LA TRINIDAD EN EL TIEMPO ORDINARIO

El final de los tiempos de Cuaresma y Pascua, con la fiesta de Pentecostés, nos adentra en el Tiempo Ordinario. Estaremos en él hasta el primer Domingo de Adviento, el 3 de Diciembre. Son unos cuantos meses de discurrir por un tiempo sencillo en el que va apareciendo, en la liturgia, toda la doctrina de Cristo sin enfatizar demasiado en ninguno de los grandes episodios de su Nacimiento, Muerte, Resurrección y la venida del Espíritu. Tiene su utilidad porque la vida del cristiano suele ser sencilla y con una gran normalidad en su desarrollo. A todos --sin duda-- nos gustaría que ocurriesen hechos maravillosos en nuestro alrededor, pero no suele ser así.

Además el Espíritu Santo se ha quedado con nosotros para que aprovechemos este tiempo de enseñanza general. La liturgia plantea que el primer domingo de esta segunda etapa del tiempo ordinario --es en realidad el principio de la semana undécima del T. O.-- se dedique a la Santísima Trinidad y guarda relación, sin duda, con la fiesta del domingo anterior, la de Pentecostés, en el que festejábamos con gran esperanza la llegada del Espíritu.

La Trinidad es una de las manifestaciones más singulares del cristianismo que marca una enorme diferencia con otras religiones y, sobre todo, con las más cercanas: la judía y musulmana, que exponen solo la idea de un Dios omnipotente, misericordioso, pero solitario. La doctrina de la Trinidad nos ofrece un Dios lleno de amor que engendra al Hijo por la efusión de ese amor y que el vehículo amoroso es, precisamente, el Espíritu Santo. Luego se puede entrar en la dificultad --en el misterio-- de las tres personas dentro de un solo Dios, pero eso --a nivel de comprensión humana-- importa menos, porque lo notable es que ese amor "intradivino" es fértil, es creador de lo más grande que se pudiera pensar y, desde luego, no ofrece un Dios ni solitario, ni lejano. Y a partir de ahí se puede entender mejor la parábola del "Hijo Pródigo" o la permanente proximidad de Dios en el Antiguo Testamento buscando con ahínco la conversión de su pueblo elegido.