1.- YA NO ES PAN

Por David Llena

Plagiaré, un poco, la idea de nuestro querido Federico Berenguer, y construiré este texto como un diálogo entre un adulto y un niño. Quizá nos resulte más fácil explicar las cosas de Dios a los niños que a los adultos y por eso es la idea de tomar a un niño como interlocutor.

Y es que tratar de explicar el misterio de la eucaristía, es algo más sencillo si utilizamos parecidos de la vida real. Eso mismo hacía Jesucristo con sus parábolas.

Un niño preguntó:

-- ¿Y como podemos estar seguros de que en ese trozo de pan está Jesús, si no cambia el sabor ni vemos ningún cambio?

Y el maestro contestó:

-- Recuerda lo que desayunaste hoy.

-- Pues, leche con cereales, es mi desayuno favorito.

Contestó el niño.

El maestro replicó:

-- Pues si miras en la caja de los cereales, puedes ver que están enriquecidos con multitud de vitaminas y minerales y sin embargo, no le notáis ningún cambio en el sabor, ni en el color. ¿Y cómo sois capaces de asegurar que esas vitaminas están ahí?

Otro niño respondió:

--Porque estamos más fuertes y corremos más…

Y casi sin dejar acabar al niño el maestro remachó:

-- Y si frecuentáis la eucaristía notaréis también una fuerza, y mucho mayor que la que os dan los cereales.

Otro niño, más perspicaz, añadió:

--Pero si miramos por un microscopio, seguro que podremos ver esas vitaminas y esos minerales.

El maestro reflexionó un momento y dijo.

--Es cierto, podemos analizar esos cereales y acabaremos descubriendo las vitaminas que contiene. Sin embargo en el pan eucarístico no podremos ver a Jesús salvo que miremos por un microscopio especial.

--Y ¿cuál es ese microscopio?- preguntaron todos los niños a la vez.

--Es el microscopio de la fe, respondió el maestro, es el que nos hace ver a Dios en los demás es esa mirada limpia con la miráis a vuestros padres y con la que ellos os miran. Creo que ya os capaces de descubrir el amor que ellos os tienen por sus gestos, sus obras o sus miradas. El amor tampoco se puede medir, ni cuantificar, ni por mucho que analicemos el corazón de alguien al microscopio, encontraremos un rastro de amor.

--Entonces… debemos mirar ese trozo de pan con los mismos ojos que miramos a nuestros padres y entonces veremos a Jesús.- Comentó el niño.

Le dijo el maestro:

-- Si miráis con los ojos del amor, ya no veréis ni rastro de pan, y sólo veréis a Jesús.

 

2.- AZAFRÁN

Por Pedrojosé Ynaraja

Conozco desde pequeño esta planta. Ahora sé que se llama “Crocus sativus”. Ya mi madre me decía que eran muy caros aquellos hilillos que echaba en el arroz y que le daban un aspecto muy atractivo. Pude verla por primera vez en el huerto de los carmelitas de Burgos, un buen Hermano Rafael me la enseñó y observé con cuanto cuidado recogía aquellos estigmas que después pasarían a los guisos de la comunidad. Más tarde he tenido ocasión de verla en otros sitios, aunque he de reconocer que no sería capaz de distinguirla entre otros “crocus” que abundan en los prados de la Península.

En la Biblia aparece en una sola ocasión, en el Cantar de los Cantares (4,14). Uno de los atractivos de la amada, dice, es su perfume, semejante al azafrán. Me sorprendió el detalle de que fuera considerado un placer olfativo, ya que siempre lo había considerado un colorante. Enterado de la cuestión, lo incorporé a mi vitrina de perfumes y cosméticos bíblicos.

El azafrán mide unos pocos centímetros de altura, la flor surge del suelo sin apenas tallo ni hojas a su alrededor. En tierra un bulbo, del tamaño de una nuez, suministra el sustento. La flor es estéril, pura belleza, para recreo de la vista humana. Es estéril pero que no impide a la planta reproducirse por su cuenta. Cuando la he visto, cuando ahora la recuerdo, pienso que es una imagen, una parábola, de la virginidad cristiana. Tiene encanto y modestia, equilibrio de color, dentro de lo espectacular de sus contrastes.

Soy de los que defienden el celibato y la virginidad, como condiciones que facilitan la fecundidad del Reino. Aun en las mismas Iglesias Orientales, donde la ordenación de varones casados es optativa, con frecuencia los presbíteros que más se desplazan, estudian y se dedican a ministerios de predicación y reconciliación, son célibes. Pero me referiré a otro tipo de personas. A veces, uno encuentra en un rincón de convento una monjita, en este caso permítaseme el diminutivo cariñoso que por lo común abomino, con un candor y una piedad ingenua, que asombran. Son “rosas del azafrán”, desconocidas para la mayoría de los mortales, que llenan de gozo al que las descubre y, como en el caso de estas, teme uno que les de el sol de la vulgaridad o el activismo, que puedan dañar su ingenuidad y menguar la riqueza de la Iglesia a la que ellas aportan su simple inocencia y oración. Recuerdo, y todos los que las conocieron las recuerdan, algunas de las monjas que al llegar a La Llobeta me encontré. La Madre Montserrat, ciega a sus más de noventa años, que recogía palpando, las piedras del camino, para que los chicos que iban a la casa del “padre” no tropezara. A la Madre Margarita Roig, que ayudaba a toda la juventud que por allí venía, dejándose engañar, para que pagaran menos (y ellos fueron los que me lo advirtieron). A la Hermana Elena, Medalla del trabajo otorgada por el Ministerio, que acogía a todo aquel que se acercara, de aspecto señorial o andrajosos, de alcurnia o del “barrio chino”. Una mujer que solo sabía leer las palabras que no eran demasiado largas y rezaba fervorosa entre los pucheros. Pienso también en las enfermas, epiléptica incluida, que ofrecían sus sufrimientos y que su única pena era que ocasionaban molestias a las otras de la comunidad.

Hoy en día se estila mucho la crítica despiadada contra la Iglesia, se acepta que hay en ella, creen que es una excepción, personas de la talla de la M. Teresa, de Fr. Roger de Taizé, o de nuestro Hermano Adriano. Con indulgencia se los acepta. Y pensar así no es justo. A los innumerables servidores de enfermos, pobres y ancianos, hay que añadir los que marchan al Tercer Mundo, exponiendo su salud y vida, para llevar un poco de ayuda, de instrucción, de salud, de esperanza. Pero no se puede olvidar estas ingentes cantidades de personas de vida anónima, que, en los rincones de la Iglesia, adornan y perfuman a la humanidad. Me he referido concretamente a algunas porque es de justicia que lo haga agradecido y para, al recordar, cumplir, lo que dijo el Señor: “que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el Cielo” (Mat 5,16)