HOMILÍA DEL PAPA EN EL ENCUENTRO CON LOS MOVIMIENTOS Y NUEVAS COMUNIDADES ECLESIALES

CIUDAD DEL VATICANO (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la vigilia de Pentecostés, durante el encuentro con los movimientos y nuevas comunidades, que se celebró en la plaza de San Pedro del Vaticano, el 3 de junio de 2006. Participaron más de 400.000 personas.

TEXTO ÍNTEGRO

Queridos hermanos y hermanas:

Habéis venido realmente en gran número esta tarde a la plaza de San Pedro para participar en la Vigilia de Pentecostés. Os doy las gracias de corazón. Al pertenecer a pueblos y culturas diversos, representáis aquí a todos los miembros de los Movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades, reunidos espiritualmente en torno al Sucesor de Pedro, para proclamar la alegría de creer en Jesucristo y renovar el compromiso de ser sus discípulos fieles en este tiempo.

Os agradezco vuestra participación y saludo cordialmente a cada uno. Saludo con afecto, ante todo, a los señores cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, a los religiosos y a las religiosas. Saludo a los responsables de vuestras numerosas realidades eclesiales, que muestran cuán viva es la acción del Espíritu Santo en el pueblo de Dios. Saludo a los que han preparado este acontecimiento extraordinario y, en particular, a los que trabajan en el Consejo pontificio para los laicos, con el secretario, mons. Josef Clemens, y el presidente, mons. Stanislaw Rylko, al que agradezco también las cordiales palabras que me ha dirigido al inicio de la liturgia de las Vísperas.

Viene a nuestra memoria con emoción el encuentro análogo que tuvo lugar en esta misma plaza, el 30 de mayo de 1998, con el amado Papa Juan Pablo II. Gran evangelizador de nuestro tiempo, os acompañó y guió durante todo su pontificado; en muchas ocasiones definió "providenciales" vuestras asociaciones y comunidades, sobre todo porque el Espíritu santificador se sirve de ellas para despertar la fe en el corazón de tantos cristianos y para hacer que descubran la vocación que han recibido con el bautismo, ayudándoles a ser testigos de esperanza, llenos del fuego de amor que es precisamente don del Espíritu Santo.

Ahora, en esta Vigilia de Pentecostés, nos preguntamos: ¿Quién o qué es el Espíritu Santo?

¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos nosotros a él y él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace?

Una primera respuesta nos la da el gran himno pentecostal de la Iglesia, con el que hemos iniciado las Vísperas: "Veni, Creator Spiritus...", "Ven, Espíritu Creador...". Este himno alude aquí a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios. El mundo en que vivimos es obra del Espíritu Creador. Pentecostés no es sólo el origen de la Iglesia y, por eso, de modo especial, su fiesta; Pentecostés es también una fiesta de la creación.

El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu Creador de Dios, de la Palabra Creadora de Dios.

Por eso refleja también la sabiduría de Dios. La creación, en su amplitud y en la lógica omnicomprensiva de sus leyes, permite vislumbrar algo del Espíritu Creador de Dios. Nos invita al temor reverencial. Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu Creador es consciente de que no podemos usar el mundo y abusar de él y de la materia como si se tratara simplemente de un material para nuestro obrar y querer; es consciente de que debemos considerar la creación como un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en el jardín de Dios y así también en un jardín del hombre. Frente a las múltiples formas de abuso de la tierra que constatamos hoy, escuchamos casi el gemido de la creación, del que habla san Pablo (cf. Rm 8, 22); comenzamos a comprender las palabras del Apóstol, es decir, que la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor.

Queridos amigos, nosotros queremos ser esos hijos de Dios que la creación espera, y podemos serlo, porque en el bautismo el Señor nos ha hecho tales. Sí, la creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia. Si repasamos la historia, vemos que la creación pudo prosperar en torno a los monasterios, del mismo modo que con el despertar del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres ha vuelto el fulgor del Espíritu Creador también a la tierra, un esplendor que había quedado oscurecido y a veces casi apagado por la barbarie del afán humano de poder. Y de nuevo sucede lo mismo en torno a Francisco de Asís. Y acontece en cualquier lugar donde llega a las almas el Espíritu de Dios, el Espíritu que nuestro himno define como luz, amor y vigor.

