IV Domingo de Cuaresma
26 de marzo de 2006

La homilía de Betania


1.- MIRAR A JESUCRISTO EN LA CRUZ

Por José María Martín OSA

2.- UN TEST AL AMOR DE DIOS

Por José María Maruri, SJ

3.- LA MAYOR PRUEBA DEL AMOR

Por Antonio García Moreno

4.- Y PREFIRIERON LA TINIEBLA

Por Antonio Díaz Tortajada

5.- EL PRECIO DEL AMOR DE DIOS

Por Javier Leoz

6.- LOS CAMINOS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CONVERSAR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- MIRAR A JESUCRISTO EN LA CRUZ

Por José María Martín OSA

1.- El juicio de Dios es para la salvación no para la condenación porque "la misericordia se ríe del juicio". En el segundo Libro de las Crónicas recuerda la deportación de Babilonia a causa de los crímenes abominables y de las infidelidades del pueblo. El Señor les mandó mensajeros para que cambiasen porque tenía compasión hacia ellos. Pero no hicieron caso y mataron a los profetas. Así vino el desastre inevitable....Pero el amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. El papa Benedicto XVI nos lo recuerda: "Es un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor". Pero ya antes Dios muestra el poder de la misericordia al enviar a Ciro, como si fuese el Ungido, para devolver la libertad al pueblo de Israel. Se hace realidad la promesa de Jeremías y la esperanza mantenida por Ezequiel de que llegaría un día en que volverían a su tierra si renovaban su fidelidad a la Alianza. Junto a los canales de Babilonia lloraban y se lamentaban por la lejanía, pero no quieren olvidarse de Jerusalén (salmo 136). Pero ha llegado la hora de volver y Dios les muestra una vez más que no se ha olvidado de su pueblo.

2.- Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a salvar el mundo. En el diálogo con Nicodemo le dice que "hay que nacer de nuevo". Nicodemo se extraña de esta afirmación y no entiende qué es eso de nacer de nuevo. Jesús le explica que hay que "nacer del agua y del Espíritu". Hay aquí una alusión clara al Bautismo. El que cree en El tiene vida eterna. Dios ama con un amor tan grande las cosas que ha hecho y al hombre en particular, que cuando ve cómo la corrupción y la tiniebla del pecado ha entrado en ellos, quiere salvarnos. Y lo hace enviando a su propio Hijo, que muere en la cruz por todos los hombres. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar vida al hombre y salvarlo. Como ha subrayado el Papa poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender hasta qué punto Dios nos ama: "es allí en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esta mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar".

3.- Hay algo muy importante que nos enseña la Palabra de Dios de este domingo. Cristo no vino a condenar. Tampoco a "separar" los dos "mundos". Viviremos rodeados del mal, como el trigo y la cizaña. Pero Cristo vino a salvar. Creer en El es empezar a vivir. Rechazar libremente la luz es rechazar la salvación, es escoger las tinieblas a la luz, juzgarse a sí mismo y firmar la propia condena. El evangelista Juan insiste en que no es necesaria una sentencia condenatoria de Dios. Tampoco la niega e incluso habla de ella en alguna ocasión. Pero es el mismo hombre quien por su obstinación en rechazar la Verdad y cerrarse a la salvación está ya juzgado. No obstante siempre nos quedará la oportunidad de mirar y admirar el amor manifestado por Jesucristo en la Cruz. De El nos viene la salvación.


2.- UN TEST AL AMOR DE DIOS

Por José María Maruri, SJ

1.- A las personas que queremos, las queremos con el corazón. No necesitamos razones para querer. Ni la madre quiere al hijo por razones, ni los novios se quieren por razones, ni marido y mujer se quieren por razones. Y si se quisiera hacer una lista de razones lógicas de ese amor, al fin la última razón verdadera de ese amor quedaría en el misterio. Y cuando para mantener un amor es necesario andar hurgando para buscar razones, ese amor está empezando a morir bajo las cenizas.

El amor es ilógico, supera todo raciocinio, abarca a toda la persona y embarca en la aventura de amar a toda esa persona.

2.- Hoy a mitad de camino hacia la Semana Santa se hace un test a nuestro amor a Dios. Enfrentándonos con el amor ilógico del Señor a nosotros, ¿no necesitamos nosotros demasiadas razones para amar al Señor? ¿Toma su amor todo nuestro ser? ¿Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser?

