LAS HISTORIAS DEL ABUELO (VIII)

Por Federico Berenguer Suárez

Seguimos publicando esta magnífica serie de Federico Berenguer sobre las Historias del Abuelo. El largo preambulo en color azul que damos todas las semanas no es otra cosa que la introducción a la obra. Como se verá hemos llegado ya a la séptima entrega y damos los capítulos 15 y 16. El primero habla de "que Dios no habla y el segundo del sacramento de la Reconciliación. Leamos, pues, el prólogo para mejor comprender estas historias de Federico

Ahora hace tres años, Federico Berenguer Suárez publicaba en Betania una monumental biografía novelada de Cristo. Se publicó en varios capítulos y tuvo mucho éxito. Recuperamos con gusto a este autor y, a partir de ahora, volveremos a publicar nuevas cosas suyas. La semana pasada publicamos un interesante, curioso y creativo tratado sobre el Rosario, explicado por un perrillo que pertenecía a la Virgen María. Federico, ahora, anda algo enfermo y por eso pedimos oraciones por él. Iniciamos, pues aquí la serie de “Las Historias del “Abuelo. Iremos dando unas cuantas por número. Originalmente, Federico Berenguer no ha dado título específico a cada una de las historias. Nosotros sí, pero diferenciarlas, ya que se publican en entregas. El mismo autor explica su desarrollo:

La acción se desarrolla en la ciudad de Almería, capital de la provincia más oriental de Andalucía, de clima suave y amparo de jubilados, pero con el contraste de una gran actividad agrícola en los famosos invernaderos de levante que surten de frutas, legumbres y flores durante todo el año a Europa. El abuelo es un militar retirado, padre de siete hijos; de los cuales están tres felizmente casados, una hija farmacéutica que trabaja y vive en Marbella y otros tres que aún están en casa ( mamá ¡qué bien cocinas!; mamá ¿me planchas este pantalón?; Papi ¿me prestas veinte euros?...). Jorge es el mayor de sus nietos, primogénito de su hija mayor, Ana. Guapo, listo y con un afán de aprender impresionante (¿pasión de abuelos?). La familia vive en el barrio de Pescadería, cerca de la salida hacia Málaga, y aunque en la realidad la hija mayor vive en Roquetas de Mar, a unos 20 kilómetros de la ciudad, en la ficción vive en el mismo barrio y cerca de la casa de los abuelos. Por esta razón, también es ficción que abuelo y nieto salgan a pasear por la ciudad, pero ello es necesario para ambientar las preguntas que hace el niño.

Las historias no tienen más hilo conductor que la curiosidad del niño y la, presunta, habilidad del abuelo en contarle las cosas. El niño llama al abuelo, cariñosamente, Abú y a la abuela, Mami. Cuando comenzó esta serie sólo tenía un hermano, Juan Carlos, rubio, travieso y peligroso, pero ahora casi dos años después, ya tiene otro, Pablo.

15.- ¡DIOS NO ME HABLA!

Abuelo y nieto subían trabajosamente por la calle hacia la plaza Pavía, sorteando montones de arena, evitando zanjas y pasando por encima de tubos. Aquello más parecía una ciudad devastada por el huracán Minch, que una ciudad moderna. Claro que cuando terminaran las obras y asfaltaran las calles merecería la pena todos los malos ratos que los vecinos habían pasado, pero las toneladas de polvo respiradas y limpiadas de los muebles y negocios ahí quedaban.

Encargaron unas chuletas en la carnicería de Antonio, compraron un número de los ciegos y emprendieron el regreso, pero bajando hasta el parque donde se dispusieron a pasear. La mañana estaba fresquita pero ya mamá y Mami se habían preocupado de que ambos fueren bien abrigados.

Jorge iba callado y pensativo y el abuelo reflexionaba sobre cuando rompería a hablar y por donde saldría. Y el niño se decidió:

- Abú, la “seño” nos ha estado diciendo que debemos obedecer a Dios, pero yo no le oigo cuando me habla.

- ¡Claro, Jorge! Porque Dios no habla con palabras que nosotros podamos oír. Él habla en primer lugar por medio de los Mandamientos. Por eso obedecer a Dios es cumplir los Mandamientos. Luego habla a través del Papa y los Obispos, a quienes también debemos obedecer. Y también habla a través de terceras personas, que aún sin darse ellas cuenta, nos están transmitiendo un mensaje de Dios.

- Esto último no lo entiendo, Abú.

- Pues espera que lleguemos a aquel banco que está al sol, nos sentamos y te lo explico.

Llegaron al banco y se sentaron. Jorge se arrellanó y miró a su abuelo, como animándole a hablar. Y éste comenzó a contarle...