Así hemos encontrado una primera respuesta a la pregunta de qué es el Espíritu Santo, qué hace y cómo podemos reconocerlo. Sale a nuestro encuentro a través de la creación y su belleza. Sin embargo, a lo largo de la historia de los hombres, la creación buena de Dios ha quedado cubierta con una gruesa capa de suciedad, que hace difícil, por no decir imposible, reconocer en ella el reflejo del Creador, aunque ante un ocaso en el mar, durante una excursión a la montaña o ante una flor abierta, se despierta en nosotros siempre de nuevo, casi espontáneamente, la conciencia de la existencia del Creador.

Pero el Espíritu Creador viene en nuestra ayuda. Ha entrado en la historia y así nos habla de un modo nuevo. En Jesucristo Dios mismo se hizo hombre y nos concedió, por decirlo así, contemplar en cierto modo la intimidad de Dios mismo. Y allí vemos algo totalmente inesperado: en Dios existe un "Yo" y un "Tú". El Dios misterioso no es una soledad infinita; es un acontecimiento de amor. Si al contemplar la creación pensamos que podemos vislumbrar al Espíritu Creador, a Dios mismo, casi como matemática creadora, como poder que forja las leyes del mundo y su orden, pero luego también como belleza, ahora llegamos a saber que el Espíritu Creador tiene un corazón. Es Amor.

Existe el Hijo que habla con el Padre. Y ambos son uno en el Espíritu, que es, por decirlo así, la atmósfera del dar y del amar que hace de ellos un único Dios. Esta unidad de amor, que es Dios, es una unidad mucho más sublime de lo que podría ser la unidad de una última partícula indivisible. Precisamente el Dios trino es el único Dios.

A través de Jesús, por decirlo así, penetra nuestra mirada en la intimidad de Dios. San Juan, en su evangelio, lo expresó de este modo: "A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1, 18). Pero Jesús no sólo nos ha permitido penetrar con nuestra mirada en la intimidad de Dios; con él Dios, de alguna manera, salió también de su intimidad y vino a nuestro encuentro. Esto se realiza ante todo en su vida, pasión, muerte y resurrección; en su palabra. Pero Jesús no se contenta con salir a nuestro encuentro. Quiere más. Quiere unificación. Y este es el significado de las imágenes del banquete y de las bodas. Nosotros no sólo debemos saber algo de él; además, mediante él mismo, debemos ser atraídos hacia Dios. Por eso él debe morir y resucitar, porque ahora ya no se encuentra en un lugar determinado, sino que su Espíritu, el Espíritu Santo, ya emana de él y entra en nuestro corazón, uniéndonos así con Jesús mismo y con el Padre, con el Dios uno y trino.

Pentecostés es esto: Jesús, y mediante él Dios mismo, viene a nosotros y nos atrae dentro de sí. "Él manda el Espíritu Santo", dice la Escritura. ¿Cuál es su efecto? Ante todo, quisiera poner de relieve dos aspectos: el Espíritu Santo, a través del cual Dios viene a nosotros, nos trae vida y libertad. Miremos ambas cosas un poco más de cerca. "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia", dice Jesús en el evangelio de san Juan (Jn 10, 10). Todos anhelamos vida y libertad. Pero ¿qué es esto?, ¿dónde y cómo encontramos la "vida"?

Yo creo que, espontáneamente, la inmensa mayoría de los hombres tiene el mismo concepto de vida que el hijo pródigo del evangelio. Había logrado que le entregaran su parte de la herencia y ahora se sentía libre; quería por fin vivir ya sin el peso de los deberes de casa; quería sólo vivir, recibir de la vida todo lo que puede ofrecer; gozar totalmente de la vida; vivir, sólo vivir; beber de la abundancia de la vida, sin renunciar a nada de lo bueno que pueda ofrecer. Al final acabó cuidando cerdos, envidiando incluso a esos animales. ¡Qué vacía y vana había resultado su vida! Y también había resultado vana su libertad.