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” Envía lo que mas quiere para que vaya a nuestra búsqueda, para que traiga del país extranjero al hijo pródigo, para que salve entre espinos y barrancos a la oveja perdida, aún a sabiendas de que ese Hijo único va a perder su vida en la búsqueda, pero que nos a va encontrar a cada de uno de nosotros.

¿Hay amor más ciego? ¿Más cerrado a razones lógicas? Como nos decía san Pablo el domingo pasado: esta es la grandiosa necedad o estupidez de nuestro Dios. Esa necedad que supera todo saber y todo entender humanos. Que el Señor nos ha amado a nosotros más que a Si mismo. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.

Cuando éramos pecadores, es decir, cuando éramos enemigos de Dios, Dios nos da lo que constituye su propia vida, que es su mismo Hijo, a sabiendas de que lo va a perder. Si viéramos este proceder en una persona amiga nuestra, diríamos que es un loco, un estúpido… Y esa es la grandiosa e ininteligible estupidez de nuestro Dios, que no cabe en cabeza humana. “Tanto amó Dios al mundo…”

3.- Ya en el Antiguo Testamento hay frases maravillosas que muestra ese amor de Dios a nosotros. Como aquella: “¿Es que puede la madre olvidarse del hijo de sus entrañas?, pues aunque ella lo hiciera yo nunca me olvidaré de ti” O este párrafo del Profeta Oseas que hablando de su pueblo dice. “Yo le enseñé a caminar sujetándole por debajo de los brazos. Yo le levantaba en alto y apretaba su mejilla contra la mía. Yo me agachaba junto a él para darle de comer” como padre cariñoso hace con su hijo pequeño.

4.- Pero no pongamos este amor loco de Dios en plural. San pablo en su carta a los Efesios dice “nos amó y se entregó por nosotros. En Gálatas dice se corrige y dice “me amó y se entregó por mi”… murió por mi.

Para el Señor no somos multitud. No somos rebaño. Él conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre. No somos un número de Documento Nacional de Identidad. Somos TÚ y YO.

Cuando los andamios eran de tablones, dos hombres resbalan de un tablón mal asentado y al caer se aferran a un travesaño, que con el peso de los dos comienza a ceder. El más joven mira al mayor, que sabe casado y con hijos, y sin palabras se deja caer buscando otro apoyo que no encuentra y muere. “Murió por mí”, diría aquel hombre. Con la misma realidad, el Señor murió por mí.

5.- Nos enfrentamos con un Viernes Santo en que ese grito “murió por mí” lo llena todo. ¡Qué ese grito no nos suene a grito litúrgico! ¡Que no se escurra en nuestros oídos como un acorde resabido! Que nos traiga la enorme novedad de sabernos por primera vez queridos por Dios hasta dar su propia vida por mí, aunque seamos pecadores. El amor llama al amor y nos hace amar a los demás.


3.- LA MAYOR PRUEBA DEL AMOR

Por Antonio García Moreno

1.- "Yahvé, Dios de sus padres, les envió continuos mensajeros, porque quería salvar a su pueblo y a su templo " (2 Cro 36, 15) Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños... El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre.

A lo largo de toda su historia fueron llegando los pregoneros de Dios. Venían cargados con palabras bellas, encendidas palabras que animaban y llenaban el espíritu de paz, con deseos de ser mejores. Dios quería salvar a su pueblo. El peligro acechaba a la vuelta de cualquier esquina. Los enemigos se habían conjurado, tenían planes de aniquilación, ansias de reducir el gran templo en un montón de escombros. Hoy también el enemigo está detrás de la puerta. Hoy también el fuego, más vivo que nunca, está en trance de llover sobre nuestros campos. Y por la ruta de los mares, por los azules caminos del cielo, cruzan armas terribles con destino a los pueblos en estado de guerra, con presagios siempre vivos de una hecatombe mundial... Y hoy también llegan hasta nuestras calles los pregoneros de Dios, los que predican la paz, los que llaman a la conversión, los que claman por la justicia, los que cantan la belleza del amor. Hoy también, el Dios de nuestros padres quiere salvar a su pueblo.

