V Domingo de Pascua
14 de mayo de 2006

La homilía de Betania


1.- EL DESPLANTE A DIOS

Por Javier Leoz

2.- UNIDOS A CRISTO

Por José María Martín OSA

3.- LA VIDA

Por José María Maruri S. J.

4.- COMO SARMIENTOS VIVOS

Por Antonio García Moreno

5.- LA ORIGINALIDAD DE LA EXISTENCIA CRISTIANA

Por Antonio Díaz Tortajada

6.- DIOS ES AMOR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA VIÑA Y LOS SARMIENTOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL DESPLANTE A DIOS

Por Javier Leoz

1.- En una expedición a la montaña, el responsable, ordenó encender una gran hoguera para hacer más visible el grupo y para que, la noche, resultará confortable. En un momento dado, y debido a una ráfaga de viento, el fuego comenzó a propagarse con fuerza. Todos, sin pensarlo, cogieron agua de un riachuelo cercano y comenzaron a lanzarla con fuerza. Uno de ellos, ante la gravedad del momento, exclamó: ¡al humo no! ¡al fuego¡ ¡al fuego!

Estamos en la V Semana de la Pascua. Dios, hace dos mil años, que plantó una vid en la tierra, para alegría y deleite del hombre.

Desde esa vid que es Jesús, la Iglesia ha ido dando sus frutos. En torno a ese “fuego” ha ido calentando motores, ilusionando vidas heroicas, levantando templos, creando comunidades cristianas y saliendo victoriosa de numerosas pruebas como las que, por ejemplo, nos narran los Hechos en la primera lectura.

2.-“A mal tiempo, buena cara” dice el viejo refrán. Una por una, y sobre todo en época de debilidad, hay que agarrarse a lo fundamental. Apuntar a ese fuego que da calor en medio de nuestra frialdad y que pone a punto el gran cocido de nuestra vida cristiana.

¡Al humo no¡ ¡Al fuego! Hemos escuchado la anécdota ilustrativa del principio. Y es verdad; ¡Al palo seco no! ¡A Jesús sí! A El nos tenemos que aferrar.

La perseverancia en nuestras acciones, en el afán evangelizador etc., no nos viene asegurado por pertenecer a un determinado grupo; por elegir una orientación X para nuestra pastoral; por exponer que, una visión o concepción de la iglesia, es más pura y más auténtica que otra. El éxito evangélico, el buen fruto de nuestro ser y obrar nos viene por la comunión con Jesucristo. Si ponemos a Jesús en el centro, y no nos dejamos cegar por el humo de lo pasajero, no habrá empresa que se nos resista; ideal inalcanzable; prueba que no pueda ser combatida.

¿Peligros actuales? Muchos. Dentro y fuera de la iglesia. No podemos conformarnos con lamentarnos de que, los problemas del exterior, nos condicionan. A veces, incluso, decir eso, puede quedar bonito pero ser una buena excusa para seguir igual.

En el fondo, lo más resbaladizo para que la Iglesia no fructifique en la cantidad y en la calidad que el Evangelio nos exige, es que muchos de nosotros pensamos que somos vid (cuando somos sarmientos); nos creemos fuego (cuando a veces sólo echamos humo) y nos creemos tan perfectos y tan seguros de la verdad que, normalmente, la poda de la cual nos habla el evangelio de hoy, la encargamos para el vecino de enfrente y no para cada uno de nosotros.

3.- Muchos hermanos nuestros han caído en una tentación: pensar que fuera de la iglesia se puede vivir con más libertad. Que, el estar dentro de ella, conlleva más morir que vivir. Luego, pasa lo que pasa; el mundo los olvida y, lejos de darles respuestas, los dejan a la intemperie de una sociedad donde el materialismo todo lo consume y hace arder hasta lo más santo y noble que teníamos. ¿Resultado? Una sociedad calcinada de valores.

Sí, amigos. Un riesgo actual, como dicen los jóvenes de hoy, es “el ir a nuestra bola”. Intentar empezar de cero sin ayuda de nadie. Creer que todo lo pasado es falso y que, sólo lo que hago yo, es lo verdaderamente válido. Que sin Dios, todo y con El, secos.

Por eso, hay que agarrarse a lo fundamental. Y el principio esencial y básico es, ni más ni menos, ese Jesús transfusión de vida, de fuerza, de amor, de perdón y de ganas de batallar –en medio de nuestro mundo- para promover unos valores muy distintos a los que dominan o quieren regir y hacernos digerir en esta sociedad nuestra.

¡Qué evangelio tan globalizantemente bueno! ¡Permaneced unidos a mí! Mientras la tierra se disecciona y se rompe por tantos motivos (con tantos podadores sin profesionalidad y sin criterio) Jesús nos invita a poner nuestras raíces en El. El fruto y el futuro estarán garantizados.