¿Acaso no sucede lo mismo también hoy? Cuando sólo se quiere ser dueño de la vida, esta se hace cada vez más vacía, más pobre; fácilmente se acaba por buscar la evasión en la droga, en el gran engaño. Y surge la duda de si de verdad vivir es, en definitiva, un bien. No. De este modo no encontramos la vida.

Las palabras de Jesús sobre la vida en abundancia se encuentran en el discurso del buen pastor. Esas palabras se sitúan en un doble contexto. Sobre el pastor, Jesús nos dice que da su vida.

"Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (cf. Jn 10, 18). Sólo se encuentra la vida dándola; no se la encuentra tratando de apoderarse de ella. Esto es lo que debemos aprender de Cristo; y esto es lo que nos enseña el Espíritu Santo, que es puro don, que es el donarse de Dios. Cuanto más da uno su vida por los demás, por el bien mismo, tanto más abundantemente fluye el río de la vida.

En segundo lugar, el Señor nos dice que la vida se tiene estando con el Pastor, que conoce el pastizal, los lugares donde manan las fuentes de la vida. Encontramos la vida en la comunión con Aquel que es la vida en persona; en la comunión con el Dios vivo, una comunión en la que nos introduce el Espíritu Santo, al que el himno de las Vísperas llama "fons vivus", fuente viva. El pastizal, donde manan las fuentes de la vida, es la palabra de Dios como la encontramos en la Escritura, en la fe de la Iglesia. El pastizal es Dios mismo a quien, en la comunión de la fe, aprendemos a conocer mediante la fuerza del Espíritu Santo.

Queridos amigos, los Movimientos han nacido precisamente de la sed de la vida verdadera, son Movimientos por la vida en todos sus aspectos. Donde ya no fluye la verdadera fuente de la vida, donde sólo se apoderan de la vida en vez de darla, allí está en peligro incluso la vida de los demás; allí están dispuestos a eliminar la vida inerme del que aún no ha nacido, porque parece que les quita espacio a su propia vida. Si queremos proteger la vida, entonces debemos sobre todo volver a encontrar la fuente de la vida; entonces la vida misma debe volver a brotar con toda su belleza y sublimidad; entonces debemos dejarnos vivificar por el Espíritu Santo, la fuente creadora de la vida.

Al tema de la libertad ya aludimos hace poco. En la partida del hijo pródigo se unen precisamente los temas de la vida y de la libertad. Quiere la vida y por eso quiere ser totalmente libre. Ser libre significa, según esta concepción, poder hacer todo lo que se quiera, no tener que aceptar ningún criterio fuera y por encima de mí mismo, seguir únicamente mi deseo y mi voluntad. Quien vive así, pronto se enfrentará con los otros que quieren vivir de la misma manera. La consecuencia necesaria de esta concepción egoísta de la libertad es la violencia, la destrucción mutua de la libertad y de la vida.

La sagrada Escritura, por el contrario, une el concepto de libertad con el de filiación. Dice san Pablo: "No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 15).

¿Qué significa esto? San Pablo presupone el sistema social del mundo antiguo, en el que existían los esclavos, los cuales no tenían nada y por eso no podían intervenir para hacer que las cosas funcionaran como debían. En contraposición estaban los hijos, los cuales eran también los herederos y, por eso, se preocupaban de la conservación y de la buena administración de sus propiedades o de la conservación del Estado. Dado que eran libres, tenían también una responsabilidad. Prescindiendo del contexto sociológico de aquel tiempo, vale siempre el principio: libertad y responsabilidad van juntas. La verdadera libertad se demuestra en la responsabilidad, en un modo de actuar que asume la corresponsabilidad con respecto al mundo, con respecto a sí mismos y con respecto a los demás.

Es libre el hijo, al que pertenece la cosa y que por eso no permite que sea destruida. Ahora bien, todas las responsabilidades mundanas, de las que hemos hablado, son responsabilidades parciales, pues afectan sólo a un ámbito determinado, a un Estado determinado, etc. En cambio, el Espíritu Santo nos hace hijos e hijas de Dios. Nos compromete en la misma responsabilidad de Dios con respecto a su mundo, a la humanidad entera. Nos enseña a mirar al mundo, a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Esta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos.