"Pero ellos hacían escarnio de los enviados de Dios, despreciaban sus palabras, se burlaban de sus profetas, hasta el punto que la cólera de Yahvé contra su pueblo se hizo irremediable" (2 Cro 36, 16) Despreciaban sus palabras, se burlaban de ellos. Y los perseguían, los encarcelaban, los mataban. Hablaban con desdén de los profetas de Dios. Sus palabras fueron ridiculizadas ante la risa de todos, se convirtieron en objeto de chistes y de cuentos burdos. Y el mensaje de Dios quedó obscurecido, apagado, reducido a un montón de palabras descoloridas. Y la ira de Dios, hasta entonces dormida, despertó bruscamente. Y las palabras de los mensajeros se volvieron cáusticas, hirientes, duras, salvajes: "Ruge Yahvé desde lo alto, desde su santa morada lanza su voz, ruge con fuerza contra el lugar de su pacto... Llega el estruendo hasta el extremo de la tierra, porque Yahvé abre el proceso contra las naciones, entra en juicio contra todo mortal; a los impíos los entrega a la espada".

Y el profeta sigue: "He aquí la desgracia que pasa de nación en nación y una enorme tempestad se desencadena desde los confines de la tierra. Y habrá aquel día víctimas de Yahvé de un extremo a otro de la tierra; no serán lloradas, ni recogidas, ni sepultadas; quedarán sobre la haz de la tierra como estiércol".

¡Oh, Señor, Dios todopoderoso, pronto a la misericordia y al perdón, detén tu ira! No permitas que la muerte cubra la tierra. Queremos oír a tus enviados, queremos escucharles, atenderles, hacerles caso antes de que sea demasiado tarde. Haz tú que el recuerdo triste de lo que pasó, y de lo que puede pasar, nos despierte de nuestra apatía y negligencia, encienda esta fe muerta que nos hace vivir adormilados, en un sopor peligroso.

2.- "Junto a los canales de Babilonia..." (Sal 136, 1) Una vez más en la Historia sufre el pueblo judío la opresión de sus enemigos, una vez más gime bajo la mano dura de su vencedor. Lejos de su tierra, vive sumido en la tristeza y el dolor de un destierro obligado. El invasor se apoderó de sus tierras y lo condujo entre cadenas hasta el amargo exilio. Deportados viven del recuerdo doliente y siempre vivo del hogar que abandonaron. De nada sirven los verdes sauces que crecen junto a los canales babilónicos. A la orilla del agua, colgadas las cítaras, lloran con nostalgia pensando en Sión.

"Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar, nuestros opresores a divertirlos: Cantadnos un cantar de Sión. ¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha...". La liturgia cristiana recoge estos salmos llenos de tristes acentos, estas lamentaciones del pueblo desterrado, para suscitar en nuestros corazones sentimientos de contrición, para que tomemos conciencia de nuestro destierro y no nos olvidemos de nuestra verdadera y definitiva patria.

"Que se me pegue la lengua al paladar si no me de acuerdo ti...” Sal 136, 6. Los mil avatares de la vida nos pueden hacer olvidar la Vida. Las incesantes preocupaciones temporales nos pueden llevar a una despreocupación por lo eterno. Vivimos tan inmersos en las pequeñas incidencias de cada día que corremos el peligro, y muchas veces caemos en él, de olvidarnos hacia dónde vamos, o de por qué luchamos en definitiva, por qué nos afanamos.

Todo nuestro trabajo, todo nuestro esfuerzo, todo cuanto soñamos o anhelamos, todo ha de estar dirigido hacia el fin definitivo de nuestra existencia, todo ha de ser polarizado por el supremo destino para el que hemos nacido. De lo contrario, hemos perdido el tiempo, nos hemos olvidado de nuestra patria, nos hemos conformado con nuestro destierro, nos hemos acostumbrado a él, hemos recortado nuestras alas impidiendo así nuestro más alto vuelo. Para que eso no ocurra, cantemos hoy el cántico sacro de los desterrados: "Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías".

