II Domingo de Pascua
23 de abril de 2006

La homilía de Betania


1.- ANUNCIAR LA MISERICORDIA DE DIOS

Por José María Martín OSA

2.- PERO SU PAZ QUEDARÁ

Por José María Maruri, SJ

3.- EL VENCEDOR DE LA MUERTE

Por Antonio García Moreno

4.- ¿UTOPÍA HASTA EL EXTREMO?

Por Antonio Díaz Tortajada

5.- ¿PUERTAS CERRADAS O ABIERTAS?

Por Javier Leoz

6.- QUÉ NO NOS ASUSTEN NUESTRAS PROPIAS DUDAS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MAS JOVEN


EL APÓSTOL CIENTÍFICO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ANUNCIAR LA MISERICORDIA DE DIOS

Por José María Martín OSA

1- Hace unos días se anunciaba en un telediario que sólo el 14 % de los españoles era "practicante". Que había bajado un 25 % la "práctica dominical" en los últimos 20 años. Se decía también que sólo el 6 % de los españoles se declaraba ateo. Ante estos datos surge la pregunta: ¿qué pasa con el 80% restante? Pues simplemente que la fe, si la tienen, no tiene significación en su vida, tal vez muchos ni se han planteado la existencia de Dios o viven como si Dios no existiera. Ya dijo Juan Pablo II que el gran mal de nuestro mundo es el indiferentismo religioso, es decir el echar a Dios de nuestra vida, pues entonces el hombre acaba deshumanizándose y perdiendo todos los valores que nos distinguen de las demás criaturas. La madre Teresa de Calcuta dejó escrita una sentencia que nos debe hacer pensar: "El peor mal es la indiferencia".

2- Sin embargo hemos podido ver cómo estos días de Semana Santa la gente sale a la calle y se enfervoriza con las procesiones. Impresiona ver las lágrimas de muchas personas al ver pasar la imagen del "Jesús de Medinaceli". Cada viernes acuden a El para pedirle favores miles de personas. ¿Es ésta la fe que Jesús desea en sus discípulos? Hoy El nos dice: "Dichosos los que crean sin haber visto".

Tomás vio y creyó, pero, como dice San Agustín, "quería creer con los dedos". Tiene que meter sus dedos en las cicatrices para creer. El santo obispo de Hipona se pregunta: ¿y si hubiera resucitado sin las cicatrices? Entonces.....Tomás no hubiera creído, "pero si no hubiera conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón". Jesús alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Sin embargo Tomás nos resulta simpático porque se parece mucho a nosotros, hombres del siglo XXI tecnificado: queremos comprobar las cosas antes de creerlas. Hay muchas personas que se fían de Jesús, todo ese pueblo sencillo y humilde de las procesiones nos da ejemplo de confianza, porque creer es fiarse de Aquél que nunca nos falla.

3- Para que nuestra fe sea auténtica es necesario dar un paso más. No vale sólo con vivir las emociones de un momento. La fe nos compromete y nos anima a seguir a Jesús y a poner en práctica su mensaje, pues "la fe sin obras es una fe muerta", nos dice Santiago. El mensaje de Jesús en este segundo domingo de Pascua es doble: la paz y la misericordia. En primer lugar nos trae la paz: "Paz a vosotros". Es la paz que no puede regalarnos nadie más en la vida, la paz interior, la paz que da sentido a nuestra vida y la plenifica. Por eso los discípulos "se llenaron de alegría al ver al Señor". Hay algo que todavía no tenemos asumido los que nos decimos seguidores de Jesús: tenemos que ser misericordiosos. Jesús nos envía a perdonar no a condenar, es el evangelio de la misericordia lo que nos trae Jesús. Me alegré mucho al escuchar las últimas palabras del Papa Benedicto en el Vía Crucis del Coliseo de Roma. Nos recordó que tenemos que anunciar la misericordia de Dios. Nosotros tenemos que ser mensajeros de perdón, aprender a perdonarnos primero a nosotros mismos y ser instrumentos de perdón y reconciliación para todos. Este es el Evangelio auténtico. Quizá muchos no dan el paso de entrar en nuestras celebraciones desde la calle después de las procesiones porque no ven en nosotros esos signos evangélicos de paz, misericordia y alegría. Hoy es el día de la "Divina misericordia". Que la celebración de este día nos ayude a ser misericordiosos todo el año.

