II Domingo de Cuaresma
12 de marzo de 2006

La homilía de Betania


1.- JESÚS, MAL POLÍTICO

Por José María Maruri, SJ.

2. ¡ESCUCHADLO!

Por José María Martín OSA

3.- TRANSFIGURACIÓN

Por Antonio García Moreno

4.- PORQUE NOS QUIERE

Por Javier Leoz

5.- EL DIOS REVELADO Y REVELADOR

Por Antonio Díaz Tortajada

6.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA MONTAÑA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS, MAL POLÍTICO

Por José María Maruri, SJ.

1.- Jesús fue un malísimo político y así fue que no acabó el término de una legislatura parlamentaria. Le faltó un consejero de imagen, saber consensuar con propios y ajenos, hablar sin decir nada, decir medias verdades.

El Señor se empeña en llamar a las cosas por sus nombres y el que tenga oídos para oír que oiga sin más. Él admite que es el Mesías, o sea el único líder del único partido político posible en la mente de Dios, capaz de conducir a la humanidad entera a la vida, a la felicidad, a la igualdad de todos, a la fraternidad.

Hasta aquí, Pedro y los compañeros del próximo gobierno, recordarán que Juan y Santiago le piden sentarse uno a la derecha y otro, a la izquierda, es decir dos buenos escaños. Por eso Pedro a la pregunta del Señor. “Vosotros quién decís que soy yo”, contesta con entusiasmo: “Tu eres el Mesías…”, el Mesías de los escaños.

Pero el Señor quiere dejar bien claro que ese Mesías lo es a lo divino, que ese mismo Dios, que pide a Abrahán el sacrificio de su hijo, envía su Hijo como Mesías perseguido, acusado, detenido, juzgado, sentenciado a muerte y ejecutado, porque el mundo no tiene oídos para oír la Verdad de Dios.

Pero no va a ser sólo el líder del partido, es que todo el que quiera afiliarse acabará en la cruz como el líder. Tome su cruz y sígame.

Y esto de la cruz lo hemos almibarado tanto nosotros que ya no nos suena como sonaba en los oídos horrorizados de los discípulos. Nuestra cruz es objeto de veneración y hasta de adorno. Pero la cruz de la que habla el Señor corresponde a la horca, ese ángulo fatídico con el nudo corredizo bamboleándose en el vacío.

“Tome su cruz y sígame” significa: “tome su horca en que va ser ejecutado y sígame”. ¿Os figuráis esta cruz transformada en horca y Jesús bamboleándose en ella? Hasta blasfemia nos parece y sin embargo es lo que en tiempos de Jesús significaba.

Un político que habla así se queda sin votos y el primero que le retiró el voto fue san Pedro, que regaña al Señor como diciéndole: “con esa imagen nos quedamos solos y el Señor lo llama Satanás. Porque el jefe iba en serio con lo de la horca, es algo que no admite consenso, ni con propios, ni con la oposición.

2.- Y ahí está su esfuerzo –la transfiguración-- por convencer a los suyos de que los designios de Dios sobre la muerte y la cruz es un principio de vida, que la cruz es el lugar de encuentro con Dios que es amor. Y por eso encontramos a Dios en la cruz dando por amor su vida por nosotros. El Señor de transfigura ante Pedro, Juan y Santiago…

Pero en medio de esa gloria, Moisés y Elías hablan de la muerte de Jesús en Jerusalén. ¿Por qué? Porque el Señor no trata de disimular las cosas. No trata de engatusar, sino de hacer comprender la verdad: que por la cruz se va a la vida.

3.- Ni Pedro, ni vosotros, ni yo, comprendemos nada… A Pedro le deja mal el Evangelio. Lo deja más bien de tonto, de hombre que no sabe lo que dice. Porque la conclusión que saca es que como se está tan bien allí que lo mejor es establecerse allí para siempre. No ha entendido nada de la lección, que es como Dios nos muestra su vida por nosotros. Así nuestro amor verdadero a Dios se mostrará en seguirle cada uno con nuestra cruz. Y en eso está la vida y la gloria.