3.- "Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó..." (Ef 2, 4) Inmensamente rico en misericordia. Esa es la gran riqueza de Dios, su infinito amor. Nosotros, los hombres, medimos las riquezas con otra medida, estimamos los bienes con una jerarquía de valores muy peculiar. Ordinariamente ponemos por encima de todo al dinero. Y hacemos una realidad el "tanto tienes, tanto vales". Otras veces es la estima, el prestigio ante los demás, el buen nombre, el aplauso, la fama lo que nos motiva e impulsa. Y luchamos, a costa de lo que sea por conquistar la gloria de la aprobación humana. Pero Dios tiene una medida diversa. Él mide según el amor. Ese es el gran bien que nunca pasa. Sólo el amor queda. Por eso Dios nunca pasa, es eterno, porque Dios es amor. Y todo el que vive y muere por amor, participa de la divinidad, es verdaderamente rico, realmente dichoso... Haz, Señor, que entendamos esta realidad. Haz, sobre todo, que la vivamos. Concédenos la verdadera riqueza, el auténtico bienestar, la gracia indescriptible de vivir y morir de amor.

"Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras" (Ef 2, 10) Por la muerte de Cristo, Dios nos ha concedido el don inefable del amor. Después de su marcha a los cielos nos envió al Espíritu Santo, que llega a nuestros corazones por el Bautismo y la Confirmación, dándonos el poder de llamar confiados a Dios con el nombre entrañable de Padre, comunicándonos la dicha de mirar a los demás hombres como hermanos nuestros.

Pero ese amor que late en nuestro interior, infundido por Dios, ha de ser actualizado, ha de ser ejercitado, ha de concretarse en obras. ¿De qué nos sirve que nos ame Dios si nosotros nos empeñamos en no corresponderle? Si no acudimos a su llamada, de poco nos sirve que Dios nos llame.

Precisamente por ser una cuestión de amor, el Señor no se nos impone, ni nos arrastra a la fuerza hasta su corazón. Él nos atrae suavemente, nos cubre con su cariño... ¿Cómo podemos, Dios mío, resistirnos a tanta bondad y tanto amor, cómo no acabamos de enamorarnos perdidamente de ti?

4.- "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente..." (Jn 3, 14) En el silencio de la noche, oculto en la oscuridad de las altas horas, Nicodemo se entrevista con Jesús, el joven Rabino de Nazaret cuya fama se va extendiendo rápidamente. Este hombre desciende desde la cima de su posición social -formaba parte del Sanedrín-, pregunta y escucha las palabras de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero. Esta es la primera enseñanza que tendríamos que aprender de este pasaje evangélico: descender del pedestal en que a veces nos encaramamos, para escuchar con sencillez y humildad la palabra que nos viene de Dios a través, quizá, de otro hombre de menos categoría intelectual o social que nosotros.

Ante sus ojos se abre un panorama insospechado y grandioso, una doctrina nueva y vieja que comporta frutos de eternidad. Jesús le habla de un hecho que simboliza lo que ocurriría en el Calvario: lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Y así es en efecto. La Cruz se levanta como insignia de victoria, lábaro de salvación, bandera de paz y de perdón que manifiesta a los cuatro vientos la mayor prueba del amor de Dios.

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Jesús también dirá que nadie tiene amor más grande que aquel que entrega su vida por el amigo. La crucifixión fue, sin duda, el gesto definitivo del amor de Dios que sufre en su carne el castigo de nuestro pecado.

Qué más podía hacer el Señor para mostrarnos su infinito amor, sus profundos y sinceros deseos de ayudarnos, de librarnos de las cadenas que realmente aprisionan al hombre, las del pecado. Miremos con fe ese signo de salvación, sepamos descubrir tras las llagas de Cristo crucificado la grandeza de su poder y los fulgores de su divinidad. Imitemos al buen ladrón que, contemplando a Jesús traspasado y vencido, supo descubrir al Rey del Universo y le rogó, quizá entre las burlas de los demás, que se acordara de él cuando llegara a su Reino. La respuesta de Jesús fue inmediata: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.


4.- Y PREFIRIERON LA TINIEBLA

Por Antonio Díaz Tortajada

1. En términos físicos no hay confusión posible: O existe la luz o hay tinieblas. Las licencias poéticas, el lenguaje coloquial, van por otros derroteros; pero cuando se trata de aquilatar las cosas, la luz existe o no. Por muy débil que sea su resplandor, por muy mortecino que nos parezca su foco de irradiación, la luz, cuando alumbra, es inconfundible y transformadora.

2. De alguna forma parecida, entre las características de la existencia humana se da también esta irreversibilidad de los datos fundamentales de cada persona. No somos, desde luego, un infalible programa de IBM donde los datos suministrados condicionaban, absolutamente, los resultados. Sin embargo, creo que a cada uno de nosotros nos definen dos o tres rasgos fundamentales, y éstos son muy difíciles de alterar. No es un determinismo psicológico, porque desde luego, esas constantes no se fraguan en un día, sino al decantarse, durante muchos años, muchas alternativas.

