Domingo despues de Pentecostés
La Santísima Trinidad
11 de junio de 2006

La homilía de Betania


1.- LA TRINIDAD: MISTERIO DE COMUNIÓN

Por Gabriel González del Estal

2.- TRINIDAD DE DIOS, ¿UN IMPRESIONANTE GALIMATÍAS?

Por Antonio Díaz Tortajada

3.- EL MISTERIO DE DIOS

Por José María Maruri, S. J.

4.- DIOS INFINITO

Por Antonio García Moreno

5.- SANTÍSIMA TRINIDAD, ¡DÍMELO A MÍ!

Por Javier Leoz

6.- CONOCER EL AMOR DE DIOS

Por José María Martín OSA

7.- LA TRINIDAD VIVE UNA FIESTA CONTINUA DE AMOR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA TRINIDAD: MISTERIO DE COMUNIÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Cuando queremos referirnos a un tema sumamente complicado, o aparentemente inescrutable, decimos con frecuencia que se trata de un tema tan difícil de explicar como el misterio de la Santísima Trinidad. Y es porque, al hablar de la Santísima Trinidad, nos estamos refiriendo al misterio teológico del Dios Uno y Trino. San Agustín se pasó veinte años meditando y escribiendo, interrumpidamente, sobre este misterio. Así publicó, al fin, el amplio tratado --catorce libritos—sobre la Trinidad, un libro que, según él mismo nos dice, lo comenzó de joven y lo terminó siendo viejo. Durante esos veinte años, más de una vez interrumpió el trabajoso y fatigoso estudio, porque pensaba que debía ocuparse en otros trabajos que eran más útiles para un número mayor de personas y porque creía que rara es la persona que cuando habla de la Santísima Trinidad sepa de qué cosa habla.

2.- Yo, que intento ser buen agustino, pienso que hoy, en nuestro trabajo pastoral, no debemos fijarnos tanto, o nada, en el misterio estrictamente teológico y debemos hablar y predicar sobre la Trinidad insistiendo en el aspecto y la dimensión pastoral y vivencial de este misterio. Porque estoy convencido que nuestra vida espiritual o es una vida trinitaria, o no es vida espiritual. La Trinidad es antes que nada, comunicación y comunión. Una comunicación basada en el amor y una comunicación de amor. Dios es amor, nos dijo ya San Juan y repetirían después muchas veces San Agustín y otros muchos santos; el fruto del amor del Padre es el Hijo y el cordón umbilical que une al Padre con el Hijo --el Espíritu Santo-- es el Amor. El misterio de la Santísima Trinidad es, pues, un misterio de Amor y así debe ser el misterio de la vida de todo y cualquier cristiano. Cuando yo amo a Dios, me comunico con Dios, comulgo con Él.

Y, como cada vez que amo a Dios amo en Él al prójimo y cada vez que amo al prójimo amo a Dios en el prójimo, resulta que siempre que amo con amor cristiano estoy participando en un amor trinitario. En este sentido tiene plena validez y fuerza la conocida frase de San Agustín; ama y haz lo que quieras. Porque cuando amas a Dios y al prójimo con un amor trinitario es siempre Dios --el Dios Amor-- el vínculo de unión, y el fruto de ese amor sólo puede ser Dios mismo, el Dios Amor. Esto debemos realizarlo y vivirlo en nuestras relaciones de cada día: con nuestros padres y familiares, con nuestros amigos, con todas las personas con las que tratamos y convivimos, con las personas con las que nos comunicamos y con las que comulgamos. Los frutos de mi amor con el prójimo deben ser los mismos dones del Espíritu Santo, es decir, la paz, la bondad, la generosidad, el amor...

3.- En esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro propósito debe ser un propósito sencillo y nada misterioso: el propósito de amar y de dejarnos amar con el amor de Dios. Un amor de comunión que me lleve a comulgar diariamente con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren (Gaudium et Spes). Así podremos celebrar dignamente la fiesta que hoy celebramos, sin perdernos ni marearnos en los oscuros senderos y laberintos del misterio teológico de la Santísima Trinidad.


2.- TRINIDAD DE DIOS, ¿UN IMPRESIONANTE GALIMATÍAS?

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- ¿Será mucho decir que, para los más de los cristianos, la afirmación de la Trinidad de Dios es un impresionante galimatías? ¿Será excesivo el temor de ver que para la inmensa mayoría de creyentes esta afirmación trinitaria resulta inútil, sin incidencia alguna en la praxis cristiana, sin la menor garra para la hora del compromiso temporal y aun ––si se apura un poco–– para la llamada vida espiritual” de los bautizados?

El dogma de la Trinidad de Dios, por desgracia, no pasa de ser una verdad aprendida en la infancia, reiterada en los actos de culto de manera rutinaria. Y, sin embargo, resulta de todo punto imposible una correcta comprensión del cristianismo sin una referencia muy radical a este dato de la revelación de Dios. La Trinidad de Dios es un componente básico de la biografía humana. El misterio de la Santísima Trinidad resume la fe cristiana en su núcleo central. Todos sabemos que la revelación bíblica es la historia del amor que existe entre Dios y el hombre, todo hombre.