Y, mientras Dios, planta y vuelve a plantar su vid en medio de la tierra, el hombre, erre que erre, intentando hacer un desplante a ese intento amoroso de Dios: ¿Contigo? ¡Ni agua! Luego, eso sí, se quejarán de que tienen sed. De que el mundo, en vez de vino añejo, les reservó –al final de todo- una buena dosis de vinagre.

¿En qué se puede notar que estamos unidos –de verdad- al Señor? En la forma de pedir. Quien pide con fe y con comunión verdadera, todo lo consigue.

Y no lo digo yo, lo dice el evangelio.

QUIERO SER SARMIENTO

Sarmiento con savia; para sentir que te pertenezco, Señor.

Sarmiento con cuerpo; para sostener abundancia de fruto

Sarmiento que se doble; para que pueda ofrecer el perdón

Sarmiento que sea fuerte; para que pueda resistir los vientos del combate

Sarmiento dócil; para que entre en mi casa, quien llame a mi puerta

Sarmiento humilde; para purificarme de las yemas que no dan fruto

Sarmiento limpio; para que todo lo que haga sea digno de Ti

Sarmiento sencillo; para que no pretenda lo que no pueda dar

Sarmiento unido a la vid; para que no muera en la soledad

Sarmiento reconociendo a la vid; para que sea siervo suyo

Sarmiento viviendo de la vid; para que no me lo crea demasiado

Sarmiento explotando en yemas; para que me sienta útil

Sarmiento dejándome cuidar; para que busque la perfección

Sarmiento con el abono de la oración; para que me des lo que pida

Sarmiento con el agua de la fe; para que no me impaciente

Sarmiento con el vino de la esperanza; para que no desespere

Sarmiento en compañía de otros; para que viva en familia cristiana

Sarmiento flexible; para que el Espíritu me moldee

Sarmiento firme; para que los caprichos no me seduzcan

Sarmiento recio; para que pueda sostener los racimos del amor

Sarmiento prudente; para que otros encuentren en mí serenidad

Sarmiento alegre; para que transforme la tristeza en alegría

Sarmiento mirando al cielo; para que nadie me corte y me deje tirado en la tierra

Sarmiento mirando a la tierra; para que no olvide de dar el grano necesario


2.- UNIDOS A CRISTO

Por José María Martín OSA

1.- Lo importante no es llegar, sino mantenerse, suelen decir las personas famosas del mundo del espectáculo. Lo importante es mantenerse en el candelero (o el candelabro, como dijo en cierta ocasión una "famosa" de la prensa del corazón). Creo que a veces los cristianos somos como esos artistas que deslumbran durante un período corto de tiempo, pero en seguida se desvanecen y nadie se acuerda de ellos. Jesús quiere ponernos en guardia frente a esos "efluvios" místicos que tienen poca raíz y que desaparecen al mismo tiempo que llegan. Y lo hace en el contexto de la Ultima Cena, después de haber lavado los pies de los discípulos como gesto de amor y de servicio. Pronuncia entonces unos discursos de despedida, a modo de testamento espiritual.

En el primer discurso les había hablado del nuevo mandamiento del amor, se había presentado como "camino, verdad y vida", les había entregado su paz, les había prometido la llegada del Espíritu Defensor. Ahora nos recuerda que sin El no podemos hacer nada. Nos pide que permanezcamos en El. El artista que quiere permanecer en el candelero tiene que cuidarse, al igual que el futbolista que no quiere ser flor de un día. El secreto está en el entrenamiento constante, la concentración y una pizca de suerte. Hace unas semanas nuestro amigo Juan Ramón López Caro, entrenador del real Madrid, declaraba en el periódico parroquial "EnBloque" (**) que lo que realmente importa en un futbolista y en un equipo de fútbol es el aspecto mental y la confianza. En el aspecto personal confesaba que la fe le había ayudado personal y profesionalmente, para él era lo más importante. Reconocía igualmente que en su escala de valores Cristo era lo más importante

2.- Jesús es la vid, nosotros los sarmientos y el Padre es el labrador. Quiere decirnos con estas palabras que no podemos subsistir como cristianos alejados de El, que es nuestra vida. Tenemos experiencia de momentos en los que hemos intentado vivir sin contar con Dios, hemos creído que podíamos conseguirlo todo con nuestras fuerzas, pero algo nos ha devuelto a la realidad. Sin El no somos nada.....Es el orgullo y la vanidad lo que nos lleva a pensar que estamos por encima de todo y no hay nada que se nos resista. Somos necios e insensatos...

