CONFIDENCIAS A SAN ISIDRO EN EL DÍA DE SU FIESTA

Por Ángel Gómez Escorial

Querido Isidro:

Me permitirás que hoy día de tu fiesta pueda tutearte. Ya sabes, somos paisanos. Los dos hemos nacido y vivimos en Madrid. Mi Madrid de hoy guarda una recoleta zona que se parece --un tanto-- a la que tú recorriste. Incluso se conserva la casa que dicen que es la de tu amo. Claro que ha llovido mucho desde el año 1080 –en los primeros años del Segundo Milenio—cuando tú naciste. O allá por el 1100, cuando te casaste con María de la Cabeza, que hoy te acompaña como esposa en la tumba, y como esposa, también, en la devoción de los madrileños. No hay ya tierras de labor en la orilla del Manzanares, pero todavía la agricultura rodea a la gran cuidad en alguno de sus límites metropolitanos. Y creo que habrá algún agricultor madrileño en esta mañana del 15 de mayo que levantara los ojos al cielo recordándote. Sé que los agricultores te veneran en otras muchas partes de España y de Latinoamérica, porque ven en ti un buen ejemplo de labrador que muestra el trabajo tenaz de las personas que se dedican a la tierra, esa tierra que el Señor nos entregó para sacarle fruto y no dañarla.

“ARRUINAR A LOS QUE ARRUINARON LA TIERRA”

No sé, querido paisano y Patrón, si te apercibiste, en su día, de la frase del Apocalipsis (11, 17-18) que habla de “arruinar a los que arruinaron la tierra”. Es seguro que no supieras latín, pero eso no supondría un conocimiento limitado de las Escrituras. Había una gran tradición de enseñanza oral de muchos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Es posible, entonces, que alguien –tu confesor, tal vez—te hablara de eso: “de arruinar a los que arruinaron la tierra”. Ya existía, entonces, delito ecológico. Señores levantiscos castigaban a sus oponentes quemando campos, cosechas y bosques. Violencia por deseos de poder y riqueza. ¡Cómo siempre!

Sé que todos los días bendecías a Dios, recién llegado tú a las tierras de labor, a la orilla del pequeño –en Madrid le llamamos aprendiz de río—Manzanares, en medio del frescor de la mañana y por los nuevos brotes de plantas, que tu trabajo hacía. Si el Señor se paseaba –disfrutando de la brisa vespertina—en el Jardín del Edén, seguro que lo hacía --y lo hace-- también en la mañana madrileña, al frescor del rocío y con la pureza de un aire que sólo las sierras próximas pueden darle a Madrid. Y sabes por qué pienso eso, pues porque los ángeles que te suplían a ti, al frente de la yunta de bueyes para seguir arando, eran –sin duda—los que muy de mañana habían llegado a esas tierras acompañado al Señor Dios. Y si nuestro Padre encontró en el Edén la soberbia de Adán, tuvo que encontrar –con agrado—la humildad de Isidro en la vega madrileña.

CONVERTIR EL TRABAJO EN ORACIÓN

Hay que convertir el trabajo en oración, en camino de acercamiento a Dios. Y eso querido Isidro tú lo hacías muy bien. Y la mejor prueba de ello es lo siguiente: para que no faltases a tus deberes de oración los ángeles se ponían a arar en tu lugar. Si no hubiera sido así, habrías seguido roturando la tierra sin parar. Oración y trabajo se mezclaban; y para ayudar en las dos cosas aparecían los mensajeros de Dios para echarte una mano.

Y como a todos los santos se les pide intercesión, no iba yo a ser menos contigo. Te voy a pedir que ruegues al Señor, Tu Amigo, que envíe gracia y sabiduría a Betania y que sirva como instrumento para arar, a favor de Jesús y de Su Iglesia, la tierra muy especial de Internet. Aquí los surcos, Santo Isidro, son muy especiales, pero a veces tan duros como los de la helada tierra castellana y madrileña. Hay --¿sabes?— trigo y cizaña. Y es muy necesario que la mala hierba no enrede y rompa la Red. Pídele al Señor mucho eco para Betania y fuerzas para quienes la hacemos. Y no se te olvide saludar en mi nombre a tu esposa, a Santa María de la Cabeza, a la que también tenemos muy presente aquí en Madrid. Y voy acudir este día 15 –como ya hace seis años consecutivos—a tu ermita de la Pradera y beberé agua de tu fuente. Y te saludaré, como es lógico; como cualquier amigo hace con otro.