita a nosotros a ir "a la otra orilla". Es más fácil quedarse parado y contentarse con lo que ya tenemos, incluso justificar nuestras debilidades como si fuera imposible dominarlas. Jesús nos anima a salir de nosotros mismos, a lanzarnos a la aventura. Es vedad que nos asusta la travesía en la noche, pero El viaja con nosotros. En otra ocasión les dirá a los discípulos que remen mar adentro. Sólo así, esforzándonos en superar lo que nos atenaza, arriesgando nuestras seguridades, poniéndonos confiadamente en sus manos, podremos llegar a buen puerto, superando todo aquello que nos impide crecer en el conocimiento y seguimiento de Jesús. El necesita hombres y mujeres esforzados, pero también confiados en que nunca les va a faltar su ayuda. El vence al mal y por eso le damos gracias "porque es eterna su misericordia" al librarnos de la angustia y la tribulación (Salmo 106). Tercera enseñanza: Arriésgate por Cristo, merece la pena si quieres salir de tu vacío interior.


6.- “TODO SALDRÁ BIEN”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Nadie que no haya experimentado la furia del mar, dentro de una embarcación, puede hacerse idea exacta de esa fuerza terrible que provoca enorme terror. Mis experiencias, de todos modos, se reducen al efecto de una inesperada tormenta mediterránea a bordo de una barquita de turismo, con cuatro tripulantes que habíamos salido a pescar de buena mañana y con un tiempo excelente. Estalló el mal tiempo y las normas nos señalaban que debíamos acercarnos a la playa a golpe de remos, pero nada se conseguía. El mar –la mar—se empeñaba en no dejarlos salir, estando a no mucho más de cien metros de tierra firme. La angustia duró muchos minutos, hasta que, de manera inesperada, la barca “se subió” en la cresta de una de esas grandes olas y aterrizamos, con un gran golpe –que sentimos en nuestras posaderas—en la arena de la mismísima playa. El caso no parece grave. Se presentaría como una anécdota más del tiempo de vacaciones, si no fuera porque no se puede olvidar el autentico miedo que el incidente, por fiero e inesperado, produjo en nuestro ánimo.

Pero, claro, no es lo mismo experimentar esa fuerza terrible del mar sin posibilidad de tener problemas. Es obvio que el espectáculo desde tierra de una gran tormenta sobre el mar sobrecoge, maravilla y, desde luego, es consecuencia inmediata para entender mejor la grandeza de la naturaleza y por ello el infinito poder de Dios. Incluso, ya a bordo de un gran barco, cuando este mueve como una cáscara de nuez –por ejemplo un ferry en la travesía Santander (España)- Southampton (Inglaterra)— reina esa inquietud segura, pero llena de temor.

2.- Y en fin, este preámbulo solo sirve para entender el estado de ánimo de los apóstoles ante la tormenta en el lago. Claro que temieron por sus vidas, como no podía ser de otra forma. San Marcos nos dice que el Señor Jesús dormía sobre un almohadón situado en la popa de la embarcación. No parece fácil dormir con ese bamboleo. Pero se puede afirmar que Jesús tenía que dormir realmente, porque él nunca fingía nunca, aunque ello se justificara para mostrar, en su momento, su poder divino a los discípulos. Su sueño sería el producido por la fatiga del trabajo de los días anteriores, y motivado, también, por la ausencia de temores, los cuales suelen quitar el sueño a común denominador de los mortales. Por supuesto que su conciencia estaba tranquila. Sin embargo, una gran cantidad de los miedos de nuestra existencia están basados en cuestiones subjetivas que no responden a la realidad. Desde luego no era así en este caso de la tempestad. El misterio, para los apóstoles –y para nosotros mismo—es ese sueño de Jesús en medio de la tormenta. Pero eso no podremos saberlo nunca.

