Nuestro colaborador, Antonio Pavía, Premio Escritor del Año de Betania y autor habitual de “Orar con Jesucristo”, sección de comentarios sobre los salmos, nos presenta hoy este interesante trabajo sobre Moisés que, esperamos sea del gusto de nuestros lectores.


MOISÉS Y JESÚS: SOLITARIOS Y SOLIDARIOS

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

Todo discípulo de Jesucristo es llevado por Él a vivir una experiencia de soledad. Esta realidad viene motivada por el hecho de que el Señor Jesús, que es el único Maestro (Mt.23, 8), forma y moldea a cada discípulo suyo de manera que sea único, original e irrepetible. Entendemos, pues, que la experiencia de soledad para llegar a ser moldeado es necesaria e irrenunciable. A su vez, la soledad, justamente porque no es huída sino obediencia a Dios para que haga su obra, se desdobla en beneficio de los hombres cobrando así el sello de solidaridad. Esta percepción de la relación entre soledad y solidaridad no es fruto de ningún análisis filosófico o sociológico, sino que la observamos con una claridad meridiana a través de los diversos personajes que recorren las Sagradas Escrituras.

A lo largo de estas líneas, veremos la figura de Moisés bajo este prisma para desembocar en Jesucristo, en quien confluyen y alcanzan toda su plenitud, las promesas de salvación y liberación anunciadas y proclamadas por Dios.

MOISÉS CONDUCE Y ACOMPAÑA A SU PUEBLO

Sabemos que, una vez que Israel fue sometido a la esclavitud por Egipto, clamó desde su desesperación a Dios: "Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus gemidos, y acordóse Dios de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob" (Éx 2,23-24)

Dios tiene ante sus ojos el dolor y la angustia de su pueblo y, movido a compasión, decide actuar. Llama a Moisés y le confía la misión de liberar a Israel prometiéndole que dará a su pueblo una tierra que mana leche y miel, signos de la abundancia: la tierra prometida. A partir de esta llamada, vemos, a lo largo del libro del Éxodo, a Moisés liderando la salida de Israel de la esclavitud de los egipcios. Y acompañando y sufriendo con él las pruebas y calamidades del desierto.

A lo largo del fatigoso camino, Moisés va haciendo progresivamente una experiencia personalísima con Dios bastante diferente, al menos en intensidad, a la que también hace el pueblo, a quien, en nombre de Dios, está conduciendo hacia la libertad. Esta experiencia, repito, personalísima y totalmente original, no le separa de su pueblo, no le lleva a desentenderse de él y de sus continuos problemas, desánimos, tentaciones, etc. Más aún, siente en su carne y en su alma, como si fueran heridas propias, las desviaciones y desobediencias de la multitud cansada y hambrienta en el desierto. Acoge en sus entrañas el dolor de este pueblo que murmura contra Dios.

Veamos, por ejemplo, la sorprendente experiencia de Moisés, cuando Dios le hace llegar hasta su presencia en la cumbre del monte Sinaí donde le entregó las tablas de la Ley. Al descender del monte, de la presencia íntima con Yahvé, se encuentra con que todo el pueblo, con Aarón a la cabeza, está haciendo una celebración festiva en honor a su nuevo dios..., un becerro de oro.

Lo que aconteció fue que el pueblo se impacientó y se cansó de esperar a que Moisés descendiese del monte donde, como hemos dicho, estaba a solas con Dios. Decidieron entonces erigir un altar en medio del desierto, sobre el que encumbraron un becerro que habían moldeado fundiendo las joyas y collares que les habían dado los egipcios en su salida. Moisés vio perplejo cómo vitoreaban al becerro y le aclamaban diciéndole: "Éste es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto" (Éx 32,4). El becerro de oro simboliza la idolatría que acecha sin cesar al corazón del hombre y que Jesús la denuncia con estas palabras: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero" (Mt 6,24).

