1.- BAJANDO DE LA MONTAÑA

Por David Llena

Siempre se ha descrito el tiempo pascual, porque así lo es, como un tiempo de celebración y meditación sobre la resurrección del Señor. Como un estar en presencia del Señor, gustando y disfrutando de su resurrección, como aquellos tres discípulos escogidos que contemplaron la gloria de Cristo en su Transfiguración.

Ahora una vez marchado Cristo y reforzados con la acción del Espíritu volvemos a la vida cotidiana, el tiempo ordinario. Lo contemplamos como ese bajar del monte Tabor, como esa vuelta a la normalidad tras una visita que nos cambió la vida, nos debemos plantear: ¿a qué vida volvemos? Y mientras nos adecuamos a esa nueva forma de vivir la vida, la Iglesia sabia Madre nos propone una serie de reflexiones en estos domingos que siguen a la Pascua.

El primer alto en el camino, nos presenta la estampa ahora ya clara, (dentro de la claridad que tiene este misterio), de la Santísima Trinidad. Antes intuíamos un Dios, que se fue revelando como Padre, pero que hasta la venida de Cristo y su total revelación, no fuimos conscientes de esa relación; que se da a través del mismo Cristo, el Hijo. Y hasta la llegada del Pentecostés, no descubrimos que era el Espíritu el que mantenía con su amor la llama de la creación. Contemplemos y pidamos a la Santísima Trinidad fuerza para la nueva vida que queremos vivir.

Un segundo domingo, lo escoge la Iglesia para que celebremos y conmemoremos a Cristo que se nos queda como alimento entre nosotros. Es el más fuerte lazo entre Dios y los hombres que quedó tras la ascensión de Cristo. Podemos sentir, ver, tocar, adorar a Cristo presente en un trozo de pan y una copa de vino. La Iglesia nos recuerda, que ese es nuestro alimento y nuestra arma para la nueva vida que queremos vivir.

Y en un último alto, antes de reanudar el camino, la Iglesia nos propone contemplar, aquel habitáculo que contuvo y contiene el mayor y más puro amor: El Sagrado Corazón de Jesús. Donde realmente y más vivamente anidó la Santísima Trinidad y contuvo la Sangre que nos ha de alimentar en esta nueva vida que queremos vivir.

 

2.- LA MAGDALENA (final, por ahora)

Por Pedrojosé Ynaraja

Pensarán algunos que soy reiterativo, no me importa. El enamorado, o el amigo, hablan con frecuencia de la persona por la que sienten afecto. Por ella, la de Mágdala, yo siento admiración y aprecio. Y respeto. Aproximarse, siquiera con la imaginación o la plegaria, es también acercarse a la interioridad de Jesús. Y esto hay que hacerlo siempre en actitud de adoración. De idéntica manera ocurre cuando uno ora a María, cuando lee el cuarto evangelio o invoca al apóstol Pedro. Planteada la cuestión, añado que, concretar el personaje con datos ciertos, es difícil. Los únicos que poseemos son que ella acompañaba con sus otras amigas, sirviendo, a Jesús. Sus cometidos serían seguramente preparar la comida, (paralelamente a la de sus congéneres masculinos que les tocaba procurar el pescado y el dinero o desplazarse hasta los lugares de aprovisionamiento), tal vez tejer en los pequeños telares domésticos que cada mujer poseía, tal vez barrer, como a los hombres les tocaba ir delante procurando alojamiento o remendar las redes, que entre todos lo hacían todo. El detalle de que de ella habían salido siete demonios, hace suponer que había sido perdonada de grandes culpas y ¿qué gran pecado podía cometer una mujer de aquel país en aquel tiempo, si no era el de la prostitución? Creerlo son, pues, conjeturas.

Repiten los evangelistas que era una de las que acompañaba de cerca a Santa María durante la crucifixión y al sepultar a Jesús. Pero la descripción de su encuentro con el Señor, al que confundió con un hortelano, ¡qué plancha!, está llena de ternura. Conocía ella, sin duda, más su voz que su cuerpo. Escucharle atentamente la había convertido en discípula, de aquí que le llame Rabbuní, maestro mío. Raro privilegio. Pero su grandeza plena la logró cuando la hizo apóstol de los apóstoles. Es de suponer que estaba en el Cenáculo con sus compañeras en el momento de Pentecostés, como implícitamente afirma Lucas.

Poco importa donde puedan estar sus reliquias. Nunca he sabido que es en realidad un cuerpo humano. Es posible que moléculas de agua que un día formaron parte de su biología, estén circulando ahora por mis venas. ¿pertenecerán, el día de la resurrección, al mío o al de otra persona anterior? Me pregunto a veces. Algo semejante se puede decir de los demás componentes, pues hasta en los oligoelementos hay intercambio (que conste que no olvido lo de San Pablo: se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual Icor 15,44). Cuando he visitado legendarios restos, Saint Maximin, Vezelay, o hasta el mismo lugar de Mágdala, me han conmovido los simbólicamente indicios, sin tener certeza alguna. (confieso que la que me ha dejado indiferente ha sido la Madeleine de Paris, a la que ni siquiera me he acercado nunca) Acabo con una invocación.

Como tu, de otra manera, yo le amé.

Como tu, de otra manera, fui librado del pecado.

Como tu, de otra manera le seguí.

Como tu, de otra manera, lo perdí.

Como tu, de otra manera, lo sigo buscando.

Como tu, de otra manera, siento lástima de su dolor.

Como tu, de otra manera, pienso que no todo está perdido.

Como tu, de otra manera, aun llorando, no pierdo nunca la Esperanza.

Cuento, pues, Magdalena, con tu aprecio y con tu ayuda. No me olvides ni me dejes

nunca.

Esta es mi sincera súplica, de aquí que, cuando alguien ultraja su memoria, me duela en el alma. Y que, aunque en el texto evangélico no se afirme que se trate de ella, la mujer que en Betania, en casa de Simón el leproso, ungió los pies de Jesús, y escuchó la profecía de que aquello que acababa de hacer, mal hecho, según criterio de Judas, pero bien hecho, según dijo el Maestro, sería recordado doquiera se proclamase el Evangelio, pues bien, al encontrarme con tantas iglesias y ermitas a la Magdalena dedicadas, me conmuevo, y repito la invocación que he puesto más arriba.