Los Movimientos eclesiales quieren y deben ser escuelas de libertad, de esta libertad verdadera. Allí queremos aprender esta verdadera libertad, no la de los esclavos, que busca quedarse con una parte del pastel de todos, aunque luego el otro no tenga. Nosotros deseamos la libertad verdadera y grande, la de los herederos, la libertad de los hijos de Dios. En este mundo, tan lleno de libertades ficticias que destruyen el ambiente y al hombre, con la fuerza del Espíritu Santo queremos aprender juntos la libertad verdadera; construir escuelas de libertad; demostrar a los demás, con la vida, que somos libres y que es muy hermoso ser realmente libres con la verdadera libertad de los hijos de Dios.

El Espíritu Santo, al dar vida y libertad, da también unidad. Son tres dones inseparables entre sí. Ya he hablado demasiado tiempo; pero permitidme decir aún unas palabras sobre la unidad. Para comprenderla puede ser útil una frase que, en un primer momento, parece más bien alejarnos de ella. A Nicodemo que, buscando la verdad, va de noche con sus preguntas, Jesús le dice: "El Espíritu sopla donde quiere" (Jn 3, 8). Pero la voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.

El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor que en el único Dios da y acoge. Él nos une de tal manera, que san Pablo pudo decir en cierta ocasión: "Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28). El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. El Espíritu Santo actúa corporalmente, no sólo obra subjetivamente, "espiritualmente". A los discípulos que lo consideraban sólo un "espíritu", Cristo resucitado les dijo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu —un fantasma— no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc 24, 39). Esto vale para Cristo resucitado en cualquier época de la historia.

Cristo resucitado no es un fantasma; no es sólo un espíritu, no es sólo un pensamiento, no es sólo una idea. Sigue siendo el Encarnado. Resucitó el que asumió nuestra carne, y sigue siempre edificando su Cuerpo, haciendo de nosotros su Cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y su voluntad es la unidad hecha cuerpo, la unidad que encuentra el mundo y lo transforma.

En la carta a los Efesios, san Pablo nos dice que este Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, tiene junturas (cf. Ef 4, 16) y también las nombra: son los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros (cf. Ef 4, 12). El Espíritu es multiforme en sus dones, como lo vemos aquí.

Si repasamos la historia, si contemplamos esta asamblea reunida en la plaza de San Pedro, nos damos cuenta de que él suscita siempre nuevos dones. Vemos cuán diversos son los órganos que crea y cómo él actúa corporalmente siempre de nuevo. Pero en él la multiplicidad y la unidad van juntas. Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas. Y ¡con cuánta multiformidad y corporeidad lo hace!

Y también es precisamente aquí donde la multiformidad y la unidad son inseparables entre sí. Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único cuerpo, en la unión con los órdenes duraderos —las junturas— de la Iglesia, con los sucesores de los Apóstoles y con el Sucesor de san Pedro. No nos evita el esfuerzo de aprender el modo de relacionarnos mutuamente; pero nos demuestra también que él actúa con miras al único cuerpo y a la unidad del único cuerpo. Sólo así precisamente la unidad logra su fuerza y su belleza.

Participad en la edificación del único cuerpo. Los pastores estarán atentos a no apagar el Espíritu (cf. 1 Ts 5, 19) y vosotros aportaréis vuestros dones a la comunidad entera. Una vez más: el Espíritu Santo sopla donde quiere, pero su voluntad es la unidad. Él nos conduce a Cristo, a su Cuerpo. "De Cristo —nos dice san Pablo— todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor" (Ef 4, 16).

El Espíritu Santo quiere la unidad, quiere la totalidad. Por eso, su presencia se demuestra finalmente también en el impulso misionero. Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos de su existencia. Lo hace sin temor alguno, porque sabe que ha recibido la filiación adoptiva; sin ninguna presunción, porque todo es don; sin desalentarse, porque el Espíritu de Dios precede a su acción en el "corazón" de los hombres y como semilla en las culturas y religiones más diversas. Lo hace sin confines, porque es portador de una buena nueva destinada a todos los hombres, a todos los pueblos.