-Hace mucho, mucho años, en un país muy lejano que se llamaba Siria, había un rey muy poderoso que había conquistado muchos reinos. Hacía algún tiempo que habían atacado a las tribus de Judá y se habían traído como esclavos a muchos israelitas y entre ellos una jovencita muy guapa, que el rey regaló al jefe de su ejército, para que sirviera a su mujer.

- Abú -interrumpió Jorge- ¿es que a las personas se les puede regalar como si fueran cosas?

- Por desgracia ha habido épocas en las que así era y aún hoy en día en países atrasados se sigue ejerciendo la esclavitud. Pero sigo con la historia. Este general, que se llamaba Namán, era muy rico y muy poderoso, pero estaba enfermo de lepra...

-La seño nos ha contado que la lepra es una enfermedad que se come a las personas. ¿Cómo se las puede comer?- le interrumpió el niño.

-No es que se las coma lo mismo que un lobo devora a una oveja, sino que es una enfermedad que va destruyendo los tejidos del cuerpo, produciendo mutilaciones y deformaciones terribles. Al principio la piel se llena de manchas blancas y luego la persona atacada por esta enfermedad queda deformada como un monstruo. Aún hoy en día hay leprosos, sobre todo en el lejano oriente, pero ya es una enfermedad que se cura con relativa facilidad.

- Pero ¿Namán estaba ya deformado?

-No. Estaba en su primera fase, pero de esta enfermedad hay otra cosa. Los leprosos eran expulsados de la sociedad porque se pensaba que eran más contagiosos que en lo que la realidad son. No podían vivir en casas, se tenían que separar de su familia y oficialmente estaban muertos. Así que el futuro del pobre hombre era bastante oscuro.

Pero la joven israelita, conocedora de la enfermedad de su amo, le dijo a su esposa: “Si mi señor estuviera cerca de un profeta que hay en mi tierra, el profeta le curaría”. La mujer se lo dijo a su marido y ésta al rey que le mandó con ricos presentes y una carta para el rey de Israel en la que le pedía que curase a su general favorito.

Cuando el rey de Israel leyó la carta se asustó, pensando que el rey de Siria quería buscar una excusa para atacarle. Pero se enteró Eliseo, que era el profeta al que se refirió la niña israelita, y le mandó aviso al rey diciéndole que le enviara al sirio. Éste fue con todo su séquito hasta la casa de Eliseo, que no salió a recibirle sino que le mandó un criado a que le dijera: “Vete al Jordán y lávate siete veces y quedarás limpio de la lepra”. Namán se enfadó y comentó: “Yo esperaba que este hombre saliera a recibirme, conforme mi categoría, e invocara a su Dios, Luego me tocaría la parte enferma y sanaría. ¿Es que los ríos de mi tierra no son mejores que este?” Y se marchaba muy enfadado.

- Claro, Abú, lo que él quería es que el profeta hiciera el milagro.

- Si, pero en realidad lo que no entendía es que Dios le mandaba hacer una cosa, por medio de lo que Eliseo le proponía. Es decir, que no sabía escuchar la voz de Dios.

- Ya entiendo, Abú. Eso quiere decir que tenemos que tener los oídos atentos.

- Exacto, Jorge. Pero aún así, a veces es difícil entender la voz de Dios, porque se necesita además fineza de espíritu para entenderla. Pero la historia no acaba aquí. Los criados de Namán, que lo querían de verdad, le dijeron: “Si este hombre te hubiese mandado hacer algo difícil, lo habrías hecho. ¿Por qué no haces lo que te mandó, ya que es fácil, y así quedarás limpio?”. Todavía con el enfado encima, Namán bajó al río Jordán, se lavó siete veces y su carne se quedó limpia como la de un niño. Y volvió a donde estaba Eliseo, que ahora sí le recibió y le quiso dar muchos regalos, pero el profeta no los aceptó. Y lleno de alegría el buen Namán se volvió a su tierra, proclamando la gloria del Dios de Eliseo.

-Abú, la historia es preciosa, pero ¿cuando van a poner las aceras?

- Eso, hijo mío, -suspiró el abuelo- es otra historia.

 

16.- CONFESAR LOS PECADOS

Como ya sabemos, Jorge se está preparando para la Primera Comunión, por lo que a su abuelo lo trae frito con muchas preguntas (aunque a él no le importa). Y no es porque en la Catequesis no se lo enseñen bien, sino porque su natural curiosidad y su avidez por aprender le hace encontrar nuevas preguntas a muchas cuestiones.

