V Domingo del Tiempo Ordinario
5 de febrero de 2006

La homilía de Betania


1.- LA BUENA SUEGRA

Por José María Maruri, SJ

2.- LOS NUEVOS MINISTERIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

3.- ACCIÓN Y ORACIÓN DE CRISTO

Por Antonio García Moreno

4.- ¿QUÉ ES LO PRIMERO EN TU VIDA?

Por José María Martín OSA

5.- SI SUFRES… AGÁRRATE A JESÚS

Por Javier Leoz

6.-.APRENDAMOS A HABLAR CON DIOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MAS JOVEN


LA SUEGRA

Por Pedrojosé Ynaraja


HOMILÍA DE LA PRESENTACION DEL SEÑOR


AHORA, ¡SI! SEÑOR

Por Javier Leoz


1.- LA BUENA SUEGRA

Por José María Maruri, SJ

1.- Os pido permiso para chismorrear un poco sobre la suegra de Pedro. Esta suegra innominada era una mujer del pueblo acostumbrada a vivir una vida de servicio a los suyos para caer rendida a la noche y dormir pensando que tiene que levantarse al amanecer para que los suyos salgan a pescar. Y así, día tras día, su vida ha transcurrido como un soplo, todo como Job nos acaba de decir, pero sin amargura, con la naturalidad de una mujer sencilla de pueblo, muy lejos de los grandes idealismos, contenta con que su gente sea feliz, un poco feliz.

Y de repente en el matrimonio de su hija empieza a haber dificultades. Pedro, honrado y trabajador, empieza a idealizar. Es un buen israelita y quiere que el pueblo de Dios vuelva a ser de verdad de Dios, no de los romanos, de nadie más que de Dios. Cuando habla con su hermano Andrés y el grupo de pescadores amigos se exalta y da miedo oírle porque Pedro nunca le hizo ascos a la espada.

Y hace poco allá se fue al Jordán, dejando mujer y barca a ver quien era un tal Juan. Y lo peor es que ha regresado a Cafarnaún con un tal Jesús, para colmo de Nazaret y habla de irse con él.

Y esta mujer sin nombre, pero muy mujer y muy madre, se puso enferma por la insensatez de su yerno

2.- Con la libertad que da la edad le ha cantado las cuarenta a Pedro con razones llenas de verdadero sentido común, del sentido común que vive en el pueblo. Por eso Pedro, que no sabe responder a razones tan humanamente sólidas, hoy después del milagro de la sinagoga, invita a Jesús a su casa, confiando que en esa atracción personal del Señor que a él mismo le tiene subyugado y también invita a otros dos locos, Juan y Santiago, que han decidido irse con Jesús.

La mujer, ya anciana a los 50 años, recibe al Señor con fría educación, porque al fin y al cabo este Jesús es el embaucador de su yerno Pedro.

Jesús la mira y la comprende y se acuerda con emoción de su Santa Madre, que no sin dolor e inseguridad de su vida diaria le dejó a Él seguir la llamada de Dios Padre.

Y toma su mano con cariño y comprensión, y por aquella mirada bondadosa y por el contacto de su mano fuerte entro calor reconfortante en el corazón de la anciana. Y ayudada por el cariño por Jesús (dice el evangelio que “Él la levantó del lecho…”) se puso en pie nueva en su cuerpo y nueva en su corazón.

Y volvió a ser la de siempre: la esclava de la familia, la llamada servir, la que tenía que hacer los honores a los amigos de su yerno y entre ellos a aquel que no sabe por qué no puede llamar embaucador.

3.- Y desde aquel día, la casa de Pedro, la casa de la suegra, empezó a ser la casa de Jesús. Después de curar a un leproso nos dice san Marcos que regresó a Cafarnaún, y en seguida se corrió la voz de que estaba en su casa, la de Pedro, la de su suegra.

Y cuando los Doce van discutiendo entre si por el camino vuelve a decir san Marcos que al llegar a la casa a su casa Jesús les preguntó “de que ibais discutiendo por el camino y aquella su casa era la de Pedro, la de su suegra sin nombre.

Una casa que cuyo techo tuvieron que arreglar Pedro y Andrés, y tal vez también el carpintero de Nazaret, después que aquellos bajaron el paralítico hasta donde enseñaba Jesús.

