TALLER DE ORACIÓN

¿POR QUÉ ORAR? ¿PARA QUÉ ORAR?

Por Julia Merodio

¿Por qué oras, porque eres bueno o porque eres pobre? ¿Para qué oras, para hacer la voluntad de Dios o para que Él haga la tuya?

La primera pregunta que surge cuando nos hablan de la oración es: ¿Por qué orar? ¿Qué sacamos con eso? ¿Para que sirve?

Nuestra mente no va más allá, se ha acostumbrado a sacar provecho de todo, un provecho medido y pesado; pagado y remunerado… un provecho que no cabe en la mente de Dios; un Dios regalo, donación.

Por eso vamos a situar, en parte, esta realidad de por qué oramos.

SOMOS PERSONAS EN RELACIÓN

La persona es un ser en relación. Nadie podría vivir si estuviera solo sobre la tierra, todos sin exclusión nos necesitamos unos a otros; y en esas relaciones de vecindad, cercanía, cariño, amor… nos vamos acercando y van causando, en nosotros, unos sentimientos que nos ayudan en nuestra convivencia.

Así, sin casi pretenderlo, la persona se da cuenta de que dentro de ella existe una necesidad de encuentro y de relación e, instintivamente, busca la forma de poder realizarlo. Es en ese momento cuando se empieza a distinguir esa luz que nos muestra al Único, al Absoluto, al Omnipotente, al que sacia nuestra hambre y nuestra sed… y allí nos encontramos con el mismo Dios.

Hemos entrado en la esencia de la oración. Ya no nos cuesta decir que la oración es inherente a la persona, porque todos necesitamos tener esa relación de amor que engrandece y salva.

Esto no es para unos pocos, esto lo han experimentado cuantos se acercan a Dios y se han dado cuenta de que, es tanto el deseo de Dios que, el ser humano tiene en el alma, que podemos repetir con S. Pablo “Ya no soy yo el que vive, es Dios quien vive en mí”

EN LA ERA DE LAS REUNIONES

Estoy de acuerdo con los que dicen: “Si llegase hoy el Señor, nos encontraría reunidos” Todo se hace a través de reuniones en las que, si además hay comida, se suelen ocupar todas las plazas. Reuniones y charlas, a veces, pagadas a buen precio. Reuniones y charlas a las que siempre vamos los mismos, ya que no están al alcance de todos. Y los que no asisten ¿Qué hacen? Criticarlas. Postura cómoda para tranquilizar conciencias.

Sin embargo los grupos de oración escasean. Nos cubrimos las espaldas diciendo que a ellos no acude nadie, pero ¿hemos probado a ver si es verdad?

La Iglesia tiene que ser la encargada de ofrecer a los suyos ese alimento que necesitan para llenarse por dentro y uno de los mejores alimentos lo proporcionan los grupos de oración. Ellos son abiertos a todos, gratuitos, desinteresados… ellos no ponen condiciones, ni normas, pero ellos serán los encargados de que llegue al mundo ese sustento que necesita. Por medio de esas personas orantes, llegará el sustento al mundo de la empresa, de la televisión, del trabajo, de la comunicación… y estaría bien que, en esta oración nos preguntásemos cada uno: ¿Qué alimento ofrezco?

Los cristianos de hoy oramos poco y mal, no tenemos nada más que echar un vistazo a nuestro alrededor para darnos cuenta de ello.

EN SILENCIO DELANTE DE DIOS

En realidad son pocos los que dedican un tiempo diario para silenciarse delante de Dios; pero, para descubrir la necesidad que tiene el ser humano de llegar a su fondo, solamente tenemos que fijarnos en que proliferan por doquier: los reclamos del tarot, echadores de cartas, adivinos del futuro, remedios mágicos, pócimas “milagrosas”… infinidad de reclamos esotéricos para, calmar la insatisfacción, de un ser humano vacío de lo que llena, de lo auténtico, de lo que hace vivir.

No digamos de tantos como necesitan acudir a los psicólogos para que les preste la atención de la que carenen, porque son ignorados por los suyos. No es que estos especialistas no sean necesarios, pero en el momento que vivimos, mucha gente los busca tan sólo para sentirse escuchada.

Y todos estos que usan estos medios buscando un remedio para su alma, terminan insatisfechos y con un gasto que, en muchos casos, no podían asumir por lo que están mucho más derrumbados que al Empezar su andadura.

Pero no quieren saber nada de Dios. Debe de ser que no les gustan las cosas “baratas”, pero lo quieran o no su entraña necesita esa comunicación con alguien que los comprenda y anime; que los quiera y los ayude; que los encumbre y los regenere… y esto es: la Oración.