El Antiguo Testamento nos enseña sobre todo la grandeza del único Dios y Creador del Universo, de la nada crea algo distinto a sí mismo, de una diversidad y complejidad asombrosas, y pone en su centro al hombre, para que domine este mundo como su representante.

En el Antiguo Testamento también, Dios nos revela que como Padre siempre perdona a sus hijos e hijas, y no nos olvida a pesar de nuestras frecuentes infidelidades. Esta fe compartimos los cristianos con los judíos, y los musulmanes. Creemos que hay un solo Dios, y que todos los pueblos le pertenecen.

San Agustín decía "No es difícil comprender que Dios existe", siguiendo el argumento de San Pablo, "Dios mismo lo dio a conocer ya que sus atributos invisibles, su poder divino y su divinidad se hacen visibles a los ojos y la inteligencia desde la creación del mundo por medio sus obras"

En cambio el Nuevo Testamento a la vez que va afirmando la existencia de Dios Padre descubre a Dios en su vida interior, como Él ha sido siempre, desde todo la eternidad. Nos revela que el Padre nunca ha estado solo, sino que "Dios es familia". Y lo sabemos justamente por el hijo que fue anunciado por los antiguos profetas y que nos envió al Espíritu Santo, quien vivifica todo. Es Jesucristo quien nos reveló la perfecta unidad de vida entre las divinas personas. No fue invención de generación de cristianos posteriores.

2. -El motivo de la exteriorización de la Santísima Trinidad no es otra que su vida interna misma. Dios es amor, entrega mutua y total entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Cada persona en Dios se identifica justamente, por no reservarse nada y brindarse absolutamente al otro de tal modo que son uno solo en la diversidad.

Esta dinámica lo llevó a Dios a salir de sí mismo, no solo a crear el mundo sino para encarnarse en él. Es el Dios que va al encuentro del hombre. Recién a partir del misterio de Dios UNO Y TRINO que Jesucristo nos ha dado a conocer, comprendemos en profundidad lo que significa la afirmación de la Biblia sobre el hombre cuando dice en las primeras páginas, "Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer, y los bendijo diciendo sean fecundos y multiplíquense".

El hombre lleva en su naturaleza la impronta del Dios trinitario es decir, la persona humana, igual que Dios mismo es por su origen y también su finalidad un ser Social, creado por amor y para el amor.

Solamente la entrega a los demás da la plenitud y la felicidad al hombre. Esa entrega mis hermanos comienza por la familia, nuestras familias están llamadas a ser fieles espejos de la Santísima Trinidad. Por eso la familia debe crecer cada día más en el conocimiento del DIOS AMOR.

El amor que es amistad, amor conyugal, amor paternal, amor maternal, amor filial, caridad. Esta vivencia de lo que llamamos amor de familia, lo comprendemos en sus mutuas relaciones mejor desde el misterio de la Santísima Trinidad. Y esto trae consecuencias para la valoración de las personas en sus diferentes roles que hay que entender como complementarios y no opuestos.

Estamos acostumbrados a pensar que como lo segundo viene después de lo primero es inferior, y no digamos ya que lo tercero, pensamos que el que manda es superior al que obedece, o que el primogénito tiene mayores derechos que el hermano menor.

A la luz de la Trinidad nos damos cuenta del inmenso error que contiene esta mentalidad prácticamente universal. Aplicado al matrimonio, varón y mujer, creados a imagen de Dios, en realidad desde la Fe es insostenible considerar a la mujer de segunda. Como no podemos pensar que el hijo eterno de Dios, la segunda persona en Dios, sea inferior al Padre. Los dos son diferentes pero esencialmente iguales en su naturaleza divina. Unidad en la perfecta diversidad, pluralidad en la perfecta unidad.

Esto lo entendemos hoy, en el mundo de la tradición cristiana mejor que en tiempo de nuestros antepasados. La igualdad radical de todo ser humano, varón y mujer, es un reclamo generalizado. Entre paréntesis mis hermanos nos damos cuenta: que importante es este mensaje de la Santísima Trinidad para la civilización, por que hay otras culturas que no conocen a este Dios Trinitario, y no nos asombra, entonces que la mujer no tenga el mismo rol que debería ejercer en la tradición cristiana.

3. En un momento de fuerte desintegración, la fe en este misterio es un potencial que fortalece sana y renueva los vínculos entre las personas. Jesús invitándonos a participar en la vida de la Trinidad hace posible que alcancemos nuestra mayor dignidad y una autentica relación con los demás en la Justicia y el Amor. La Iglesia que es signo e instrumento de la íntima unión con Dios, y de la unidad de todo el género humano se reconoce como servidora de la dignidad humana, y de comunión fraterna en la hora actual.


3.- EL MISTERIO DE DIOS

Por José María Maruri, S. J.