* No sabemos lo que decimos cuando atribuimos las cosas penosas que nos pasan a un castigo de Dios. ¿Castigó Dios a su Hijo en la cruz?

* No sabemos lo que decimos cuando nos quejamos de estar solos, cuando Jesús no sólo ha andado nuestro mismo camino antes que nosotros, sino que lo vuelve a andar hombro con hombro con nosotros.

* No sabemos lo que decimos cuando nos quejamos amargamente por al muerte de un ser querido, cuando el Señor Jesús le precedió en la muerte y vuelve a morir con él en su misma muerte.

Y todo se nos va en decir lo que no sabemos, cuando Dios lo que nos recomienda hoy es “Escuchad”. No es decir sino oír.

Nuestro líder no nos pide nuestra opinión. Que es lo que tendemos todos: a darle nuestra opinión y enmendarle la plana, como Pedro. Nuestro líder nos pide oídos, porque nos está siempre hablando y sólo Él nos puede dar a comprender el misterio de la cruz y del amor. Y del amor en la cruz.

Y hablando a los corazones, el Señor se ha hecho un gran partido de seguidores a lo largo de los siglos. Al fin y al cabo, el Señor no es tan mal político.


2. ¡ESCUCHADLO!

Por José María Martín OSA

1.- El segundo domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor. Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar. Es éste un lugar donde se produce el encuentro con la divinidad: "su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos". El rostro iluminado refleja la presencia de Dios. Algunos rostros dan a veces signos de esta iluminación, son un reflejo de Dios. Son personas llenas de espiritualidad, que llevan a Dios dentro de sí y lo reflejan a los demás.

2.- Jesús no subió al monte solo. Le acompañaban Pedro, Juan y Santiago, los mismos que están con él en el momento de la agonía de Getsemaní. Sólo aceptando la humillación de la cruz se puede llegar a la glorificación. En las dos ocasiones los apóstoles estaban "cargados de sueño". Este sueño simboliza nuestra pobre condición humana aferrada a las cosas terrenas, e incapaz de ver nuestra condición gloriosa: estamos ciegos ante la grandeza y la bondad de Dios, no nos damos cuenta de la inmensidad de su amor. Tenemos que despertar para poder ver la gloria de Dios, que es "nuestra luz y nuestra salvación" (Salmo Responsorial).

3- Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Jesús está en continuidad con ellos, pero superándolos, dándoles la plenitud que ellos mismos desconocen, pues El es el Hijo de Dios, el elegido. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta manifestación de la divinidad de Jesús? La voz que sale de la nube nos lo dice: ¡Escuchadlo!

Abram escuchó la voz de Dios y creyó en su promesa: una descendencia como las estrellas del cielo y una tierra como posesión suya. Abram escuchó y aceptó la alianza con Dios. Era una costumbre sellar la alianza pasando entre las carnes sangrientas de los animales cortados en dos. Dios toma la iniciativa, pues sólo El, con el signo del fuego, pasa por entre las dos partes de los animales. Abram escucha y acepta el plan de Dios. Desde ese momento transforma su nombre. Ya no será Abram, sino Abraham -padre de muchedumbres-.

4.- Creer, aceptar y vivir lo que Dios nos propone. La gran tentación es quedarse quieto, porque en la montaña "se está muy bien". Hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un mero espiritualismo que se desentiende de la vida concreta y de lo que pasa en nuestro mundo. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra, y es aquí donde debemos demostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como hombres nuevos y transformados.


