TALLER DE ORACIÓN

ACOGER EL MENSAJE

Por Julia Merodio

Antes de comenzar la oración de esta semana, estaría bien que nos situásemos en este tiempo tan privilegiado que nos brinda la Iglesia: la Cuaresma. Estamos insertos en ella. Hemos celebrado ya el “Miércoles de Ceniza” día de llegar a nuestro fondo para mirar de frente nuestra pobreza; día de comprobar que estamos hechos con materiales de “baja calidad” que se gastan, se desgastan y se quiebran. Este domingo pasado nos hemos situado ante las tentaciones de Jesús. Un trozo de evangelio que hemos tratado reiteradas veces y que este año, tan sólo, vamos a escucharlo y acogerlo. Y ¿por qué hago este cambio? Porque me parece importante que, al menos alguna vez, miremos nuestra realidad después de que haya pasado, para poder comprobar como hemos sido capaces de responder ante ella. Es bueno hacer examen de conciencia, mirar las cosas cuando ya las hemos realizado, situarnos ante ese comportamiento que nos parecía estupendo y que, la mayoría de las veces, deja mucho que desear. Tras este recorrido hemos llegado al segundo domingo de cuaresma en el que sobresale el evangelio de la Transfiguración.

LLAMADOS POR JESÚS

La cuaresma es un momento, donde la oración adquiere una especial relevancia. Por eso nuestra oración, durante este tiempo será más profunda y prolongada. Y, en este primer momento, vamos a sentirnos llamados por Jesús para acompañarlo al monte.

Tomamos conciencia de que estamos junto a Jesús. Nos hacemos presentes a Él y, como no, trataremos de serenarnos, de tranquilizarnos, de sacar del corazón cuanto nos preocupa para hacer sitio y acoger lo que Jesús quiere decirnos.

“Jesús: llamó a Pedro, a Juan y a Santiago para que lo acompañen a lo alto de una montaña. Se dirige allí para orar”

No sabemos si ellos lo seguirían enseguida, o le harían algunas preguntas, o si tratarían de excusarse porque no les apeteciera demasiado…

Lo cierto es que: Jesús, hoy, nos llama a ti y a mí para acompañarlo y, nosotros, antes de ponernos en camino vamos a preguntarnos:

-- ¿Quiero acompañar a Jesús?

-- ¿Quiero subir al monte?

-- ¿Qué motiva esta decisión?

-- ¿Qué espero encontrar allá arriba?

Sea cual sea la respuesta a estos interrogantes, lo importante es avanzar por el camino junto al Señor; porque saber que Jesús está a nuestro lado, ya es un buen motivo para ponernos en pie y comenzar la subida.

Toda la Cuaresma es una escalada. Vamos caminando hacia el Calvario y eso cuesta. Tendríamos que preguntarnos:

¿Por qué se produciría la transfiguración en el monte Tabor?

¿Por qué la crucifixión tuvo que ser en el Calvario, situado también en un monte?

Quizá sea una catequesis para nosotros, personas del siglo XXI tan especializadas en buscar el “por qué” de todo lo cuanto nos acontece.

Jesús sube al monte para orar. Parece que le preocupa el que los suyos aprendan a orar, Él conoce mejor que nadie los prodigios de la oración, piensa que van a necesitar acudir a la oración en muchos momentos, de los que se avecinan y que, cada vez, están cercanos; pero, los discípulos, como nosotros son tardos en aprender y no le dan a la oración el valor que Jesús quería que le diesen.

Por eso, la Transfiguración tuvo lugar mientras Jesús oraba. Para hacerles ver que, la oración siempre transfigura a la persona. Nadie sale, después de hacer un rato de oración, como ha entrado; siempre cambia algo en él.

En la oración Dios se hace presente, a veces, su rostro brilla como nunca hubiéramos podido imaginar y tenemos sensaciones que son difíciles de describir con palabras.

¡Cuántas experiencias similares a esta podrían contar los verdaderos orantes! Sin embargo a las personas que lo oyen les parece que están “desvariando” No han entendido que oración y amor van al unísono.

Ciertamente el mundo de hoy habla mucho de amor, pero no entiende nada de él. Va buscando a gente que verdaderamente ame y se olvida de Dios que, ama como nadie puede amar; quiere vivir en el Tabor y se olvida de que todo se concluyó en el Calvario; busca soluciones a sus problemas y al final se da cuenta de que, él mismo, es su único problema.

EN LA CIMA DEL MONTE

Jesús les había dicho ya a los apóstoles que tenía que padecer mucho, pero ellos no querían enterarse de esas cosas, prefieren dejar claro el provecho que, cada uno, va a sacar por haberse acercado a Jesús.

