TALLER DE ORACIÓN

LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

Por Julia Merodio

¿Te has dado cuenta? Se puede salir de la noche. Se puede vencer la oscuridad. Se puede encender el horizonte tenebroso del hombre en un inmenso resplandor. Todo esto se ha cumplido en Jesús. Por eso sale hoy a nuestro encuentro para decirnos: ¡Alegraos! ¡Jesús ha resucitado!

El Cristo crucificado ante quien orábamos con aflicción, tiene vida, ha vencido a la muerte, ha dado sentido a la negatividad, ha hecho florecer lo que estaba enterrado. Por eso hoy ya no nos ponemos ante el crucificado, nos ponemos ante el resucitado para pedirle la gracia de alegrarnos con Él; pues Él trae su alegría para repartirla con todos los hombres.

Hemos ido viendo a lo largo de este camino cuántos rincones de tristeza, de desilusión, de sospecha, de resentimiento... anidan en los hombres de nuestro tiempo. Cuando miramos nuestro entorno vemos gente desencantada que vive porque no tiene otro remedio que vivir. Vemos gente que camina hacia la muerte siendo consciente de ello (drogadictos, alcohólicos...) se han metido, sin saberlo, en un mundo donde es muy difícil salir. Pero también en esos caminos sale al encuentro Jesús resucitado para decirnos a cada ser humano, a cada familia, a cada comunidad, a toda la Iglesia ¡Alegraos!

Es necesario que abramos bien los oídos para escuchar esa voz. Una voz que viene de Alguien que puede convertir nuestro llanto, en gozo; nuestra tiniebla, en luz; nuestra pena, en alegría.

Este mensaje es para todos. Para tantos como cada día vemos que están tristes por hambre, paro, muerte, secuestros, catástrofes, accidentes... Jesús sale al encuentro de todos ellos para decirles ¡Alegraos! Pues os aseguro que no hay nada que tocado por el resucitado, no se transforme en vida y plenitud.

“El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: no temáis. El crucificado no está aquí, ha resucitado como dijo. Id enseguida y decirlo a los discípulos. Ellas salieron a toda prisa del sepulcro. Con temor y con mucha alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. Pero Jesús salió a su encuentro y las saludó. (Mt 28, 6 – 9)

Al salir a nuestro entorno y cruzarnos con gente por la calle vemos que la característica más habitual en las personas es un gesto serio, triste y problemático. El horario estresante, las exigencias de la sociedad y el medir a las personas por la productividad son los causantes de este fenómeno. Pero la gente quiere alegría, busca la alegría. A todos nos encantaría vivir alegres, experimentar en nuestra vida esa sensación, encontrar en los demás un gesto que lo demostrase. Mas ¿acaso podemos pedir esto cuando tanta gente lo está pasando mal? ¿O adolecemos de alegría porque no hemos entendido lo que de verdad significa?

La alegría nace del misterio de la Cruz. No nace de lo que me gusta, sino de entregar la vida por los demás. Porque quien muere con Cristo resucita con Él. Nace de entender que, detrás de todas las cruces, hay una resurrección.

La alegría es el mejor regalo que puedes hacer a los demás. Mas ¿cómo hablar hoy de regalo cuando todo se compra y se vende? Como hablar de regalo donde se llega a pensar que el dinero puede comprar hasta las grandes realidades del hombre. Pues para que veamos que todo es un regalo, que todo es un don, Jesús nos dice a cada hombre en particular: no te amo por lo bueno que eres, sino porque eres tú. ¿Acaso podemos repetir nosotros esas palabras con la mayor sinceridad? Pues cuando puedas repetirlas, podrás compartir la alegría de la resurrección con los demás y dejarás de centrarte en ti mismo para gozarte con el gozo que te trae Cristo.

La alegría brotará en ti cuando adquieras la capacidad de ver que Cristo resucitado Vive. Cuando oigas que te dice: “No temas, soy yo”. Es verdad que no podrás demostrarlo científicamente, pero sentirás que todo se crea y se renueva en Él.

“Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría para conocerlo plenamente. Que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros”. (Ef 1, 17 – 20)

Si de verdad llega a vivir en ti esta alegría, no te la podrás guardar, tendrás que compartirla consolando a los demás.

Ahí tienes a los discípulos. Cuando estuvieron al lado de Jesús al ver que llegaba la cruz: negaron, huyeron, traicionaron... Pero cuando se acercaron al resucitado empezaron a llevar a todos el consuelo de la resurrección. “Os consolamos como nosotros fuimos consolados”.

El resucitado nos consuela para que nosotros aprendamos a consolar, para que seamos capaces de afrontar la terrible realidad de la vida de tantos hombres, sin quedarnos parados, buscando soluciones.

Esta alegría nos dará perspectivas de eternidad “en Él somos, nos movemos y existimos”. Una alegría que nos lleva a vivir en la mayor libertad. Si estás atado a todas tus cosas no podrás compartir con los demás. Te convertirás en esclavo de lo que te corresponde. Pero si oyes la llamada del Señor notarás que te llama a desatarte, a salir, a dejar la tristeza, el temor, el egoísmo... para abrirte al espíritu que has recibido. Un espíritu de hombres libres que gritan ¡Abbá!

Nos invita a consolar siendo comunidad. Después de acercarte a Cristo resucitado, ya no podemos ir cada uno por nuestro lado. Él nos reúne, nos convoca, nos alienta, nos da la alegría que necesitamos para ser familia, iglesia, diócesis... para impulsar a la humanidad hacia el futuro. Para decir a cada hombre ¿por qué estás triste? ¿Por qué lloras? Pues mira, sea por lo que sea ¡alégrate! Jesús ha resucitado. Y la alegría de la resurrección nos hace ser cristos unos para otros, siendo canales de paz, compasión y esperanza.