3.- TRANSFIGURACIÓN

Por Antonio García Moreno

1.- “Y aconteció que después de esto quiso Dios probar a Abrahán, y le llamó..." (Gn 22, 1) Abrahán, Abrahán --llamó Dios con su voz de mil aguas--. Y el patriarca respondió: Heme aquí. Dios y el hombre en diálogo, lo trascendente con lo intrascendente. Y el mandato divino resonó terrible. Toma ahora a tu hijo, al que tú amas, a Isaac, y ve a la región de Moriáh, y allí lo ofrecerás en holocausto... A Isaac, al hijo deseado y esperado durante tanto tiempo, al que tenía en su mirada la luz expresiva de la esposa amada, la bella Sara. Hacer de él un holocausto, un sacrificio total. Matarlo y después quemarlo, lo mismo que hacían los cananeos ante el dios Moloc. Sacrificio doloroso e inapelable. Haberle dado un hijo cuando todas sus esperanzas estaban perdidas, y ahora pedírselo para un sacrificio tan brutal y tan cruel.

Sin embargo, el patriarca emprendió el largo camino hacia la cumbre, por una vereda tortuosa y empinada. El anciano siguió su ruta, apoyado por última vez en su hijo querido. Padre mío, dice el muchacho, dónde está la víctima. Abrahán, con el alma rota, responde: Dios proveerá... Dios mío, también hoy puedes pedir un sacrificio semejante, la entrega total e irrecuperable de un hijo, o de lo que vale tanto como un hijo. Hay que responder como Abrahán, “heme aquí”, y seguir los planes divinos con espíritu de fe. Y cuando toda parezca perdido, cuando no comprendamos nada y se nos cierre el horizonte, decir entonces: Dios proveerá.

"Y le dijo: Juro por mi mismo, palabra de Yahvé..." (Gn 22, 16) Dios no se deja ganar en generosidad. Sus palabras no están vacías como las de los grandes -qué pequeños siempre- de la tierra. Sus palabras están llenas, dicen y hacen, son palabras sustantivas, eficaces. Abrahán estuvo a punto de sacrificar a su hijo único. Por eso el Señor le repite la promesa, una descendencia numerosa como las estrellas de los cielos y como las arenas del mar, un sin fin de hijos a cambio de uno que no llegó a sacrificar.

Son las matemáticas de Dios. Por un poco que le demos (de lo mismo que él nos da), nos devuelve multiplicado por mil, y por más, ese poco que le entregamos... Pero no acabamos de creerlo. Y regateamos la entrega. A lo más prometemos dar algo, si antes recibimos eso que deseamos. "Do ut des", te doy para que me des. Así nos portamos con el Señor, como si fuera un charrán cualquiera.

Rompe, Señor, la exactitud de nuestras matemáticas raquíticas, pobres; estos teoremas y axiomas de los que no logramos desprendernos. Queremos no tener medida en el amor a ti, ni ser roñosos, ni seguir apegados una moral estricta, sin comprender que hemos de actuar no por el mero cumplimiento, sino por que amamos a Dios y no queremos ofenderle.

2.- “Caminaré en presencia del Señor..." (Sal 115, 9) Qué buen propósito es este que pone hoy, en nuestros labios y en nuestro corazón, el poeta sagrado: "Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.... Sí, es sumamente importante vivir siempre en presencia de Dios, darnos cuenta de que estamos delante de él, actualizar nuestra fe en su omnipresencia a través de actos repetidos a lo largo del día. Podemos estar bien seguros: el Señor nos ve en cada momento, vayamos donde vayamos, nos ocultemos donde nos ocultemos. Ante la clarividente y amorosa mirada de Dios nuestro Padre, siempre estamos al descubierto.

La primera consecuencia que se desprende de esta realidad, es que siempre hemos de comportarnos dignamente, con mucha más corrección y delicadeza que delante del más grande personaje que podamos imaginar. Aunque nadie nos vea, Dios nos está viendo. No nos vale pensar: ahora que nadie se da cuenta, o estoy solo y aprovecharé la ocasión para hacer lo que no me atrevería a realizar, si alguien me viera. No, nunca estamos solos, nunca estamos escondidos, nunca podemos ampararnos en la sombra. Procuremos ser conscientes de que Dios nos ve. Vivir, pues, de tal modo, que nunca tengamos que avergonzarnos de nuestros actos.

"Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo..." (Sal 115, 18) Es lo más importante de nuestra vida aquí abajo: caminar siempre en presencia de Dios, vivir siempre preocupados por agradarle sólo a él, buscar sólo su aplauso y su beneplácito. Por eso hemos de acostumbrarnos a actualizar con frecuencia su presencia, su cercanía entrañable muy junto a nosotros, y decirle que le queremos, que nos perdone, que nos ayude, que muchas gracias, que nos ilumine, que nos haga generosos, serviciales para con todos; y de nuevo que muchas gracias... Vivir cara a Dios, eso ha de ser lo primero. Pero tengamos presente que eso no basta. Además, hay que tener en cuenta que los hombres, nuestros hermanos, también están presentes y nos ven, se fijan en nuestro proceder, se dejan quizás arrastrar por nuestro ejemplo. Por eso hay que ser bueno y parecerlo. Nos lo dijo Jesús: Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que viendo vuestras obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos... Ojalá comprendamos todo esto y luchemos por vivir en presencia de Dios y de los hombres. Persuadidos, repito, de que jamás estamos solos, convencidos de que nuestros actos nunca quedan aislados, ya que siempre tienen una repercusión, para bien o para mal, en cuantos nos rodean.

3.- "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31) Es como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de guerra, un grito de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".

Pablo es consciente de las dificultades que hay en su vida, de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.

Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, contento, feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día, como oveja de degüello. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús".

"El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros..." (Rm 8, 32) Ahí está la clave de ese optimismo desaforado. Haber creído en clamor de Dios, este es el secreto de esa esperanza siempre viva, de esa audacia sin límites, de esa personalidad arrolladora. Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara aquel terrible cáliz, aquella dolorosa pasión. Y el Hijo aceptó los planes del Padre y caminó decidido, sin resistencia alguna, hacia el tormento supremo del abandono y del dolor.

Ante estos hechos, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres miserables, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento...

4.- "Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan..." (Mc 9, 1) Jesús se retira con los más íntimos a la montaña. Lo más probable es que se tratara del monte Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de Genesaret y el verde valle de Yiztreel. Las cumbres, esto lo saben bien los montañeros, invitan a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendente en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.

La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.

Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. Un juego de luces y sombras hacía entrever el duro combate que el Rey mesiánico había de librar, y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisadas de sangre y de luz... La voz del Padre resuena desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito, la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del grande amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aún sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

Cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó, atender las palabras de quien murió por salvarnos. Oír su doctrina luminosa, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los riscos de cada hora, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.


4.- PORQUE NOS QUIERE

Por Javier Leoz

La vida cristiana no es una línea continua. No es representada, ni mucho menos, por una melodía sin alternancias o intervalos. El seguimiento a Jesús conlleva sus contrastes:

-adhesiones y deserciones

-alegrías y sufrimientos

-fidelidades y pruebas

-ascensiones y descensos

-horas buenas y momentos amargos

Y, camino hacia la Semana Santa, una vez más –por ser significativos para el Señor- nos saca a un territorio aparte: la Parroquia, la eucaristía o la oración, son oasis y pequeños tabores a los cuales trepamos para contemplar la gloria de Dios y dejarnos seducir por El.

Lo hacemos movidos desde la fe. ¿Quién de los que estamos aquí no sentimos en lo más hondo de nuestras entrañas un deseo de cambiar a mejor? ¿Quién, de los que nos hemos apartado un poco de la coyuntura que nos agobia, no respiramos una atmósfera que nos invita a exclamar: ¡Es cierto, qué bien se está aquí!?

Y es que, nuestro crecimiento espiritual, comporta el meternos dentro de estas claves que nos aportan una dimensión distinta a la vida; que hace que resplandezca nuestro interior con más vigor, con más generosidad con más luminosidad.

El Tabor de nuestro hoy, es esa experiencia que nos toca, que nos hace sentir y afirmar que Jesús domina todo lo que somos, palpamos o sentimos.

