VIII Domingo del Tiempo Ordinario
26 de febrero de 2006

La homilía de Betania


1.- A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS

Por José María Martín OSA

2.- LA NOVEDAD DE DIOS

Por José Maria Maruri, SJ

3.- PRESENCIA DEL ESPOSO

Por Antonio García Moreno

4.- LA “NOVEDAD” CRISTIANA

Por Antonio Díaz Tortajada

5.- LOS SIGNOS…LENGUAJE DE PERTENENCIA

Por Javier Leoz

6.- DIOS Y EL GÉNERO HUMANO: UNA MISMA FAMILIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


BODAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS

Por José María Martín OSA

1. – Algo completamente nuevo se anuncia en este evangelio ¿Cuál es la novedad? La presencia de Jesucristo –el Novio –entre nosotros. Jesucristo es el mismo hoy y siempre. Es la hora de la “nueva evangelización” de la que nos hablaba repetidamente veces el Papa Juan Pablo II, pero “no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (Pablo VI en la “Evangelli Nuntiandi”) Por tanto, no nos anunciamos a nosotros mismos, anunciamos a Jesucristo. No es fácil hacer llegar al mundo este mensaje gozoso, pero hay algo muy claro: el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. Es nuestra experiencia de Nazaret la que proclamamos. El es el “vino nuevo”, pero necesita odres nuevos adaptados a los tiempos. Los cristianos debemos dialogar con la cultura en la que vivimos y utilizar el lenguaje actual para ser entendidos. Estos son a mí entender los odres nuevos de los que habla Jesús.

2.- Cristo es el Novio que manifiesta todo el amor apasionado de Dios, tal como han expresado los profetas. Oseas en la primera lectura muestra cómo Dios quiere casarse con su pueblo en matrimonio perpetuo, aunque éste le sea infiel. Es un amor tierno y apasionado, fuerte, compasivo y misericordioso (Salmo). Este ofrecimiento de amor es ahora para cada uno de nosotros. A cada uno de nosotros le quiere Dios y le llama por su nombre. En la Eucaristía entramos en comunión con el “Esposo” como decía San Juan de la Cruz, nos llenamos de su vida… El se entrega por nosotros hasta la muerte, pero espera también una respuesta amorosa por nuestra parte, un amor entregado como el suyo, un amor fiel como el suyo.

3. – El evangelio de Marcos plantea el tema del ayuno. Era un medio que ayudaba a preparar la venida del novio. Tenía entonces un sentido, también lo tiene ahora, pero el ayuno que Dios quiere es que “partas tu pan con el hambriento”.Los fariseos se quedaban en el cumplimiento de la ley y en la interpretación estricta de las Escrituras, pero se olvidaban de lo principal: el amor. Hemos revestido nuestra religión cristiana con un conjunto de normas, leyes y ritos que en épocas pasadas tal vez sirvieron para llegar a Dios. La norma, el rito y las rúbricas tienen sentido en cuanto nos ayudan a conseguir el fin: la comunión con Dios y nuestro prójimo, pero pierden su razón de ser cuando creemos que “nos aseguran la salvación” y nos alejan del amor al prójimo.

4.- Recuerdo en este sentido una parábola recogida por A. de Mello en “El Canto del Pájaro”: “El comandante en jefe de las fuerzas de ocupación le dijo al alcalde de la aldea: "Tenemos la absoluta seguridad de que ocultan ustedes a un traidor en la aldea....De modo que, si no nos lo entregan, vamos a hacerles la vida imposible, a usted y a toda su gente por todos los medios a nuestro alcance". En realidad, la aldea ocultaba a un hombre que parecía ser bueno e inocente y a quien todos querían. Pero, ¿qué podía hacer el alcalde ahora que veía amenazado el bienestar de toda la aldea? Días enteros de discusiones en el Consejo de la aldea no llevaron a ninguna solución. De modo que, en última instancia, el alcalde planteó el asunto al cura del pueblo. El cura y el alcalde se pasaron toda una noche buscando en las leyes y Escrituras y, al fin, apareció la solución. Había un texto de las Escrituras que decía: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación".