Hoy están en casa del niño. Aunque parezca mentira, está lloviendo de una manera impropia de Almería, porque lo lleva haciendo desde la noche y cae el agua mansamente y en forma de pequeños chubascos. Como las calles están levantadas por las obras, cruzarlas es toda una odisea, sobre todo para las personas mayores. Los niños están encantados y pasan sobre todos los charcos con gran desesperación de las madres.

Abuelo y nieto están junto al balcón viendo como llueve. La temperatura ha bajado bastante y tienen la estufa encendida.

- Abú, nos ha explicado la “seño” de la “cate” (El abuelo pensó que era curiosa esa moda actual de acortar las palabras, ¿Se llegará a decir “bu di” para saludar?) que la confesión o Sacramento de la Penitencia es necesaria para el perdón de los pecados. Pero si Dios nos ve y nos oye, ¿por qué tenemos que confesar con el sacerdote?

- Efectivamente, Jorge, Dios nos ve y nos oye, pero Él ha dispuesto que la confesión sacramental se haga con un sacerdote, según el mandato que Jesús hizo a sus discípulos: “A quien perdonéis los pecados, le serán perdonados”. Luego, la Iglesia, por el poder recibido de Dios, ha establecido la manera correcta de confesarse. Pero hay personas que dicen que ellas se confiesan con Dios directamente. Te voy a contar un cuento que me he inventado, para que veas la necesidad de cumplir con lo que Dios manda.

Hace muchos, muchos años, en un país lejano había un Rey muy poderoso que tenía un mayordomo infiel. Pero este mayordomo, en el fondo, no era malo y aunque robaba a su Señor se arrepentía y durante algún tiempo se portaba bien. Luego volvía a robar y volvía a arrepentirse. El Rey sabía lo que estaba pasando, pero como le quería mucho no lo castigaba, ni siquiera le decía que estaba enterado de lo que pasaba.

Pero un día hizo una trastada muy gorda y su amo, que era misericordioso, pero también justo, pensó: ¡Pobre hombre! Seguro que lo ha hecho sin querer y ya está arrepentido, pero como no quiero expulsarlo le voy a mandar al tribunal, para que le juzgue porque ha infringido la Ley, y al mismo tiempo le diré al juez que no le castigue mucho.

Mandó un criado a los aposentos del mayordomo para darle el recado de que se presentase ante el juez. Pero al mayordomo se le debieron de cruzar los cables, perdón, las neuronas (porque en aquella época no había cables eléctricos) y le dijo al criado:

- Dile a Nuestro Señor, que venga a mis aposentos, que llame a la puerta y si quiero le abriré, y cuando le abra que me escuche porque tengo que contarle una cosa.

-Abu, o el mayordomo es tonto o tiene mucha soberbia- apuntó Jorge que había seguido el relato con atención.

-Pues algo de las dos cosas. ¿Verdad que no es lógica la postura del mayordomo? ¿No sería lo normal que fuese él el que se acercara al tribunal, como había dispuesto su Señor, les contara lo sucedido y pidiera perdón, aceptando el castigo que quisieran imponerle?

Pues eso es lo que hacen algunos cristianos. Pecan y se arrepienten, pero en lugar de acudir al Sacramento de la Reconciliación, como Jesús dispuso, se inventan eso de la “confesión directa”. ¿Es que los que confesamos como Dios manda, no nos confesamos con Dios? ¿No está claro que el sacerdote que nos escucha nos perdona en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?

-Pero a lo mejor les da vergüenza que una persona como ellos, oiga sus pecados, Abú.

- Si, ellos argumentan que el sacerdote es un hombre como ellos y es pecador y que no comprende muchas cosas de la vida. Que es hombre y pecador, es cierto, pero tiene ese carisma especial que recibió con el Sacramento del Orden y cuando se sienta en el confesionario se convierte en el “mismo Cristo”. Por eso dice “Yo te perdono...” Lo de comprender al pecador tampoco es problema. El médico que cura no necesita estar enfermo de la misma dolencia para curar, sino que por sus estudios y su experiencia, sabe hacerlo. El sacerdote, igual. Él ha estudiado mucho y ha atendido a muchas almas de manera que nada le va a sorprender, ni nada ignora de la vida. Es seguro que sabe más de ella que muchos cristianos.

Y si lo que temen es que cuente sus pecados a otras personas, debes saber que hay una condición que se llama “sigilo sacramental”...

-Si...¿qué?

-Sigilo sacramental quiere decir que el sacerdote no puede, bajo penas muy graves, contar a nadie lo que un pecador le cuenta durante la confesión. Esto ha hecho mártires a muchos sacerdotes.

- Bueno, Abú, ahora ya lo tengo claro, pero, ¿por qué están taponadas con alquitrán y tierra muchas alcantarillas?

- Eso, hijo mío, -suspiró el abuelo- es otra historia.