El Tabor de nuestra fe, es ese esfuerzo y sacrificio que nos invita a coronar lo más alto de las cumbres, para ponernos en sintonía con Dios; a abrir nuestros oídos para escuchar su Palabra; a dejarnos empapar por su Espíritu para que nuestra vida coja otros derroteros y podamos vivir con alegría la Pascua.

Pero, el Tabor, nos exige también ser realistas. Quisiéramos que todo, de golpe y plumazo, se resolviera. Que la paz dejase de llenar las páginas de los periódicos para convertirse en un logro. Que el hombre volviese de caminos equivocados y fuese más prudente a la hora de tratar y de situar peligrosamente su propia dignidad. Pero, amigos, la fe exige hombres que sepan arriesgarse. Que estén dispuestos a coger la cruz que viene detrás de Jesús. Porque, claro, besar a un Cristo dulcificado y preciosamente suspendido en una cruz es fácil. Pero seguir a un Jesús que nos muestra la cruz como signo de contradicción, de coherencia, de prueba o de testimonio…, se nos hace más duro y hasta poco llevadero en los tiempos que vivimos.

Camino de la Pascua, el Señor, nos ha llevado a una zona retirada. Quiere que nos llenemos de Aquel por el que hará y lo dará todo: Dios.

¿Seremos capaces de responder a esta llamada? ¿Aprovechamos en toda su intensidad el silencio de una iglesia, el calor y el misterio que ofrece un sagrario, la fortaleza que irradia la cruz o la serenidad que infunde la oración?

¡Qué grandes tenemos que ser para Jesús, cuando nos lleva a un lugar apartado, con nombre y apellidos!

Anuncio de pasión, muerte y resurrección. No hay vida sin cruz.

EL TABOR DE HOY

Mi Tabor de hoy, es el silencio frente al ruido

La búsqueda frente al conformismo

Mi Tabor de hoy, es el ascender para ver

El descender para seguir creyendo

 

Mi Tabor de hoy, es la fortaleza ante la adversidad

La fe cuando asolan las dudas.

 

Mi Tabor de hoy, es la alegría de ser creyente

La seguridad de que, Jesús, ilumina el horizonte

 

Mi Tabor de hoy, es el ser fuerte cuando me siento débil

El no olvidar mí debilidad cuando me encuentro valiente

 

Mi Tabor de hoy, es estar en sintonía con Dios

Es escuchar su Palabra, llevándola a la práctica

 

Mi Tabor de hoy, es subir aún a riesgo de bajar

Es ganar mucho, aún a riesgo de perder algo

 

Mi Tabor de hoy, es mirar lo que soy

Es dejar a Dios que me haga como El quiera

Es vida cristiana en oración

Es oración con vida cristiana


5.- EL DIOS REVELADO Y REVELADOR

Por Antonio Díaz Tortajada

1. Quizás el supremo don de la infancia sea la casi infinita capacidad de sorpresa. El niño cada día descubre nuevas cosas y se asombra por lo que ve, conoce y siente. Y aun cuando la novedad le traiga, a veces, porcentajes de incertidumbre, la satisfacción es superior. Nunca después gozamos tan intensamente como el ir experimentando esa sensación única de la primera vez, el estrenismo. Los años nos van arrancando el factor de lo nuevo y así envejecemos paulatinamente. es inevitable y triste.

Sin embargo, a pesar de todo, todavía quedan cosas que nos sorprenden e incluso nos desconciertan. Sobre todo cuando se sabe mantener en pleno vigor la curiosidad y el interés por lo nuevo, surgen en nuestro horizonte vital una serie de “ovnis” que nos hacen recordar esa vivencia infantil ante lo desconocido. Y no es necesario inventarse “novedades”, porque la vida es tan rica y plural, si la aceptamos sin prejuicios, que desborda nuestra capacidad de encajar toda oculta cara.