De forma que el alcalde decidió entregar al inocente a las fuerzas de ocupación, si bien antes le pidió que le perdonara. El hombre le dijo que no había nada que perdonar, que él no deseaba poner a la aldea en peligro. Fue cruelmente torturado hasta el punto de que sus gritos pudieron ser oídos por todos los habitantes de la aldea. Por fin fue ejecutado.

Veinte años después pasó un profeta por la aldea, fue directamente al alcalde y le dijo:

-- ¿Qué hiciste? Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser salvador de este país. Y tú le entregaste para ser torturado y muerto

--¿Y qué podía hacer yo?, alegó el alcalde, el cura y yo estuvimos mirando las Escrituras y actuamos en consecuencia.

-- Este fue vuestro error, dijo el profeta, miraste las Escrituras, pero deberías haber mirado a sus ojos".


2.- LA NOVEDAD DE DIOS

Por José Maria Maruri, SJ

1.- Yo creo que el Evangelio de hoy nos habla de la novedad que el Señor nos trae con su venida. Por eso su mensaje es la buena nueva. La novedad no está en el exacto cumplimiento de los más de 700 preceptos judíos, ni en ayunos obligatorios o voluntarios, ni en festejar los sábados, ni siquiera en visitar a Dios en un templo. Tampoco en apuntarse al club de los buenos, de los cumplidores, porque el Señor no va en busca de ellos, sino de los pecadores, porque el partido del Señor no va a estar formado por los buenos de este mundo, sino de los pecadores, porque los publicanos y las prostitutas están más cerca del Reino de Dios.

2.- La novedad del Señor no es cuestión de nuevas ordenanzas, cánones, ni organigramas, es cuestión de corazón. Ya Jeremías había profetizado que el Señor pondría la ley en el corazón de los seres humanos, no en tablas, ni legislación. Ezequiel va más allá y nos dice que el Señor sacará de nuestros pechos el corazón de piedra y meterá allá un corazón de carne. Isaías, más radical, acaba con todo lo pasado y profetiza un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo viejo no nos vale. Es el paño nuevo, es el vino nuevo, son los odres nuevos.

3.- La conversión no es cirugía estética es cambio a la novedad de manera de pensar, no de peinado, ni siquiera de cabeza. No vale que un drogadicto se ponga una camiseta que ponga “I Love Jesus”, o que se deje el pelo largo como Jesús. No hay cosa más ridícula que un anciano vistiéndose de jovenzuelo con unos apretados vaqueros que naturalmente luego tendrán que ayudarle a quitárselos. O una anciana plásticamente estirada y redondeada hasta que se rompa la piel y aparezca la inexorable edad. Para la Novedad no se admiten disfraces que dejen debajo la antigua podredumbre.

4.- Dejemos el exterior en su ser natural y cambiemos el corazón. Ezequiel nos dice que corazón de repuesto hemos de comprar, no uno angélico, no uno programado y computarizado, sino simplemente uno de carne, un corazón humano, que ría y que llore, compasivo, que se sabe débil e inclinado al mal.

El Señor no se hizo ángel, ni robot, se hizo hombre, se hizo carne en todo igual a nosotros menos en el pecado, nos dice san Pablo.

Y el único que puede transplantar nuestro corazón es el Espíritu Santo al que pedimos con la traducción de Lope de Vega.

Entra hasta el fondo del alma

Divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si tú le faltas por dentro

Mira el poder del pecado

cuando tú no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía

sana el corazón enfermo.

Lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo

Doma el espíritu indómito

guía al que tuerce el sendero


3.- PRESENCIA DEL ESPOSO

Por Antonio García Moreno

1.- "Así la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2, 14) El Señor hace comprender al profeta Oseas, en su propia vida y hasta en su misma carne, la tragedia de su amor burlado. Comparación tremendamente humana que el Señor, para hacernos comprender la hondura insondable de su amor, la hace divina. Metáfora antropomórfica que Yahvé se aplica a sí mismo, hablando con iguales acentos, tiernos y encendidos, a los del esposo perdidamente enamorado de su esposa, a pesar de que ésta le ha sido infiel.

El profeta, y Dios en él, piensa para sí que intentará conquistar de nuevo el amor y la fidelidad de la esposa. La atraeré --se dice-- y la llevaré al desierto, al lugar de nuestro primer encuentro. Volverá al escenario de la etapa del primer amor, la época dorada del más bello idilio, a los paisajes inolvidables de la luna de miel. Allí, en ese marco cargado de dulces recuerdos, le hablaré al corazón.

