TALLER DE ORACIÓN

HACIENDO EXPERIENCIA NUESTRA ORACIÓN

Por Julia Merodio

Cuando se tiene una vivencia de Dios todo se transfigura, pero cuando esa vivencia se convierte en experiencia la vida empieza a tener una fecundidad que sorprende.

Muchas veces, en mis escritos, he apuntado esta realidad porque el día que la descubrí, empecé a darme cuenta de que, lo que nos regala la vida no es bueno ni malo, nosotros lo hacemos bueno o malo y lo hacemos a través de las experiencias vividas, sean de la índole que sean; primero porque somos libres para aceptadas o rechazarlas y segundo porque, nos gusten o no, están ahí y nadie puede quitarlas a base de “puños”

Todo lo que la vida nos depara es para nuestro bien. Todo lo que nos pasa es un regalo de Dios. Sé que es fácil decirlo pero difícil comprobarlo, lo que pasa es que cuando, por pura gracia, llegas a ello, todo lo demás deja de tener relevancia.

Aquí está un ejemplo: la comida ¿es buena o mala? Nosotros la hacemos buena o mal. Si no comemos enfermamos, si comemos demasiado también, pero si comemos adecuadamente nos fortalecemos y damos vida a nuestro organismo. Y ¿Cuántas veces hemos comido en la vida: una? Sería bueno y tendríamos un grato recuerdo de ello, pero si no nos habitásemos y llevásemos un orden y una continuidad, por muy buena que hubiera sido aquella comida, se habría quedado marcada en el tiempo, pero nada más.

Así es nuestra vida del Espíritu. Así hemos de cuidarla si queremos que nos madure y nos haga crecer.

APRENDIENDO A ORAR

“Después de despedir a la muchedumbre, subió a un monta para orar y, llegada la noche estaba allí solo. Al finalizar la noche, Jesús se acercó a los discípulos caminando sobre el lago.” (Mateo 14, 22 – 24)

¡Cómo debió de marcar a los discípulos el ver a Jesús haciendo oración! Me imagino que lo considerarían alguien “maniático” que le había dado por aquella rutina.

Si lo miramos desde nuestra realidad, no se aparta mucho de lo que nos pasa a los que hacemos oración diariamente. “Esta es de las “beatas” –oímos decir- no debe de tener nada que hacer porque yo la veo ir a la iglesia todos los días. Sin embargo hay algo muy importante en esta consideración: los discípulos al ver orar a Jesús, ven que allí hay algo sublime algo que marca, algo que llama… de hecho le piden que les enseñe a orar; creo que deberíamos preguntarnos nosotros cómo es nuestra oración que no tiene con la gente los mismos resortes que tenía la oración de Jesús. Y ¿Quién mejor que Jesús para que nos siga enseñando a orar? Posiblemente nos pasen estas cosas porque no le pedimos con asiduidad, ni escuchamos con sosiego su enseñanza.

Sin embargo es necesario caer en la cuenta de que la oración es algo personal y vivo, solamente el que lo ha experimentado, puede saber de qué se trata. Es algo para todos, no hay nada de complicación en ello. Basta con ponerte delante de Dios en silencio para decirle “Señor, aquí estoy, vengo a que me hagas como tú quieres que sea”. Así de sencillo y sí de grandioso.

Pues un hombre de oración es el que vive desde el evangelio, teniendo a Jesús como centro de su vida. Es el que tiene la actitud necesaria para acoger la acción de Dios a través de su pequeñez. Es el que logra ofrecer a los hombres de hoy razones sólidas para vivir y un testimonio de vida que lleve a los demás a la esperanza.

Un hombre de oración es el que trasmite de la Buena Noticia del evangelio con alegría y paz, aunque su vida esté marcada por las dificultades. Él sabe que es instrumento de Dios llamado a abrir nuevos caminos para acercar a Cristo a tantos hermanos como lo buscan en la oscuridad. Un hombre de oración no es un hombre resignado que ansía la comodidad para eludir los problemas que le plantea la vida.

El que ora, ora para comprometerse. Ora para que Dios le dé las fuerzas necesarias para transformar todas las situaciones de injusticia que se le vayan presentando. El que ora está delante de Dios y a la vez presente en los compromisos concretos de su vida.

Pues el que se pone en oración delante de Dios no es el que un rato trabaja, otro ejerce la tarea de esposo y padre, otro rato se dedica a ser cristiano... Y ejerce su papel en cada situación; sino el que es una misma persona en todas las situaciones, predicando con su coherencia que todas ellas forman una unidad. Pues se trata solamente de que sea Dios el que presida todas las acciones de tu vida.