3. En un plan diverso, porque interviene Dios salvando, la fe me parece una de esas cosas radicales que o se tienen o no, pero que condicionan, de arriba abajo, toda una existencia personal, sin posibilidad de engaño o subterfugio. La fe es compatible, por supuesto, con mil debilidades humanas, con ese zig-zag característico de casi todas las peripecias personales. Pero la fe exige y lleva consigo una exigencia determinante de todo ser humano.

4. Cuando se confina la fe al terreno de las puras ideas –reduciendo la experiencia religiosa a formulaciones más o menos racionales– entonces es posible una cierta esquizofrenia personal. Pero la fe no habita sólo en la inteligencia del hombre, sino que la invade totalmente en todas las dimensiones de su personalidad. Y es ahí donde podemos decir que el hombre cree o no cree, pero tiene que aceptar la fe como una opción básica de su vida.

5. Resulta terrible escuchar hoy en el Evangelio: “La luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla”. Resulta terrible, insisto, porque ese es un dato que un cristiano actual no debe descuidar ni minusvalorar. Existen hombres que han dicho no a la luz, y que no son, precisamente, los señalados por el dedo de los intransigentes. Pero también existen hombres en tiniebla. De ellos nos sentiremos siempre, con tristeza, separados.

Y cada uno de nosotros, afortunadamente rebelados con la luz, tenemos que sentir la responsabilidad de conservarla y propagarla. Porque otra característica básica de la luz es que perfora, inevitablemente, la tiniebla que la rodea.


5.- EL PRECIO DEL AMOR DE DIOS

Por Javier Leoz

1.-Nos acercamos a los umbrales de la Pascua. Es memorial de lo que Dios hizo por la humanidad. En algunos habrá perdido vigencia (oportunidad para vacaciones), en algunos más consistencia (ya no saben ni por qué se celebra) y en otros profundidad (se queda en una escenografía de religiosidad popular).

Pero, la Cuaresma, un domingo más, nos incita a ser conscientes del amor que Dios nos tiene. Vino en Belén para alegrarnos la vida y subirá al calvario para darnos otra, sin fecha de caducidad. ¿Se puede esperar más del amor de Dios?

En nuestras comunidades (parroquias incluidas) tendría que surgir un grito espontáneo que sacudiera las conciencias adormecidas (de los que son cristianos pero viven al margen de su fe) y también las de aquellas otras que, poco o nada, han oído hablar de un tal Jesús de Nazaret: ¡Esto lo hizo Dios por ti y por mí! ¡Por nosotros!

Porque, Jesús de Nazaret, no es alguien que se encaramó a un madero permaneciendo definitivamente colgado. No es una reliquia que muchos llevan suspendida en el pecho (en forma de cruz) o en cualquier otra parte de su cuerpo. Jesús de Nazaret es la señal visible, el amor de Dios en forma de carne. Es el amor de Dios para que el hombre encuentre un horizonte de alegría, de paz y seguridad en su vida.

2.- Quien mira, frente a frente a Jesús, se topa con el amor de Dios. Uno siente el vértigo de la eternidad, pero vértigo en positivo, cuando piensa, medita y se asombra ante una persona que es estandarte y altavoz de la bondad de Dios.

¿Qué dificultades existen para creer y aceptar todo esto? Que la realidad sensual del mundo es incapaz de considerar, gustar y definirse por una amistad tan limpia y tan original como la del Señor: se nos excita en conquistas de amores a coste barato. Se confunde amor con placer. Gratuidad con interés. Y así nos va. La felicidad del hombre hace tiempo que está pendiente de un peligroso hilo: el sálvese quien pueda.

Es historia que se repite y, por lo tanto, Dios en la próxima Pascua pretende salvarnos a todos. Y lo hace en la dirección contraria a las soluciones falseadas o maquilladas que nos ofrecen los ilusorios salvadores de nuestra patria: el amor es la fuente de la felicidad y no el indagar caminos cortos que, entre otras cosas, producen ansiedad y no serenidad.