Luego, continúa soñando el amante divino, le volveré a dar sus viñas y el valle de Acor como entrada a la esperanza. Le llenaré las manos de regalos, la haré feliz de nuevo. Entonces ella volverá a cantar como lo hacía en su juventud, cuando volvía libre y dichosa de la tierra de Egipto... Son palabras entrañables que el Señor quiere que escuchemos con emoción y fervor, siendo conscientes de que también a cada uno de nosotros, tantas veces infieles, nos las dice Dios.

"Seré su esposo para siempre…" (Os 2, 19) Oseas el profeta, y Dios en él, sigue soñando con un futuro distinto y gozoso. Luego -añade el oráculo divino- seré su Esposo para siempre, celebraremos el encuentro como si fueran nuevas nupcias, una fiesta generosa y alegre que selle definitivamente nuestro amor. Entre nosotros ya no habrá sombras ni recelos, ni desprecios u olvidos, nunca más los celos ni las traiciones. Sólo un amor apasionado y permanente, una fidelidad que nada ni nadie podrán romper. Ni siquiera la muerte.

Hubo hombres y mujeres, espíritus selectos, que intuyeron el sentido inefable de esas palabras y vivieron -hasta casi morir en ellos- los desposorios del alma con el Señor. Místicos hubo que alcanzaron las cimas luminosas de la unión con Dios. Ellos supieron de goces inefables, de éxtasis y arrobos; saborearon fuera de sí las delicias del Cielo, a pesar de estar aún en la tierra. Nosotros, los que no sabemos de tan grandes amores, los que seguimos sin responder a los dulces requiebros del Señor, los que somos sordos a sus requerimientos, sólo nos queda pedir humildemente perdón por nuestra torpeza y frialdad, por nuestras inconstancias e infidelidades. Pedir perdón y suplicar, a pesar de todo, la divina misericordia.

2.- "Bendice, alma mía, al Señor..." (Sal 102, 1) Sí, bendice alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre, y no olvides sus beneficios. "El Señor perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura...". Esta realidad suscita palabras llenas de gratitud ardiente, frases que brotan del fondo del corazón, bajo la inspiración divina, al impulso de los sentimientos que sugieren la grandeza divina y el poder infinito del Señor, el cúmulo ingente de beneficios recibidos. Este salmo es un canto de amor que recuerda, y agradece, la ternura y el amor que Dios ha derramado sobre todos los hombres.

Bondad y cariño que también llegan hasta cada uno de nosotros, aunque a veces no lo veamos con claridad. Si somos medianamente sinceros e inteligentes, veremos de ordinario esa bondad entrañable cubriendo nuestra pobre vida, comprenderemos su ayuda en los momentos difíciles, sus beneficios incontables, su protección permanente. Ante tanta bondad manifiesta, hemos de reaccionar con un agradecimiento profundo que nos haga mejores cada día, que nos acerque más y más al Señor, que nos haga bendecirle constantemente, cantarle sin palabras quizá nuestro reconocimiento y gratitud.

"El Señor es compasivo y misericordioso..." (Sal 102, 8) El Señor es lento a la ira, tarda en enfadarse, es paciente hasta lo sumo, espera antes de encender su justa ira por nuestras pequeñas o grandes, pero constantes, traiciones. Él es rico en clemencia. Incluso cuando hemos provocado su ira santa con nuestra contumacia en hacer el mal, incluso entonces su corazón está pronto al perdón y al olvido. Desde luego, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Si así fuera, ¿dónde estaríamos entonces? Haría tiempo ya que habríamos sido condenados, sufriendo eternamente el castigo merecido por nuestros pecados.

Pero él --nos dice el salmo de hoy-- aleja de nosotros nuestros delitos, con una distancia parecida a la que hay entre el poniente y el ocaso. Es un modo de afirmar que el Señor aleja, lo más posible de cada uno de nosotros, nuestros propios pecados. Dios es, sin duda, un padre lleno de ternura para con sus hijos, lleno de cariño para cuantos le son fieles... Dios mío, ojalá que ahondemos en cuanto todo esto significa en nuestra vida, y en nuestra muerte.