1.- Estamos rodeados de misterios. Y el misterio nos desazona y al tiempo nos atrae. ¿Y nos atrae el misterio precisamente porque procedemos, como imagen y semejanza del gran misterio de Dios, y regresamos a ese gran misterio? Pues sí. Y nos atraen todos esos otros misterios grandes o pequeños, que voy a tratar de enumerar:

--Los abismos del mar, sus grutas, sus corrientes, han espoleado al hombre hasta hacerle posible sumergirse y descubrir una mínima parte de sus misterios.

--Cualquier cavidad que nos abre la posibilidad de conocer las entrañas de la tierra nos hace soñar y hasta exponer la vida para descolgarse a la profundidad.

--La atmósfera, los astros de nuestro sistema, las galaxias han avivado el ingenio que ha dado alas al hombre haciéndole llegar a Luna y ponerse en contacto con otros astros, pero quedándose –como quien dice—en el país vecino, dejando en la oscuridad la inmensidad del misterio.

--El hombre investiga los elementos constitutivos de la materia y ha llegado a conocer los efectos de su disgregación, sin llegar a conocer la misma esencia de esa materia.

--Nos zambullimos dentro de nosotros mismos y dentro de nuestra psicología, de nuestro subconsciente, nos tropezamos con mil misterios

Y si en este caminar por la orilla de lo pequeño, limitado y material nos vamos dejando jirones de misterio a nuestro paso, ¿qué misterios no nos dejaremos en la otra orilla de lo infinito, de lo intemporal, de lo impalpable, de lo divino?

No era necesario que Dios fuera un solo Dios y Tres Personas para ser un misterio. ¿Qué sabemos nosotros de Dios? “Dios no le ha visto nunca nadie, nos dice San Juan.

2.- Pero lo importante no es lo que nosotros sabemos o sentimos de Dios, sino lo que Él es en si mismo y lo que siente por nosotros.

--El misterio de Dios Trino nos dice que Dios no pudo ser un Ser solitario, sino que siendo AMOR tuvo que ser como un hogar. No fue un solterón satisfecho de Sí mismo, fríamente sentado en el trono de su Gloria

--Que por ser amor se le escapó ese amor hacia fuera y creó el universo para poner en él al hombre, hecho a su imagen y semejanza, necesariamente amor y formador de hogar, social por esencia, para quien el egocentrismo es la negación de su propio ser.

--Y ese Dios misterioso (y tanto más misterioso cuanto más se preocupa del hombre) por volver a encaminar al hombre al buen camino, envía a su propio Hijo, y permite que la maldad humana lo mate, como los viñadores al hijo del dueño de la Viña.

--Y ese Hijo de Dios, libremente, asume que “yo doy mi vida y la tomo de nuevo”. Hecho amigo nuestro da su vida por nosotros. Nadie tiene más amor que el que da la vida por el amigo

--Y ese mismo Dios Espíritu Santo, Espíritu de amor se derrama sobre nosotros para que esa imagen y semejanza nuestra a Dios sea perfecta uniéndonos unos a otros en un mismo amor de hijos de un mismo Padre Dios y por tanto hermanos entre sí.

Esto es lo que Dios siente por nosotros, independientemente de lo que nosotros pensamos o sintamos por Él.

3.- Los vislumbres del misterio de Dios en la noche de la Fe, y sus reflejos en la Eucaristía, lo plasma así San Juan de la Cruz:

Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene

mas sé que todo origen de ella vine

Aunque es de noche

La corriente que nace de esta fuente

bien sé que es tan capaz y omnipotente.

La corriente que de estas dos procede

sé que ninguna de ellas le precede.

Bien sé que tres en sola una agua viva

residen y una de otra deriva

Aunque es de noche

Aquesta eterna fonte es escondida

en este vivo pan por darnos vida

Aquesta viva fonte que deseo

en este pan de vida yo la veo

Aunque es de noche


4.- DIOS INFINITO

Por Antonio García Moreno

1.- "Pregunta a los tiempos pasados que te han precedido..." (Dt 4, 33) El Señor invita a los suyos a que pregunten por doquier si se ha visto en algún lugar tanta grandeza y maravilla como ellos han contemplado, tan grande amor como ellos han experimentado. Por eso la ira de Dios se enciende contra su pueblo, porque a pesar de lo que han visto le han abandonado. No han comprendido aún que "Yahvé es fuego abrasador, un Dios celoso".

Misterio profundo de Dios que se nos escapa por mucho que nos esforcemos en comprehenderlo. Misterio que hay que aceptar al margen de la razón, de esa lógica que los hombres usamos en nuestro pensar y en nuestro obrar. Dios que ama hasta los celos, siempre, también cuando el pueblo le traiciona o le olvida, le desprecia o le vuelve la espalda. Ese pueblo de dura cerviz que con sus claudicaciones insistentes no logra apagar la capacidad infinita de perdón que el Señor tiene.

Incluso su castigo terrible, todo el daño que sobreviene al pueblo, no es otra cosa que una tentativa más para beneficiar a su pueblo. Ese pueblo del que también nosotros formamos ahora parte, repitiendo con nuestros pecados e infidelidades la historia triste del pueblo elegido.