Partiendo del miedo y de la agitación de los discípulos, hemos de intentar comprender, de alguna manera, el estupor ante el final instantáneo de la tormenta. Y además que Jesús lo consiguiera ordenándoselo, que increpara a los elementos como se hace con una persona, con un ser vivo. Ese “¡Silencio, cállate!” es estremecedor y grandioso, aunque, por supuesto nadie puede negar que una tormenta en el mar no sea un algo muy vivo. Además afea el miedo a sus acompañantes. “¿Por qué sois tan cobardes?” Y esa interpelación nos llega directamente a nosotros, porque muchas de nuestras torpezas en la vida de cristianos, viene de la cobardía, de los temores infundados. Parece claro que si confiamos en Jesús de Nazaret nada tendríamos que temer y, sin embargo, nuestra vida –como decía—esta llena de miedos, la mayoría de ellos mucho menos razonables que el temor por los efectos de un mar fiero.

3.- La primera lectura, del Libro de Job, encara también la presencia omnipotente de Dios por encima de la terrible tormenta. Y como hace Jesús en el relato del Evangelio de hoy, Dios también habla a la tormenta, para confinarla en su sitio del agua, sin que llegue a tierra firme. Habla de arrogancia de la tormenta. Ejemplo, sin duda, eficaz y afortunado. Para nosotros, hombres y mujeres, la arrogancia del mar embravecido es un hecho, para Dios no es nada. Se refuerza pues la idea de que hemos de confiar en Dios, en su infinita fuerza que nos librará de todos los malos avatares. El Salmo también nos habla del poder de Dios y la tormenta. Como suele ocurrir en la liturgia existe esa relación catequética en todos los textos que se proclaman en la Eucaristía.

4.- San Pablo en su Segunda Carta a los fieles de Corinto refleja –como lo hace en otras epístolas—la ciencia de lo nuevo y el hombre nuevo. La presencia de Jesús de Nazaret en nuestras vidas nos renueva por dentro de manera total, dando lugar al nacimiento de hombres y mujeres nuevos, no solo parcialmente renovados, sino totalmente nuevos. Supongo que todos y cada uno de nosotros, si recordamos los primeros compases de nuestra vida, tras la conversión, tendremos claro el acceso a esa novedad total que nos transforma. La frase de Pablo es muy bella: “Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”. Y tiene un gran sentido que refleja ese momento preciso en que empezamos a vivir en la cercanía y presencia de Dios.

La enseñanza de este domingo no es otra que la de ejercitar en todos los casos nuestra confianza en Dios. Hemos de aceptar que con Él todo tiene solución. Y es, bajo mi punto de vista, un buen momento pare recordar, una vez más, esa revelación que el mismo Jesús hizo a Juliana de Norwich, mística inglesa de la edad media. Jesús le dijo: “No te preocupes que, al final, todo saldrá bien.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL PEQUEÑO LAGO AL QUE LLAMABAN MAR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Para entender mejor muchos pasajes del evangelio, mis queridos jóvenes lectores, bueno será visitar aquellos lugares donde acontecieron los hechos que se nos cuentan, o conocer siquiera alguna de las características geográficas que lo condicionan. El Kineret, que así se llama en hebreo, por su forma de lira o porque sus aguas al moverse semejan las notas de este instrumento, según quien nos lo cuente, en realidad es de poca extensión. De norte a sur, en números redondos, mide 20 Km. y de este a oeste alrededor de 9. Lo más característico del lugar es la situación de su superficie respecto a la de los océanos. Está por debajo de los 200 metros. Rodeado todo él por pequeñas elevaciones de terreno de no más de 400 metros, sufre unas temperaturas en verano que pueden alcanzar los 46º C. Si he dado esta lección de geografía física, es porque estos detalles condicionan tanto el estado de ánimo de la gente, sometida a alta presión atmosférica y grado de humedad, como el comportamiento de las corrientes de aire y el movimiento de sus aguas. Cada día hacia las 6 de la tarde empieza a soplar un suave viento que riza la superficie y que, con facilidad, hacia las nueve, se convierte en pequeña gran tempestad.