3.- "El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor está la libertad" (2 Co 3, 17) Libertad, libertad, qué don tan preciado y tan ansiado, y tan poco frecuente. En efecto, a veces se trata de una libertad ignorada, o de una libertad confundida, o de libertad aparente. No es fácil comprender en toda su profundidad lo que significa la libertad. Y así, lo que muchas veces consideramos como libertad no es más que libertinaje, pues cuando uno hace el mal libremente en lugar del bien, queda preso de sus pasiones, y en lugar de alas para volar, lo que consigue son pesadas cadenas que le dificultan hasta el andar. Eso es un espejismo de la libertad, un reflejo de la misma que nos atrae poderosamente, y que, cuando lo tenemos entre las manos, resulta que tan sólo es un rayo de luz que se nos apaga.

Cristo nos ha liberado. Cristo nos quiere libres, con la libertad de los hijos de Dios. No con una libertad cualquiera, sino con una libertad distinta de la humana, una libertad divina, trascendente, constante, eterna... Aquí nos indica San Pablo que donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad que habita en el alma en gracia. Ese Espíritu que nos hace llamar a Dios con el dulce nombre de Padre, que se nos infunde en el corazón para hacerlo capaz de amar auténticamente. Y cuando ese prodigio se realiza, el prodigio de un auténtico amor, entonces hay libertad y no libertinaje.

"Por esto, investidos de este ministerio por la misericordia de que fuimos objeto, no desfallecemos..."(2 Co 4, 1) Pablo era libre, siempre fue libre desde que conoció a Cristo y le amó perdidamente. Sí, perdidamente; porque por ese amor perdió Pablo muchas cosas. Todo lo perdió, y todo lo ganó. Paradojas y antinomias, situaciones aparentemente absurdas, contradictorias. Y, sin embargo, reales, vividas hasta el éxtasis del amor, hasta la enajenación de los sentidos... Pablo estará luego prisionero, encadenado; porque los prisioneros de su tiempo eran cargados de cadenas y cepos. Además, Pablo estará cansado, ya viejo, sensible como nunca al frío húmedo de aquellas lóbregas mazmorras.

Y es entonces cuando su penetración en el misterio de Cristo será más aguda. Cuando sus palabras se ven desbordadas por lo que él siente, por lo que él vive, por lo que él goza. Se considera libre como el aire, sereno y señor de cuanto le rodea. El cuerpo aherrojado y el espíritu en libre vuelo por las más altas cumbres del pensamiento... Pablo, ya viejo y con frío, pero enamorado como un adolescente, sintiendo en lo más vivo de su ser esa dicha inefable de ser plenamente libre.

4.- "Mientras tienen al esposo con ellos, no pueden ayunar..." (Mc 2, 19) Parece imposible que pudieran tener motivos para criticar a Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre. Y, sin embargo, le criticaron diciendo, entre otras cosas, que era un comedor y un bebedor; hasta loco y endemoniado le llegaron a decir. Este hecho nos ha de animar a seguir hacia adelante, con paso firme, y la mirada puesta en Dios, tranquilos y seguros, digan lo que digan. Si acaso, hacer como Santa Teresa, simular que nos afectan las críticas de los otros, para darles así alguna satisfacción y aplacar su inquina.

En el pasaje evangélico de hoy acusan a Jesús de no preocuparse de que sus discípulos practiquen el ayuno, según era corriente en las personas creyentes y piadosas de aquel tiempo, como los fariseos, y los discípulos del Bautista que, al parecer, ayunaban dos días por semana. En cambio, los seguidores de Jesús no ayunaban, ante la extrañeza y el escándalo de los fariseos.

Jesús defiende a los suyos. Mientras que él esté con ellos es lo mismo que si vivieran en plena fiesta nupcial, exentos por tanto de la obligación de ayunar. De ese modo Cristo se presenta a sí mismo como el Esposo que cantaron los profetas, en especial Oseas y Ezequiel cuando hablaron de la alianza de eterno amor que hace Yahvé con su pueblo elegido.