Si cortamos el contacto con la fuente, nuestra vida de fe y nuestro entusiasmo se secan. Los sarmientos, es decir nosotros, necesitamos su presencia provechosa. Así lo constata San Agustín al comentar este evangelio: "En efecto, los sarmientos están en la vid de tal modo que, sin darle ellos nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida; a su vez la vid está en los sarmientos proporcionándoles el alimento vital, sin recibir nada de ellos. De la misma manera, tener a Cristo y permanecer en Cristo es de provecho para los discípulos, no para Cristo; porque, arrancando un sarmiento, puede brotar otro de la raíz viva, mientras que el sarmiento cortado no puede tener vida sin la raíz".

3.- Cuando estamos unidos a Cristo damos fruto de buenas obras. Es lo que nos pide la primera carta del apóstol San Juan: amar no de palabra o de boca, sino de verdad y con obras. ¿De qué obras está hablando? De guardar sus mandamientos y de amarnos unos a los otros, tal como nos lo mandó. Entonces experimentaremos que El permanece en nosotros. Por tanto, permanecer en Cristo no es sólo estar muchas horas en la capilla contemplándole. Es, sobre todo, contemplar el rostro de Dios en el hermano que sufre. Como dice San Agustín, "que cada uno examine su obra y vea si brota del manantial del amor y si los ramos de las buenas obras germinan de la raíz del amor". Hay personas que sufren mucho en este mundo, padres que ven como sus hijos se tuercen, esposos traicionados, pobres que no tienen nada que comer, inmigrantes que no acaban de encontrar un trabajo digno, personas que sufren el aguijón de la enfermedad, pero sin embargo, mantienen siempre la confianza en Dios. ¿Cuál es su secreto?. Si examinamos su vida descubriremos la causa de su paz interior: están unidos a Dios.

4.- "Un rey oriental llamó a sus tres hijos para someterles a una prueba de su sabiduría. Colocó delante de ellos tres jarras selladas: una de oro, otra de ámbar y otra de barro. En una de ellas se guardaba el tesoro más valioso de todos y cada uno de sus tres hijos tenía que decidir por sí mismo cuál era aquella que lo contenía. El primero, movido por la codicia, escogió la de oro. Pero al abrir el sello y mirar hacia dentro vio con asco que estaba llena de sangre. Entre el rojo de la sangre vio refulgir la palabra "imperio". El segundo escogió la de ámbar y al abrir el sello vio que estaba llena de ceniza. Entre la ceniza refulgía la palabra "gloria". El tercer hijo, desposeído de todo egoísmo, se conformó con la que quedaba, la de barro. Al abrirla, sólo vio escrito en el fondo la palabra "Dios". Los sabios de la corte declararon a una voz que su jarra valía más que todas, porque el solo nombre de Dios lo encerraba todo". Como decía Santa Teresa, sólo Dios basta. Quien está unido a El tiene un tesoro que nadie le podrá arrebatar.


3.- LA VIDA

Por José María Maruri S. J.

1.- Vides plantadas en líneas paralelas que se pierden en la lejanía. Ya las hojas empiezan a despuntar. En aquella extensión ondulante bajo el cielo azul todo es silencio. Pero allí está pasando algo. De la tierra a aquellas cepas rugosas y atormentadas y de éstas a las hojas. Es la comunicación de una vida que reventará en repletos racimos de uvas. Silenciosa actividad que maravilla.

En la sierra madrileña, en lo alto de la Mujer Muerta, en la Cabrera o en la Pedriza, en aquellas rocas amontonadas nunca pasa nada. Sólo el mecánico quebrarse de las rocas por las heladas o la erosión del viento. Inactividad que sobrecoge.

2.- Los Evangelios están llenos de esa maravillosa palabra: VIDA.

-- Jesús nos dice “como el Padre tiene VIDA en Sí mismo, así le ha dado al hijo tener vida en si mismo.

-- San Juan comienza su Evangelio con la Palabra... “y la Palabra era VIDA y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

-- Por eso Jesús al presentar sus credenciales se define como “Camino, Verdad y VIDA. O como: “Yo soy el Pan de VIDA”.

-- VIDA es un movimiento expansivo y que viene a comunicarse: “He venido para que tengan VIDA y VIDA abundante”. “El que come mi carne tiene VIDA eterna interminable”.

3.- Jesús se sabe portador de VIDA y pasa por este mundo repartiendo VIDA.

-- Da vida al hijo de la viuda de Naín, da VIDA a la hija de Jairo, da vida a su amigo Lázaro.

-- Da vida a los leprosos en los que la vida se pudre y desmorona.

-- Sana a cientos de enfermos de cuyos cuerpos de escapa la VIDA.

Jesús nos dice que Él es la Vid y nosotros los sarmientos que vivimos de una misma savia y VIDA.