3.- Preguntaron a un hombre. ¿Es Vd. feliz? Contestó: tremendamente feliz ¿Y cómo puede ser Vd. tan feliz con la que nos esta cayendo encima? Sentenció el entrevistado “El secreto está en Dios” ¿Cómo? ¿Acaso me está Vd. diciendo que es feliz porque no tiene ningún problema? Y, el hombre de Dios le respondió; ¡no; en absoluto! ¡Problemas los tengo a miles, me sobran! Pero, Dios, sé que me quiere y puede más la pasión que siente por mí, que los inconvenientes y pesares que salen a mi encuentro”

Por nuestra salvación, Dios, es capaz de cualquier cosa. Nosotros, en ese sentido, solemos valorar riesgos antes de ofrecer nuestra opinión, aportación, colaboración o silencio ante una situación injusta que origina preocupación. Dios, por el contrario, va a por todas. Lo hizo en la Anunciación fiándose una humilde nazarena, sorprendió al mundo en la pobreza de un pesebre y sobresaltará a los creyentes –y no creyentes también- cuando se dilapide lo más querido, Jesús, en el árbol de la cruz.

Esa es la matemática de Dios: por el hombre todo. Incluso a costa de restar amor de su propio amor clavado en la cruz. Porque, al fin y al cabo, esa resta es suma de redención y de salvación.

Dicen que para saber lo que vale el amor de una persona, hay que saber cuánto ha sufrido por mantenerlo vivo.

4.- Contemplemos el alma de Dios y, conociendo el sufrimiento de Cristo, nos daremos cuenta que el amor al hombre es –entre otras cosas- locura, pasión y obcecación por el ser humano.

Vemos nuestro interior y, comparando la balanza de nuestras prioridades, probablemente sellemos que nuestro amor es suministrado a pequeños sorbos, interesado, limitado, reducido a lo/los que queremos y con las cotas que instalamos a según quién y a nuestra manera.

Cuaresma. Es el amor de Dios que se multiplica, que se desborda y se hace realmente escalofriante en ese Jesús que hace de la cruz un auténtico surtidor de amor.

Cuaresma. Es la preparación para la reconciliación, personal y comunitaria con Dios, para que cuando nos ofrezca su amor, nos localice sensibles, permeables y receptivos a semejante ráfaga de su amor sin farsa, universal, divino y con un fin: llamados a la resurrección por Cristo.

¿PARA QUÉ TANTO, SEÑOR?

¿Por qué tanto empeño en salvarme, cuando a veces pienso que no estoy perdido?

¿Para qué tanta sangre, si –tal vez-- no le doy valor?

¿Por qué una cruz, si seguimos sin mirar al cielo?

¿Por qué un corazón tan blando, cuando el nuestro es tan severo?

¿Para qué un estandarte de amor en Jesús, si nos vamos por lo placentero?

¿Por qué tanta generosidad, si encuentras cerrazón?

¿Para qué tu pan, si no lo saboreamos con fe?

¿Por qué tu vino, si frecuentemente no le damos valía?

¿Para que una pasión, si vivimos sin compasión?

¿Por qué un calvario, cuando preferimos la vida fácil?

¿Para qué subir a Jerusalén, si preferimos los felices valles?

¿Por qué Cristo en la cruz, si es mejor vida de luces y no de cruces?

¿Para qué alzar la mirada, cuando nos seduce la simple bondad de la tierra?

¿Por qué, Tu, oh Dios, te desprendes de lo que más quieres, si somos insensibles?

Muchas preguntas, Señor, para una única respuesta: por el gigantesco y descomunal amor con el que tú nos amas, Señor. ¿Hay mayor felicidad que esa?


6.- LOS CAMINOS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

Es importante la primera lectura de hoy para determinar que, muchas veces, los planes de Dios no coinciden con los del género humano. Por el contrario, muchos de nosotros, alguna vez, hemos intentado que Dios se ponga de nuestra parte y que nos ayude a sacar adelante cuestiones que, probablemente, no tienen la idoneidad que el Señor busca para nosotros. Y así en el Segundo Libro de las Crónicas se habla como un rey extranjero, Ciro será el elegido para reconstruir el Templo de Jerusalén y dar nuevos bríos al culto que Dios quiere. Las continuas traiciones del pueblo de Israel crean esa nueva situación. Es posible que muchos judíos, incluso de buena voluntad, no entendiesen ese giro que el Señor estaba dando a la historia, les parecería inconcebible por sentirse pueblo elegido de Dios.

