TALLER DE ORACIÓN

FAMILIA: TRINIDAD DE DIOS

Por Julia Merodio

Si hay un acontecimiento en el que la familia se inserte en la Palabra de Dios es este: La Santísima Trinidad.

Cuántas veces nos da miedo pensar que somos la proyección de Dios para los que caminan a nuestro lado. Que somos su reflejo porque somos hijos suyos y que la señal trinitaria está dentro de cada uno de nosotros. Preferimos eludir la responsabilidad y movernos en la superficie de las cosas que no comprometen, que no cuestionan, que no profundizan.

Sin embargo sabemos bien que DIOS significa: la profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestra existencia, la realización de nuestro amor.

Por eso, hoy es un día para callarnos y meditar sobre nuestra dignidad de hombres creados, porque, cuando nos dejemos inundar, en el silencio, por el misterio de Dios, empezaremos a implicarnos en la salvación del mundo.

EL DIOS CREADOR

Somos muy dados a “arreglar la plana a Dios”, nosotros –seres inteligentes- insertados en el siglo XXI ¿Qué nos van a enseñar a nosotros?

Fijaos, si Dios hubiese tenido un potente ordenador lo fácil que le hubiera resultado todo. Y sin embargo nosotros que lo tenemos nos pasamos la vida dando vueltas a lo que Dios hizo: tratando de ridiculizarlo, de encontrar en ello una equivocación, de buscar un gazapo, de tirar por tierra su obra… Y yo me digo: si con nuestro potente ordenador, nuestro progreso, nuestros aparatos supersónicos y nuestra “privilegiada mente” podemos hacer algo mucho mejor que lo que Dios hizo ¿Por qué no lo hacemos y lo dejamos en un segundo plano? Sería un buen golpe ¿No os parece?

Pues daos cuenta, ni toda la sabiduría humana, ni toda la técnica, ni todos los adelantos pueden desplazar a Dios. ¡Cuánto darían muchos porque esto fuera posible! Pero ahí lo tenéis, no hace falta demostraciones, ni avales, ni argumentos: Dios es Dios. El único, en el cielo y en la tierra y en el abismo. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin; y nada ni nadie podrán jamás superarlo.

Y ese Dios infinito, en su infinita sabiduría quiere crear al ser humano por amor. Y quiere que sea como Él: creador. Y le da la capacidad de llenar la tierra se hijos amados.

“Hagamos al ser humano” fueron las bellas palabras salidas de su boca. Y los crea hombre y mujer capaces de dar vida por medio del amor. Padre-madre-hijos trinidad, fusión, plenitud…y Dios alentando su obra.

CAPACES DE AMAR

Si hay un distintivo para presentar a Dios es el: Amor. Un Dios capaz de dar y darse hasta morir por los que ama.

Pero para amar se necesitan, al menos, dos personas. Si se amase uno a sí mismo no resultaría amor, resultaría egoísmo. No tenemos nada más que echar una mirada a nuestro entorno para darnos cuenta de que el amor a sí mismo no hace falta pregonarlo, todo el mundo lo intuye.

Una de las primeras palabras que un niño empieza a decir es: mío, expresión que se irá acentuando con el paso de los años.

¡Ámate a ti mismo oímos con frecuencia! ¡Primero tú, los demás que hagan lo que quieran! ¡Date el gustazo, para cuatro días que vivimos!... Y desde esta perspectiva pasamos, algunos cristianos, el Domingo de la Santísima Trinidad tratando de acercarnos lo más posible al misterio, mientras otros pasan de ello sin importarles lo más mínimo, en lugar de examinarnos a ver cómo vamos de amor.

La Trinidad de Dios se caracteriza por el amor. Dios no se guarda nada para sí mismo, Dios lo da todo, lo ofrece todo, lo regala todo. Pero nosotros no estamos acostumbrados a esa manera de actuar. Cuando vamos por la calle y se nos acerca un joven a darnos una estampita, salimos corriendo porque sabemos que nos la da a cambio de algo. Cuando alguien nos hace un favor sabemos que tendrá un precio y ahí estamos para responder, cuando nos dan un regalo nos decimos –“quien regala bien vende si el que lo recibe lo comprende” y desde esta realidad imposible entrar en la gratuidad de Dios.

Dios es don, regalo, ofrenda, dádiva…Dios es lo más grande que podemos tener en nuestra vida.

CON PODER DE COMUNICARSE

No tenemos nada más que coger el Antiguo testamente para ver como se comunicaban con Dios los hombres de aquel tiempo. Vemos cono lo hizo Moisés, Abrahán, Jacob… Un Dios, al parecer lejano y que, no por eso, deja de comunicarse con su pueblo.

Puede ser que a muchos de los que vivían entonces no les resultase cómodo comunicarse con ese Dios que percibían inalcanzable.

Pero Jesús viene a mostrarnos a ese Dios, a decirnos lo equivocados que estábamos, a presentárnoslo de primera mano. Y nos muestra su amor, nos enseña que es su Padre y el nuestro, el “Papaíto” querido el Abba, el que tiene en su corazón a cada uno de sus hijos, el que siempre nos espera, el que no defrauda… Por eso quiere enseñarnos a comunicarnos con Él.

Pero no sólo lo hace con palabras. Él personalmente se retira para hablar con el Padre y es tan dulce para Él ese momento que los discípulos lo notan y le piden que les enseñe a orar como Él ora.

Así vemos comos nos hablan los evangelios de la Iglesia orante. Nos hablan de los grandes orantes de la Biblia, y encontramos grandes orantes a lo largo de toda la trayectoria de la Iglesia.

Pero hoy, hay que decirlo con pena, se reza poco y se ora menos. Las consecuencias, para qué vamos a apuntarlas, están a la vista. Un mundo egocéntrico, donde se piensa poco en los demás y se intenta vivir lo mejor posible sea de la manera que sea.

No queremos caer en la cuenta de que para experimentar el amor de Dios, antes hemos tenido que encontrarnos con Él. Hemos tenido que dejarle actuar en nosotros con el poder de su Espíritu.

Se observa, con pena, que nos falta demasiado para caminar en este sentido. Es verdad que hay encuentros, seminarios donde se habla de Cristo, charlas sobre su persona, grupos y reuniones de todos los tipos, donde se habla, se comenta, se discrepa y hasta se contradicen unos a otros; pero encuentran bastantes menos personas y muy pocos grupos en los que se busque a Dios en el silencio. Y os aseguro que, no hay nada que haga oír con tanta nitidez e intensidad la voz de Dios como el silencio y la soledad.

ESCUCHANDO LA PALABRA DIOS

Me atrevo a sugeriros que cuando escuchéis las lecturas de la Misa de la Santísima Trinidad, no os quedéis sentados, e impasibles en vuestro confortable asiento. Saltad ante la grandeza de ese Dios que sale a nuestro encuentro para guiarnos en el camino. Avivad vuestra confianza y vuestra obediencia a su mensaje salvador. Confiad en Él y, sentíos liberados, amados, escuchados, queridos... hasta que vuestro corazón grite entusiasmado ¡Abba! (Padre).

Así podremos salir a evangelizar. A llevar la presencia de Cristo a la comunidad, a la familia, al mundo. Pues si nuestro corazón está lleno de Dios, ya no anunciaremos una teoría, sino un mensaje nacido de la vida. Anunciaremos a Jesucristo. Y eso, precisamente, eso es lo que los demás esperan de nosotros.