4.- Pues sí, Jesús es todo VIDA, y ha venido a darnos VIDA abundante. ¿Y si con frecuencia comemos el Pan de VIDA, por qué languidecemos en nuestra vida religiosa? ¿Por qué no damos fruto? ¿Nos parecemos a esas “preciosas” plantas de plástico, sin VIDA y sin fruto?

-- ¿dónde está en nosotros esa vitalidad que tuvo la Madre Teresa y que ha seguido presente en sus seguidores?

-- ¿dónde esa energía de seglares que defiende y han defendido su fe hasta dar la vida?

--¿dónde esa simpática vivacidad de religiosas dedicadas a cuidar niños y ancianos?

-- ¿dónde esa vida silenciosa de viñedo de las Carmelitas siempre alegres y trabajadoras?

La misma VIDA que produce esos efectos en otros corre por nuestras venas. ¿Cuál es el trombo que está impidiendo que corra esa VIDA por nosotros? Pues, el encerrarnos en nosotros mismos. Tenemos las puertas y ventanas del corazón cerradas a Dios y a los hombres. Y, claro, en la sombra húmeda de una habitación sin sol ni aire la mejor de las plantas se agosta y muere.

Dejemos entrar a Dios y a nuestros hermanos y correrá la VIDA por nosotros. Cuánto más nos demos, más sanos seremos. No amemos de palabra –como dice San Juan—sino de obra de y de verdad.


4.- COMO SARMIENTOS VIVOS

Por Antonio García Moreno

"Cuando llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos..." (Hch 9,26) Pablo había sido uno de los más tenaces perseguidores de la Iglesia de Cristo. Hacía poco que marchó hacia Damasco "respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor", con cartas para la Sinagoga, dispuesto a encadenar a los que creían en Cristo, tanto hombres como mujeres.

Pero ese Cristo que él perseguía se le cruzó en el camino y Pablo cayó a tierra, deslumbrado por el fulgor del Señor. Y cuando comprendió que era el Mesías prometido por los profetas, cuando supo que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos, Pablo se entrega totalmente, emprende el camino que Dios le señalaba. Un camino con una dirección contraria a la que él traía. Y toda la fuerza de su personalidad la pone al servicio de ese Jesús que le ha derrumbado. Pablo es un hombre auténtico, consecuente con sus principios, enemigo de las medias tintas, audaz y decidido. Ejemplo y estímulo para nuestra vida de cristianos a medias, para nuestro querer y no querer, para esta falta de compromiso serio y eficaz de quienes decimos creer.

"Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo llevó a los apóstoles; y les refirió cómo en el camino Saulo había visto al Señor, que le había hablado..." (Hch 9, 27) No le creían. Era imposible que aquel terrible perseguidor quisiera ahora vivir entre los cristianos, que fuera verdad que se había convertido. Fue preciso que Bernabé, uno de los predicadores de más categoría, intercediera presentándolo a los mismos Apóstoles. Y a pesar de ello Pablo tendrá que sufrir durante toda su vida el recuerdo, siempre vivo en sus detractores, de sus pecados pasados. Siempre será un sospechoso, una presa fácil para la calumnia y la maledicencia. Y sus enemigos se empeñan en mantener la mala fama de su actuación anterior.

Cierto que es difícil que los hombres cambien. Pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no lo es. Por eso el hombre más perverso puede acabar siendo un santo. Y viceversa... Para los que intentan rectificar sus vidas, uno de los obstáculos más difíciles de superar es precisamente la sospecha de los "buenos", la desconfianza, la duda sobre la rectitud de su conducta.

Señor, danos la humildad suficiente para no juzgar mal a nadie. Para no desconfiar de los que, habiendo sido antes pecadores, ahora quieren dejar de serlo. Que no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Dios, persuadidos de tu poder ilimitado para cambiar al hombre y de tu amor incansable por él.

2.- "Cumpliré mis votos delante de sus fieles" (Sal 21, 26) El voto es, sin duda, un acto de culto al Señor, un reconocimiento generoso y empeñativo de la dignidad divina. En realidad sólo a Dios se puede hacer un voto, ya que lo que lo caracteriza es su esencia necesariamente religiosa. Podemos definirlo como una promesa deliberada y libre hecha a Dios de un bien posible y mejor.

Es una cosa buena y meritoria, por tanto, hacer un voto, obligarse con una especial voluntariedad delante del Señor. De hecho la Iglesia los permite, e incluso los alienta a través de las diversas instituciones de religiosos, o iniciativas privadas mediante las que un cristiano se empeña con generosidad en vivir unos determinados compromisos.

El voto, bueno en sí, puede sin embargo ser un perjuicio y un mal para quien lo formula y luego no lo cumple. En ese caso, hubiera sido mejor no haber hecho tal voto. Por eso es preciso que antes de comprometerse uno con un voto, considere atentamente si está realmente dispuesto a cumplirlo, también cuando las circunstancias no sean propicias.