Queridos amigos, os pido que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo. Este es el mejor servicio de la Iglesia a los hombres y de modo muy especial a los pobres, para que la vida de la persona, un orden más justo en la sociedad y la convivencia pacífica entre las naciones, encuentren en Cristo la "piedra angular" sobre la cual construir la auténtica civilización, la civilización del amor. El Espíritu Santo da a los creyentes una visión superior del mundo, de la vida, de la historia y los hace custodios de la esperanza que no defrauda.

Así pues, oremos a Dios Padre, por nuestro Señor Jesucristo, en la gracia del Espíritu Santo, para que la celebración de la solemnidad de Pentecostés sea como fuego ardiente y viento impetuoso para la vida cristiana y para la misión de toda la Iglesia.

Pongo las intenciones de vuestros Movimientos y comunidades en el corazón de la santísima Virgen María, presente en el Cenáculo juntamente con los Apóstoles; que ella interceda para que se hagan realidad. Sobre todos vosotros invoco la efusión de los dones del Espíritu, a fin de que también en nuestro tiempo se realice la experiencia de un nuevo Pentecostés. Amén.

[Traducción distribuida por la Santa Sede. © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

Nota de la Redacción de Betania. Es frecuente ahora el retraso es la divulgación de los textos pontificios. Se supone que se querrán analizar mejor a la hora de publicarlos o que existe alguna dificultad para darlos a la luz pública.


EL ÓBOLO DE SAN PEDRO OFRECE LA POSIBILIDAD DE COLABORAR CON LA CARIDAD DEL PAPA

CIUDAD DEL VATICANO (ZENIT.org).- El próximo 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, (o en otro día cercano indicado por el obispo), se celebrará la Jornada de la Caridad del Papa, en la que cada católico es invitado a colaborar con las obras de ayuda del Santo Padre a favor de los más pobres. Con este motivo, las diócesis destinan la colecta de la misa del día indicado para las obras de caridad de Benedicto XVI. Es lo que se llama el Óbolo de San Pedro. Recientemente, la Santa Sede ha ofrecido posibilidades para destinar directamente estos donativos gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación.

La página web del Vaticano (http://www.vatican.va) ha creado una sección especial, «Óbolo de San Pedro», en su página de acogida en los diferentes idiomas, que ofrece la posibilidad de contactar directamente a la Oficina del Óbolo de San Pedro. En esa misma sección, se ofrece también la posibilidad de ofrecer el donativo a través de tarjeta de crédito, comunicando los propios datos por fax. La ayuda tradicional puede hacerse llegar escribiendo directamente a Benedicto XVI a la dirección postal 00120 - Ciudad del Vaticano.

Según los últimos datos disponibles, en el año 2004 el Óbolo de San Pedro recogió 51.710.348,45 dólares (unos 43.324.740 euros), que han sido destinados a intervenciones de caridad del Papa a favor de las comunidades eclesiales del tercer mundo y para ayudar a poblaciones flageladas por guerras o catástrofes naturales. El Óbolo comprende la colecta efectuada en las diócesis de todo el mundo sobre todo con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, las contribuciones de congregaciones e instituciones religiosas, las aportaciones de fundaciones y las ofertas espontáneas de fieles de todo el mundo. El dinero que se recoge con motivo del Óbolo de San Pedro no entra en el presupuesto de la Santa Sede, pues se destina directamente a las obras de caridad.

El origen histórico del Óbolo de San Pedro se remonta a finales del siglo VIII, cuando los anglosajones se convirtieron al cristianismo y como signo de unión con el obispo de Roma decidieron enviar de manera estable una contribución al Santo Padre, explica esta página. Así nació el «Denarius Sancti Petri» (Limosna a San Pedro), que pronto se difundió por los países europeos, costumbre que fue regulada por el Papa Pío IX en la Encíclica «Saepe Venerabilis» (5 de agosto de 1871). Se puede recibir más información sobre el Óbolo enviando un mensaje a la dirección de correo electrónico obolo.sp@segstat.va.