2. Pienso que tienen que existir en la fe cristiana esos elementos como sorpresivos y desconcertantes. Y sin necesidad de acudir a pirotecnias ni visiones celestiales. Si Dios no nos sorprendiera y no produjera en nosotros un enorme desconcierto, le habríamos despojado de un elemento esencial en toda la historia de la salvación. No estoy hablando del Dios “todo otro”, astral y enigmático, de religiones o filosofías extrañas a la clave cristiana; me refiero ––claro está–– al Dios revelado y revelador de la Sagrada Escritura, y más en concreto del Evangelio.

¿Como no imaginar el fenomenal embrollo de Abrahán al plantearse, por petición de Dios, la destrucción de su hijo, y precisamente del hijo que ha sido objeto de la promesa? ¿Cómo encajar esa contradicción tal clara y no aceptar la idea de un Dios caprichoso, versátil y enredador? Pero la fe incluye precisamente esa aceptación del primer desconcierto porque intuye las “razones” más hondas del ser y actuar de Dios. No le pidamos a la religión una lógica de andar por casa, ni nos empeñemos en racionalizar a Dios porque entonces nos quedaremos para siempre encerrados entre barrotes matemáticos, adoradores de los sucesivos idolillos que nos fabriquemos o nos vayan fabricando otros.

3.- Del mismo modo la pedagogía de Dios incluye también una sobriedad de manifestaciones y un ritmo lento. Si de los discípulos hubiera dependido, Cristo se hubiera pasado la vida envuelto en la nube de la transfiguración, ajeno al quehacer evangelizador. Y si nosotros tuviéramos que programar la presencia de Dios entre los hombres, se nos iría sin duda la mano en milagros, revelaciones, fenómenos extraordinarios e invasión de nuestra propia esfera de libertad que Dios respeta escrupulosamente.

Aceptemos ––seamos niños–– el desconcierto que Dios, a veces, nos produce. Sin entenderlo todo ––como ellos al fin y al cabo–– descubriremos el continente de la confianza.


6.- HOMBRES Y MUJERES OLVIDADIZOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Si intentamos nosotros imaginar la escena de la Transfiguración pues, como poco, nos comportaríamos como Pedro o, lo más probable, es que saliéramos corriendo muertos de estupor y de miedo. Pedro, obnubilado, tuvo el valor de querer perpetuar la escena y convertir la conversación entre Jesús, Moisés y Elías en algo permanente, eterno. Y es que este Dios nuestro –este que nos ha mostrado Jesús y a quien llamaba Abba: papaíto—respeta mucho nuestra condición humana y muy pocas veces y con muy poca gente produce esas maravillas y milagros que, tal vez, a nosotros nos gustaría ver. La vida, junto a Dios, discurre con normalidad. Es decir, sabemos de su presencia y su cercanía pero no hay maravillas a nuestro alrededor. ¡Y menos mal!

José Luis Martín Descalzo, un sacerdote y periodista español, ya fallecido hace años, escribió una monumental biografía de Jesús de Nazaret y con gran perspicacia, cuando narra los primeros momentos de la vida terrena del Niño Jesús pues dice, poco más o menos, que las maravillas escaseaban. Allá en Belén, en la Nochebuena, si hubo un gran jaleo de ángeles y pastores. Pero, luego nada. Después Maria y José y el Niño irían a la Presentación en el Templo. Y Simeón, profeta, justo y santo, reconoció al Niño y dijo cosas grandiosas. Ana también. Pero luego nada. Las horas y los días pasaban como los de cualquier familia. E, incluso, Jesús pasó 30 años de normalidad absoluta, según parece.

Pero eso no significa que Dios no esté presente y que no tenga que decir lo que quiera decir. Cuando Jesús se bautiza en el Jordán el Padre se manifiesta para hablar de su Hijo. En la Transfiguración, también. La llegada de los Magos también debió de ser extraordinaria. Produjeron una gran alarma en el Jerusalén oficial y oficioso de entonces. Pero las cosas se olvidan. A Pedro se le olvidó ese trozo de gloria que contempló y quería perpetuar y abandonó al Maestro. Juan, el Bautista, olvidó también la presencia Trinitaria a la orilla del Jordán y, un día, mando a preguntar a Jesús si era Él el Mesías. Del paso de los Magos poco quedó. Pero Dios estuvo presente en esas tres manifestaciones. Y fueron magníficas pero se olvidaron. Solo María, dotada de una gracia muy especial, guardaba estas cosas en su corazón.