"Me hará vivir para él..." (Sal 21, 31) De todos modos hay que contar no sólo con el propio esfuerzo, sino también con la gracia de Dios, que además de sugerir la posibilidad del voto, da su gracia para que se cumpla. Si no fuera así, nadie se atrevería a un compromiso tan serio como puede ser un voto perpetuo, como es el caso de una profesión religiosa, o simplemente el compromiso que un cristiano asume ante Dios nuestro Señor.

Es cierto que lo que un día se prometió con ilusión, seguros de que sería fácil y hasta gustoso cumplirlo, puede resultar con el paso del tiempo algo arduo y costoso de cumplir. Sin embargo, eso no puede ser nunca causa de una defección, o de un rompimiento de ese compromiso libremente contraído. Será, al contrario, el momento de demostrar la fortaleza y el espíritu de abnegación que ha de caracterizar a un cristiano.

Esto supuesto, hemos de ser generosos a la hora de prometer algo a Dios, correr el riesgo que supone un compromiso de por vida, confiar en que Dios no nos abandonará jamás en nuestro empeño de cumplir lo prometido. En realidad, podemos decir que las dificultades vienen, no por causas externas a nosotros mismos, sino más bien por nuestra actitud de relajamiento, por decaer en el espíritu de lucha y esfuerzo, imprescindible para hacer algo grande en la vida.

3.- "Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca..." (1 Jn 3, 18) Es muy sencillo amar de palabra, prometer y no dar, manifestar en un determinado momento unos sentimientos de amor profundo que más tarde, cuando el tiempo pasa o las circunstancias cambian, se convierte en indiferencia, o incluso en odio y aborrecimiento. Cuando eso ocurre se comprueba que aquel amor de un tiempo no era auténtico ni real, sino mera apariencia, una pasioncilla más o menos fuerte que se disipa sin dejar huella. A veces se cifra el amor al prójimo en meras fórmulas de cortesía, en una buena educación. Eso ya es mucho y a veces hasta eso falta. Pero, sin embargo, no es suficiente a los ojos de Dios. Él nos pide que nuestro amor hacia los demás vaya más allá de las palabras y llegue hasta las obras.

Sólo así querremos como Dios nos pide y nos manda. Lo demás es algo superficial, algo que cualquiera, incluso quien no crea ni ame a Dios puede hacer. El amor cristiano es diverso, es mucho más profundo y constante, tiene unas motivaciones más altas, ha de llegar hasta el heroísmo, si se da el caso, de amar a nuestros enemigos. Jesús moría en la Cruz y rogaba al Padre por los que le habían crucificado y ahora se burlaban de su terrible dolor.

La actuación de Jesús no fue sólo un gesto maravilloso, fue también una lección práctica para todos aquellos que le seguirían después. De hecho ya desde Esteban, el primer mártir de Cristo, muchos imitaron al Maestro y rogaron a Dios el perdón de quienes tanto daño les causaban. También hoy la lección sigue vigente, también a nosotros nos pide que venzamos el mal con la fuerza del bien.

"Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 3, 24) El que actúa así, continúa diciendo San Juan, es de la verdad y tendrá la conciencia tranquila. Un amor sincero, una caridad auténtica nos integra en la verdad, hace posible una conciencia limpia de remordimientos y de temores. De lo contrario, estaremos intranquilos. Quizá engañemos a los demás, apareceremos a sus ojos como quienes saben querer, pero si nuestro amor no pasa de las palabras no nos tranquilizará a nosotros mismos, y nos sentiremos acusados por Dios.

Por esto mismo, nos sigue diciendo el Discípulo amado, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza en el Señor. Y así es ciertamente. Sabemos que Dios es bueno y compasivo con todos, pero nos sentimos más seguros cuando estamos a buenas con el Señor. Nos da la impresión de que si nos portamos bien, él se nos muestra más propicio, mejor predispuesto para ayudarnos.

Por otra parte, quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Se verifica entonces una intercomunicación vital, mediante la cual nuestra vida humana se transforma en divina, de ser una vida sin brillo y sin relieve pasa a ser una vida grata a los ojos de Dios, digna de su consideración, merecedora por la gracia divina de un premio eterno.

4.- "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador" (Jn 15,1)

Dios conoce muy bien el barro de que estamos hechos, sabe la capacidad limitada de nuestra inteligencia. Por eso utiliza palabras sencillas, metáforas sacadas de la vida ordinaria, imágenes fáciles de entender para todos. En especial para nosotros, meridionales al fin y al cabo, sus referencias al mundo rural y agrícola nos resultan sumamente familiares.

Hoy nos habla de la vid, esa planta tan frecuente en nuestras tierras llanas, de fruto tan rico y cuyo mosto, convertido en vino, alegra el corazón del hombre, en frase de la Escritura. Jesús nos dice que él es la vid y nosotros los sarmientos. Partiendo de esta realidad mística, el Maestro nos expone una serie de enseñanzas para que las vivamos cada uno de nosotros.