"Sábelo, pues, hoy y medítalo en tu corazón: Yahvé es Dios allá arriba en los cielos y acá abajo en la tierra, es Él y no hay otro" (Dt 4, 39) Haz que lo sepamos, Señor, y lo meditemos en lo más profundo de nuestro corazón. Es tu misterio tan grande que supera nuestra corta capacidad de entendimiento. Saber lo que tú eres, saberlo de verdad, con todas sus consecuencias, con todas sus implicaciones prácticas. Es algo que está por encima de las fuerza humanas. Por eso te rogamos, Señor, que nos concedas saber de veras que tú eres Dios y que fuera de ti no hay nada ni nadie que pueda colmar las ansias del hombre.

Dios Uno y Trino, inmensamente bueno, y justo, y poderoso. Pobre mente y pobre corazón, cuánta estrechez para dar cabida a tanta amplitud. Y, sin embargo, sólo él colmará esa sed ardiente de plenitud que nos devora. Sólo Dios. En definitiva lo que nos queda es escuchar la voz del Señor y esforzarnos en cumplirla: "Guarda las leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy para que seas feliz tú y tus hijos después de ti y vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da".

Hay que fiarse de Dios, hay que atender a lo que nos dice y luchar por ponerlo en práctica. Hemos de tener fe en él, aunque a veces no comprendamos ni veamos con claridad el camino que se nos abre. Hemos de pensar, incluso, que esa grandeza y ese misterio de Dios es una razón más para creer en él y amarle con toda el alma. Siendo como somos tan limitados, es lógico que el Señor sobrepase nuestra capacidad de entendimiento.

2.- "La palabra del Señor es sincera " (Sal 32, 4) Todas sus acciones son leales, continúa diciendo el salmista. Dios es la verdad misma, inmutable, con una fidelidad permanente que nada hace desfallecer. Él dice y hace, su palabra es sustantiva, es decir, eficaz siempre. El hombre, en cambio y a pesar de su buena voluntad, tiene las palabras más largas que las obras, es susceptible a menudo de fallos imprevisibles.

"Él ama la justicia y el derecho -sigue el texto del salmo- y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo y existió, él lo mandó y surgió...". Son realidades que nos han de conmover profundamente. No podemos quedar impasibles ante la contemplación de Dios que se nos abre, se nos revela y nos comunica la intimidad de su grandeza. Ante todo esto hemos de temer, confiar y amar. Sí, temer porque es justo y, por tanto, hará justicia sin miramiento. Y al mismo tiempo confiar, porque junto a su imparcialidad de juicio está su infinita misericordia, que tendrá también en cuenta nuestra miseria y nuestra pequeñez. Y, finalmente, y por todo eso, amar. Dios nos ha perdonado tanto, y tantas veces, que motivos sobrados tenemos para amarle, ya que, como dijo Jesús, el que más ama es aquel a quien más se le ha perdonado.

"Los ojos del Señor están puestos en sus fieles." (Sal 32, 18) Temer, confiar y amar. Y en consecuencia ser fieles al querer de Dios, esforzarnos con empeño en cumplir su voluntad divina, sus mandamientos. Sólo así podremos decir con verdad que somos fieles, que el Señor nos mira complacido. De todos modos confiemos en obtener de su infinita misericordia el perdón de nuestros pecados. Él librará nuestra vida de la muerte, nos reanimará cuando desfallezcamos.

Repitamos, pues, con el salmista: "Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti...". Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, es un día adecuado para fomentar en nuestros corazones, en primer lugar, el santo temor de Dios que es el principio de la sabiduría. Y junto al temor, la esperanza que hace posible que ese temor no sea miedo servil sino respeto filial. Y, por fin, el amor que nos impulse a vivir prendidos del Padre, redimidos por el Hijo, fortalecidos y animados por el Espíritu Santo.

3.- "Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios" (Rm 8, 14) La filiación divina es, sin duda, el don más excelso que Cristo nos ha conseguido con su muerte redentora en la Cruz. El hombre que había sido arrojado del Paraíso después del pecado original, vuelve de nuevo a la casa paterna. Con razón establece el Apóstol el paralelismo entre Adán y Jesucristo, entre la desobediencia de nuestro primer padre y la obediencia de nuestro Redentor. Por Adán nos vino la vida terrena, pero por Cristo nos viene la vida celestial. Por el primer hombre entró la muerte en el mundo, por el nuevo Adán entró la resurrección.

No obstante, nos aclara San Pablo que sólo quienes se dejan llevar del Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Poco antes ha dicho que estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente, pues si vivimos según la carne caminamos hacia la muerte. Ahora, por el contrario, estamos en deuda con el Espíritu y por eso hemos de dar muerte a las obras del cuerpo, para que de ese modo vivamos la nueva vida que Cristo nos ha conseguido con su muerte.

Hay que dejarse llevar por el Espíritu, hay que estar atento a sus mociones y seguirlas con prontitud y docilidad. De lo contrario retrasaremos nuestro paso hacia Dios, frenaremos nuestra marcha hacia la santidad. Pidamos luces y fortaleza, para ver lo que el Espíritu nos indica y para llevarlo a cabo, cueste lo que cueste.

"Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos..." (Rm 8, 15) Un impulso interior nos hace gritar ¡Abba!, Padre. Así se expresa San Pablo, manifestando seguramente su experiencia personal. Sin duda que para él era tal la fuerza íntima del Espíritu que en ocasiones siente deseos de gritar, un ardor incontenible de expresar de alguna forma sus más hondos sentimientos. Es la fuerza del Espíritu, y al mismo tiempo la misma convicción personal, que le muestran de modo incontrovertible, su condición de hijo de Dios.

Si somos hijos de Dios, continúa diciendo el autor inspirado, somos también herederos, herederos de Dios -recalca- y coherederos con Cristo. Un día recibiremos la misma herencia del Primogénito, participaremos de su gloria divina. Pero nos advierte que para ello es preciso sufrir con Cristo. Sólo participará en el botín quien haya saboreado el duro regusto de la batalla. Emprendamos, por tanto, una vez más la lucha contra el enemigo, reemprendamos de nuevo el propósito de ser fieles al Señor en cada encrucijada, fácil o difícil, que se nos presente. Suframos cuanto sea preciso con Cristo, para que podamos ser también glorificados con él.

4.- "Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." (Mt 28, 19) Un monte es de nuevo el escenario propicio para el encuentro del hombre con Dios... En el silencio de las alturas es más fácil escuchar la palabra inefable del Señor, en la luz de las cumbres es más asequible contemplar la grandeza divina, sentir su grandiosa majestad. En esta ocasión que nos relata el evangelio, Jesús se despide de los suyos y antes de marchar les recuerda que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esto supuesto los envía a todo el mundo para que hagan discípulos de entre todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Podríamos afirmar que en ese momento la revelación de los divinos misterios llega a su plenitud: se desvanecen los celajes que durante milenios habían cubierto los secretos de Dios. Su Corazón movido por su infinito amor se abre a todos los hombres su más íntima confidencia, su misterioso y sorprendente modo de ser, su inefable esencia una y trina: Una sola Naturaleza y tres divinas Personas, distintas entre sí e iguales al mismo tiempo en grandeza y soberanía.

Ante este rasgo de confianza suprema por parte de Dios, nos corresponde a los hombres un acatamiento rendido, un acto de fe profunda y comprometida para con este Dios y Señor nuestro, único y verdadero, muy por encima de nuestra corta capacidad de conocimiento y de amor. Creer firmemente en él, esperar también contra toda esperanza su ayuda y su perdón. Tratar sobre todo de amarle y servirle con todas las fuerzas de nuestro ser.

Hoy es un buen día para remozar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Fomentar además nuestro trato en intimidad y confianza con las tres divinas Personas. Con el Padre que hizo el cielo y la tierra. Con el Hijo que dio su vida por nosotros y se nos ha quedado cercano y asequible en la Eucaristía. Con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa hacia Dios, la Luz que alegra nuestra vida entera.


5.- SANTÍSIMA TRINIDAD, ¡DÍMELO A MÍ!

Por Javier Leoz

1.- Solemnidad de la Santísima Trinidad. Núcleo esencial de la fe cristiana: confesamos a un Dios Trino y Uno a la vez. Y, toda nuestra vida espiritual (cuando entramos a la Iglesia; al salir de casa; al concluir o iniciar la Liturgia; cuando el futbolista sale al campo de fútbol; los sacramentos, etc.) gira en torno a la Trinidad.

En ella gozamos con el secreto más guardado por Dios Padre, Hijo y Espíritu: el amor.

Hay una sugerente leyenda que nos narra, cómo un peregrino, camino de un santuario llamó a una casa y preguntó por el dueño del hogar. Uno de los hijos, le respondió, tranquilo; dígame lo que vd. desee que, aquí, los tres decidimos. Aquí, los tres, pensamos de igual manera.

La Santísima Trinidad es el hogar donde habitan tres personas que, aún siendo distintas, tienen un mismo fondo; los mismos pensamientos; los mismos ideales.

--Una de ellas, Jesús, nos manifestó de una forma radical y nítida a la vez, el auténtico rostro de Dios: el amor, con pasión y sin medida, por el hombre.

--Otra de ellas, el Espíritu, es la permanencia viva, real y operativa de los deseos de un Dios Padre que se nos sigue revelando, día a día, con toda la cercanía de la que es capaz. Y que disfruta cuando ve a sus hijos continuar la misión que Jesús nos encomendó.

--Dios siempre será un misterio. Se revela y, a la vez, siempre guarda una carta “indescifrable” bajo su manga. Pero, cuando le invocamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, sabemos que estamos llamando a la misma puerta de una misma casa: el cielo.