2.- La Transfiguración quiso ser un “refuerzo” para que los Apóstoles aguantaran los momentos difíciles que les vendrían con la Pasión. Pero olvidaron, sufrieron de miedo y de desconcierto. Y tuvo que ser la Resurrección del Señor la que trajo, luego, esa maravilla de convertir a unos tontos olvidadizos en auténticos gigantes de la predicación y del apostolado. El Espíritu Santo los emborrachó de felicidad y sacudiría y llevaron la Palabra de Dios a los confines del mundo. Y la cosa sigue hoy con nosotros. ¿Sirvió, entonces, la Transfiguración para algo? Claro que si. Los apóstoles fueron reconstruyendo en clave divina muchas de las actuaciones del Señor Jesús. De hecho, nosotros, aquí y ahora, en este Siglo XXI, somos los grandes beneficiarios de la Transfiguración. Sabemos de la gloria de Jesús porque nos la han contando personas frágiles y olvidadizas como nosotros.

Y hemos de estar atentos porque a nuestro alrededor ocurren cosas muy singulares que muestran la presencia cercana del Señor. A veces, un amanecer se llena de brillos muy especiales. Otras la frese de un buen amigo nos llega a lo más hondo de nuestro ser. Y otras, claro está, nuestra angustia y nuestro dolor cambian de un día para otro, como si algo muy grande hubiera pasado cerca de nosotros. Claro que puede ocurrir lo contrario y que el mundo se entenebrezca hasta lo terrible. Jesús mostraba en la Transfiguración lo que iba a pasar poco tiempo después. Elías y Moisés hablaban de ello. El Mal, con mayúsculas, existe y trabaja. La Pasión y Muerte de Jesús es una muestra de ello. Hoy, todavía, aún habiendo escuchado esos sucedidos muchas veces, nos conmueven y nos llenan de profunda pena. Nos suenan a terrible injusticia, aunque también como a Pedro se nos olvida. Los hombres y mujeres somos olvidadizos. Dios, no. Resucitó a Jesús y toda la fuerza y la energía de Dios se concentró en el sepulcro. Y lo soldados que vigilaban saltaron por los aires. Aunque lo importante no fue –claro está—los concretos aspectos telúricos de la Resurrección. Sería la fuerza interior alojada en unos pocos hombres y mujeres que fueron capaces de cambiar el mundo. Y vaya si lo hicieron. El cristianismo acabó con el imperio romano.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA MONTAÑA

Por Pedrojosé Ynaraja

Parece que el máximo atractivo de la superficie terrestre lo tengan hoy las playas, lo parece en la actualidad y está condicionado a la temperatura del lugar y a la pericia de los agentes de turismo. Pero la montaña ha tenido, y tiene, atractivo siempre. También para los personajes bíblicos.