En primer lugar afirma que su Padre es el labrador que poda a todo sarmiento para que dé más fruto. Es lo mismo que en otro pasaje nos dice la Biblia: "El Señor, a quien ama, le reprende, y castiga a todo aquel a quien tiene por hijo". De ahí se desprende que hemos de ver las contrariedades y sinsabores de la vida con espíritu de fe. Hay que comprender que son una buena ocasión para purificar nuestras almas, para templar nuestro espíritu lo mismo que se templa el hierro con el fuego.

"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos sigue diciendo Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí". La comparación y la enseñanza que se desprende no puede ser más clara. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina.

Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobreaviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas.

Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo que está en su cenit. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna.


5.- LA ORIGINALIDAD DE LA EXISTENCIA CRISTIANA

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- A los hombres de ciudad ––que somos una tristemente inmensa mayoría–– aún nos queda el atavismo del campo. Lo buscamos siempre que podemos, y al llegar nos sorprende su encanto y nuestra profunda ignorancia de cuanto en él sucede.

A pesar de la lejanía y del desconocimiento, tratamos de entender ese complejo mundo de leyes, costumbres, constantes y misterios que encierra lo rural, la agricultura. De alguna manera, por lo tanto, no nos resulta del todo ajenos sus problemas y sus aspiraciones. ¿Quien, en un día de lluvia ciudadana, no ha mirado el cielo para desear que la lluvia sea beneficiosa para las cosechas? Es un indicio de que somos conscientes de lo vital que para el conjunto resulta un año agrícolamente bueno.

2.- Este preámbulo de reflexiones a ras de tierra debe introducirnos en la comprensión de esa densa parábola agrícola de la vid que Jesús utiliza para dibujar la realidad de nuestra existencia cristiana. Estamos enraizados en alguien que nos da estabilidad y fuerza. El viñedo es, a los ojos del ciudadano, un espectáculo aleccionador. La vid, los sarmientos, la uva constituyen una trilogía deslumbradora que alcanza en la época de la vendimia su clima de esplendor.

3.- Sin embargo, sólo el que vive los doce meses del año pendiente de las vides, de sus cuidados, con constante desvelo, podrá vivenciar totalmente la expresión de Cristo: “Permaneced en mi y yo en vosotros”, como el sarmiento permanece en la vid.

Esa constatación de permanencia revela la originalidad de la existencia cristiana. Diríamos que para que la viña sea fecunda deben darse una serie de condiciones favorables, en mayor o menor grado, y éstas serían: La calidad de la tierra, el régimen de lluvias, los cuidados del agricultor, la lucha contra las plagas, etc. Lo absolutamente indispensable, sin embargo, es la permanencia, la vinculación del sarmiento en la vid. Sin esa continuidad vital no hay posible proceso de crecimiento. Esto lo entiende perfectamente un viñador. Traslademos ahora la metáfora; un cristiano podrá vivir en tales o cuales circunstancias, estar sujeto a estas o aquellas influencias, poseer determinadas tendencias positivas o negativas; todo resulta accidental. Lo único indispensable es su vinculación al Jesús que salva y cuya savia vitalizadora justifica toda manifestación de vida cristiana.

4.- La continuidad es, pues, sin genero de dudas, la característica fundamental de ese proceso generador de vida. Por parte de Dios esta asegurada. La vid es inagotable. Por parte del sarmiento, los altibajos, aun dolorosos, no cierran el flujo, pero lo condicionan. Sólo una actitud de absoluta infranqueabilidad conduce a la muerte. Pero esto ––creo–– lo entienden todos, aun los que nunca en su vida hayan gozado del espectáculo de una vid infecunda y plena madurez


6.- DIOS ES AMOR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- La definición más notable y diferenciada que hace el cristianismo sobre Dios es “Dios es amor”. Esa es la revelación de Jesús, el Hijo de Dios. Nos define a Dios como Padre ocupado y preocupado de sus criaturas. Él que había bajado del cielo, nos comunica algo inconmensurable. Y no es nada extraño que Benedicto XVI haya titulado su primera encíclica con ese título. Es la segunda lectura de la misa de este Quinto Domingo de Pascua, sacada de primera carta de San Juan donde se da el gran argumento del apóstol: "Dios es amor". Y es el Dios humilde y amoroso del que habla –por ejemplo— Romano Guardini en su obra cumbre: “El Señor. Guardini fue el maestro preferido por Josep Ratzinger y, por tanto, puede entenderse mejor la predilección del Papa en la elección de tema y titulo de su primera encíclica. Luego, aparece en el Evangelio, con el simbolismo de la vid y de los sarmientos, San Juan habla de la unidad con Cristo y de la unión de todos los sarmientos en torno a la única vid que es el Señor. Y así recibimos esos dos mensajes fundamentales para nuestra vida de cristianos: el amor, y la cercanía a Jesús y a los hermanos.