COMUNICADO DEL SECRETARIADO EPISCOPAL ARGENTINO PARA LA FAMILIA ANTE EL PROYECTO DE LEY DE ESTERILIZACIÓN

BUENOS AIRES (ZENIT.org).- Publicamos el comunicado que ha difundido el Secretariado Nacional para la Familia de la Comisión Episcopal de Apostolado Laico y Pastoral Familiar de Argentina (www.cea.org.ar) ante el próximo debate del proyecto de ley sobre esterilización.

COMUNICADO DEL SECRETARIADO NACIONAL PARA LA FAMILIA

Ante el próximo tratamiento del proyecto de ley sobre esterilización, el Secretariado Nacional para la Familia quiere hacer conocer a la opinión pública:

1. El proyecto no contó con la debida discusión en las comisiones correspondientes, y no se permitió a todas las expresiones del arco ciudadano dar su opinión sobre el mismo.

En algunos caso el mismo fue aprobado sin discusión a libro (y puertas) cerradas.

2. El art. 91 del Código Penal vigente, prevé penas de 3 a 10 años a quienes causaren una lesión que "produjere la pérdida de la capacidad de engendrar o concebir". El proyecto no deroga tal disposición, por lo que seguirá siendo un delito en la República Argentina.

3. El proyecto de aprobarse como fue girado a la Cámara, obliga a efectuar -sin cargo para los mutilados-, tales cirugías a todo el sistema sanitario, tanto público como privado. Y a financiarlo a las obras sociales y prepagas; para las cuales no admite la objeción de conciencia, esto es, manifestarse en contra de realizar o financiar una práctica absolutamente objetable. Además se autoriza la esterilización de menores e incapaces, quienes jamás podrían expresar su consentimiento.

4. El proyecto no prevé la realización de las intervenciones quirúrgicas, necesarias para restablecer la fertilidad, ni tampoco las financiará. Esto restringe la posibilidad de que una persona pueda recuperar su capacidad de procreación en caso que así lo requiera o que quien haya sido mutilado siendo menor, pretenda recuperar su capacidad de procrear al alcanzar la mayoría de edad.

5. No está de más recordar que con una ley mucho menos permisiva, Alberto Fujimori, durante su gestión como presidente del Perú, hizo esterilizar a 360.000 peruanos -en su mayoría mujeres indígenas analfabetas-, por lo que enfrenta una demanda constitucional por genocidio en dicho país hermano.

Los seres humanos contamos con nuestra capacidad de juicio para poder discernir cómo y cuándo nuestras relaciones deben tener como resultado la procreación de un nuevo ser humano. La esterilización nos degrada a la condición de seres sin esa capacidad y esclavos de nuestros instintos. Pensar que los pobres no pueden tener esa capacidad es una actitud discriminatoria, lo que es necesario es darles educación y posibilidades de progreso social.

Creemos sinceramente que este tipo de "soluciones" radicales nos degradan en nuestra condición de personas y de sociedad civilizada.


CARDENAL BOLIVIANO PRECISA QUE IGLESIA NO PIDE OFICIALIDAD DE FE CATÓLICA

LA PAZ, (ACI).- El Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra, Cardenal Julio Terrazas Sandoval, pidió a los bolivianos no dejarse engañar por aquellos candidatos a la Asamblea Constituyente que mienten cuando afirman que la Iglesia pide que el catolicismo sea la religión oficial del país. Durante la Misa dominical, el Purpurado indicó que a pocos días de las elecciones a la Asamblea Constituyente, algunos candidatos afirman que de ser elegidos “van a pedir que la Iglesia no sea la religión oficial”. Recordó que los obispos “no buscamos y no peleamos por una oficialidad” e incluso, hace más de un mes, expresaron que están dispuestos a que se revise el artículo 3 de la Carta Magna, que establece la libertad de culto y reconoce el papel de la Iglesia.

“Siguen hablando de que nosotros estuviéramos peleando por ese artículo. ¡No!. Que se revise, pero con inteligencia, con amplitud. Que no se niegue que realmente este país tiene la semilla del Reino de la justicia, de verdad que el Señor ha traído, y que es eso lo que ha acompañado su proceso histórico y es por eso que en muchas partes de Bolivia nos gloriamos de ser católicos”, señaló. Recordó que desde 1967 la Constitución no establece religión oficial alguna. El Arzobispo afirmó que lo que la Iglesia pide es que “haya respeto” y “reconocimiento a la obra que se ha hecho”. Sin embargo, dijo que si esto no ocurriese, “el Reino (de Dios) va a seguir creciendo hasta que de frutos y nosotros vamos a trabajar para que esos frutos realmente se hagan realidad en mayor justicia, en mayor verdad, en mayor solidaridad entre todos”.