En la primera lectura se nos relata un acontecimiento impresionante. A un hombre anciano, padre en su senectud de un único hijo, le pide Dios que se lo sacrifique. Este buen hombre, que se llamaba Abraham, sabía poca teología. Sabía muy poco de Dios, es más, creía que había muchos otros dioses, pero él se había decidido por adorar a uno sólo. Esto ya era un gran paso, los de su tiempo adoraban a muchos y muy diferentes dioses. Sus contemporáneos pensaban que existían de diversa categoría y poder y a los que uno se podía dirigir según sus inclinaciones y necesidades. Abraham era un monólatra. Y este Dios que había escogido, o que le había escogido a él, se había convertido en su amigo. Ya sabemos que tener un amigo supone, entre otras cosas, estar dispuesto a ayudarle, a atenderle, a satisfacer sus caprichos, si conviene. Pero es que en esta caso, lo que le pedía el amigo a Abraham, superaba cualquier cálculo. Recordemos, le había dicho que tendría un hijo, y al final, cuando era viejo lo tuvo, que multiplicaría su descendencia, llegando a ser tan numerosa como las estrellas que uno puede ver de noche en el desierto, y, cuando este hijo no había llegado a hacerse mayor, pedirle que se lo sacrifique, es el colmo de lo absurdo. Eso es lo que pensaríamos nosotros, él no, él pensaba únicamente en la fidelidad a su amigo. Y se fue hacia donde le indicaba. Se trataba de una montaña. Llevaba leña, seguramente una cazuelita con unas brasas que alimentaría con palitos de cuando en cuando, y a su lado, inocente, desconociendo su destino trágico, un chiquillo, su chiquillo. Y subió a la montaña. Y ató al muchacho y preparó el fuego y sacó el cuchillo y lo levantó para clavarlo en su hijo único. Dios, su amigo, tuvo suficiente con este gesto. Le dijo que bastaba ya, le felicitó y Abraham, repuesto del susto, sacrificó un carnero agradecido.

¿Dónde ocurrió el hecho? La Biblia no lo señala y la tradición se inclina por creer que fue en el lugar que mas tarde Salomón escogió para edificar el Templo, en el mismo lugar que ahora está la explanada de las mezquitas, donde antiguamente estuvo el Templo de Herodes, el que visitó Jesús. Claro que esta es la tradición judía, pues cerca de la actual Nablus, en una montañita que se levanta a su lado, el Garicín, la tradición samaritana dice que fue allí y el lugar lo tienen señalado y cercado con una alambrada. Tal vez no fue en ninguno de estos sitios, lo que importa es aprender la lección y decidirse a ser amigos de Dios, como lo fue Abraham, al que llamamos nuestro padre en la Fe.

En el evangelio se nos habla de otra montaña. No se sabe con total seguridad de cual se trata pero de siempre se ha creído que fue el Tabor. Es una montaña que se alza en medio de Galilea. No es muy alta, se levanta 455 metros desde el llano, pero es muy bonita, se la ve desde muy lejos y su forma alargada la hace inconfundible. Desde la antigüedad fue una montaña predilecta de los de la región. Allí, seguramente en tiempos de las vacaciones de Sukkot, se fue Jesús con sus tres íntimos amigos. No se preocuparon por construir una cabaña, el clima permite perfectamente pasar la noche haciendo vivac, lo que pasa es que el que así duerme, acostado sin ninguna protección, con facilidad se despierta. Eso es lo que les pasó a los amigos del Maestro. Resulta que le vieron acompañado por dos personajes y, por la pinta que tenían, se veía a la legua que eran dos grandes personajes, nada menos que el profeta Elías y el liberador Moisés. Medio dormidos y atolondrados como estaban, no se les ocurrió otra cosa que ofrecerse a protegerlos haciendo unas chozas. El Padre Eterno en el Cielo sonreiría y les habló complacido, les habló confidencialmente y les dijo que su Maestro, su Señor, su Amigo, al que ellos tanto admiraban, era su Hijo mimado y único, y que le hicieran caso.

Aunque era de noche el lugar no estaba a obscuras, los vestidos, y el mismo Jesús resplandecían, cosa esta que les descubría la grandeza que ellos ya iban viendo tenía el Señor. Había sido un momento resplandeciente, glorioso, enternecedor, por haberles hecho sus confidentes el mismo Dios.

Acabada la noche, descendieron de la montaña, iban hablando quedamente, Jesús les dijo que no explicaran lo que había pasado hasta que Él hubiera resucitado. Si tenía que resucitar es que iba a morir. Jesús era desconcertante a veces.

En el Tabor se levanta una gran basílica en honor de este prodigio y también, a un lado del camino, hay una sencillita ermita, que recuerda la conversación íntima sobre la muerte y resurrección, es pequeñita como son siempre las palabras dichas al oído.