2.- Pero la vida en la calle parece muy distinta. No vemos amor ninguno y cada uno anda a su aire. No es verdad. La vida moderna ha dado un aspecto exterior a las gentes que no se corresponde con la realidad. Por un lado, el hermetismo facial que impide cualquier contacto, por otro el aislamiento físico que trae --por ejemplo-- que mucha gente se sienta nerviosa cuando sube en un ascensor y eso solamente porque tiene personas más cercanas de lo que puede soportar. Esas dos "figuras" lo que traen es una soledad más que evidente o, por lo menos, una lejanía moral de todo lo que nos rodea.

Si los hermanos nuestros que andan solos y tensos por la vida no comparten nuestra fe pues tendría una explicación más lógica, además de la obligación nuestra de comunicarles nuestras creencias. Pero si esas mismas personas son creyentes y cumplidoras de los caminos de seguimiento de Cristo ahí sí que se está entrando en una contradicción terrible. Es necesario meditar sobre la expresión continuada de nuestro amor y de nuestra solidaridad respecto a los otros. Y eso mucho antes de decidir si son correligionarios nuestros o si nos gustan sus modos y sus costumbres. Para evitarlo usemos más de la más eficaz arma secreta que disponemos: el amor a todos en la cercanía a Jesús y en el amor que Él nos tiene.

3.- Irrumpe la figura de San Pablo en la primera lectura de este domingo sacada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Es una figura que sorprende profundamente a todo aquel que, desde una posición intelectual ya desarrollada, comienza leer sus escritos con sentido histórico y espiritual. Existe la tendencia, desde esa vertiente intelectualizada, a magnificar la importancia de Pablo y, tal vez, sacarle de contexto. La investigación sobre la realidad histórica de los Evangelios, dio durante mucho tiempo una existencia temprana a las cartas de San Pablo. Más tarde hay datos como para pensar que los Evangelios propiamente dichos --en sus primeras redacciones-- son anteriores a los escritos de Pablo.

Esto viene a cuento porque una tendencia crítica contraria a la realidad de Cristo, a su muerte y resurrección, plantea a San Pablo como inventor del mensaje cristiano. La lectura continua y conjuntada de todo el Evangelio descubre una especie de graduación cronológica que culmina con la lectura del texto de San Juan, escrito mucho más tarde y con una serie de ingredientes necesarios para combatir las primeras herejías.

Pablo de Tarso tuvo que recibir una enseñanza basada en otros textos y ello con anterioridad a la "edición" de los Hechos de los Apóstoles. Datos sobre la Resurrección o el pasaje de la Primera Carta de los Corintios sobre la institución de la Eucaristía parecen un resumen de los otros textos evangélicos que citan esos momentos y, en ninguno de los casos, un origen de los mismos. De todas formas, y para los efectos que nosotros buscamos, poca importancia tiene esa disputa fundacional o cronológica. Jesús es Jesús y Pablo es Pablo. Jesús reina en Pablo de tal manera que no es extraño que el antiguo fariseo consiga esas cotas imponentes de concreción teológica, moral, doctrinal. Nunca, después, nadie ha superado ese nivel de interpretación de las verdades de nuestra fe.

5.- Existe, sin duda, la forma y el fondo. Este fondo es indiscutible y constituye la base para el descubrimiento armónico del paso de Jesús por la tierra y sus consiguientes efectos sobre la transcendencia espiritual de la Encarnación de Dios. La forma es, tal vez, el añadido de la importancia cultural del mundo grecolatino. El barniz de alta capacidad filosófica ayuda a Pablo, aunque fracasara ruidosamente en Atenas, centro de esa tendencia. Tal vez, esa capacidad de expresión habría que compararla también con la de San Agustín, hombre que era un prototipo del intelectual crecido en el Imperio Romano y que supo adaptar ese camino de conocimiento a la realidad de Cristo, combatiendo con eficacia situaciones absurdas como la de los maniqueos o arremetiendo contra los creadores de horóscopos, quienes, por cierto, deberían ser --entonces-- más "científicos" que los individuos que hoy producen esas adivinanzas para las páginas de los periódicos.