Si contemplamos, asimismo, la posición de Jesús de Nazaret frente a la religión oficial de saduceos, fariseos, senadores y doctores de la ley vemos que la cuestión es parecida. Jesús se opone a sus prácticas monopolistas, a la institucionalización negativa de la religión a favor de unos intereses concretos que están en contra de los mandatos de Dios y en contra, también, de lo que anhela el pueblo. El resultado será que tras la muerte y resurrección de Cristo Jesús el pueblo elegido será otro. Este se conformará en torno a la Iglesia naciente que es esposa de Cristo y albergue de todos los que –con palabras de Jesús—comienzan a llamar a Dios, Abba (papaíto). La revelación de Jesús sobre el Padre modifica la concepción de Dios que los hombres tenían. No su realidad intrínseca, porque Jesús viene a mostrar la verdadera cara de Dios Padre, la misma de siempre, pero que los humanos habían modificado en función de sus intereses.

2.- Y si la primera lectura marca un horizonte de gran importancia respecto al conocimiento de Dios, es Pablo de Tarso en su carta a los Efesios quien contribuye con otro aspecto capital para el cristiano. Es el renacer a la nueva vida por efecto de la gracia de Jesucristo. Se muere al pecado para resucitar a una vida más limpia, más entregada, más luminosa. El bautismo es nuestra entrada en la gracia de Jesucristo, pero el seguimiento del Maestro produce de manera sensible y consciente los beneficios que San Pablo nos cuenta. Las palabras del apóstol de los gentiles dan idea de una nueva creación, de una nueva naturaleza del género humano gracias al sacrificio de Cristo. Y si recapacitamos un poco en ello veremos que hay pruebas objetivas en nosotros mismos de ese renacer a una nueva vida. Quien ha descubierto el camino de seguimiento de Jesús se siente transformado, renacido. Los viejos tiempos ya no cuentan y una nueva vida se abre ante los ojos de los creyentes.

3.- El Evangelio de Juan nos habla de una charla de Jesús con Nicodemo. Aparece en escena este personaje singular, miembro del Sanedrín, convertido a Cristo y que fue, junto con José de Arimatea, quien fue a pedir al Gobernador Pilato el cuerpo de Jesús, ya muerto. La escena que hemos escuchado debe ser de los primeros momentos en los que Nicodemo se acercaba a Jesús y lo visitaba por la noche para no ser visto. Después, y ante su muerte y con la dispersión de los discípulos más cercanos, sería él quien diera la cara ante las autoridades, lo cual, sin duda, fue un peligro para él.

La catequesis que Jesús despliega ante Nicodemo es la del hombre nuevo. La de renacer a una vida de luz, alejada de la tiniebla. Pero el Salvador enseña a Nicodemo que el episodio de la Cruz es necesario y que forma parte de una realidad salvadora como lo fue la serpiente de bronce que Moisés se construyó para salvar al pueblo errante en el desierto de las mordeduras venenosas de las serpientes. Una vez elevado en la Cruz, una simple mirada servirá para salvarse. Y es cierto –nadie lo puede negar—que una mirada angustiada dirigida a un crucifijo ha traído la salvación y la paz a muchos a lo largo de más de dos mil años de historia. La profecía de Jesús sigue funcionando.

No sabemos lo que Nicodemo dijo a Jesús. Tal vez, le recomendaba moderación y paciencia frente a sus enemigos del Templo y del Sanedrín. Sería el consejo lógico de alguien de tanta altura. Sin embargo, Jesús, una vez más, y como ocurrió con Pedro, no acepta variación alguna en su misión. Y explica que es necesario el sacrificio de la Cruz para que sus hermanos no mueran por las picaduras venenosas del Mal.