Afirmó también que “no tenemos miedo de que se haga (de Bolivia) un estado laico”. Sin embargo, denunció que quienes usan constantemente esa palabra “ocultan otras intenciones”. En ese sentido, advirtió que el laicismo pretende quitar la fe y “ordenar una Patria en la que no esté Dios presente”. Indicó que ello “vulneraría el derecho fundamental del ser humano” a expresar libremente “su amor al Dios que lo ha elegido”.

Finalmente, llamó a los católicos a permanecer en Cristo porque con su ayuda sabremos “cómo seguir caminando en este servicio a nuestro pueblo”, a los pobres y a los humildes, “para que este pueblo sea realmente liberado y no engañados o frustrados nuevamente”.El artículo 3 de la Constitución Política, reformada en 1995, dice: “El Estado reconoce y sostiene la religión católica, apostólica y romana. Garantiza el ejercicio público de todo otro culto. Las relaciones con la Iglesia Católica se regirán mediante concordatos y acuerdos entre el Estado Boliviano y la Santa Sede”.


AGENCIA ITALIANA ESPECULA SOBRE CAMBIOS EN COMUNICACIONES EN LA SANTA SEDE

VATICANO (ACI).- La agencia de noticias italiana "Affari Italiani" ha citado "confiables fuentes vaticanas" que indican la proximidad de importantes cambios en el área de comunicaciones de la Santa Sede. Luego del anuncio formal del actual Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede de su próximo retiro, la agencia anunció que uno de los candidatos a reemplazar a Joaquín Navarro-Valls, que ha servido 22 años en el puesto "podría ser el vaticanista del diario Il Messaggero, Orazio Petrosillo.

"Petrosillo es bien visto por la Curia Vaticana y podría ser nombrado en reemplazo de Navarro-Valls, o también como director de L'Osservatore Romano, en reemplazo del actual director Mario Agnes," quien ocupa el cargo desde 1984 y que también ha señalado, aunque no oficialmente, su deseo de retirarse, dice la agencia.La misma fuente señala que la Santa Sede podría ofrecerle a Navarro-Valls un puesto como representante del Vaticano ante algún organismo internacional, en consideración de su firmeza doctrinal y su experiencia en foros internacionales como la cumbre de Población de El Cairo, y la Cumbre sobre la Mujer en Beijing.


UN CONGREGACIÓN RELIGIOSA ESPAÑOLA ABRIRÁ UNA NUEVA FUNDACIÓN EN LA DIÓCESIS DE GUADALAJARA (MÉXICO)

Las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús potenciarán así su presencia en América Latina, para trabajar por la promoción de la mujer y la formación y acogida de las jóvenes.

MADRID (IVICON).- La congregación religiosa femenina, de origen español, de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús está dando los primeros pasos para abrir una nueva fundación en la diócesis mexicana de Guadalajara. Esta nueva fundación fue pedida en el XVII Capítulo General que celebró esta congregación en julio de 2005. A primeros de este mes, la Hermana Marina Fermín Ruiz, Superiora General de la congregación, ha regresado de México donde dos religiosas, las hermanas María H. Miñón y Matilde Santamaría, están realizando las gestiones oportunas para la fundación. Hasta ahora están recibiendo el apoyo y la colaboración de otras congregaciones religiosas de la zona, especialmente de religiosas Carmelitas.

La congregación, fundada en 1881 en Vic (Barcelona) por el venerable Juan Collell, tiene obras en España y en algunos países de América del Sur dedicadas, fundamentalmente, a la acogida de jóvenes estudiantes y trabajadoras, guarderías, centros educativos, etc., especialmente dedicados a la promoción de la mujer y a la formación de los jóvenes. También colaboran en el trabajo pastoral de diversas parroquias.