4- El modelo de vida de la primera comunidad cristiana es consecuencia de la vivencia de nuestra fe. Esta no puede vivirse sólo "por libre", quedaría muy pobre, como les ocurre a mucho de los que reducen su fe a seguir una procesión. Sólo es cristiana de verdad si se comparte en comunidad. Los pilares, idealizados por supuesto, de la primera comunidad son muy claros: pensaban y sentían lo mismo (comunión de vida), lo poseían todo en común (comunidad de bienes), daban testimonio de la resurrección del Señor (evangelizaban). Sabemos también por el capítulo 2º de los Hechos que acudían asiduamente a la oración común y a la fracción del pan (Eucaristía). En el fondo, como dice San Agustín, "hallaban el gozo en lo común, no en lo privado". ¿Se parecen nuestras comunidades a ésta? ¿Qué tenemos que mejorar para ser de verdad una comunidad que sigue a Jesucristo?


2.- PERO SU PAZ QUEDARÁ

Por José María Maruri, SJ

1. - El Salmo 85 nos dice: “el mensaje de Dios a su pueblo es la paz. Su justicia caminará delante de Él, pero su paz quedará impresa en las huellas de sus pies”. Y huella de los pies de Dios, su Padre, es Jesús; y también Jesús Pasa por este mundo dejando huellas de paz:

--es un cántico de paz el que anuncia el nacimiento de Jesús. “Paz a los hombres que ama el Señor”

--y un “vete en paz” sella la curación de la hemorroisa.

--y el perdón de la pecadora que lava los pies de Jesús con sus lágrimas queda corroborado con otro “Vete en Paz.

--y envía Jesús a sus discípulos a sembrar de huellas de paz sus andanzas apostólicas diciendo “la Paz en este casa”.

--y “bienaventurados los pacíficos, los hacedores de paz”, queda como uno de los ocho puntos del ideario del Señor.

--el consuelo de Jesús a sus discípulos en su triste despedida “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.

--y en las últimas huellas, ya gloriosas, de su paso por el mundo el mismo domingo de Resurrección Jesús deja su paz a los discípulos.

--Y les hace participantes de su misión de mensajero de paz: “Como el Padre me envió yo os envío”, “la paz a vosotros”, “a quien perdonéis sus pecados les serán perdonados.”

2. - Desde ese momento, las huellas que tenemos ir dejando en este mundo los seguidores de Jesús son huellas de paz.

Pero esta paz cristiana no es:

--la quietud sombría de una verde charca

--ni la pesantez sin vida del Mar Muerto

--ni la soledad de cementerio plasmada en aquel “Qué solos se quedan los muertos.

Esa paz cristiana a la que aludo es:

--la paz fructífera de los trigales mecidos por el viento

--la paz de los cielos poblados de estrellas reventonas de energía.

--de los arroyos que siembran de flores sus orillas.

--de los lirios vestidos con mayor gloria de Salomón.

--es la paz doliente y gloriosa del grano de trigo que muere y resucita en miles de espigas.

3.- No hay paz en las huellas...

--del que rechaza la mano del que le pide.

--del que conculca el derecho del otro.

--del que maquina el mal de su hermano.

--del arrogante que se cree con todos los derechos.

--del que vive en ebullición del rencor, el odio o el sexo.

4.- Es la paz de quien es más feliz dando que recibiendo, de quien tiene siempre tendida la mano para dar el perdón, de quien se aleja del confesionario sabiéndose perdonado, del que sabe que su fe no es vana por que Cristo ha resucitado. Es la paz del niño que se abraza cariñoso al cuello del padre.