4.- Hemos recorrido ya más de la mitad del camino de la Cuaresma. Tras el próximo domingo, el Quinto, ya llegaremos al inicio de la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Este tiempo de preparación debe dar sus frutos y, además, hemos de considerar que siempre estamos a tiempo. Tal vez, deberíamos mirar a este Jesús que está subido en lo alto de la Cruz para salvarnos. Siempre hay un momento de quietud para “enfrentarse” a la mirada de un crucifijo que nos espera. Y ello dará elementos para seguir el camino o reiniciarse en una vida más limpia y de mayor servicio a los hermanos. No debemos desdibujar la esencia de la cuaresma que no es otra cosa que tiempo de reconocimiento de que Dios nos busca y nos quiere. Y que por eso mandó al mundo a su Hijo Único. Según los plazos se van terminando es bueno reflexionar sobre el tiempo que nos queda: Dios nos espera a la vera del camino. Siempre esta disponible.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CONVERSAR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La gente de hoy envía mensajes breves con su móvil, ha aprendido a expresarse con pocas palabras y hasta sabe reducir éstas a muy pocas letras, para que quepan en el aparatito telefónico. Organizar fiestas ya no es privativo de gente influyente, hasta los párvulos, aunque sea obra de las mamás, tienen ruidosas y animadas veladas. Hay quien escoge salir lejos, a comer con amigos. Comen, riegan con buen vino el plato y vuelven a su casa, pues las carreteras van muy llenas y hay que levantarse temprano al día siguiente. Entre tantas actividades, el hombre, si es sincero, reconoce que tiene compañeros, pero no auténticos amigos. Si un día, de repente, se hiciera total silencio, muchos constatarían que no tienen nada que decirse. Que no saben decirse nada. Que aun conociéndose de antiguo, son, en realidad, unos auténticos desconocidos. Se ha perdido el hábito del diálogo. En las relaciones personales abundan las palabras y conversaciones frívolas, y nadie se preocupa de cultivar la amistad.

No es este el sentir de Dios. En la primera lectura de la misa de hoy, se nos presenta al Señor de Israel como aquel que pretende ser su amigo Y se queja de que ha sido olvidado y traicionado. Los males que le vendrán al pueblo se derivarán de este abandono. Pero al final se nos dice que Dios, después de ver las desgracias que ha sufrido su pueblo, se decide a actuar de nuevo, a preocuparse por el bien de sus amigos, aunque ellos le hubiesen olvidado.

2.- Nicodemo, un maestro, que estudiaba y enseñaba, se interesa por Jesús y acude a su encuentro. Va de noche. No se trata, pues, de un fortuito encuentro, rápido y fugaz. Están los dos tranquilos, conversando largamente. Pregunta él y Jesús responde, y hasta le trata, en algún momento, con amable ironía.

Se adapta Jesús al lenguaje de Nicodemo, que no es el nuestro. Le habla de una serpiente, que para nosotros es enigmática. Resulta que muchos años antes, cuando los israelitas vagaban por el desierto, se rebelaron, hicieron una manifestación con violencia y algaradas, diríamos hoy. Moisés se disgustó y Dios también. El pueblo recibió el castigo de la mordedura de reptiles venenosos. Moisés intercedió y Dios se adaptó, para que pudiesen curarse, a la mentalidad de aquellos tiempos, que atribuía a las ofidios poderes mágicos. Le mandó que hiciese una serpiente de cobre, es un metal que abunda por aquella región y fácil de fundir, y que la pusiera en lo alto de una pértiga, y así todo el mundo la podría ver. Le prometió el Señor que aquellos que hubieran caído en la enfermedad y se fijaran en ella, se curarían.

3.- En el párrafo leído en la misa de hoy Jesús recuerda este episodio y le dice a Nicodemo que él también será levantado (se refería a que pronto lo crucificarían, pero en aquel momento Nicodemo no lo entendió) y que aquel que le mire con piedad será salvado. También se refiere a aquellos que obran a escondidas, que huyen de Dios, que rechazan a Dios, aquellos cuyo comportamiento es oscuro, que son fantasmas, tal vez diríamos en argot de ahora. Y les recuerda lo que les espera. Nos toca pues, examinarnos si somos como ellos, nos toca ser diáfanos, de mirada limpia, de inocente e ingenuo proceder.

Le impresionó tanto a Nicodemo esta conversación, esta acogida por el Maestro, como a un amigo fue recibido, que cuando al cabo de un tiempo sus compañeros, sus colegas, tramaban prender a Jesús, salió en su defensa, aunque no consiguió convencerles. Pero nunca olvidó el encuentro y, cuando llevaban a enterrar al Señor, se preocupó de aportar perfumes para embalsamar su cuerpo. Cuando uno se hace verdadero amigo de alguien, nunca se olvida de él. En este caso se trataba nada más y nada menos que el Hijo de Dios y, aunque él no le entendía, su amor no lo había olvidado.