6.- Jesús va a emplear –hoy también-- un ejemplo muy propio de la sociedad agrícola y ganadera en la que vivía. La semana pasada se declaraba pastor bueno de todas las ovejas y hablaba de la puerta estrecha del redil. Hoy nos pone un ejemplo típico de la cultura de la vid. Él es la Vid y su Padre el Viñador. Y la unión de los discípulos se ha producir por la técnica del injerto. Unir nuevos sarmientos a la planta principal da, por un lado, vida a esos sarmientos, los cuales, a su vez, en contacto tan estrecho con el tronco darán fruto mucho fruto. Hoy, probablemente, los ejemplos más adecuados para nosotros serían informáticos y con la posibilidad de añadir potencia y memoria a un ordenador mediante el adosamiento de discos duros exteriores… En fin, pero resulta, sin duda, muy poético el ejemplo de la vid. Y, claro, los ordenadores no tienen vida. La Vid, sí; y los inertes esquejes necesitan de la savia de la Vid que vive.

Y como señalaba al principio la unión de estos conceptos que emergen de las lecturas del domingo --Dios es Amor, la conversión de Pablo y su trabajo en Jerusalén, y esa Vid que es realidad de vida y unión—nos ayuda a caminar en estos tiempos intermedios de la Pascua que nos conduce a Pentecostés, fiesta que esperamos porque, como buen dice Jesús de Nazaret, será el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo. Y la verdad es que falta nos hace aprender, a todos, a los pequeños y a los grandes, a los buenos y a los malos…


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA VIÑA Y LOS SARMIENTOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Uno de los árboles más simpáticos que existen entre nosotros, es la vid, o el majuelo, o la parra, como quiera llamársele. Que se den en un país cultivos de esta planta caracteriza a una cultura. Los mediterráneos lo somos de la vid, como otros pueblos lo son del arroz o del maíz. En la antigüedad bíblica se definía la prosperidad como el tener una casa con una higuera y una parra a su vera. Quien no conoce la parra, se sorprende al verlo por primera vez, en invierno. Sus troncos retorcidos, a menudo de cortezas destrozadas, y nudosos ellos, dan la sensación de que se trata de un cadáver vegetal. No obstante la apariencia, es entonces cuando el que lo cultiva lo somete a inteligente poda. Llega la primavera y brotan las ramitas, los pámpanos y las flores, que no son vistosas, que casi ni se distinguen del conjunto. Al final del verano aparecen esplendorosos los racimos de uva. Es un espectáculo maravilloso, no es de extrañar que a la exuberancia de su fecundidad se la compare la mujer virtuosa en el Salmo(128,3). Es una exhibición de poderío y de riqueza. Sorprende al viajero y al hombre de ciudad, por muy acostumbrado que esté a aprovecharse de sus caldos.

2.- No, no trato de dar una lección de botánica ni de enología. Pretendo recordar imágenes, que entre nosotros no resultan lo familiares que eran para el primer auditorio de las palabras de Jesús. Por este motivo les era fácil aprender la lección. Habían visto en invierno los sarmientos cortados, yacer en el suelo, para dar paso a viñas que brotaban con vigor en primavera y ofrecer al final del verano suculentos racimos. Habían visto el majuelo no podado, exhibir innumerables y raquíticos racimos, que nadie aprovechaba. Recordar estos fenómenos de la naturaleza por parte de Jesús, les facilitaba la doctrina que Él quería que aprendieran. Que quiere ahora que sepamos nosotros.

Desde el bautismo formamos parte de la hermosa viña que es la Iglesia. Recibimos, a través de ella la savia vivificadora que es la Gracia. Se nos pide, se nos debe exigir, que demos en nuestra vida frutos de eternidad. No nos extrañe que nos llegue la prueba, la corrección. No nos deben intranquilizar las situaciones que nos parecen adversas, pero que en realidad pretenden mejorar la eficacia de nuestro trabajo. Cuando las cosas nos salen bien, pero con dificultad, es señal de que somos de los elegidos, no me canso de repetir desde hace años y la experiencia me lo confirma.

3.- Hay gente que irresponsablemente escoge la exuberancia de lo externo, que les gusta presumir, alardear de ser o creerse importantes, dar notoriedad y publicidad a cualquier cosa que hacen. Pero no dan fruto. Poco después de haber pasado, comprueba uno que no han dejado fruto ni semillas, que nada se conserva de sus trabajos, que mucho cacarear, pero que no fueron de provecho y por donde pasaron todo continúa yermo.

Hay que estar unidos a Jesús y recabar su Gracia. A partir de aquí, trabajar con generosidad. Será entonces cuando nuestra vida estará llena de realizaciones que perduren. Ante Dios, con humildad, nos sentiremos satisfechos de haber sido arquitectos de su Reino, albañiles o carpinteros, de su Casa. Pero quien quiere vivir en solitario pronto se seca y decepcionado abandona lo que emprende.

4.- Una buena práctica de este domingo podría ser salir al campo en busca de ramas secas, podridas, desgajadas del tronco, y, a su vista, meditar lo que seremos si nos alejamos de Dios, si rehusamos que circule su Gracia por nosotros.