Dios siempre será un misterio de amor. Y es que, la Trinidad, nos invita a mirar hacia lo alto. Los templos dedicados a la Santísima Trinidad suelen estar en las cumbres. Y es que, el amor de Dios, es tan infinitamente gigantesco, tan unitario, tan contemplativo que nos invita a alzar nuestros ojos y descubrir la grandeza de un Dios que se desparrama en tres personas que –aun siendo distintas- tienen un común denominador: el amor; el interés por la humanidad; la comunión entre ellas.

2.- ¿Misterio? Por supuesto que sí. Y, a nosotros, no nos toca romperlo como si fuese un puzzle. ¡Al revés! Es un enigma para disfrutarlo, para quedarnos embelesados cantando la gloria de la Trinidad.

Demos gracias a Dios porque nos permite entrar en lo más hondo de sus entrañas y darnos cuenta de que, una comunidad formada por tres personas, habita en su interior de Padre.

Demos gracias a Dios porque, nos ha permitido conocerle más y mejor a través de Jesús. Lo vimos niño en Belén, profético en su defensa del hombre, humilde en la cruz y triunfante en la resurrección. Con Jesús hemos ido abriendo el libro de los grandes secretos de Dios, uno de ellos que es el más grande, el amor.

Demos gracias a Dios porque, el Espíritu Santo es quien nos hace proclamar que Dios –siendo uno- es familia de tres. Familia unida. Familia bien avenida. Familia que se entienden y se comprenden, entre otras cosas, porque el amor es el ceñidor que los une.

La Trinidad es la gran familia que vive en el corazón de Dios. Ojala que nosotros, llamándola tantas veces como lo hacemos: ¡En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!, nos sintiésemos también tocados para vivir como “UNO” en el amor, en la caridad, en la esperanza, en la fe, en el compromiso y en la fidelidad a la Iglesia.

Nuestro mejor final, para estas palabras, tienen que ser en este día: ¡Gloria a la Trinidad!

**Así profesamos nuestra fe: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así celebramos la liturgia: Por Cristo, a ti Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo.

** Así vivimos: empezamos a vivir en el bautismo. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

**Así oramos: en el nombre del Padre...

3.- TRES QUE ERAN UNO: DIOS

Tres canales, distintos, pero con el mismo agua

Tres árboles, distintos, pero de la misma madera

Tres estrellas, distintas, pero con idéntico destello

Tres flores, distintas, pero con igual fragancia

Tres corazones, diferentes, pero con igual ritmo

Tres labios, distintos, pero con iguales palabras

¡Santísima Trinidad!

Tres mentes distintas, con un mismo pensamiento

Tres personas distintas, con igual naturaleza

Tres notas distintas, con un mismo sonido

Tres noches diferentes, con idéntica luna

Tres días distintos, con igual sol

Tres seres distintos, con una sola alma

¡Santísima Trinidad!

Sólo el amor, sólo el amor,

es capaz de ensamblar y de hacer posible

el misterio Trinitario.

Sólo, el amor, puede ser el bien

más pleno y más rico de la vivencia de la Trinidad.

¿Por qué –siendo tres personas distintas- un solo Dios?

¿Por qué –siendo nosotros tan distintos- nos sentimos como si fuésemos miles de

dioses en el mundo?

Entre otras cosas, porque nos falta lo que a Dios le sobra: el amor trinitario


6.- CONOCER EL AMOR DE DIOS

Por José María Martín OSA

1.- Como culminación de los misterios de nuestra fe celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Sirve de muy poco que intentemos explicar en términos filosóficos o matemáticos lo que es un misterio que nunca vamos a comprender del todo. Reconociendo que vemos estas cosas en espejo y en enigma, como dice San Agustín, "se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y el Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad". Nuestra experiencia de fe nos dice que Dios es Padre amoroso, que cuida de sus hijos y les protege, porque es "auxilio y escudo" (Salmo); que está a nuestro lado, que dialoga con nosotros y nos ayuda, que respeta nuestras diferencias, pero que nos quiere a todos por igual. Dios es Hijo, que nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, que quiere darnos a conocer que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro y de perdonar. Dios es Espíritu, que nos fortalece y nos da su aliento para que sigamos caminando hacia su encuentro. Pero lo que más nos importa es saber que Dios es Amor, pero amor entre personas, Dios es comunidad.

2.- ¿De qué sirve conocer algún bien si no lo amásemos? Busquemos con todas nuestras fuerzas a Dios con la seguridad de que El sale antes a nuestro encuentro. Quien busca, encuentra, quien desea un bien acaba teniéndolo. Nuestra súplica debe ser ésta: "Dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste que te encontrara y me has dado la esperanza de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia; si me abres, recibe al que entra; si me cierras, abre al que llama. Haz que me acuerde de Ti, te comprenda y te ame" (San Agustín). He aquí la clave: buscar, comprender y amar.

