1.- ORACIÓN A JESÚS RESUCITADO

Por Ángel Gómez Escorial

¿Sabes, Señor? Nosotros, "los que no hemos visto" --como nos dice el evangelio de hoy--, sólo podemos aplicar la imaginación para saber como fueron aquellos momentos de tu vuelta, de tu Resurrección, con tu talante alegre y tu cuerpo resplandeciente de Gloria. Hay una cierta envidia nuestra respecto a aquellos que, sin conjeturas, pudieron ver tu rostro antes y después de la Resurrección. Y es lógico. Aunque el milagro es que "los que no hemos visto" podamos creer tanto como aquellos bienaventurados que vieron. Y hay también una especie de deseo fuerte de saber como --todavía en la tierra-- se iluminó tu rostro con la luz de la Gloria.

Durante siglos y siglos, tus amigos y seguidores hemos querido saber exactamente como fue tu cara, como fueron tus ojos, o tus manos. Y, desde luego, el tono de tu voz. A veces ese deseo de saber ha llegado a obsesionar a muchos, aunque todo aquel que ha pedido verte, te ha visto. Porque añades algo fehaciente al ejercicio de la fe. Durante mucho tiempo, yo mismo te he imaginado activo y andarín, caminador a ultranza, alegre, con gran simpatía personal. Y sé que cuando querías alejarte, para hablar con el Padre --con tu Abba, con nuestro Abba-- te separabas. Tal vez, entonces tu rostro se hacía tan divino que tus amigos no podían, ni "debían" verte. Moisés --tú lo sabes-- se colocaba un paño sobre el rostro cuando iba a ver al Padre. Tengo que suponer que cuando volvías de hablar con el Padre, traías Gloria en la cara, como cuando en la Transfiguración. Si alguno de los discípulos te hubiera acompañado, habría recibido un anticipo de Transfiguración. Y, Señor, no era necesario todavía.

¿Jugabas --un poco--, Señor, con los Apóstoles durante los días posteriores de la Resurrección con eso de aparecer o desaparecer y con ese afán de no hacerte reconocible de primeras, como le pasó a María de Magdala o a los caminantes de Emaús? ¿O es que, Señor Jesús, tu Gloria era tan grande e imprevista que resultaba imposible la comparación con lo anterior? Es posible, pero pienso que tu querías enseñarles algo nuevo, algo más profundo. Y eso es, precisamente, tu dominio del tiempo y del espacio, pero acometido con tu cuerpo de siempre. Debían, ya, los Apóstoles recibir el mensaje indeleble de que la Resurrección daba espacio --sitio-- en la dimensión de la Gloria de Dios a los cuerpos humanos, ya glorificados. Y así saber que tu ibas a subir a esa dimensión gloriosa con tu cuerpo de hombre.

La Pascua nos da la alegría de saber que tú has vencido a la muerte y que tras tu victoria --primogénito de todos nosotros-- la nuestra ya está emplazada, ya ha sido descrita. Y por eso, Señor Jesús, no te debe extrañar que si siempre ardemos con deseos de conocer su rostro, ahora ese anhelo es mucho mayor. Algunos autores dicen que cada uno debe "construir" tu rostro. Es decir, confeccionar con la imaginación los rasgos de tu cara. Hay una tradición muy antigua que te pinta con el pelo largo, los ojos de mirada muy penetrante y la barba poblada y partida en dos. Pero hay quien dice que el pelo largo --muy largo-- no se llevaba en tus tiempos y que los cabellos se cortaban a la altura de la nuca, según la moda romana de entonces. No todos los hebreos llevaban barba, se había extendido la costumbre extranjera de afeitarse. Entonces, la realidad podría ser diferente a la iconografía habitual. Pero también es posible que cada uno quiera hacerte más cercano a los rasgos propios. Y no hay dificultad alguna para que un negro te presuma de tez negra. Y si nosotros podemos verte en cada uno de nuestros hermanos, habrá muchos rostros fugaces vislumbrados en la calle, que sean como el tuyo.

Señor Jesús, lo importante es que ni la vida, ni el ajetreo, ni el pecado borren de nuestro corazón la imagen de tu rostro alegre, lleno de paz y de confianza. No nos niegues esa ayuda, jamás; aunque no la merezcamos por nuestras traiciones y nuestras maldades. Renueva, Señor, en nuestra alma, el regalo de la Verónica, para que tu rostro eternamente bello y joven, luminoso por la gloria de la Resurrección, sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

 

2.- VIVIMOS LOS TEXTOS DE BETANIA

Por Ángel Gómez Escorial

Sinceramente, no es lo mismo escribir, ver, corregir y “colgar” los textos de Betania que leerlos u oírlos en una ceremonia litúrgica en vivo y en directo. Yo tuve la fortuna de proclamar algunos en la parroquia de El Altet, en Alicante, en mi ayuda para esas jornadas de Semana Santa y Pascua. Así moniciones y otras piezas pudieron oírse en el templo. Y recuerdo especialmente como la oración que había escrito Javier Leoz como colofón de su homilía de Jueves Santo me sirvió para “ilustrar” el espacio de tiempo en el que el párroco, el padre Joaquín Carlos, lavaba los pies a los apóstoles. También, la Hora Santa de Leoz y el Vía Crucis de Antonio Díaz Tortajada pudieron escucharse. En fin esta carta es colofón del editorial y de la sección de Testimonios en ambos hay referencias a esa utilización de los materiales de Betania, lo cual nos llena de gozo.

Decir, por otra parte, que tuve la suerte de conocer al padre Manuel de Maya, párroco de la población alicantina de Rojales y que es, desde el principio, nuestro proveedor de lecturas en inglés, francés y alemán. Él utiliza, además, alguna de ellas pues en su localidad levantina hay varias comunidades de extranjeros que hablan esos idiomas y que participan, en parte, con esos textos en las eucaristías. ¡Gran labor! El padre De Maya me pareció un personaje de gran fe y de enorme dinamismo. Tienen suerte los parroquianos de Rojales.