2.- Cuando uno se mueve por aquellas tierras, resulta muy útil visitar, en el hotel del Kibutz de Guinnosar, un barco encontrado no hace muchos años y que por sus características sería semejante al que utilizaba Jesús, propiedad sería de los apóstoles pescadores. Le llaman la barca de San Pedro, aunque nadie pretenda creer que fue de su propiedad. Hay que recordar también, que no todos los seguidores del Maestro ejercían este oficio y no todos tendrían la misma actitud al encontrarse navegando por el lago. Con facilidad puede uno imaginar el diferente estado de ánimo que ante las olas tendrían los adultos que se ganaban la vida surcándolas y echando las redes, pretendiendo que se llenaran de peces, Juan, el jovencito inquieto, o Mateo, el funcionario. Distintos eran ellos, unidos entre sí por el seguimiento de Jesús. Pero este amor no le quitaría el miedo a hundirse que sentiría Leví, en cuanto el cascarón aquel empezara a balancearse un poco, Pedro demostraría en aquellos momentos su maestría y dominio de las artes, y los demás recibirían el oleaje sin inmutarse demasiado.

Porque debéis saber, que es cuestión de muy poco tiempo allí, el que tarda en convertirse aquel simpático agitarse de las olas en otras que con facilidad se elevan más de un metro. Lo he leído, descrito en los manuales, y lo he experimentado en alguna ocasión. De aquí que os hable con conocimiento. Y os lo he explicado para que comprendáis que Jesús, que algo entendería de estos fenómenos locales, se quedara dormido tranquilamente descansando y que los apóstoles marineros, no le despertaran enseguida. Pero, ya se sabe, la naturaleza con frecuencia supera al ingenio de los hombres. El orgullo profesional también llega un momento que es vencido por el peligro y por eso en la oración que le dirigen, hay un cierto tono de queja. La plegaria es súplica, pero en ocasiones la elevamos con cierta prisa y Dios, que tiene toda la eternidad para contestarnos generosamente, a veces, se atiene a nuestra pequeñez. Así ocurrió entonces. A la orden de Jesús se calmaron las aguas y los apóstoles quedaron asombrados del poder del Maestro.

3.- A ellos, Cristo se abajó, mostrando su bondad en su trabajo cotidiano. A nosotros nos pasará igual. Claro que su poder y su bondad se manifestarán lejos de Tiberíades y de las tareas de la pesca en agua dulce, pero no dejará de manifestarnos su cariño si se lo solicitamos en nuestro diario quehacer. Que de poco nos serviría reconocer que es Rey del Universo, si no comprobáramos que lo es de nuestro pequeño mundo. Otra cosa. Deberemos aprender de los apóstoles a asombrarnos. Es un gesto que no os enseñarán en ningún colegio ni gimnasio, pero que es necesario para seguir al Señor y ser felices.

No quiero, mis queridos jóvenes lectores, que olvidéis lo que dice San Pablo en el fragmento que leemos hoy. Todos tememos el fin de nuestros días. Jesús escogió la muerte, la suya, para salvarnos a nosotros. Asombrados ante este gesto de generosidad, correspondemos nosotros siendo hombres distintos. Tal vez os encontráis con que vuestros compañeros no van a misa, digo esto para poner un sencillo ejemplo, y os preguntéis porqué a vosotros os toca ir. Recapacitad un momento, preguntaos sinceramente ¿están ellos enterados de que el Señor los ha salvado? ¿Han aprendido, les han enseñado, a ser agradecidos? Seguir a Jesús, como seguir a un equipo vencedor, que además son gente amiga nuestra, o a un conjunto triunfador, con el que hemos entablado amistad, no cuesta tanto, como seguir a desconocidos líderes políticos o presidentes de asociaciones que no forman parte de nuestra entrañable vida.

No os olvidéis de ser siempre amigos de Jesús, os lo repetiré muchas veces. Otro día os explicaré porque al pequeño lago los lugareños le llaman mar.