3.- EL VENCEDOR DE LA MUERTE

Por Antonio García Moreno

1.- "La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma..." (Hch 4, 32) La palabra de Dios iba cayendo en todos los surcos de la tierra. Y una multitud de hombres y mujeres encontraron el camino de la salvación. En las negras sombras del paganismo se había encendido la clara luz de Cristo. Se había borrado la frontera de la muerte con la resurrección del Señor. El muro del egoísmo y del odio había sido derrumbado por la fuerza de la generosidad y el amor.

Entre los cristianos había un mismo sentir, un corazón y un alma les vivificaba. Tanto que los que les veían exclamaban maravillados: Mirad cómo se aman. Era un amor traducido en obras concretas y convincentes, tejido más con hechos que con palabras. Cuanto tenían lo entregaban para atender a los más necesitados. Un comunismo singular donde la acción divina, secundada por el hombre, creaba una sociedad en la que reinaba la paz y el gozo.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos, Señor? En nuestros corazones ha vuelto a germinar la ambición y el egoísmo. La ley del amor ha sido aminorada por el cansancio y la desilusión. Duele ver cómo repetimos "mío, mío", o "yo, yo, yo", muchos que nos decimos cristianos. Y no es que tu doctrina niegue el derecho de propiedad como algunos han hecho, anulando así la iniciativa privada y la creatividad ilusionada. Pero sí es necesario tener presente que el Evangelio va contra el derecho de propiedad exclusiva o excluyente. Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y generosos.

"Y con gran energía testificaban los apóstoles la resurrección del Señor..." (Hch 4, 33) Cristo ha resucitado. Este es el eje del pregón pascual que sigue resonando, para llevar a los hombres el convencimiento de esa verdad maravillosa que tan de cerca nos afecta a todos. En efecto, la resurrección de Jesucristo es la primicia de la nuestra. Por eso, ahora como entonces, la voz de los evangelizadores se alza con energía y constancia, para proclamar el mensaje de nuestra salvación.

Y, sin embargo, la muerte sigue apenando a los hombres, incluidos muchos que se dicen creyentes que temen demasiado a la muerte, o que lloran a los difuntos como si no hubiera nada más allá de la tumba. Se ha desfigurado el sentido cristiano de la muerte, se vive como si todo terminara acá abajo. Es corriente encontrar en las lápidas de nuestros cementerios motivos de pasión o de muerte; faltan figuras de Cristo resucitado, símbolos de resurrección. Nos hemos olvidado que cementerio significa lugar de reposo o "dormitorio", y no "tanatorio" o depósito de cadáveres. Como si la vida se acabara en el nicho, como si la historia de Cristo hubiera finalizado en el Calvario.

No, no es así. Cristo ha resucitado... Necesitamos, Señor, que nos convenzas, que claves en nuestro corazón la verdad de la vida eterna, que se nos meta en el alma que la muerte es sólo un mal trago, un túnel oscuro por el que pasar, para llegar a la región de la luz, del amor sin fin, de la vida dichosa... Si lo creyéramos, todo cambiaría, la muerte no sería algo terrible, y la vida se nos haría más amable.

2.- "Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia " (Sal 117, 2) El salmo del día de Pascua vuelve a repetirse, los mismos sentimientos de gozo y de esperanza vuelven a florecer en el campo cuajado de la liturgia. Y esos mismos sentimientos han de renacer en nuestro pobre corazón marchito. La primavera que invade los árboles y las plantas ha de penetrar también en lo más íntimo de nuestras vidas, en la corriente vital de nuestras venas, en el torrente de ese misterioso mundo de nuestra psiquis, del pensamiento y de la voluntad, del querer y del soñar.

Jesús ha resucitado, ha dominado a la muerte, al enemigo nunca derrotado, y con ella también ha vencido al pecado. Pero su victoria no se encierra en él sólo. Antes al contrario, esa victoria es una eclosión de alegría y de fuerza, de perdón y de gracia, un caudal impetuoso de luz y de gozo que nos llega a todos y cada uno de los que en él creemos... Por todo eso el tema de la alegría, preferido de la Iglesia en este tiempo, pascual se resume en una palabra: Aleluya. Una expresión que hemos de hacer jaculatoria, -una saeta que llega al corazón de Dios- para repetirla jubilosos una y mil veces: Aleluya, aleluya, aleluya.

