¿CÓMO LLEVAIS LA CUARESMA, AMIGOS?

Por Ángel Gómez Escorial

Permitirme, queridos amigos de Betania, que os pregunte, así en directo, que cómo lleváis la cuaresma. Y es que este es un tiempo de preparación a la conversión. Pero no es un tópico. Mi idea es que cada Cuaresma, cada Semana Santa, cada Pascua, contribuyen a mejorar nuestro camino hacia Dios. Y eso es la conversión: saber, con toda el alma, que la mayor meta posible es la comunión con Dios, que Él sea lo mejor de nuestra vida, hora a hora, minuto a minuto. Y si os lo pregunto a vosotros es porque me lo estoy preguntando a mi mismo. Y los remedios –mejores o peores—que escribo un poco más adelante son tanto para mí, como para vosotros. Y un primer consejo, que luego repetiré: pongámonos, desde ya, en las manos de Dios.

LA VIDA NORMAL

Es verdad que a veces todo esto suena a palabrería porque la vida cotidiana tira de nosotros con fuerza y, en ella, no todo es tan bonito como las palabras o los textos de las personas que nos hablan de conversión. Pero es que en esto también estamos equivocados. Nuestra conversión discurre por la vida normal, por los aconteceres diarios, por lo bueno o lo malo de cada jornada. Y ahí, en todo ello, es donde hay que buscar a Dios. Es verdad que, a veces, incluso a los laicos, se nos apetece la vida de clausura: estar encerrados para solamente orar a Dios. Pero tampoco esa idea nuestra de la clausura responde a la realidad de la misma. Los religiosos y religiosas que viven en conventos de clausura también buscan a Dios en los hechos cotidianos. Y para ellos, los grandes momentos oracionales no son otra cosa que un apoyo para la vida que han elegido. Santa Teresa dio mucha altura a la teología humana cuando dijo que “Dios estaba entre los pucheros”. Y esta frase genial se dijo en una época en la que la sociedad en general separaba, injusta y profundamente, la vida religiosa de la vida corriente. Por eso la frase de la Santa de Ávila tiene tanta importancia. Hoy, también, claro. Que sigue existiendo esa separación.

Por eso, a estas alturas de la Cuaresma –el próximo domingo es el quinto de la Cuaresma y el siguiente ya es Domingo de Ramos—no debemos dejar de la lado nuestro objetivo de convertirnos, aunque nos parezca que hasta ahora hayamos perdido el tiempo. ¿Qué prometimos beber menos alcohol o dejar de fumar como medio de mortificación y… nada de nada? ¿Qué nos planteamos dar más limosnas, pero que al final ha vencido nuestra tacañería o no hemos encontrado un destino apetecido para nuestro dinero solidario? ¿Qué, asimismo, habíamos pensando incrementar nuestros ratos de oración o, al menos, no disminuirlos, pero, a la postre, casi parece que se han reducido? Pues si esos son nuestros deseos auténticos de mejora, estamos a tiempo de reemprenderlos, porque nunca es tarde para iniciar una serie de buenas obras o prácticas.

Aunque también sería necesario que evaluáramos bien –en la presencia de Dios—nuestros objetivos. Es cierto que la austeridad, la solidaridad, la oración en clima de amable espiritualidad son armas muy importantes. El exceso de comida y de bebida embota el cuerpo y el alma. Y esa –ya—no es una receta de exclusivo contenido religioso. Asimismo, las acciones de apoyo social se extienden por doquier y son practicadas, legítimamente, por muchas buenas personas que, sin embargo, no quieren saber nada de religión. Por otro lado, templar el alma con la quietud de la meditación tampoco es síntoma de que se esté con Dios. ¿A dónde quiero llegar? Pues, claramente, que si nuestros propósitos no han sido ofrecidos a Dios y constituyen, solamente, un camino perfeccionista para mejorar la valoración de nuestro ego nos estaremos engañándonos.

MILAGRO DE AMOR

Reflexionemos. Miremos de cara a la Cuaresma. Sepamos con claridad que se conmemora un milagro de amor casi incomprensible para nosotros: que el Ser más poderoso que existe, haya querido entregarse para lograr una reconciliación definitiva con sus criaturas. Su poder no ha servido para eliminar a los rebeldes o disidentes. No, claro que no. Su poder que es amor, nos espera, aguarda que volvamos la cabeza y el corazón hacia Él, mientras que contemplamos con mucha emoción y no poco dolor que Él –su Hijo—sufrió y murió terriblemente, y por nosotros, en la Cruz. Si esto no se pone delante de nuestros propósitos cuaresmales pues nos va a costar mucho más trabajo hacerlos y comprenderlos. Y la plasmación de ese amor con el sufrimiento humano es que en muchos –en todos—los que sufren se refleja el Rostro de Cristo. Es Cristo quien sufre con ellos. Por eso Él está entre los hechos cotidianos de la vida, en nuestros fallos y aciertos, en nuestra vida corriente.

Ahora es buen momento para pedir ayuda a Dios. Él nos ayudará a incrementar nuestra fe y nuestro amor. Y seguro que, conseguida esa confianza en nuestros propósitos, vamos a salir a la calle con el alto afán de ser más austeros, más generosos, más solidarios, más alegres, más amigos de los que sufren, rezaremos más. Y todos, juntos, con las manos unidas, llegaremos a la alegría de la Pascua, el objetivo fundamental de nuestras luchas cuaresmales.