Sus palabras, sin embargo, no pueden interpretarse en un sentido negativo respecto del ayuno. Él mismo lo practicó durante cuarenta días, período inspirador de la Cuaresma cristiana. Además, dio normas sobre el modo de ayunar, diciendo en el sermón de la Montaña que había que hacerlo sin ostentación ni vanidad, sencillamente y con discreción, buscando sólo agradar a Dios. También afirma que llegará el tiempo, cuando les sea quitado el Esposo y entonces ayunarán. Se refiere el Señor a su ausencia corporal sensible, pues en realidad él nunca se fue sino que sigue con nosotros, según prometió, hasta el final de los tiempos.

Ahora, en efecto, Jesús está cerca de nosotros, pero su cercanía y entrañable presencia no nos exime del ayuno, del esfuerzo y la lucha contra las malas inclinaciones que todos llevamos dentro. De forma particular esa batalla ascética la hemos de librar en el Adviento y en la Cuaresma. Tiempos de penitencia y de conversión, días para purificar el espíritu mediante la mortificación del cuerpo.


4.- LA “NOVEDAD” CRISTIANA

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- El apóstol Pablo tiene que habérselas con sus adversarios. Estos le discuten autoridad para proclamar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret porque persiguió un día a los primeros cristianos, porque nunca perteneció al grupo de los primeros testigos de la palabra y de la acción de Cristo, porque en su enseñanza parece distanciarse de las normas admitidas desde el momento y la hora en que dispensa el Evangelio por igual a judíos y gentiles.

Pablo se ve precisado a asentar firmemente que es apóstol y que su ministerio no es una intromisión ni abuso. Para su justificación, Pablo acude a un argumento definitivo: Se remite a los frutos de santidad que su predicación ha ido cosechando por doquier, al nivel de evangelismo de las comunidades que su ministerio ha traído a existencia. Los hechos se encargan de decir si el suyo es o no es un ministerio eficaz, legitimo, en línea con la inspiración evangélica. Quienes han creído en Jesús por su predicación son el mejor y más contundente argumento para justificarle y autorizarle. No precisara de otra carta de recomendación o de otros documentos notariales. “Vosotros ––dirá a los cristianos de Corinto–– sois nuestra carta, con conocida y leída por todos los hombres. Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón”.

2.- He aquí algo muy importante: La condición de creyente en Jesús no se define adecuadamente por la mera inscripción burocrática en la lista de los miembros de la Iglesia; tampoco por la simple autodefinición de cada cual; ni siquiera por la ortodoxia del pensamiento y juicio que afirman todos los contenidos fundamentales del mensaje. Junto a esto, e incluso antes que todo esto, la definición del creyente en Jesús se traza a partir de un comportamiento coherente con la Buena Nueva. “La pura letra ––dirá san Pablo–– mata y, en cambio, el Espíritu da vida”. “Por sus frutos se conoce el árbol” ¿Habrá que añadir que este test del comportamiento evangélico mide la condición cristiana de la Iglesia, de la autenticidad de sus ministerios, de la sinceridad de la fe de cada creyente?

3.- Frente a un cristianismo ritualista, legalista, rutinario, sustentado en “ser cristianos de toda la vida” y en la presión consciente o inconsciente de la tradición de la sociedad o la familia, se levanta la exigencia taxativa de Jesús de que el auténtico creyente ha de aceptar, en su corazón y en su comportamiento diario, la “novedad” del Evangelio: “Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto ––lo nuevo de lo viejo–– y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres y se pierde el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos”.

La “novedad” cristiana ha de actuar como revulsivo con miras a la conversión de los criterios y de los comportamientos. Y de una conversión permanente, siempre a flor de piel, antípoda de cualquier rutina o cansancio.


5.- LOS SIGNOS…LENGUAJE DE PERTENENCIA

Por Javier Leoz

1.- A punto de iniciar, el próximo miércoles, la Santa Cuaresma, nos hemos reunido en el nombre del Señor para celebrar este banquete Pascual.

Sí; desde el momento, en el que el Señor resucitó, su triunfo fue nuestro triunfo y con su pisar la muerte, también nosotros la hemos pisado aunque tengamos que cerrar los ojos por un tiempo a este mundo. Nuestra vida, desde el instante en que fuimos bautizados, es una realidad iluminada por el acontecimiento de la Pascua del Señor.