"La piedra que desecharon los arquitectos..." (Sal 117, 22) Aleluya. Es decir, alabad a Yahvé, cantad a Dios, invocadlo con el corazón pletórico de paz y de inefable alegría. Aleluya es una de esas palabras hebreas que se remontan al instante mismo en que el hombre, inspirado en el Espíritu Santo, pronunciara extasiado palabras divinas. Una de esas palabras que han permanecido intactas, quizá porque el traducirlas fielmente era imposible. Una profunda alegría que expresada de otra forma pierde sonoridad, se aminora su sencillez y su encanto, su fascinante acento divino.

Y el motivo que nos mueve a repetir constantemente el aleluya pascual está en la resurrección de Cristo, en su maravilloso e inesperado triunfo, en su inusitada victoria: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente...". Resurrección que nos resucita a todos los que creemos y esperamos en él, a todos cuantos le amamos. Y lo mismo que él resucitó, también nosotros resucitaremos. Es tal la victoria y el gozo confiadamente esperado, que poco importa cuanto tengamos que sufrir ahora por conseguirlo. Por eso, pase lo que pase, digamos serenos, contentos y felices: aleluya, aleluya, aleluya.

3.- "En esto conocemos que amamos..." (1 Jn 5, 2) Todos queremos ser amados y poder amar. Es como una necesidad vital del corazón humano. Si no se ama ni se es amado, la vida del hombre es algo baldío, seco, árido, truncado, roto, vacío. Ser amado y amar, la única felicidad que de veras puede llenar las ansias más íntimas del hombre.

Por eso precisamente Cristo llega a decir que la señal inequívoca de sus discípulos es la de amarse mutuamente. Tan importante es el amor que en él se resumen toda la ley y los profetas; es decir, toda la revelación de Dios. El amor es como la síntesis perfecta de todo lo que el Señor manda. Y es que el amor es parte integrante de la esencia misma de Dios. Y Dios quiere que lleguemos a ser un día como él mismo es, empezando ya aquí por medio del amor.

Abrirse a los demás, abrirse ante todo a Dios. Y desde la íntima unión con Dios volcarse hacia los hombres en perenne actitud de servicio. Sencillamente, hacer lo que Dios nos manda en cada momento, eso que nuestra conciencia, bien formada e informada, nos va dictando. Nada más y nada menos.

Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4) Nos vemos desbordados, nos sentimos impotentes, incapaces de amar siempre, según el querer de Dios. Muchas veces nuestro corazón es ciego a la luz de Dios. Se empeña en seguir su propio camino. Y camina sin rumbo con los ojos tapados... Y entonces, al final de ese camino que parecía maravillosamente iluminado, se entra en el valle oscuro de la tristeza y el desengaño, víctima del poder del Príncipe de este mundo.

No, el amor que salva ha de conjugarse con la fe. La fe en Dios y en su palabra, la fe en Cristo, en su Evangelio, en la Iglesia que él fundó. Esa fe es la que nos conducirá a la posesión plena del amor, a la victoria sobre el maligno y sus secuaces.

El hombre tendrá que caminar por caminos escarpados, por senderos difíciles de recorrer. Muchas veces, menos de las que pensamos, se tendrá la impresión de vivir crucificados, cosidos a la cruz de la renuncia y de la generosidad. Pero todo eso es la prueba que garantiza la autenticidad del verdadero amor, y la purificación dolorosa del fuego, que hace posible el milagro supremo de amar y de ser amado con el más grande amor que existe, el único verdadero amor, el de Dios.