ORAR ES DEJARSE CONVERTIR POR EL SEÑOR

“Asimismo el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables.” (Romanos 8, 26 – 27)

Hacer experiencia la oración, es esperar a que el Señor te cambie, y si eres capaz de esperar verás con alegría que te has convertido en un ser diferente. La oración te hace una persona atenta, capaz de contemplar con ojos nuevos cada instante de tu vida.

La experiencia de oración, te enseña a dejar de preguntar para pasar a la adoración, a la admiración, pero no esperes hacer esto en el tumulto del mundo si no has sido capaz de hacerlo en el silencio y la escucha. ¡Cuántas veces rechazamos el silencio! No nos damos cuenta de que con ello estamos rechazando la llamada de Dios. Estamos huyendo de que Dios nos revele nuestro interior porque siempre aparece algo que no queremos recordar.

No trates de evadirte; espera con todo tu ser a que Dios actúe en ti como Él quiera. El núcleo de la oración está en el encuentro del amor que Dios tiene por ti y tu respuesta a ese amor con una entrega total.

APRENDER A ORAR, ORANDO

“Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará. Y al orar no os perdáis en palabras como hacen los paganos, pues vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedirlo” (Mateo 6, 6 – 9)

Después de leer lo anterior, me preguntarás: ¿Y, cómo tengo que orar? Pues muy fácil, pide a Jesús, único maestro de oración, que te enseñe.

A los apóstoles, les impactó tanto su forma de orar, y la necesidad que tenía de hacer oración en el silencio de la noche, que no buscaron intermediarios, directamente le pidieron a Él que les enseñase a hacer lo mismo. Haz tú lo mismo. Pídele que te enseñe a orar. Pídelo con insistencia, no te canses de insistir. Es el mismo Jesús el que nos recomienda que insistamos. Conocía de tal manera nuestra torpeza que no sólo trata de enseñarnos, sino que, además, nos da las directrices para no desfallecer.

Jesús sabía muy bien lo que era sentir la oración, experimentarla, necesitarla; pero nosotros, en lugar de imitarle, queremos definirla, hablar sobre ella, asistir a todas las ponencias en las que se discute sobre la oración... Todo esto me lleva a pensar que a mucha gente le preocupa la oración, sin embargo a todos ellos los invitaría a preguntarse:

¿He experimentado la oración?

¿La he sentido?

¿La he hecho vida?

Para experimentar el amor de Dios, antes has tenido que encontrarte con Él. Has tenido que dejar actuar en ti el poder de su Espíritu.

No obstante observo con pena, que nos falta demasiado para caminar en este sentido. Encuentro seminarios donde se habla de Cristo, charlas sobre su persona, grupos y reuniones de todos los tipos, donde se habla, se comenta, se discrepa y hasta se contradicen unos a otros; pero encuentro bastantes menos personas y muy pocos grupos en los que se busque a Dios en el silencio. Y os aseguro que escasas maneras hacen oír con tanta nitidez e intensidad la voz de Dios como el silencio y la soledad.

No soy ajena a la dificultad que esto conlleva. Sé por experiencia que, aún en el silencio, nos surgen montones de sentimientos, ocupaciones, preocupaciones... que distorsionan nuestra atención.

Pero de nuevo interviene la enseñanza de Jesús. “Para orar entra dentro de ti y cierra bien las puertas y ventanas de tu interior”; porque, si no lo haces así, pronto o tarde acabaran entrando otras voces que ahogaran la voz del Señor. Mas si logras guardar este silencio, observarás con sorpresa como van desapareciendo esas distracciones inoportunas, para ir controlando con toda naturalidad la situación de soledad de la que habla Jesús. Aunque al principio necesitarás humildad y constancia para llegar a ella.

LA SENCILLEZ

Sólo me queda deciros que la condición indispensable para llegar a todo lo que os he compartido es, la sencillez; pues, solamente cuando descubramos nuestra pequeñez delante de tanta grandeza, brotará de nuestro corazón para llegar a los labios la palabra más hermosa: Padre.

Acerquémonos a Él es esta cuarta semana de cuaresma, echémonos en sus brazos, hagamos silencio y frecuentemos la oración. Todos lo necesitamos, por eso te digo, desde lo más profundo:

No dejes nunca de orar, no admitas el desánimo. La oración lo hace todo, la oración lo suple todo.

Cuando tú estás a solas con el Señor, cuando tu alma se vacía para que todo el sitio sea para Él, el prodigio se realiza y no hay palabras para expresarlo. Sólo esta vivencia puede darte la medida de su generosidad.

Puedes estar seguro de que, si el encuentro con Dios consigue hacer hombres nuevos, la oración tiene poder para cambiar al mundo.