Ni tanto, ni tan calvo. Podríamos concluir después de escuchar el evangelio de este domingo: ni ayunar porque sí (inutilizando su sentido), ni marcharnos al otro extremo de no guardar ningún gesto que denote nuestra amistad con Jesús, nuestra pertenencia al pueblo de Dios, nuestro caminar como Iglesia.

Si la alianza de los novios, cuando la miran, refleja su fidelidad; o un regalo a tiempo y oportuno, el cariño que encierra, ¿qué puede significar el ayuno cristiano? No le demos más vueltas. Cuando queremos a alguien, ¿no somos capaces de plasmar cualquier esfuerzo, locura o sacrificio por agradarle? ¿No se convierte, ese período de interés, en un recuerdo vivo por aquel a quien se quiere?

2.- Hoy, en un mundo veterano y con experiencia de sobreabundancia y despilfarro, lo extraordinario puede ser –precisamente- ir contracorriente: sentir un poco la sensación de hambre o sobriedad; contrastar la grandeza con la sencillez; la opulencia con la escasez. Y, por otro lado, damos un paso más: lo hacemos en el nombre del Señor; en su recuerdo; sensibilizándonos a su presencia; porque queremos que, el camino hacia la Pascua, pase por el corazón de nosotros mismos; por el corazón de la familia cuando se reúne a compartir los bienes materiales.

¿Tiene sentido el ayuno? Si hay fe: ¡Sí! Tiene vigencia y, tal vez, más que nunca. Necesitamos desiertos. Lugares que nos inviten a conservar o recuperar el amor de un Dios que corre el riesgo, y no por parte de El, de ser perdido. ¡Dímelo con flores! (dice la enamorada al novio) ¡Dímelo con obras! (puede ser la sugerencia del Señor)

Necesitamos signos que nos recuerden, una y otra vez, que somos miembros de una nación consagrada. ¿Qué las banderas no son lo más importante de un país? Pero, cuando ondean, reflejan el sentir y la vida del pueblo a los que representa. Y el ayunar, por ejemplo, es dejar vacío el interior para que sea ocupado y conquistado por el alimento espiritual de Dios. Es saber que lo hacemos por alguien: ¡Va por ti, Señor! Y, entonces, vemos que el acento no lo ponemos en lo “qué hacemos” sino en el “por quién” lo hacemos.

Cuando se le ama de verdad, cuando nos sentimos piedras vivas del Dios vivo, la simbología (por ejemplo la dieta o la abstinencia) se convierte no en algo fundamental pero si en una cuña que asegura, consolida, ajusta y purifica nuestra fidelidad a Dios.

3.- No hay riesgo (no hay más que ver el entorno de nuestros hogares cristianos) de que caigamos en la exageración. Si Jesús volviera, tal vez, hasta cambiaría un poco su evangelio diciéndonos: “hombre; no está mal que en mi presencia os olvidéis un poco de comer, de fumar, de gastar, de ver o de trasnochar y me hagáis un poco más caso”.

Hoy, porque tenemos la sensación de que somos un poco odres viejos, necesitamos alguna novedad que nos haga sentirnos bien. Esa novedad tiene un nombre: JESÚS. Con El, palpamos que la alegría no viene de fuera sino del hecho de haberle descubierto. Y, cuando se le descubre, entonces todo lo que realizamos y simbolizamos está orientado para acrecentar y hacer más fuerte nuestro vínculo y amistad con Dios en Jesús.

ANÉCDOTA

En cierta ocasión, un ilustre visitante, llegó a una gran ciudad. Todos sus habitantes se echaron en masa a la calle. Y, por unanimidad, decidieron elevar, en su honor, un obelisco en el centro de una gran plaza.

Al cabo de los años, cuando de nuevo regresó el festejado personaje a la ciudad, constató con tristeza que, aquellos que prometieron nunca olvidarle, no salieron a recibirle porque estaban todos, dando vueltas y más vueltas, en torno al monumento.

Sin dudarlo, subiendo a lo más alto de la pilastra, gritó: “¡Eh, amigos; que estoy aquí!”

El ayuno no es un fin en sí mismo. Y, lejos de olvidar su sentido, nos ayuda a no arrinconar, y sí recordar, la razón de su ser: queremos vivir con y como Jesús. ¡Va por El!