4.- "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana..." (Jn 20, 19) Jesús se apresura a volver junto a sus discípulos y apóstoles después de resucitar. Él sabía lo tristes y decaídos que se encontraban después de su crucifixión y muerte. Él comprendía que los de Emaús iniciaran una dispersión que, de haber tardado un día más, hubiera sido general. Aquellos hombres no podían ni imaginar que Jesús atravesara ileso las barreras de la muerte. A pesar de que el Maestro lo había predicho, ellos ni le habían entendido, ni habían aceptado como posible tal realidad; lo mismo que no aceptaron entonces ni comprendieron luego cómo era posible que el Mesías, el Rey de Israel, terminase sus días en una cruz.

El Maestro amaba entrañablemente a los suyos y no les toma en cuenta tanta incredulidad, aquella dureza de corazón para aceptar sus palabras. Por eso se llega hasta ellos y les saluda con la paz, como si nada hubiera ocurrido, como si no le hubieran dejado solo cuando más los necesitaba, como si todo siguiera igual. Y no sólo les da la paz; le confiere, además, unos poderes únicos y supremos, los de perdonar los pecados, los de ser continuadores de su misión salvadora, ser sus enviados lo mismo que él lo es del Padre.

Para hacer posible esa misión grandiosa, les comunica el Espíritu Santo, la fuerza misma de Dios que en Pentecostés vendrá con ímpetu y ardor los transformará en grandes pescadores de hombres, a ellos que eran unos pobres pecadores. Empujados por el viento divino alcanzarán los más lejanos puertos y pescarán en las más profundas aguas, realizarán la pesca más milagrosa de toda la Historia.

Hombres débiles eran, duros de mente para las cosas de Dios. Lo mismo que dudó Tomás, hubieran dudado probablemente todos los demás. Eran desconfiados, difíciles de convencer, hombres que se guiaban sobre todo por sus sentidos. Para creer no sólo tenían que ver sino también tocar.

Jesús volvió de nuevo, dándoles otra vez su paz, pasando por alto su rudeza e incredulidad. "Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente". Tomás cae rendido ante la evidencia y confiesa con humildad el señorío y la divinidad de Jesús. El Señor piensa entonces en nosotros, en los que vendríamos después y también quisiéramos, como Tomás, ver y tocar para creer. En aquella ocasión, para animarnos a creer, enuncia la última de sus bienaventuranzas, la felicidad inefable de quienes no necesitan verle para creer en él y para amarle sobre todas las cosas.


4.- ¿UTOPÍA HASTA EL EXTREMO?

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- El texto del Libro de los Hechos de los Apóstoles que la liturgia de este domingo nos trae como primera consideración para esta jornada es un texto que ha dado mucho juego a lo largo de los siglos de existencia de la Iglesia: “Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”.

Siempre que en el seno de la Iglesia se ha producido un movimiento de reforma autentica ––y de reforma auténtica siempre se ha inspirado en el mensaje de la “buena noticia” del Evangelio––, la memoria de este pasaje de la Escritura ocupa el primer plano de actualidad. En él se propone a la decisión de todos los creyentes un estilo de vida hecho de compartir los bienes, de distribuir a cada cual según la necesidad de cada uno, de renuncia a las propiedades ––tierras o casas–– con objeto de poner fin a las distancias económicas entre los miembros de la comunidad y subvenir a todas sus necesidades.

2.- A la lectura de este pasaje no faltaran voces que digan, y con todo fundamento, que esta página, mas que describir una realidad comprobada y objetiva, cuela bajo la expresión de un hecho lo que debería ser aspiración e ideal de la comunidad creyente. Pero, aún así, ¿persigue la comunidad creyente de hoy ese ideal, lo asume como el horizonte hacia el cual debería tender con sinceridad, lo calificamos de utopía hasta el extremo de que nos sirva de incitación y de punto de mira?

La falta de conciencia social de muchos creyentes revela que se ha dejado a un lado, completamente, esta proposición del libro de los Hechos. Y el dato de que la Iglesia haya estado escorada hacia las fuerzas de derechas durante mucho tiempo ¿no demuestra ––pese a muchas a las explicaciones que pueden darse de este fenómeno que este ideal de comunidad cristiana está como abandonado por los más de los creyentes?

