1.- EL REGALO

Por David Llena

El esposo iba a partir para un largo viaje. La esposa quedaría en casa durante un largo periodo sin la compañía del esposo. El esposo sabía de la pena que esto causaría en el alma de la esposa y decidió hacerle un regalo a su esposa, que pudiera recordarle durante los largos días de ausencia.

El esposo, que era pintor, dedicó todas las noches de un año a preparar a escondidas un autorretrato. Tenía tanta ilusión en aquel lienzo que no solo fue capaz de hacer un retrato fiel de su imagen sino que pareció darle algo de su vida. El juego de luces, los colores, el fondo elegido, parecía que el cuadro adquiría vida propia. Así la esposa podía contemplarle mientras él estuviese lejos.

Cristo, cuando partió de este mundo nos dejó a la Iglesia, su esposa el mejor de los regalos. No era un cuadro, era su propia vida. Es su propio cuerpo “encerrado” bajo la apariencia del pan y es su propia sangre con “el dulce sabor de la resurrección”. Cada vez que echemos en falta su presencia podemos mirar a Cristo que se quedó con nosotros, bendito milagro, convertido en pan para que podamos alimentarnos.

 

2.- ANASTASICA HIEROCHUNTICA

Por Pedrojosé Ynaraja

No es una planta propiamente bíblica, no obstante no aparecer en el Libro Revelado, estaba muy enraizada en las tradiciones de los antiguos peregrinos a Tierra Santa. Vaya por delante que, aunque así se la llame, no se trata de una rosa. Asemeja a una raicilla en forma de cogollo, de un tamaño que puede oscilar entre 4 y 12 centímetros, del que se desprende como una cola de ratón. He leído que es la única fanerógama capaz de mantenerse viva fuera de la tierra durante 20 años. Añado también que no es exactamente la rosa de Jericó que uno encuentra en esos engendros que hoy llaman “mercados medievales”. Se le parece, sí, pero no es idéntica. Advierto también que, pese a haber estado bastantes veces en Jericó y sus proximidades, nunca la he hallado en aquella tierra. El primer ejemplar que tuve, de esto hace muchos años, fue un regalo de Fray Ovidio, el buen amigo franciscano de Jerusalén. La tenía él, como tantas cosas tiene, regalo de alguien que corría por esos benditos campos de Dios que son los desiertos. Posteriormente he conseguido otros ejemplares y en mi último viaje la he visto profusamente ofrecida en tiendas de recuerdos, especialmente por la península del Sinaí y a precios que están al alcance de cualquier bolsillo.

Si ni siquiera es una planta bella ¿Dónde radica su interés? ¿Dónde su encanto? Pues en que este cogollo leñoso, al sumergirlo en agua, se abre al cabo de poco tiempo, formando una diminuta sombrilla. Resucita, simbólicamente, al parecer de los antiguos peregrinos emocionados, que tornaban a sus domicilios cargados de recuerdos.

Aunque no me haya encontrado la planta en ningún momento, dispongo de un reportaje en video, donde se la ve en el desierto del Neguev. Ocurre que, al cabo de muy poco rato de caer uno de esos imprevistos y enérgicos chaparrones, tan propios de esos lugares, una vez abierta la cabecita, se desprenden enseguida las semillas que escondía y estas enraízan inmediatamente, para crecer, extender sus ramitas y fructificar, cerrándose inmediatamente, en espera de nuevas lluvias. Aunque la vendan al pie de la montaña de Moisés o en cualquier hotel del Sinaí, me han dicho que no son de allí, que si las tienen en estos lugares es porque es por donde pasan más turistas, ávidos de llevarse cualquier souvenir.

Si uno la conserva en el centro de un simple frasco de cristal transparente, después de haber practicado la experiencia de la que hablaba más arriba, es decir, de haberla visto abrirse aparatosa y rápidamente, posee una imagen simbólica del Jesús resucitado. Y repito que su interés es puramente simbólico, para nada mágico. (Se puede encontrar por la red virtual numerosas noticias en este último sentido). Hoy en día, con frecuencia, a los regalos se les da un valor utilitario, olvidando que estos deben ser vehículos de transmisión de amor e ignorando que una de las peculiaridades del hombre es el lenguaje, y no únicamente el de los signos, que le acercan al mundo animal, sino el de los símbolos, que le aproximan a Dios. La Iglesia lo utiliza en la transmisión de la Gracia, mediante los sacramentos. Si una música ambiental puede elevar el estado de ánimo, una Rosa de Jericó, estratégicamente colocada, incita a recordar nuestro horizonte espiritual, de dimensiones trascendentes.

Las imágenes plásticas occidentales que narran la Resurrección del Señor, generalmente, son espectaculares, no así los relatos evangélicos. Creo que la modestia de una Rosa de Jericó, simbólicamente observada, puede equilibrar nuestra imaginación. Que Jesús nadie nos dice que surgiera del sepulcro cual duende de lámpara de Aladino, como a veces nos lo representan