LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 140. LA CORONA DE JESUCRISTO
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

El presente salmo es atribuido al rey David. Nos sobrecoge su actitud orante y confiada. Sus enemigos, en especial Saúl, se ceban en él, por lo que acude a Yahvé para que sea su auxilio y su escudo: "Líbrame, Yahvé, del hombre malvado, del hombre violento guárdame, los que en su corazón maquinan males, y albergan peleas todo el día, aguzan su lengua igual que una serpiente, veneno de víbora hay bajo sus labios".

David enfrenta la persecución de Saúl y su ejército con la misma inferioridad con que se enfrentó a Goliat. Su lógica es meridiana: Si Yahvé estuvo a mi lado para derrotar al jefe de filas de los filisteos, que estaba armado hasta los dientes, con una simple piedra de mi honda, también me ha de ayudar ahora en esta persecución inicua que estoy padeciendo; de ahí su susurro: "Yo he dicho a Yahvé: tú eres mi Dios, escucha, Yahvé, la voz de mis súplicas. Oh Yahvé, Señor mío, fuerza de mi salvación, tú cubres mi cabeza el día del combate. No otorgues, Yahvé, al impío su deseo, no dejes que su plan se realice ".

Vamos a detenemos con calma en la densidad de este susurro esperanzado de David. Llama a Yahvé "fuerza de mi salvación". El rey tiene conciencia de que Yahvé es el que siempre ha salvado a Israel. Su confianza ilimitada en que Dios es salvador, le hace apropiarse de su don salvífico personalizándolo en sí mismo. Por eso le invoca diciéndole: ¡tú eres la fuerza de mi salvación!

El Dios a quien invoca David, no está simplemente en los cielos observando plácidamente el universo que ha creado o el pueblo que ha elegido. Es alguien que se preocupa del hombre concreto, y más, como en el caso de David, si le ha encomendado una misión de cara a Israel. Por eso se dirige a él confiadamente. Le dice: sé que tú eres quien me va a librar de mis enemigos, tú eres la fuerza en mi debilidad y penuria. A continuación, y para dar más énfasis a su confesión de fe, le añade: sé que tú cubres mi cabeza en el día del combate.

En la cultura de Israel, la cabeza no es un miembro más del cuerpo humano, ni siquiera el más noble y distinguido. La cabeza es sinónimo de la persona, se identifica totalmente con ella.

En este contexto, podemos decir que David está llamando a Yahvé su protector, el que le defiende y guarda de sus enemigos en todo lo que él es en su totalidad, alma y cuerpo.

Como todos los salmos, también éste es mesiánico, tiene su cumplimiento en Jesucristo. Nos llama poderosamente la atención que si, por cuna parte, David afirmó de Dios que él cubría su cabeza en sus batallas, por otra, contemplamos a Jesús, en su

combate contra todo tipo de mal, abatido y, además, también con su cabeza cubierta... con una ignominiosa corona de espinas. Parece como si Yahvé le hubiese abandonado a su suerte en la misión que le confió.

Sabemos que Dios resucitó a su Hijo y lo hizo vencedor de todo mal para nuestra salvación. Quiero, además, señalar que el autor de la carta a los Hebreos

puntualiza que Dios, al resucitar a su Hijo, le cambió la corona de ignominia entretejida de espinas por una honorífica de gloria: "Y a aquel que fue hecho inferior a los ángeles

por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos" (Hb 2,9). Es más, añade que los padecimientos del Señor Jesús fueron nuestra medicina saludable para que también nosotros pudiéramos ser partícipes de su gloria: "Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación" (Hb 2,10).

El Señor Jesús, el que enfrentó la muerte revestido de ignominia y humillación sobre su cabeza, cubre la nuestra en nuestro combate. Permanecer y crecer en la fe no es sino enfrentar cada día el mal. No hablamos solamente del mal que nos rodea sino, y sobre todo, del que a causa del pecado original llevamos dentro, y alimentamos con nuestras opciones y decisiones hechas al margen de la sabiduría de Dios.

En este combate que libramos a lo largo de nuestra vida, el Señor Jesús es nuestro escudo, nuestra espada, nuestro yelmo de salvación, el que cubre y protege nuestra cabeza en cada enfrentamiento que hacemos contra el poder de Satanás. Así nos lo atestigua el apóstol san Pablo: "¡En piel, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz..., tomad también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios" (Ef6,14-17).

El autor del libro del Apocalipsis nos anuncia la victoria de todos aquellos que combatieron apoyados en el Señor Jesús: "... Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte" (Ap 12,11).