MOISÉS INTERCESOR

A raíz de este acontecimiento, se entabla una especie de diálogo-disputa entre Dios y Moisés. Diálogo-disputa en el que el doble sello de la espiritualidad de Moisés, soledad y solidaridad, se manifiesta en una bellísima dimensión. Dios dice a Moisés: "Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo" (Éx 32,9-10). Ante estas palabras, Moisés interpela a Dios diciéndole que, si aniquila a su pueblo, su amor, misericordia y bondad, quedarán en entredicho ante los ojos de los egipcios: "¿Por qué, oh Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste con gran poder y mano fuerte? ¿Van a poder decir los egipcios: por malicia los ha sacado, para matarlos en las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra?. (Éx 32,11-12).

Por si este argumento fuera poco, casi como que le chantajea diciéndole que, si decide aniquilar al pueblo, que le aniquile también a él; que se olvide de hacer de él cabeza de otro gran pueblo. Su osadía, que no es sino amor por su pueblo, le lleva a decirle que, si no borra el pecado de Israel, que le borre también a él del Libro de la Vida (Éx 32,32). Ante la actitud de Moisés, Dios permitió que Israel continuase su camino por el desierto hacia la tierra prometida. Moisés, hombre de Dios y hombre de y para su pueblo. Al que no dejó de amar y servir por más que, como atestigua la Escritura, los israelitas le amargaron el alma a causa de sus rebeliones contra Dios (Sal 106,32-33).

Finalizamos esta breve reseña de Moisés, solitario y solidario, con la maravillosa descripción que nos hace de él el autor de la Carta a los Hebreos: "Por la fe, Moisés, ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija del Faraón, prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar del efímero goce del pecado, estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto, el oprobio de Cristo, porque tenía los ojos puestos en la recompensa. Por la fe, salió de Egipto sin temer la ira del rey; se mantuvo firme como si viera al invisible". (Hb 11,24-27).

JESUCRISTO: DIOS CON NOSOTROS

Una vez que hemos visto la figura de Moisés, solitario y solidario, damos paso al Hijo de Dios en quien se cumplen todas las Sagradas Escrituras. Los santos Padres de la Iglesia llaman a Jesucristo el nuevo y definitivo Moisés. Si éste fue llamado por Dios para conducir a Israel a la tierra de la libertad, Jesús es enviado por el Padre para abrir el camino, el nuevo Éxodo, para conducir a toda la humanidad hacia el Reino de los Cielos, cuyas primicias ya están sembradas entre nosotros.

El Señor Jesús tiene conciencia de que viene del Padre y va hacia Él (Jn 16,28), y que su misión alcanza su total realización cuando los hombres-mujeres lleguemos al Padre: "Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo... para que el amor con que tú me has amado esté en ellos" (Jn 17,24-26).

Si en Moisés pudimos ver que su misión estaba marcada por la soledad y la solidaridad, en Jesucristo estos dos sellos identificadores brillan aún con más nitidez, hasta el punto que podemos llamarle el gran Solitario y el gran Solidario. Con respecto a su soledad, Él mismo testifica que "está en el Padre y que el Padre está en él" (Jn 14,11). Es más, sabe que su misión nace del Padre hasta el punto de decir que vive por Él (Jn 6,57). Éstas y otras afirmaciones semejantes culminan en las siguientes palabras que provocaron el escándalo de su pueblo por considerarlas blasfemas: "El Padre y yo somos uno" (Jn 10,30).

No es una soledad con el Padre que tenga nada que ver con ensoñaciones o arrobamientos. Es una soledad que le empuja hacia toda la humanidad, y que abre en medio de ella el camino definitivo de la libertad y la salvación. Libertad y salvación que alcanzan su plenitud cuando el hombre-mujer vuelve, siguiendo el camino abierto por Jesucristo, a las manos paterno-maternales que imprimieron en él su imagen y semejanza... cuando llega Dios. Para abrir este camino, Jesús se hace solidario con los hombres, se hace uno de nosotros (Flp 2,7). Para que no nos quepa la menor duda, su nombre --Emmanuel-- significa Dios con nosotros.

