1.- MI ALMA CANTA A LA CUARESMA

Por David Llena

 

Brota de mis entrañas

un grito de perdón,

como brotan de mis ojos

las lágrimas de dolor.

 

Dolor por haberte ofendido,

dolor por traspasar tu Sagrado Corazón

dolor por alejarme de tu lado

dolor al sentirme pecador.

 

El tentador salió a mi camino

y con sus artes cambió mi destino

me engañó con aires divinos

llenando mi senda de zarzas y espinos.

 

“No volveré a caer” me juraba,

con el impulso del corazón

pero mi alma se resquebrajaba

al cometer otra traición.

 

Sentí cerca tu mano

que me sacaba del socavón,

mientras con la otra mano Señor,

me dispensabas tu perdón.

 

Y ahora no miras mi pasado,

olvidaste lo anterior

solo miras a mi hermano

y al que tengo alrededor.

 

En ellos te has quedado

para que te veamos mejor

para que les demos cuidado

y nuestra mayor atención.

 

2.- ALCAPARRAS

Por Pedrojosé Ynaraja

Era mi primer viaje a Tierra Santa. Acabábamos de entrar en la península del Sinaí, el guía, un israelí nacido en Suiza y antiguo Boy Scout, nos señaló a la derecha de la senda una pared y una planta que colgaba de una grieta. Es la alcaparra, dijo, una planta cuya raíz segrega ácido oxálico, gracias al cual es capaz de abrirse camino en la roca. Sacamos la correspondiente fotografía y nos fuimos adentrando por el desierto, descubriendo sus innumerables maravillas. Lo del ácido de la raíz me intrigó y me sigue intrigando, por más que he buscado no he podido confirmar este detalle.

Cuando uno observa maravillado el Muro Occidental del Templo, en Jerusalén, mal llamado por la cultura cristiana Muro de los Lamentos, observa entre las junturas de las enormes piedras unos arbustos que nadie debe arrancar y que la decoran, se trata de plantas de alcaparras, su nombre científico es capparis spinosa. Supongo que alguna disposición establecerá que no se las debe extirpar. Algo semejante ocurre en las murallas que circundan la ciudad. Viajando por el país uno se da cuenta de que allá donde hay una pared calcárea, allí con seguridad la encuentra y, viceversa, cuando uno encuentra la planta verá que crece entre rocas calizas. Si uno las observa en verano, además de largas y delgadas ramas, con pequeñas e inofensivas espinas, verá sus flores. No son vistosas, no resaltan, de aquí que muchos viajeros las desconozcan, son de un suave color rosado y tiene uno que observarlas con detenimiento, para descubrir su encanto, que no está en sus pétalos precisamente, sino en sus finos estambres teñidos de color violeta. Los capullos y los posteriores frutos son comestibles, que más que alimento, se consumen como aperitivo. Leo en diferentes libros, que la planta, como tantas otras, tiene propiedades medicinales. La planta y la corteza de sus raíces. Los tratados explican qué substancias son las que le confieren estos valores curativos, pero, ya lo he dicho, ni en estos libros ni en Internet, he encontrado ninguna referencia al ácido que mencionaba.

Hace poco le señalaba una planta de estas al Hno. Rafael, superior de Getsemaní y, ante mi asombro, me dijo: sí es una planta muy extraña, no crece en el suelo y en cambio vive en las paredes. No sé como se las arregla para conseguir nutrirse. Digo mi asombro porque el Hno Rafael Dorado cumplió el otoño pasado, en nuestra compañía y en parajes sinaíticos, 80 años. No es común en una persona de esta edad que se asombre, lo corriente es estar de vuelta de todo y no admirar nada. Pero él, que conoce la planta desde su infancia andaluza, continúa siendo capaz de asombrar. Uno de sus méritos. Soy testigo de que se levanta a las 5 de la mañana y de que no se va a dormir, bastantes días, hasta más allá de las 11 de la noche. Atiende visitas (recuerda muy bien la conversación tenida con el presidente Maragall y Carot Rovira, muy seriamente interesados en sus explicaciones) acoge grupos que por la noche van al lugar, en la meditación y adoración del misterio de la Oración en el Huerto. Es tolerante y servicial y su vida uno no se explica como da para tanto. He explicado esto porque pienso que mi amigo puede encontrar en la alcaparra un símbolo. Y nos toca a nosotros aprender, de la planta y de su persona, que hay que espabilarse, agarrarse a los más ínfimos detalles que depara la vida o que se esconde en los inesperados encuentros que Dios. Y no lamentarse nunca de no tener oportunidades, pues siempre las hay.

He sembrado semillas y, a pesar de procurar que tuviera abundante masa calcárea, no he logrado que prosperaran más allá de 4 o 5 centímetros, seguramente el frío les impide el crecimiento, ya que, según leo, es planta típicamente mediterránea.

No obstante ser tan común en Tierra Santa, es mencionada en la Biblia en una sola ocasión. Se trata del Eclesiastés (12,5) donde, con el crudo realismo propio del libro, se pone como ejemplo de lo perecedero de las cosas.