TALLER DE ORACIÓN

SE TRATA DE DAR FRUTOS DIGNOS

Por Julia Merodio

Esta semana me gustaría pediros que nos planteemos la importancia de hacer fructificar tanto como recibimos del Señor. Él mismo lo dice: “Se trata de dar frutos…”, pero no podemos dar cualquier cosa, hemos de dar Frutos dignos.

En la vida cotidiana lo tenemos claro, buscamos la tierra adecuada el riego perfecto, el calor apropiado… Pero ¿somos igual de cuidadosos en la vida del Espíritu?

Me remito a un escrito del anterior pontífice, del Papa Juan Pablo II, para que sea él mismo el que nos de, es pincelada especial, sobre el tema. Y el Juan Pablo escribía así al referirse al salmo 91 “Las raíces del justo se hunden en el mismo Dios de quien recibe la savia de la gracia divina. La vida del Señor lo alimenta y lo transforma, haciéndolo floreciente y fecundo, es decir, capaz de darse a los demás y de testimoniar la propia fe”

ANTE UNOS SIGNOS CONCRETOS

Una experiencia llega dentro cuando se vive, cuando se interioriza, cuando se traduce en signos concretos.

Nosotros hemos elegido, caminando juntos, ser para los demás el rostro concreto de la Iglesia de Jesús; en medio de tanta gente como sigue creyendo, que esto es algo pasado de moda.

Tenemos que cuestionar con nuestra vida a todos, de tal forma, que nos pregunten: ¿Qué hacéis para vivir con ese talante? ¿De dónde sacáis esa alegría? Pues la sacamos porque hemos primado en nuestra realidad, más las relaciones que las organizaciones; hemos mirado más las personas que las estructuras; hemos ido al interior del hombre. Y esto se lo debemos a tantos como nos enseñaron la importancia de comunicarnos a través de sentimientos.

Hemos aprendido a dejar las teorías aprendidas en los libros para llegar a las vivencias. Hemos aprendido a orar mirando el rostro concreto de la gente, mirando a cada persona y compartiendo con ella su situación.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados. Carísimos, amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.” (I Jn. 4, 7 – 11)

DANDO FRUTO EN ABUNDANCIA

Después de lo que hemos vivido y experimentado, no podemos quedarnos sentados en nuestro confortable sillón, hemos de salir a la vida a regalar nuestro don y a acoger el de los demás pues lo importante es aprender a vivir y madurar.

Os animo a que no os quedéis parados esperando que alguien os llame. Buscad el sitio propicio para cada uno de vosotros, donde todo esto se haga realidad. Hay movimientos maravillosos donde pueden ayudarte a vivir una vida que merezca la pena.

La ilusión puede con todo. No podemos perder la oportunidad de decir, a tantas parejas que viven tristes y sombrías, que con un pequeño esfuerzo pueden ser mucho más felices.

Para llegar a esto, lo primero tendremos que descubrir que somos imagen de Dios y que Él no puede hacer nada mal hecho.

Tenemos que dejar esos miedos que nos separan y caer en la cuenta de que si yo soy imagen de Dios, el otro también lo es.

Tenemos que optar juntos por el proyecto de vida que Dios nos brinda, ya que cualquier otra forma de vivir, pronto o tarde nos hará caer en la incomprensión y la apatía.

También debemos tomar conciencia de que El Señor siempre está ahí para ayudarnos, para enseñarnos a ver con sus ojos. Pero esta tarea nos implica directamente a cada uno y no podemos descuidarla ni un momento.

Por último tendremos que confiar, a pesar del riesgo que supone, sabiendo que nada está conseguido y que ahí es donde radica la grandeza de vivir en plenitud el día a día.

Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Y vuelto a los discípulos les dijo: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, porque yo os digo que muchos profetas quisieron verlo y no lo vieron y quisieron oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.” (Lc. 10, 21 – 25)

ACOGIENDO EL DON

Todo carisma hay que interiorizarlo para luego poderlo regalar a los demás. Es muy importante no vivir nuestra aventura en solitario. Pues cada grupo, cada comunidad, aporta luz y calor a lo que ya vivíamos antes. Es la grandeza de la comunicación.

Sin embargo resulta contradictorio que en una época en la que hay unos medios de comunicación como no los ha habido nunca, estemos tan lejos unos de otros.

Por eso, nosotros que hemos recibido el don de conocer la grandeza de la comunicación no nos lo podemos guardar. Tiene que resonar en nuestros oídos con insistencia: ¡Ay de vosotros si os guardáis esta experiencia!

Fijaos como se refleja este hecho cuando Jesús se aparece a sus discípulos después de resucitado; unos no lo reconocen, otros se asustan, pero todos quedan atónitos de lo que han visto y oído.

Este debe ser el fruto de nuestro amor. Un amor que cae y se levanta. Que enferma y se regenera. Que hace capaz, por medio de un sacramento, el que en medio de un hombre y una mujer Dios esté vivo.

No puede estar más clara la invitación. Se nos llama a ser fermento, a ser esposos, a ser uno, a amar de verdad. Para que los demás puedan, en ello, palpar y tocar el fruto sabroso se sentir que Dios nos ama.