3.- Sin embargo, la segunda de las lecturas de hoy, tomada de una carta del apóstol san Juan, nos aporta razones más que sobradas para que el compromiso de los creyentes en favor del hombre fuera el más serio y radical de cuantas opciones políticas o sociales se atrevieran a proponer. “El que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él”. Para el creyente, todo hombre es hijo de Dios por origen y por vocación de destino; y, por ello, todo atentado contra la dignidad humana y todo rebajamiento de la mejor justicia, incluso de la justicia social, evidencia la insinceridad del amor a Dios.

¿Puede amarse de verdad al Creador y al Salvador sin amor simultáneamente a los creados y salvados por Dios, y amarlos además como Dios los ama? Para san Juan, el verdadero amor se traduce en el cumplimiento de los mandamientos de Dios y éstos son, en definitiva, una regulación de la convivencia humana.

4.- Para aceptar esta visión de una realidad humana en cuyo amor se expresa el amor a Dios se precisa partir de la fe. “Nuestra fe, ésta es la victoria que vence al mundo”, entendiendo por éste el egoísmo, el apegamiento a los bienes materiales, el individualismo que en nada tiene el bien de la comunidad, la superficialidad y el hedonismo de la existencia...

Ver a Dios en el prójimo es todo un desafío, tanto o mayor que el desafío a que se vieron sometidos los apóstoles en la Resurrección del Señor. Pero hoy, como ayer con Tomás, el creyente sabe cual es la palabra de Dios: “Dichosos los que crean sin haber visto”.


5.- ¿PUERTAS CERRADAS O ABIERTAS?

Por Javier Leoz

1.- En el anochecer de este día, como en aquel otro del día primero de la semana, seguimos impresionados por el paso de Jesús en medio de nosotros. Aquellos hombres, tenían sus puertas cerradas por temor a los judíos. ¿No las tendremos también cerradas -en algunos momentos- por miedo al mundo, al materialismo imperante o por el riesgo a ser rechazados o contestados?

¡Hemos vivido tan intensamente la Pascua del Señor!

Pero, volvemos a la cruda realidad, y nos preguntamos: ¿Qué hacer para que los “Tomás de hoy” crean lo que nosotros hemos sentido, vivido, cantado, expresado y celebrado con la presencia del resucitado? ¿No nos tomarán por chalados? ¿No pensará, mas de uno, que tenemos comido el tarro?

2.- Tomás, cuando llegó, se encontró a los discípulos exuberantes y alegres por la aparición de Jesús Resucitado. ¿Lo estamos nosotros? ¿Resplandecen nuestros rostros, nuestras obras, nuestras actitudes por el encontronazo que hemos tenido con Jesús? ¿O, tal vez, no refleja nuestro semblante el orgullo y la pertenencia a la comunidad del resucitado?

Nosotros, en cierto sentido, tenemos hasta más mérito que Santo Tomás. Éste necesitó de pruebas para creer; tuvo que palpar el cuerpo de Jesús para convencerse; de mirar a los pies de Cristo para cerciorarse de lo que le decían. Nosotros por el contrario, siglos después, confiamos en el testimonio de aquellos apóstoles que, aunque asustados, vivieron con emoción las últimas horas de Jesús y con asombro las primeras de su ser resucitado.

3.- Y tenemos mérito, por creer en tiempos de incredulidad; por fiarnos aunque no veamos; por dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu aún en medio de tanto vendaval que aturde y congela conciencias y almas; por confesar, incluso públicamente, que Jesús sigue siendo el Señor y el Dios de nuestra existencia, el motor de nuestro vivir y la razón de este encuentro dominical.

--¿Puertas cerradas o abiertas?

--¿Miedo o valentía para confesar nuestra fe?

--¿Incredulidad o fe en Jesús?

--¿Fuerza o debilidad para transmitirla?

--¿Entusiasmo o tibieza para presentar a Jesús?