4.- Aquella anciana, con intuición de madre y de mujer, tal vez entendió mejor que Pedro a Jesús, A ese Jesús que atendía a todos con cariño y los curaba. Y que cuando parecía que se alborotan para hacerle jefe, desaparecía de casa y se iba al monte al rezar.

Pedro salió en corriendo en su busca, “todo el mundo te busca”, como si dijera “aprovecha la ocasión”. Y la suegra sabía que Jesús no buscaba la ocasión, no se aprovecharía de la ocasión, porque lo que buscaba y daba era cariño y comprensión.

¿Se unió la suegra de Pedro a las mujeres que seguían a Jesús? Tal vez no. El puesto de una aldeana esta siempre en su casa, en el terruño, cumpliendo con la voluntad de Dios, la de todos los días, la del mortero, la de la fuente, la de la leña y el fuego, la de Marta, la de María, la esclava y la Madre de Jesús, que hasta hace poco era para la suegra el embaucador. Una sola cosa cambió en su vida, la absoluta seguridad de que Dios la miraba con cariño y la comprendía.


2.- LOS NUEVOS MINISTERIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

1. El tema de los “nuevos ministerios...” ocupa muchas páginas en las publicaciones teológicas y pastorales de nuestros días. Son muchos los libros y ensayos que sobre este argumento se vienen publicando. Y éste comienza a ser capítulo obligatorio de más de una reunión de obispos. La rehabilitación del diaconado permanente en la Iglesia latina abre la serie de los “nuevos ministerios”, y le sigue la creación de los párrocos seglares en algunos países de África, la iniciativa de los “animadores pastorales” en varias naciones de Latinoamérica, la encomienda a religiosas de determinadas acciones evangélicas y jurisdiccionales... Todo esto está bien porque es la respuesta a nuevas necesidades y, sobre todo, porque hace que la corresponsabilidad eclesial no se quede en meras palabras. Pero con anterioridad a estas posibles soluciones y medios, la Iglesia ha de preguntarse con lealtad sobre su propia advocación evangelizadora.

2. El texto del Apóstol a los cristianos de Corinto vale por todo un tratado. Pablo se siente cogido por el ministerio de evangelizador. No se ve en su misión un titulo de superioridad sobre los hombres que le escuchan ni advierte que su entrega al ministerio responda a estímulos de su propio gusto. Sabe que no le queda más remedio que evangelizar. Lo hace incluso a su pesar. ¿Por qué? Sencilla y elegantemente porque “me han encargado este oficio”. Y hasta tal punto que todo su ser se manifiesta en una vibrante exclamación: “Ay de mi si no anuncio el Evangelio”.

Llamado por Dios al Evangelio, Pablo tiene clara conciencia de serlo para el servicio al Evangelio. En el proyecto del Dios que le ha llamado entra el hacer de Pablo el Apóstol de las gentes. En responder a esta su misión estriba toda su realización personal y cristiana. Y por ello anuncia a Cristo de balde, si n retribución humana alguna, y lo anuncia con dedicación total y entrega, “hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; hecho todo a todos para ganar, como sea, a algunos”.

3. Y ¿nosotros? Toda vocación a la fe es comienzo de una misión al servicio de la fe. Hemos sido llamados todos para ser enviados a todos. Una actitud coherente con la fe recibida, la única coherente, es la del evangelizado que se siente constreñido a ser evangelizador. Deberá soltarse la creatividad eclesial en la búsqueda de “nuevos ministerios”; antes, sin embargo, los creyentes tenemos que alertarnos a la responsabilidad misionera que sobre todos nosotros gravita y pesa. El auténtico apóstol cristiano ha de tomar ejemplo del celo incansable de Jesús. Aunque la tarea que tenga ante si le parezca irrealizable desde el punto de vista humano, trabajará tanto como le permitan sus fuerzas; el resto lo pondrá el Señor.

4. ¿Acaso el mundo de hoy no necesita el Evangelio? El texto del libro de Job, con acentos tremendos, describe la condición humana: “Mis días se consumen sin esperanza”. “Mi vida es un soplo”: “Mis ojos no verán más la dicha”. Aun sin saberlo muchos veces, en su inconsciencia y frivolidad o en su tormento y llanto, todo hombre suspira por su liberación. Y la encontrará únicamente en la Buena Noticia de Jesús que “recorrió toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”. Si algo queda claro en la lectura del texto evangélico de Marcos, síntesis apretada de la misión evangelizadora de Jesús, es que las gentes acudían a Él porque lo necesitaban y porque la predicación del Evangelio resulta inseparable de una praxis liberadora de los hombres.