Quizá sea esto mismo lo que nos pase a nosotros. Necesitamos volver a oír la voz que nos alerte: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadle…” ¡Cuántas veces pasamos por alto lo que Jesús nos dice! El pasaje sigue haciendo constar que “Al oír esto los discípulos cayeron en tierra… Estaban llenos de miedo.

¡Cuántos miedos en nuestra vida! ¡Cómo decir en mi trabajo, en mi entorno, en mis amistades… que soy seguidor de Cristo!

Pues os aseguro que, solamente en los rostros de los que son capaces de ver a Cristo transfigurado, irradiará esa misma luz.

Y en la “voz del Padre” una recomendación que no debemos olvidar: ¡Escuchadle!

Hemos entrado en el núcleo de la oración. Hemos llegado al verdadero encuentro con el Señor. Un encuentro que, como orábamos la semana pasada empieza por: escuchar y sentirse escuchado.

“Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará. Y al orar no os perdáis en palabras como hacen los paganos, pues vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedirlo.” (Mt. 6, 6 – 9)

Cuando de verdad te sientas amado por Dios tu vida cambiará radicalmente. No entiendo como la gente puede creer que el amor a una persona humana es distinto al amor que tienes a Dios.

Todos hemos experimentado que cuando a tu vida llega el amor no sabes lo que ha pasado, pero te conviertes en una persona distinta. No hay problema que te parezca irresoluble. No hay barrera que no seas capaz de saltar. No encuentras dificultad que no puedas solucionarla. ¿Acaso crees que el amor de Dios es otra cosa?

TOMA EN TUAS MANOS LA BIBLIA

Si quieres comprobarlo, toma en tus manos la Biblia, ábrela por donde te parezca; encontrarás, lo mismo que en el mundo, hombres buenos y malos, hombres que buscan y hombres aletargados; pero comprobarás que cuando alguno de ellos ha tenido un encuentro con Dios, su vida automáticamente ha tomado un nuevo rumbo.

Cuando tú tengas esta experiencia tendrás que decir a los demás que Dios te ama y los ama. Pero para poder decírselo tendrás que creerlo y no sólo creerlo tendrás que demostrarlo.

Para ello escucha al Señor que te dice: No te angusties. Vive tranquilo, en calma, adopta comportamientos de libertad, porque yo estoy contigo y he sellado nuestra alianza con el amor. En las dificultades, recuérdalo siempre; y no olvides que tienes además otra alianza: tu compromiso (matrimonial, sacerdotal, religioso..., cada uno sabrá el suyo). También tendrás que responder de él con amor, pero yo estaré a tu lado para que lo lleves a cabo.

Ahora en silencio repasa el Sí que has dado desde la gratuidad. Toma conciencia de que no es ni una garantía, ni una obligación; pero comprueba si lo has fortalecido con muchos “síes” pequeños y concretos. Ya sé que habrá habido dificultades pero lo importante es estar ahí, juntos.

“Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Orad con la mayor insistencia por todos los creyentes, para que den a conocer el misterio del evangelio. Que Dios nos conceda anunciarlo con la entereza que debemos.” (Ef. 6, 18 –21)

Ofrécele hoy al Señor el don más sencillo y verdadero que tengas. Ofrécele tu libertad interior. Quédate callado en su presencia y dile con el corazón: Aquí estoy Señor, vengo ante Ti sin condicionamientos, sin prejuicios, sin esperar nada preconcebido. Vengo como una esponja, receptivo, moldeable como la arcilla y quiero ofrecerte ese hueco que he hecho en mi interior para acoger tu mensaje, para ofrecerlo a los demás cuando salga. Quiero acoger a todos, empezando por los más cercanos a mí, para que también ellos formen parte de mi vida.

Pero sobre todo quiero recibir tu amor para regalarlo, transformado en frutos que los demás puedan saborear. Quiero mejorar mi entrega, mi escucha, mi generosidad, mi agradecimiento...

Quiero acercarme a tantos hombres de todos los tiempos como han entendido esto y lo han hecho realidad. A esos hombres de oración profunda, a los padres del desierto, a tantos santos conocidos y anónimos como nos han dejado su enseñanza.

Me ha impresionado comprobar como hablan todos ellos de la oración, pero he comprendido que su impacto consiste en haberlo vivido y haberlo experimentado.

Os transcribo unas citas sacadas de “La Filocalia de la Oración de Jesús” que tanto me han ayudado en este camino.

“Son muchos los que andan buscando,

pero sólo encuentra el que permanece en constante silencio.

El hombre que se complace en muchas palabras, aunque diga cosas

admirables está vacío por dentro.

Si amas de verdad, se amante del silencio.

El silencio, como la luz del sol, te iluminará en Dios y te librará de los

fantasmas de la ignorancia.

El silencio te unirá con el propio Dios”