A Tomás, el testimonio de sus amigos, no le metía en costura, ni le bastaba para hacerse a la idea del retorno de Jesús. Sólo, cuando Jesús le mostró las huellas de su trágica pasión, Tomás pronunció la profesión más solemne de todo el Nuevo Testamento: ¡Señor mío y Dios mío!

COMO TOMÁS

Creo, si veo tu rostro

Confieso tu nombre, si te veo primero

Me arrodillo, si me demuestras que existes

Creo, si toco tu cuerpo

Confieso tu presencia, si me pones fácil el descubrirte

Me arrodillo, si me dejas ver los agujeros que los clavos dejaron

Creo, si me abres tus manos taladradas

Confieso tu resurrección, si me dejas buscar tu costado traspasado

Me arrodillo, si no me pides demasiado a cambio

Señor;

¡Qué difícil resulta creer sin ver!

Seguirte y proponer a otros que te sigan

Conocerte e indicar a los hombres ese mismo camino

Acogerte y, anunciar con alegría, que Tú vives en mí

Ayúdame, Señor:

A no cerrar las puertas por miedo a nadie

A no cerrar las puertas por temor a nada

A no cerrar las puertas para que me descubran en amistad contigo

A no cerrar las puertas para no dar la cara por Ti

¡Qué difícil, Señor!

Llevar la paz, que sólo Tú conoces, a un mundo violento

Llenar de alegría, una realidad tan mediatizada por la tristeza

Sentirnos enviados, ante tanta incomprensión y rechazo

¡Te he visto, Señor!

¡Con eso me basta para seguir adelante!


6.- QUÉ NO NOS ASUSTEN NUESTRAS PROPIAS DUDAS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Tomás no se oponía a la fe en el Señor, pero no creía, sin embargo, el testimonio de los Apóstoles. No le era posible aceptar la resurrección de Jesús, ni la "irracionalidad" del mantenimiento glorioso, no sangrante, de sus heridas. Si meditamos un poco en ello, nos damos cuenta que, dentro de un cierto orden de categorías mentales, se puede admitir la aparición perfecta del Señor, pero no con la presencia de sus antiguas heridas. Por eso, probablemente, Tomás no habla de tocar su rostro o estrechar las manos del maestro. Se plantea la inspección táctil de las heridas transformadas.

El cuerpo glorioso de Jesús tomó una apariencia muy distinta, no es reconocido por María Magdalena, ni por los discípulos de Emaús. Ni tampoco por los discípulos reunidos en el interior de una casa. No es fácil --tampoco serio-- especular con las diferencias visibles que experimentó el cuerpo del Señor al resucitar. Es uno de los misterios paradójicos que dan más fuerza a la verosimilitud del relato evangélico. Un "inventor" habría creado unos datos más fáciles, menos chocantes o difíciles. Tomás creyó después ardientemente, con la fe fuerte de los incrédulos. Por eso no nos deben asustar nuestras propias dudas porque de ellas saldrán grandes avances.

2.- En la primera lectura, sacada de los Hechos de los Apóstoles, nos presentan esa situación comunitaria y "comunista" en que los primeros cristianos se unían para compartir todo, absolutamente todo y no solo la propiedad. Dicen que los conventos –y en general las órdenes religiosas-- son hoy una continuación de ese tipo de comunidad total. No hay duda que algunos suspiramos con nostalgia por ese ambiente de reparto de la propiedad privada. Pero no hay que engañarse. También se repartía el amor y el pensamiento, porque "todos pensaban y sentían lo mismo". En cualquiera de los casos no era una decisión impuesta y, por tanto, el engaño sería tan duramente castigado. Como en las profecías pacificas de Isaías no se puede evitar una gran emoción al ver instituida la paz, aquí ocurre lo mismo ante la posibilidad de obviar "el tengo y el quiero" por una actitud de igualdad fraterna y voluntaria.

