LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 147. DIOS SE DA A CONOCER
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Una vez más, contemplamos a la gran asamblea de Israel celebrando su liturgia de bendición y alabanza a Yahvé. Una vez más, Israel recoge entre sus manos su propia historia o, mejor dicho, la historia que Yahvé ha hecho con él, y sus gargantas entonan un himno de gratitud y reconocimiento.

La asamblea alaba y bendice a Yahvé porque no sólo le la levantado el castigo del destierro, sino que ha vuelto a reconstruir la ciudad santa de Jerusalén, gozo y alegría de todo israelita. Al reconstruir Jerusalén, Dios reconstruye también los corazones heridos y rotos de sus hijos: "Alabad a Yahvé, que es bueno salmodiar, a nuestro Dios, que es dulce la alabanza. Edifica Yahvé Jerusalén, congrega a los deportados de Israel; él sana a los de roto corazón, y venda sus heridas”.

Encontramos una nota destacada en este himno y que expresa la universalidad de la Misericordia de Dios: en la tierra devuelta y en la Jerusalén reedificada se alegra toda la creación. De ahí el canto a la fecundidad de la tierra y a la multiplicación de los ganados, dones de Dios a todos los hombres para su sustento y prosperidad: "Cantad a Yahvé en acción de gracias, salmodiad a la cítara para nuestro Dios: el que cubre de nubes los cielos, el que prepara lluvia para la tierra, el que hace germinar en los montes la hierba y las plantas para usos del hombre, el que dispensa al ganado su sustento... "

Si bien es cierto que el himno canta la universalidad de la bondad de Yahvé para con todos los pueblos de la tierra, se puntualiza un signo distintivo, una prerrogativa que, en su momento histórico, es exclusivo de Israel. Los israelitas saben que son una nación a quien Dios se le ha dado a conocer por medio de su Palabra. Palabra que, como ya hemos visto en otras ocasiones, no es didáctica sino creadora. Israel tiene conciencia de que, así como toda la creación surgió como fruto de la palabra creadora de Dios, él, como pueblo, también es fruto de la palabra-promesa que Yahvé hizo descender sobre Abrahán. Sabemos que su nombre, dado por el mismo Yahvé, significa "padre de multitudes" (Gén 17,5).

Por eso, la asamblea litúrgica canta festivamente esta prerrogativa excepcional que hace de Israel un pueblo diferente a todos los demás pueblos de la tierra: "Él revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios”.

Ya Moisés, al bendecir a Israel antes de morir, hizo constar en su elegía el signo básico y singularísimo con que Yahvé había distinguido a Israel al concederle este don, que no había otorgado a ningún otro pueblo de la tierra: "Tú que amas a los antepasados, todos los santos están en tu mano. Y ellos, postrados a tus pies, cargados están de tus palabras" (Dt 33,3).

La historia de la elección portentosa de Israel, que le ha hecho depositario en su seno de la Palabra que crea y salva, no es una historia cerrada en sí misma, sino abierta a la totalidad de los hombres. Ya los profetas van anunciando progresivamente que Israel no es sino el punto de partida desde el que Dios iluminará y salvará a todas las naciones. Escuchemos, por ejemplo, la intuición profética que el Espíritu Santo puso en boca de Isaías: "Sucederán días futuros en que el monte de la Casa de Yahvé será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos" (Is 2,2-3).

Palabra profética que alcanzó su cumplimiento en el Hijo de Dios. Él, Palabra del Padre, proclamó que atraería a todos los hombres hacia sí una vez consumada su inmolación -como Cordero expiatorio- en la cruz: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,31-32).

El autor de la Carta a los hebreos la inicia diciéndonos que, efectivamente, Dios se manifestó revelando su Palabra a Israel por medio de los profetas. Mas, a continuación, hace constar que el hablar de Dios ha llegado a su plenitud y consumación por medio de su Hijo: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo... "(Hb 1,1-2).

En el Señor Jesús tenemos la plenitud de la revelación de la Palabra de Dios. Palabra que traspasa las fronteras del pueblo de Israel, siempre amado y elegido. Esto es posible a partir de la victoria de Jesucristo sobre la muerte y el mal. Es a partir de entonces cuando infunde su espíritu a los apóstoles, a la Iglesia, y les envía a todos los confines de la tierra a fin de que la revelación de la Palabra que salva alcance a todos los hombres dispersos por los confines de la tierra: "Jesús les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva -el Evangelio- a toda la creación... Ellos salieron a predicar por todas las partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban" (Mc 16, 15-20).