6.- DIOS Y EL GÉNERO HUMANO: UNA MISMA FAMILIA

Por Ángel Gómez Escorial

1 - Las lecturas que hemos escuchado hoy están cargadas de un fuerte simbolismo nupcial. En la antigüedad, entre el pueblo judío, una boda era un acontecimiento memorable, que no solo unía a un hombre y a una mujer, sino también a dos familias. Hoy mismo, una boda entre nosotros tiene una muy especial importancia. A veces incluso, al acto y la celebración, le dan más importancia los padres que los mismos novios, por lo que supone de valoración social y familiar. Pero así es. Y Jesús, siempre, busca sus ejemplos de lo cotidiano, de lo que conocen y valoran bien sus interlocutores. No podemos dejar de significar ese hecho cierto por el que los desposados y sus respectivas familias constituyen, precisamente, otra nueva familia, una unión que transciende del puro compromiso de la pareja. Esta es la importancia de las bodas y eso es lo que sirve de base argumental de las lecturas de este Octavo Domingo del Tiempo Ordinario.

2.- En el Evangelio de San Marcos, Jesús quiere definir su estancia en la tierra como algo gozoso y festivo, como una boda. Los invitados no deben ayunar mientras que el novio está con ellos. Llegará, sin embargo, un día en que el novio faltará y habrá que ayunar. Hay una realidad venturosa en ese tiempo de presencia de Jesús y de enseñanza a sus discípulos. Se está abriendo un tiempo nuevo, una alianza basada en el amor, en la concordia, en donde no tiene sitio la tristeza. No sirve nada de lo anterior, ni el paño viejo, ni el odre ya usado. Todo debe ser nuevo. Y lo nuevo, en cierta medida, se plantea como incompatible con lo antiguo. Jesús confirma esa incompatibilidad con aquellos que le preguntan. Esos “algunos” citados en el texto son, sin duda, los fariseos, muy dispuestos a hacer llamar la atención sobre cualquier incumplimiento de una Ley, que ya no representaba la amorosa unión con Dios Padre.

No se trata solo de decir, por tanto, que no hay ayuno, porque se está en la celebración de una boda. Hay esa alusión a lo incompatible entre lo nuevo y lo viejo, que, es uno de los puntos fundamentales del mensaje que Jesús nos quiere dar hoy. Pero lo más importante es la condición de nueva alianza, de boda gozosa, entre Dios y su pueblo. Jesús es el esposo de la Iglesia y anuncia también un desgarro, una viudez temporal producida por la Pasión y Muerte, que llevará a alegría definitiva de la Resurrección.

3.- El Libro de Oseas narra de manera muy expresiva el “viaje nupcial” que Dios propone a su pueblo arrepentido y que quiere el Señor que sea como en los “días de juventud”. Merece la pena repetir despacio este texto: “Yo me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor”.

Rezuma ternura y esa ternura es una constante en el Antiguo Testamento que muchos de los contemporáneos de Jesús no supieron ver. Porque el argumento constante de la Escritura, anterior a Cristo, es el “constante esfuerzo” de Dios por atraer a su pueblo y demostrarle su amor. Pero el pueblo hebreo, como una orgullosa dama, negaba al Señor esa proximidad y continuaba con sus rebeldías. El gran amor que Dios nos tiene –y que Jesús reveló con toda su fuerza— ha sido una constante de la acción de Dios a lo largo de todos los tiempos. E, incluso, ese gran amor quiso superar la condición paternofilial, para convertirse en amor nupcial. Es sin duda uno de los grandes misterios de la forma de actuar de nuestro Padre. Pero es, en definitiva, el significado profundo del Reino del Amor que iba a predicar el Señor Jesucristo.

