1.- RECUPEREMOS EL AMOR

Por David Lena

Claro está, para recuperar algo, primero hay que haberlo tenido. Y el problema es si alguna vez tuvimos amor. No si sentimos deseos de algo, o alguien, más o menos firme, sino si nos sentimos amados alguna vez, protegidos, seguros… Confiados en que esa persona no nos iba a fallar. Llegados aquí, solo recuerdo a mis padres y a pocas personas más. Y es que creo que pocos amores hay más verdaderos que los de unos padres a unos hijos, eso sí es amar sin esperar nada a cambio, eso sí es sufrir con ellos, eso sí es estar vigilantes ante los peligros. Así se presenta Dios a nosotros y si nosotros no hemos sentido a Dios como Padre, no hemos sentido el amor. Lo expresaba con acierto el editor la semana pasada “si no hay cercanía del Padre todo nos parecerá imposible y muy triste”.

Bien, pues algunos sentimos en otro tiempo (la juventud es un momento ideal para despertar al amor y al Amor) esa cercanía de Dios y ese Amor echó raíces. Pero ese Amor contaba con los bríos de esa edad, y cuando esos bríos se van calmando, cuando otros asuntos van minando las raíces de ese Amor y se secan aquellos campos verdes y aparecen como tierra sin vida, debemos volver a Aquel que nos salió un día al encuentro; y ahora, en el sosiego y lejos de los quehaceres cotidianos volver a remover aquellos recuerdos, aquellos sentimientos, a sentirnos pequeños en los brazos del Padre a renacer de nuevo.

Si perdimos la confianza en Dios, queriendo buscar atajos en esta afanosa vida, vemos como ese afán fue un tiempo perdido y estéril, si buscamos soluciones con engaños y fraudes, vemos como aquello fue secando y ahogando aquel Amor que nunca se rebeló. Gastamos todo aquel Amor y nos quedamos sin nada, aún queda la posibilidad de volver a casa y no sólo del Padre, o mejor dicho, volviendo a la casa del Padre, devolver al hermano la parte que en justicia le correspondía y de la que nos adueñamos con malas artes. Recuperemos el Amor aunque para eso tengamos que desprendernos de muchas otras cosas. La Iglesia nos invita a ese retorno, la Cuaresma está cerca.

 

2.- SE HACE CAMINO AL ANDAR

Por Pedrojosé Ynaraja

Y se vive felicidad, que no es lo mismo que vivir felizmente. El júbilo máximo que uno puede tener consiste en recibir y saborear con frecuencia bocados de felicidad. El Cielo debe ser otra cosa, en el Cielo debe haber saciedad de felicidad, que perdura. Como un reloj sin agujas, que siempre marca hora de fiesta.

La excursión no estaba bien estructurada, cosa por otra parte no demasiado importante para nosotros, que no pretendemos coleccionar cimas. Se caminaba sin saber del todo por donde se iba y hacia donde exactamente marchábamos. Faltaba liderazgo capacitado, pero la ruta resultaba deliciosa. En la Iglesia ocurre algo semejante. Los que la contemplamos desde dentro, con ojo crítico, con mirada amorosa y honradez de juicio, observamos en ella múltiples deficiencias. Pero no la abandonamos por ello y proseguimos junto a quien sea, caminantes soñadores de Emaús, sabiéndonos amparados por la Gracia, recibiendo gozos.

Vuelvo al paisaje. Hoy en día, uno tiene la sensación de que el país pronto va a dejar de existir. Con tantas rotondas, autopistas y nudos de comunicaciones, parece que pronto no quedará nada de paisaje humanizado. Es una sensación agobiadora. Me corrijo, la apreciación no es correcta. A muy poca distancia de las autovías quedan preciosos rincones y en esta nuestra excursión nos topamos con muchos de ellos. Atravesamos un enredado amasijo de esbeltos bojes, arbusto que nos ofrece la más dura, bella y noble de nuestras maderas. O encontramos la poza que buscábamos y descubrimos junto a ella un arroyo desbordado, haciendo sus pinitos en un admirable pequeño salto de agua. El terreno húmedo despide su olor típico, que no es perfume, pero que tanto satisface a los que amamos la naturaleza. Hace pocos días que ha nevado y, no obstante, descubrimos como asustadas y escondidas, unas encantadoras violetas. Me explicaba hace muchos años una señora que de pequeña había conocido a J. Verdaguer, que le había oído que esta era su flor predilecta. Siempre que veo alguna de ellas, pienso en el gran poeta místico y reconozco su buen gusto. Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice un compañero, citando a Machado. Pienso en la ruta que hemos completado y añado para mis adentros, con el poeta: al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Porque sinceramente: caminante no hay camino, sino estelas en la mar.

Sensaciones de estas, satisfacciones profundas de este tipo, le resultan desconocidas a quien no sabe desplazarse si no es en un todoterreno y cree por ello cree que todo es polvo en sus subidas, bajadas, curvas y correrías. Elevémonos a lo simbólico y volvamos al principio. Vivida de cerca y por dentro, no hay duda que la Santa Madre Iglesia duele algunas veces. Experimentada empapado uno en la Gracia y sin haber permitido que le abandone la Esperanza, goza uno de gratas sorpresas. Enmarañados algunos en todo lo que se dice y se publica sobre los vericuetos eclesiásticos y sabios y eruditos conocedores de lo que se manda y ordena, desconocen los múltiples núcleos de sincera y diminuta santidad que por el mundo hay. Dios me ha proporcionado muchas ocasiones de tales encuentros, había escrito una larga lista de felices experiencias, pero no la pongo aquí, parecería una exhibición de vanidad espiritual. Y todo aquel que esté abierto y expectante, le es dado vivir tales momentos. Y si quiere estar seguro de encontrase con ellos, no tiene más que desplazarse por los ámbitos de los pobres y serles acogedor. Como en el bosque, cuando menos se espera se encuentra uno encantadoras violetas, retazos preciosos de Iglesia, que sacian de felicidad. En la Iglesia se vive bien cuando uno logra caminar abrigado por los santos. Y no sólo se vive bien, sino que experimenta que algo de santidad se le pega, como el suave olor húmedo de los rincones de montaña.