3.- No es cuestión de doctrina, sino de vivencia. El amor de Dios se ha difundido en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Dios se da a conocer al hombre mediante el amor. Sólo será capaz de conocer a Dios aquél que experimente el amor de Dios en su vida, que se sienta amado por El. Ya lo decía San Juan: "sólo el que ama conoce a Dios". Es significativa esta parábola:

"Un hombre le decía a su amigo que había conocido a Dios. Este le preguntó: ¿quién es Dios, dónde vive, qué hace? Pero nuestro hombre no supo contestarle, sólo le dijo que antes era un alcohólico, que pegaba a su mujer, que había arruinado a su familia y se había quedado sin trabajo. Ahora, sin embargo, desde que sintió que Dios estaba a su lado su vida cambió totalmente: dejó la bebida, encontró trabajo y se sentía muy feliz junto a su mujer y a sus hijos. Había descubierto la única verdad importante: Dios es Amor. Este descubrimiento transformó su vida. Esto es lo que sabía de Dios.....".

4.- No es casualidad que hoy la Iglesia nos recuerde en la "Jornada Pro Orantibus" que los monasterios "son escuelas de fe en el corazón de la Iglesia y el mundo". Es cierto, quien en su interior experimenta la grandeza del amor de Dios conoce todos los secretos de la fe, porque lo ha vivido personalmente.


7.- LA TRINIDAD VIVE UNA FIESTA CONTINUA DE AMOR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Jesús de Nazaret quiso dar a la religión judía su camino inicial de amor. El Dios, creador del mundo, “perseguía” a su pueblo para que volviese a Él. Pero este pueblo, obstinado, siempre huía. O buscaba otros caminos. En tiempos de Jesús, el culto oficial a Dios tenía más de ejercicio administrativo que de acción de amar. Se ha dicho que los judíos de entonces habían metido a Dios en una jaula de oro, para disponer de Él a su antojo. Yo diría que, realmente, le habían dado despacho en un ministerio, con su subsecretario, sus directores generales, con sus ordenanzas y mensajeros. Realmente, aunque la imagen sea muy negativa para las actividades de cualquier administración del Estado, parece que eso era la religión oficial judía en tiempos de Jesús: un enorme aparato ministerial y administrativo donde todo estaba previsto, salvo el amor de Dios y la libertad de sus hijos para buscar el autentico rostro de Dios.

A veces he pensado que la persecución de la religión oficial judía a Jesús de Nazaret no se producía, tanto porque se proclamara hijo de Dios. La especial espiritualidad de los judíos no tenía lejos este concepto, ni era considerado blasfemo. El Antiguo Testamento en muchos lugares habla de los hombres como hijos de un Padre que los ha creado. Creo que el gran choque fue en torno al mensaje de revelación de cómo era en realidad Dios. Para una religión en la que se ingrediente piramidal era la autoridad se necesitaba un Dios autoritario, lejano, juez, castigador y eso es lo que habían creado como concepto de Dios. Desconocían los múltiples pasajes de la Escritura en la que ese Dios tan poderoso mendiga un poco de cariño y de su fidelidad de sus hijos. Y así, un Dios al que cada persona pudiera llamar papaíto (abba) era un algo totalmente contrario a las tesis autoritarias, administrativistas y totalmente jerarquizadas de la religión judía de entonces. Pensarían, entonces, que un Dios cariñoso, amante y perdonador continuo de sus hijos tendería a provocar anarquía, ya que –según ellos—es el miedo lo único que entiende el pueblo.

2.- Y este largo exordio no tiene otro significado que la realidad más notable de la Trinidad Beatísima no es otra cosa que el Amor como substancia fundamental de Dios. La idea de que Dios Padre engendrara a Dios Hijo por un acto de supremo amor, pleno de belleza, y que el hilo conductor de ese sublime amor sea el Espíritu Santo es, intelectualmente, muy atractiva. A partir del amor se entiende o se acepta. Si la establecemos, solo, como dentro de que el enorme poder divino puede hacer cualquier cosa por ingente, grande o incompresible que sea, pues no tendría sentido y sería mucho más difícil de entender. Es el amor lo que hace “posible” para nosotros la Trinidad. Y así vamos reforzando, más y más, el concepto de “Dios es amor”, columna vertebral de nuestras creencias y que no debe estar ausente, ni un segundo, de todas nuestras meditaciones o indagaciones sobre Dios.

3.- El concepto de Trinidad estuvo siempre presente en la realidad cristiana. El Evangelio de San Mateo nos enseña hoy que Jesús envía a sus discípulos a bautizar a los hombres y mujeres de todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Los signos externos del cristiano, sus bendiciones, sus saludos se hacían en el nombre de las Tres Personas. Pero es a partir del siglo X cuando el pueblo inicia una devoción a esas Tres Personas Unidas. En 1331 se convirtió en fiesta litúrgica y se incluyó en el calendario romano. Pero como es obvio la presencia de las Tres Personas en el concepto de Dios Único tropezó con no pocos escollos. Es posible que la dificultad estuviera agravada por esa falta de conocimiento –o de aceptación—de que Dios es amor. En fin pero desde antiguo se habían ido dando los pasos para construir una teología de la realidad trinitaria. A mi me gusta recordar la conclusión del Concilio VI de Toledo que, en 638, definía a Dios “como uno pero no solitario”. La idea de la soledad, de la lejanía, de la “frialdad” de Dios es muy negativa, terrible.