Hoy tendremos que interrogarnos: ¿Respondemos a las expectativas del mundo moderno? ¿Somos o no factores activos de liberación? Y más radicalmente: ¿Hemos pasado por la experiencia liberadora del Evangelio y sus palabras nos queman en la boca hasta el punto de exclamar “Ay de mí si no evangelizo”?


3.- ACCIÓN Y ORACIÓN DE CRISTO

Por Antonio García Moreno

1.- "Habló Job diciendo: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero" (Jb 7, 1)

Job había poseído grandes riquezas, había gozado de salud corporal, había sido querido de todos. Y de pronto Dios le hiere profundamente. Su cuerpo se llena de lepra: "Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas, mi piel se agrieta y se deshace". Ve su vida como un duro servicio, como los días de un jornalero que trabaja duramente, como los de un esclavo que se fatiga afanosamente, suspirando por la sombra.

Así es la vida a veces, así de muerta, así de oscura, así de trágica... Niños escuálidos, brazos y piernas de solo hueso y pellejo, con grandes ojos tristes, con la barriga hinchada. Mujeres esqueléticas, con sus carnes fláccidas, con la mirada medrosa. Hombres que huyen por los mil caminos de la jungla salvaje, dejando atrás los hogares derruidos, las mujeres abandonadas, los niños hambrientos...

El hombre, Señor, el hombre. Blanco o negro, cobrizo o amarillo. Es igual, ahí lo tienes. Y pensar que tú lo has creado... Ten misericordia de él, ten piedad, compadécete de tanta miseria. Mira compasivo a los unos y a los otros, a los vencedores y a los vencidos. Y a los que entre bastidores hacen posible la lucha. Los hipócritas que se lamentan de la guerra y suministran los armamentos, para enriquecerse, aunque sea a costa de que los hombres se destruyan entre sí... De todos, Señor, ten piedad.

"Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza" (Jb 7, 6) Palabras amargas de Job. Palabras que brotan fácilmente de la vida humana. Días que pasan como nubes llevadas por el viento. "Recuerda que mi vida es un soplo", prosigue Job, "días sin esperanza". Son los momentos tristes de este hombre atribulado. Los momentos álgidos del dolor en los que todo parece derrumbarse. Palabras sinceras que vuelan hacia Dios, exponiendo con toda su crudeza el quebranto del alma. Acudir a ti, Señor, con el alma abierta. Decirte en el silencio de la oración esas angustias que, a veces, atenazan y oprimen el espíritu. Venir con el cansancio en la mirada, con el dolor en el cuerpo, con la tristeza en el corazón. Pero venir, venir hasta ti. Sin disimular el dolor, sin falsos optimismos, sin disfraces absurdos.

Para comprender que la fugacidad de la vida corre hacia la plenitud, que esos momentos salobres pasarán también. Llegar hasta ti, para descubrir, una vez más, el amor de tu mirada, el consuelo de tu palabra, la acogida de tu perdón... Gracias, Señor, por tanta misericordia. Haz que veamos las cosas con visión de esperanza, con visión de amor. Haz que esta vida mortecina que vivimos, resucite una vez más. Que a través de nuestro dolor y de nuestra miseria podamos llegar hasta ti. Y alcanzar tu perdón y esa bendición que nos haga vislumbrar de nuevo el gozo, aunque sea a través de las lágrimas.

2.- "El Señor reconstruye..." (Sal 146, 2) En medio de la destrucción y de la desgracia siempre surge para el creyente un brote luminoso de esperanza. Aun cuando todo se haya desmoronado, aunque todo esté perdido, aunque la misma muerte esté muy cerca, aun entonces es posible esperar con serenidad, incluso con profundo gozo, una restauración por parte de Dios.

Cuando algo se reconstruye, hay la posibilidad de volver a hacerlo todo más sólido y más bello. En la vieja Europa las últimas guerras destruyeron hermosos edificios, pero luego surgieron remozados. De ordinario, toda reconstrucción mejora las edificaciones anteriores, aplicando nuevos métodos y materiales, aprovechando además la experiencia de nuevas técnicas.