4. - Se ha definido al Espíritu Santo como la corriente de amor divino que circula entre el Padre y el Hijo. Y así cuando San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios habla del Espíritu como impulsor de la acción religiosa de los hombres, esta hablando también del Amor. Y es ese Amor divino quien mueve nuestro interior a acercarnos a Dios. La Ley del Amor ha sido escrita por el Espíritu en el corazón de los hombres y todos debemos estar atentos a esa señal interior. Podría parecer “excesivamente espiritual” esta invocación al Amor divino y con pocas “aplicaciones” en nuestra vida cotidiana. A veces necesitamos exhortaciones aparentemente más cercanas a lo cotidiano. Pero no es así. Si fuéramos capaces de aplicar en todos los actos de nuestra vida cotidiana el Amor que Dios ha puesto en nuestros corazones, todos –todos, absolutamente todos-- los problemas que nos aquejan desaparecerían. Desde los triviales hasta los más importantes. Por ello hemos de “exportar” amor a nuestro entorno. Dar amor e impedir el afloramiento del odio y de la violencia. Y si cumplimos la Ley del Amor seremos, sin la menor duda, Familia de Dios.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


BODAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.-Por aquellas tierras en aquel tiempo y hasta en la actualidad, la gente que se casa siguiendo tradiciones antiguas, lo hace de la manera que refleja el evangelio de hoy. Son unas fiestas divertidas y solemnes. La novia se reúne con sus amigas y se lo pasan muy bien. Puede durar varios días el encuentro. Duermen en cualquier sitio y de cualquier manera. Las chicas ayudan a la novia a vestirse y a adornarse con joyas y tatuajes. (Son adornos en las palmas de las manos y en la cara, principalmente, que se hacen con Henna, esa hierba hecha polvo que también se ponen en el pelo y que seguramente conocéis). En otro lugar el novio y sus amigos también se lo pasan a lo grande. Al cabo de unos días el chico con los suyos se dirige a la casa de la futura esposa, pero no encuentran a la novia, se la han llevado las mujeres viejas de la familia al que será su nuevo domicilio y allí está esperando. La gente, reunidos ahora los dos grupos, se lo pasa de lo lindo, alborotando aun más.

En un momento determinado, uno de los asistentes coge al pretendiente, se lo echa a cuestas y se escapa de la concurrencia en medio del regocijo general, se lo lleva al recinto donde está esperando, ansiosa y emocionada, la novia y lo deja junto a ella. Tendrá lugar entonces el gran encuentro, de la intimidad matrimonial. En el exterior la fiesta se ha dado por terminada y los invitados van desfilando por su cuenta a sus respectivos domicilios, a la vida cotidiana…empieza el monótono quehacer de cada día, de trabajo, de esfuerzos, tal vez de sacrificios ofrecidos a Dios. Pensar que durante la gran fiesta de vecinos, familiares y amigos, alguien pudiera proponer sacrificarse, hubiera resultado una solemne metedura de pata.

2.- La gente que escuchaba a Jesús conocía muy bien estas costumbres, sabía el regocijo que suponía una boda, uno de los momentos más alegres de su monótono vivir, que suponía el más alegre encuentro local, la más popular fiesta. De aquí que el Maestro ponga este ejemplo. Quien es amigo de Jesús goza de la mejor suerte, en el gran banquete de la Gracia. No hace falta que se someta a sacrificios ni purificaciones.

Decimos que Dios es nuestro padre, aunque biológicamente no lo sea. Pero es un gran padre. El que pasa por la experiencia de no tenerlo, por haber fallecido o porque el progenitor ha abandonado a la familia, la imagen de padre tal vez no le sea expresiva. Los antiguos utilizaban la imagen del enamorado. Los místicos a veces dicen que Dios es el esposo. Quien se ha enamorado, mucho más aun quien vive casado y felizmente enamorado, intuirá con bastante acierto como es el Amor de Dios.

3.- Los dos ejemplos que vienen a continuación seguramente resultarán poco claros. Los tejidos de ahora, casi todos de fibras sintéticas, no encogen al lavarlos. Los odres, que existían ya en época de Abraham y que hasta hace muy poco abundaban para el almacenamiento y trasporte del vino, han sido substituidos por el acero inoxidable y los barriles. No podemos modificar los textos sagrados, se escribieron inspirados por Dios en un tiempo en que telas de lino y pellejos, eran mercancía común en cada casa. Alguien nos debe orientar. Posiblemente el Señor diría que las buhardillas, los trasteros o los garajes, no sirven para conservar los alimentos, que se pudrirían. Hay que conservarlas en frigoríficos que funcionen sin contaminar el medio ambiente. Cosechas nuevas en cámaras nuevas, no sea que si las metemos en neveras viejas, se pudran y contaminen también el medio ambiente.