4.- La fiesta de la Santísima Trinidad, que guarda una clara relación con la de Pentecostés, celebrada el domingo pasado, es el principio del Tiempo Ordinario. Alguna vez he definido a ese tiempo como la “velocidad de crucero” o la “normalidad” del tiempo litúrgico. En realidad también podríamos llamarlo “Tiempo del Espíritu Santo”, porque, con su ayuda, recorremos esa veintena de domingos que al recibir la descripción de la biografía de Jesús, configuramos la realidad básica de nuestra religión cristiana y de la Iglesia. Serán un tiempo de formación y crecimiento que nos acompañará hasta el 3 de diciembre, fecha del Primer Domingo de Adviento.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Enseñar materias asequibles es un esfuerzo que hay que retribuir. Uno puede escoger el profesor que más le interese y dejarlo el día que se le antoje. Puede recibir enseñanzas gratuitamente y, en este caso, quedar agradecido. Ser maestro es una profesión noble, como otras lo son también.

El comportamiento del enamorado es otro y su obrar harto dispar. El que ama, si algo enseña, es aquello que nace del interior más profundo de su intimidad. Y decimos que es una confidencia, algo que hasta entonces nadie conocía, algo que el confidente no llega nunca a entender del todo. Ahí reside su fascinación. Entenderán mejor los enamorados. Dígase por lo mismo que intuyen enamoramiento, las personas que reciben confidencias. Es lo común. Los que no están enamorados, si tienen auténticos amigos, no simples compañeros, sienten la certeza del aprecio, cuando son depositarios de confidencias (los llamados confidentes de la policía, en realidad son simples colaboradores suyos). La amistad y el enamoramiento, son situaciones propias de una cierta madurez. Pese a que en el lenguaje coloquial a veces se diga, no hay auténticos amigos ni noviazgo, entre niños de corta edad.

2.- El preámbulo sirve para hablar de la Trinidad. Las matemáticas son útiles, la biología sirve, el arte interesa. Los misterios, el misterio de la Santísima Trinidad, no sirve para nada. (Uno puede ir al mercado y comprar bien, acudir a un teatro sin que para nada importe este misterio, visitar al médico sin hablar para nada de ello). Me corrijo, estos misterios, cuando los recibimos como misterios, nos hacen felices. Hablaré de mi experiencia. Cuando yo era estudiante, el profesor de religión me hablaba de este misterio como un problema para el entendimiento que nosotros, por obediencia, debíamos aceptar. Y venían entonces palabras que estudiábamos en la clase de filosofía: esencia, persona, naturaleza…aquel profesor no nos hablaba de amor, que precisamente nosotros adolescentes, empezábamos a descubrir y nos sentíamos fascinados por él.

A nadie se le había ocurrido, nadie era capaz de vislumbrarlo. Pero Dios, cuando la humanidad empezó a ser madura, la plenitud de los tiempos se llama a este periodo, se le ocurrió hacernos esta confidencia, esto que nadie sabía: Él era tres personas. Lo manifestó porque Él, en la Persona-Hijo, nos podía hablar en nuestro lenguaje y así ser, lo que nos explicaba, algo capaz de entender un poco. Vuelvo a recordar la adolescencia. En aquella época maravillosa, escuchábamos al oído cosas que nadie sabía, que a nadie había contado. No entendíamos del todo lo que nos decían pero eso de saber que nos explicaban algo de su interior, que nadie conocía, nos llenaba de emoción y era la gran prueba de que había amor. Con frecuencia oíamos: esto sólo tú lo sabes, no se lo digas a nadie. El amor humano es así, necesita una cierta exclusividad para que perdure. El amor divino, al contrario, ya que es caridad, necesita comunicarse, desparramarse, de aquí que Jesús hablo y nos encomendó que en su nombre nosotros habláramos, del Padre, se dio a conocer y se hizo amigo, nos anunció que vendría el Espíritu, cosa que nos convenía mucho ¡lo hizo con tanta ilusión! Los primeros confidentes, que eran su Madre, los apóstoles y las compañeras, se tomaron muy en serio el encargo y marcharon presurosos a comunicar la gran noticia: Dios como se había enamorado de la humanidad, se les había declarado, y ellos no se quedaban para ellos solos la gran prueba de amor. ¿no se curarían muchas tristezas, no se elevarían muchas depresiones, si la gente supiera que Dios la ama?

3.- Si un día me encontrara con un ser de otro planeta, capaz de comunicarse conmigo, lo primero que le preguntaría sería precisamente esto. ¿os ha explicado Dios algo de como es Él? ¿Ha ido a habitar visiblemente en vuestro planeta? ¿Tenéis un idioma que os permita hablar con Él? Me parece que haber podido vislumbrar algo de Dios es más importante que comunicar a posibles seres, que atrapen una plancha estéril de acero, enviada a espacios Intersiderales, cuales son nuestros logros matemáticos o la silueta de nuestro cuerpo. Nosotros sabemos algo de Dios, aunque no lo entendamos, porque tenemos la suerte de que Él nos lo ha confiado.