¿Todavía sigues preguntándote por qué y para qué orar? Bien claro ha quedado que nuestro mundo necesita, más que nunca, orar. Está sufriendo una brutal escalada de materialización. Las cosas, hoy día, se miden por rentabilidad, productividad y resultados. Estamos metidos en la competencia del bienestar, la comodidad, y el dinero fácil; y, solamente desde Dios podremos distinguir los verdaderos valores: de lo auténtico, de lo que esclaviza, de lo que hace crecer, de lo que no anula, ni quita la dignidad al ser humano.

ACOGIENDO NUESTRA SITUACIÓN

La oración no es una forma de evadirte de tus realidades. La oración te compromete, te hace acoger tus realidades, los acontecimientos que se nos van presentando; y, en medio, de un mundo insolidario y egoísta te hace salir de ti mismo para entregarte a los demás.

¡Cómo nos lo demostró Jesús, el gran orante! Él se insertó en todas las realidades de su tiempo. Acogió a todos, se mezcló con pobres y ricos, no hizo acepción de personas, se dejó criticar… y nos enseñó a llamar Padre a Dios.

Jesús se retiraba a solas para comunicarse con ese Padre, al que Él conocía mejor que nadie. En Él nos sentía hermanos queridos y no cesaba de pedirle por nosotros. Porque la verdadera oración hace personas preocupadas de los demás, fraternales, acogedoras… Lo queramos o no la oración tiene un sello que distingue a todos los que de verdad viven desde Dios.

Y es, precisamente es lo que hacemos, también, nosotros:

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Una vez más, nos silenciamos, respiramos, nos relajamos y nos ponemos en el umbral de la oración.

Pedimos al Señor su gracia para que nos ayude a orar y nos unimos a María para que nos acompañe en estos momentos tan privilegiados.

Aquí estamos unidos ante el Señor. Él tiene que ser nuestro centro; porque, como dice S. Pablo, “en Él somos, nos movemos y existimos”. Él nos protege con mano poderosa y brazo extendido. Él nos acoge y cuida. Él cura nuestras heridas, fortifica nuestras almas, perdona nuestros pecados y nos regala su gracia que restaura nuestro corazón y revitaliza nuestro cuerpo con la alegría y la paz.

Él es la ternura manifestada al hombre, la respuesta a nuestras incertidumbres, el corazón bondadoso que nos instala en su bondad. Por eso nuestra primera respuesta de hoy será de alabanza y agradecimiento.

Déjate mirar por el Señor, no tengas miedo, Él es nuestra salvación. Déjate mirar por Él, porque su mirada da vida. Déjate mitrar por Él, porque cuando te mire su luz inundará tu alma.

Además, si te dejas mirar por Jesús, te sentirás perdonado, lo mismo que se sintió Pedro aquella noche. Si te dejas mirar, te sentirás libre, como tantos hombres paralíticos, ciegos cojos..., porque su mirada no sólo perdona, además, libera, dignifica, da vida, es creadora.

Si te dejas mirar por Jesús, te sentirás amado, como la pecadora, pues su mirada encierra toda la ternura, la misericordia y la generosidad de Dios.

Así en este momento en que tu presencia se hace fuerte entre nosotros no podemos menos que gritar desde lo profundo del corazón: “El Señor es compasivo y misericordioso”.

TODO ES GRACIA

Aquí está la gracia de Dios actuando, como nos dice la Palabra de Dios, aquí está Él para invitarnos a hacer un alto en nuestra vida y detenernos a revisar, a reflexionar, a corregir, a enderezar... para entrar en un proceso de solidez, de maduración, de respuesta. Mas, vuelvo a repetirte, esto es pura gracia de Dios y a ti y a mí nos corresponde pedirla con insistencia.

Si decidimos, desde la libertad más absoluta, acoger esa gracia que el Señor nos brinda y realizar el plan de Dios en nuestra vida, tendremos que acercarnos a los grandes orantes de la Biblia para que nos enseñen a caminar. Acerquémonos hoy a Abraham, un hombre puesto en camino, que sin perder el sendero en medio de tantas pruebas como se le presentaron en su larga existencia. Consolida su gran fe siguiendo sin descanso, para llegar a la tierra prometida: DIOS.

Aquí tienes en tus manos esta oportunidad. Aquí tienes el estilo y el talante para que sea tu vida una gran luz que alumbre a tus hermanos, con su testimonio y su manera de vivir. Aquí tienes el momento oportuno para tomar conciencia de tu condición de pecador que ha decidido entrar en una etapa de conversión.

Pero aquí tienes, además, la oferta de Dios para confortarte en estos momentos de respuesta: su gran misericordia.

Dediquemos todos los días un tiempo a la oración. La Iglesia de hoy, necesita más que nunca grandes orantes que den a la masa sabor a Cristo.

Hagamos silencios prolongados, eso nos ayudará a crecer, a madurar, a seguir caminando… Pero no nos quedemos ahí. Yo os invito a profundizar, todavía, más. No nos conformemos con las obras externas, lo que verdaderamente, agrada al Señor es: la conversión, el cambio del corazón.