3.- Lo que mejor define al cristiano es su amor del que genera paz por doquier. Ese sentido de lo pacífico es lo que debería evitar la explotación económica que tiende a producir violencia sin límites. Se entiende muy bien que los Apóstoles decidieran tenerlo todo en común. No duró. Sin embargo, no por eso debe dejar de ser un anhelo de los seguidores de Cristo. Y todo ello inserto en una realidad pacífica y pacifista. Y la conversión no es otra cosa que pasar de incrédulos a creyentes. Y de ahí a pacíficos. Luego nos podremos hacer “comunistas” pero en paz sin violencias. El error de muchos movimientos de tinte cristianos que han buscado a ultranza la reforma social ha sido no hacerlo sobre una base de paz total. Hace años, la Teología de la Liberación, al menos en alguna de sus concreciones, abusó de la violencia. La “lucha” pacífica es posible. Y ahí están ejemplos como los de Ghandi, Martin Luther King y, sobre todo, la proeza maravillosa de Jesús, Nuestro Señor.


LA HOMILÍA MAS JOVEN


EL APÓSTOL CIENTÍFICO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Antes de leer este comentario hay que recordar las dos apariciones de Jesús, que leemos en el evangelio del presente domingo.

Los niños pequeños lo tocan todo, más que ojos, tienen dedos. Los mayores también damos mucha importancia al contacto, como si con él no se pudieran cometer muchos errores. Con las manos podemos acariciar, robar, llevarnos un alimento a la boca, golpear, tocar la guitarra o dar una limosna. ¡es tan importante tener unas buenas manos!

Creemos a veces que tocar es lo mas seguro. Le pasaba esto a Tomás, uno de los apóstoles de Jesucristo. Creyó él que para estar convencido de que su Maestro no yacía muerto y enterrado en el sepulcro, era preciso tocarle las cicatrices de aquellas terribles heridas. Tomás seguramente que nunca había jugado, con los ojos tapados, a adivinar que es lo que uno toca, incurriendo en muchas equivocaciones. Ni le debían haber enseñado las falsas percepciones que uno puede experimentar con los dedos.

2.- Tomás se creía científico y quería someter lo que le habían contado a su análisis personal. Quería someter la Resurrección del Señor a un buen control de calidad, como hacen los empresarios que se precian. ¡pobre Tomás! Hizo el ridículo delante de todos sus compañeros. Pero hay que reconocer que no se azoró y hundió, sino que supo corregirse a tiempo. Además, sin avergonzarse de su anterior proceder, reconoció que aquel Jesús, que tenía delante, además de ser el que él había acompañado en sus comunes andanzas por Galilea, era, y ahora lo proclamaba, su Señor y Dios.

Jesús no quiso humillarle. Aprovechó la ocasión para inventar una nueva bienaventuranza. Una bienaventuranza que nos concierne a todos y en todo momento. Porque no siempre podemos ser pobres, o llorar, o mantener control de la situación y difundir paz a nuestro alrededor. Las bienaventuranzas que había proclamado en su etapa histórica no siempre puede uno cumplirlas, pero esta que anuncia a raíz de la intervención de Tomás, esta siempre está a nuestro alcance. Podemos siempre creer, creer sin ver, creer sin tocar, creer sin evidencias. Creer, como una aventura arriesgada y fascinante de nuestro pensamiento.

3.- Era domingo las dos veces que se apareció, según lo que nos cuenta el evangelio de hoy. Era domingo cuando resucitó, era domingo cuando se encontró con los dos discípulos camino de Emaús y celebró con ellos un banquete. Nosotros, por nuestra cuenta, hemos convertido el domingo en el fin de semana, hemos olvidado las obras maravillosas de Dios y dedicamos el día a las vulgares actividades que continúan esclavizándonos o que satisfacen nuestra vanidad. Se aprovecha el día para lavar el coche, para competir un partido, para acabar unos estudios atrasados…¡tantas cosas ocupan nuestro domingo, que no damos oportunidad a Jesús para que se nos acerque y nos aliente, nos limpie y nos alegre!

¡Pobre del cristiano que ha perdido el domingo! ¡Y tantos hay!