Jesucristo es consciente de que, por una parte, el desarrollo y cumplimiento de su misión conlleva el hecho de pasar por una terrible experiencia de soledad, iluminada y sostenida por su Padre. Soledad que hizo saber a sus discípulos en las vísperas de su pasión: "Mirad que llega la hora en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). Soledad que se hizo dramática, y envuelta por las tinieblas en los estertores de su agonía (Le 23,44-46).

Sabe, sin embargo, que esta su soledad es el útero de donde se abren los horizontes infinitos de su solidaridad. Solidaridad suprema porque, con su muerte en soledad y desnudez, abrió hacia las entrañas de Dios el camino donde cabemos todos los hombres, de cualquier cultura, raza, etnia y nación: "Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con su sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación" (Ap 5,9).

JESÚS, CORDERO Y BUEN PASTOR

Jesucristo es enviado por el Padre al mundo como Cordero inocente para cargar con el pecado --el mal-- del mundo. Así lo presenta Juan Bautista al pueblo de Israel (Jn 1,29). Es el que responde a la pregunta, casi diríamos angustiosa, que Dios formula por medio de Jeremías: ¿Quién se jugará la vida por llegarse hasta mí? (Jr 30,21)

Jesús es el Cordero que, solitario, llega hasta el Padre por medio de la cruz, no sin antes absorber en sus entrañas el drama del mal en el hombre. Mateo nos lo presenta como aquel que sobrelleva sobre sus espaldas todas las heridas que el mal causa en la humanidad: "Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados: él expulsó a los espíritus con una palabra, v curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ÉÍ tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8, 16-17). El mismo Mateo nos ofrece una imagen bellísima del sufrimiento angustioso de Jesús cuando vio a la muchedumbre vejada y abatida porque no tenían pastor que imprimiese en su corazón y en su espíritu la Sabiduría de Dios (Mt 9,36).

Dando su vida, Jesús, Cordero solitario, se convierte en buen Pastor solidario. Solidario porque con su muerte va a hacer partícipe de su vida eterna a toda la humanidad. Es importante señalar que el Señor Jesús dio su vida libre y voluntariamente: "Por eso me ama el Padre porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente" (Jn 10,17-18). Con estas palabras puntualiza que, más allá de una conjura religioso-política contra Él, está su decisión de que, libre y voluntariamente, ofrece su vida. Y la da para que la humanidad, vejada y abatida, "tenga la vida en abundancia" (Jn 10,10), vida en abundancia que significa Vida eterna, como Él mismo señala y acentúa: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás" (Jn 10,27-28).

El Señor Jesús es el buen Pastor solidario con el hombre, solidario con nuestra impotencia para encontrar la vida. Por eso, Él, que es Vida eterna, tiene que salir al encuentro del hombre. Jesús, buen Pastor solidario, entra en la muerte, la vence y se aparece a sus atemorizados discípulos que le habían abandonado a su suerte en su pasión (Mt 26,56). Las primeras palabras que dirige a sus amedrentados y confusos discípulos son: "la paz con vosotros" (Jn 20,19). Entendamos bien, Jesús sale al encuentro de sus discípulos para darles Vida eterna; a los mismos que le habían abandonado. Les ama "sin tener en cuenta el mal", como dice el apóstol Pablo en su himno a la caridad (l Co 13,5).

Todas las apariciones de Jesucristo resucitado a sus discípulos llevan el sello del buen Pastor solidario, que, pasando por alto sus miedos, cobardías y huidas, los acoge; y, por si fuera poco, les confía el Evangelio que da la Vida eterna a sus hermanos que son: la humanidad entera.

Terminamos con la mención bellísima del apóstol Pedro, quien focaliza con inmenso acierto, la figura de Jesús, Cordero Solitario y buen Pastor Solidario: "Pues también Cristo, para llevamos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu" (l P 3,18)

BIBLIOGRAFÍA

Moisés y Jesús, solitarios y solidarios, es un tema sustancial de un contenido riquísimo, por lo que vemos oportuno recomendar un par de libros que, sin duda, nos ayudarán a profundizar y a enriquecemos.

Sobre Moisés: "Como si viera al invisible" - Autor: Jacques Loew.
Sobre Jesús: "El buen Pastor" - Editorial San Pablo. Autor: Antonio Pavía