LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 143. LA PAZ CON VOSOTROS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Una vez más oímos el clamor desgarrador de un fiel israelita que identificamos con el rey David. Una vez más le encontramos huyendo a causa de la rebelión que su hijo Absalón ha levantado contra él. Si grande es su dolor, mayor es su confianza en Yahvé. Nos llama la atención que, al invocarle pidiendo su auxilio, no lo hace desde una presunta inocencia sino desde su condición de culpable, de pecador.

La audacia amorosa de David nos sobrecoge. Sabe que no es justo, como, de hecho, nadie lo es, pero apela a la justicia de Dios que es siempre salvadora; es decir, que Dios salva desde su justicia, no desde la nuestra: "Yahvé, escucha mi oración, presta oído a mi súplica, por tu lealtad respóndeme, por tu justicia; no entres en juicio con tu siervo, pues no es justo ante ti ningún viviente".

Esta ilimitada confianza de David en el perdón y misericordia de Dios nos lleva a la iluminación profética que tuvo Jeremías al divisar a lo lejos la restauración de Israel, su vuelta del destierro. Además, es un anuncio de salvación que trasciende el acontecimiento salvífico de la vuelta de Israel a la tierra prometida. Es un anuncio implícito de la salvación universal que llevará a cabo Yahvé por medio del Mesías, al que pone el nombre de Germen Justo. En él podemos invocar a Dios como "nuestra justicia". "Mirad que días vienen -oráculo de Yahvé- en que suscitaré a David un germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá seguro. Y éste es el nombre con que le llamarán: Yahvé, justicia nuestra" (Jer 23,5-6).

Jesucristo ha hecho justicia a toda la humanidad, seducida y engañada por el Tentador. Por él, Adán Y Eva salieron del Paraíso de espaldas a Dios. Por eso envió a su Hijo para hacemos volver sobre nuestros pasos y situamos nuevamente en su presencia, cara a cara con su Creador.

Para hacer posible la vuelta del hombre a Dios, fue necesario que el Señor Jesús se situara cara a cara con el Príncipe del mal, y se dejara -aparentemente- vencer por sus fuerzas. Durante tres días estuvo dominado por la muerte, de espaldas al Dios de la vida eterna. Allí, sujeto por los lazos de la mortalidad, nos hizo justicia: resucitó y venció al seductor. Desenmascaró al maestro del engaño y de la mentira e hizo posible la vuelta del hombre hacia Dios.

Recordemos el pasaje del bautismo de Jesús tal y como nos lo narra Mateo. Se acercó a Juan Bautista para ser bautizado por él. Éste se sobrecogió intensamente y le dijo que había de ser más bien al contrario, que era él quien tenía que ser bautizado por Jesús. Ante esta reacción de Juan Bautista, perfectamente comprensible, Jesús le respondió: Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Y fue bautizado (Mt 3,13-15).

Los santos Padres de la Iglesia, así como innumerables exégetas y comentaristas de las Sagradas Escrituras, nos enseñan que, con estas palabras, Jesucristo estaba profetizando su muerte, su resurrección y el amanecer de la justicia salvadora de Dios sobre toda la humanidad.

Su muerte la vemos representada en su inmersión en las aguas del Jordán, imagen que evoca su descenso a la profundidad de la tierra después de bajarle, exánime, de la cruz.

Su salir de las aguas del Jordán preanunciaba el desmoronamiento del sepulcro y su levantarse glorioso y victorioso de la muerte. Entre las losas esparcidas, quedaron, desparramadas, las vendas, el lienzo y el sudario que envolvían su cuerpo.

Por último, si hacemos justicia brilló en todo su esplendor al aparecerse al grupo temeroso y abatido de sus apóstoles. Juan puntualiza que estaban reunidos en el Cenáculo con las puertas cerradas a cal y canto por miedo a los judíos.

El Señor Jesús, el Justo y el Justificador, se presentó en medio de ellos y les anunció: la Paz con vosotros. Cuán grande tuvo que ser el asombro y la sorpresa de los discípulos, que Jesucristo les tuvo que repetir el anuncio: la Paz con vosotros (Jn 20,19-21).

Ninguna mención a su cobardía, a su huída, a su incapacidad e impotencia para dar testimonio de Él como Mesías y Señor. Ningún reproche. Lo que los apóstoles oyeron fueron estas vivificantes palabras: la Paz con vosotros. Estáis justificados ante mi Padre y vuestro Padre, ante mi Dios y vuestro Dios: Yo soy vuestra justicia.

Del apóstol Pablo, aquel que antes de su encuentro con Jesucristo se consideraba intachable en cuanto a la justicia de la Ley (Fl 3,6), nos llega el testimonio de que, justamente por haberle conocido, tiene conciencia de que su justicia no le viene de la Ley sino por su fe en Él. Escuchémosle: "...y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la ley " (Fl 3,9).