1.- EL DEMONIO DE LA AUTOCOMPASIÓN

Por David Llena

No podemos dejar nuestro único talento sin que de fruto. No podemos escondernos en nosotros mismos. No podemos quedarnos en nuestra pequeñez y vivir todo el tiempo dedicados a quejarnos de lo mal que nos trata la vida. Nos fijamos en lo bien que le va a los demás, sin caer en la cuenta de que esos si están poniendo en riesgo sus talentos y están “dejándose la vida” sin preocuparse de ellos mismos, estoy pensando en dos de los más grandes testimonios de nuestros tiempos, la Madre Teresa y Juan Pablo II nuestro querido Juan Pablo II. Ellos también tuvieron problemas y también tuvieron desilusiones y sufrieron mucho más que nosotros y sin embargo, en ese sufrimiento en ese morir estuvo la fuerza para seguir adelante.

Acabo de ver un film muy interesante sobre la vida de Juan Pablo II: “Karol, el hombre que se convirtió en Papa” que muestra como Dios le fue probando mediante el sufrimiento y le fue dando forma en la fragua de las adversidades para que nos llegara a todos los cristianos un aire nuevo y un testimonio de amor a este siglo pasado por guerras y separaciones.

Y que decir de la Madre Teresa, no se incomodó por nacer en un país pobre sino, y esta es una gran lección, que buscó a aquellos que tenían menos que ella para compartir lo poco que ella tenía. Se puso al servicio de aquellos que nadie quería, para compartir con ellos su vida. Como Cristo estos dos cristianos de nuestro tiempo dieron su vida por los demás; como Cristo, sufrieron, y como Cristo afrontaron sin huir, sin ceder a las tentaciones del Maligno. Sabiéndose débiles encontraron en la Fuerza de Dios, aquel impulso para seguir al pie de la letra la voluntad de Dios.

¿Qué sería de nosotros si ellos hubiesen cedido ante la tentación de verse débiles? ¿Qué hubiese sido de nosotros si Cristo después de sufrir los azotes y sabiendo que le esperaba la muerte, hubiese desaparecido pensando que ya había sufrido bastante?

Así pues, afrontemos con el bien y el amor todas las adversidades de la vida. Afrontemos con el Amor la autocompasión de pensar que solo nosotros sufrimos.

 

2.- EL CABALLO

Por Pedrojosé Ynaraja

Una de las tragedias del pueblo bíblico, en su devenir histórico, es que no tenía caballos. La carencia de estos animales, junto al no poseer tampoco el hierro, les hacía vulnerables a las rápidas incursiones depredadoras de los pueblos vecinos. Se explican así muchas de las calamidades que le ocurrieron en tiempo de los Jueces. Fue a la llegada de Salomón cuando se introdujeron estos animales en Israel. Quiso el emperador lucirse y se cuenta que en Meguiddo poseía caballerizas con 3000 cabezas. Fue siempre un animal de guerra o de tiro, nunca doméstico. Su tamaño, por ejemplo, no le hubiera permitido estar en la casita de Nazaret. Tampoco les hubiera sido útil. Esta dualidad correspondía al asno.

Aunque aparece en bastantes ocasiones en el Antiguo Testamento, nunca se le menciona en el Evangelio. Y que conste también que, en la narración del encuentro de Dios con Pablo, camino de Damasco, no se dice que este cayera del caballo como tantas veces se afirma. Donde sí que aparece es en el Apocalipsis, siendo protagonista en designios de purificación. Se le presenta de diversos colores como variadas son las misiones que se les encomiendan. A la belleza de su porte hay que añadir las cualidades de su etología. No es un animal pasivo, ni tampoco indómito. Es un buen compañero del hombre, con quien se acopla y a quien sirve. Ciertamente que cruzar un bosque, subir una montaña o hacer grandes recorridos a lomos de un caballo, debe de ser una aventura apasionante. Algo de esta fascinación tiene el hacerlo en moto de montaña, pero no me atrevo a atribuir tal placer a los que montan los atronadores “quads” , que rompen el equilibrio de la naturaleza y su silencio, alterando el orden y asustando a sus naturales pobladores.

Lo que resulta asombroso es que, por muy domesticado que esté el animal, montarlo siempre supone la aceptación de su comportamiento libre, la posibilidad de sus reacciones imprevistas. Peligro grande es cuando se desboca, cosa poco frecuente, en mi vida sólo lo he visto en dos ocasiones: en Burgos una, en Jerusalén la otra. Será por estas posibilidades de comportamientos imprevistos, por lo que a los hombres les atraen más las máquinas que los équidos. A la soberbia humana le interesan más los cacharros que puede dominar con sus herramientas. Cables, tornillos, una junta de culata, aceite o combustible, por citar algunos componentes, los puede uno cambiar, romper, sustituir o desechar. Siempre puede uno arrinconarlos, si no le interesa su uso, nunca relincharán, quejándose. Y divagando de esta guisa, me doy cuenta de que derivo al terreno de lo simbólico. El jinete encuentra en su caballo un colaborador, un obediente libre. Y aquí está la gracia. Pero a veces el hombre que tiene poder desea, no colaboración, sino obediencia ciega, dicho de otra manera, esclavitud. Es lamentable observar que tal actitud se da en la misma Iglesia de Jesucristo. Y la obediencia ciega y el servilismo, dan resultados a corto término, pero son funestos a largo plazo. Y en la Iglesia, no se olvide, somos caminantes hacia lo eterno. Y tal proceder, el autoritarismo, se ha dado con demasiada frecuencia. Se han conseguido así, resultados de inmediato, pero situaciones ruinosas posteriormente. Hay que arriesgarse. Pero muchas autoridades prefieren máquinas o el manso asno, al intrépido caballo. Y no es únicamente por los resultados, por lo que debemos huir de pretender la obediencia ciega, es por imitar a Dios, que siempre respeta la libertad y originalidad humana, aun a riesgo de que le salga mal, como ya le ocurrió en el Paraíso. (Mientras escribo esto no puedo olvidar la leyenda del Gran Cardenal de Dostoievski). Aun así abundan en la Iglesia los que no quieren respetar, ni apreciar la libertad humana. Y contar en proyectos apostólicos con colaboradores libres. Acabo: quiero ser un buen caballo de Dios.