Pues en la vida espiritual ocurre otro tanto. Cuando la casa se nos cae, cuando nosotros mismos nos derrumbamos por el pecado, hemos de alzar la mirada hasta el Señor, llenos de confianza, esperanzados y gozosos al saber que, si nos ponemos en sus manos y le dejamos hacer, Dios levantará de nuevo nuestros muros, echará cimientos más profundos, reconstruirá nuestra morada interior, hasta que todo quede mucho mejor que antes.

"El Señor sostiene a los humildes..." (Sal 146, 6) Sin embargo, para que esa restauración sea posible es preciso que seamos muy humildes, ya que de lo contrario el Señor nos rechazaría, nos abandonaría en la soledad de nuestras propias ruinas. Sí, hay que ser humildes. Primero para reconocer nuestros fallos, para admitir que efectivamente todo se nos viene abajo cuando nos alejamos de Dios. Y luego, que esa conciencia de nuestro fracaso nos empuje a ir al Señor con la mano extendida, con los ojos cargados de lágrimas, con la voz quebrada, para decirle: Señor, he pecado. Lo siento, perdóname.

Podemos estar seguros de que después de una buena confesión, sencilla, clara, completa y breve, nos levantaremos totalmente restablecidos, con más fuerza y alegría que antes, con más gratitud y con más amor hacia este Dios y Señor nuestro, que tanto sabe de comprensión y de perdón. Y lo que produjo una gran ruina, es ocasión para que surja una nueva construcción, una morada maravillosa... En efecto, cuántas veces después de confesarnos nos hemos sentido como nuevos y más felices, como más jóvenes. Es Dios que nos restaura por dentro y por fuera; Dios que reconstruye y embellece la pobre casa del humilde.

3.- "El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia” (1 Co 9, 16) El corazón de Pablo se expansiona con los cristianos de Corinto. Aquí les aclara que la razón de que él predique el Evangelio de Cristo no está en su propia voluntad, sino en la de Dios. "No tengo más remedio, dice, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio".

La sinceridad del apóstol es muy grande. Confiesa que el predicar el mensaje de Cristo le cuesta, se le hace a menudo duro y difícil. Y es lógico que sea así, ya que en muchas ocasiones tendrá que enfrentarse con los hombres, echarles en cara sus negligencias, sus miserias, sus maldades. Y decir verdades que hieran, señalar soluciones que son heroicas. Hablar de la cruz cuando el hombre tiene como ley la del mínimo esfuerzo.

Pero ¡ay del apóstol si no evangelizara!, ¡ay del que calle cuando tiene el derecho y la obligación de hablar! El silencio de un enviado de Dios, además de una vil cobardía, es un gran pecado que puede ser la causa del daño más grande para un hombre, la pérdida de la fe.

"Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles" (1 Co 9, 22)

Pablo hace alarde de su libertad en más de una ocasión. Aquí habla una vez más de su condición de hombre libre que ama la libertad. Sin embargo, dice a continuación, que siendo del todo libre, se hace siervo de todos para salvarlos a todos, se hace judío con los judíos para ganar a los judíos. Detalladamente explica cómo se hace todo para todos, para salvarlos a todos.

Es una consecuencia de su amor a Dios y a los hombres. Con tal de salvarlos está dispuesto a los más grandes sacrificios. De ahí esa enorme transigencia con las personas, esa delicadeza en el trato, esa comprensión sin límites. Con esta postura de comprensión hacia las personas, contrasta su firme intransigencia a la hora de defender los principios del Evangelio. Con motivo de esto llega a decir que si un ángel del cielo bajase y les anunciara un evangelio distinto, ese ángel sería un hereje digno del anatema. Hay cosas que son intocables para el hombre, por la sencilla razón de que Dios lo ha determinado así. El contenido de la fe es un depósito que Cristo ha confiado a sus apóstoles y que nadie puede en absoluto cambiar nunca.

4.- "...se marchó al descampado y allí se puso a orar" (Mc 1, 35) Jesús fue muy amigo de sus amigos. Supo querer a quienes había elegido para que le ayudaran en la gran tarea que le había traído al mundo. Así muchas veces lo contemplamos en el Evangelio rodeado de sus discípulos, departiendo con ellos con sencillez y cordialidad. Él participa de sus preocupaciones y problemas, entra en sus casas, conoce y trata a los familiares de los suyos. Es bonito ver al Maestro que viene a la casa de Pedro a curar a su suegra, a quitar la fiebre a esa pobre viejecita que sufría, seguramente por verse incapaz de ayudar y dando trabajo a los demás.

Qué contenta debió sentirse al verse curada. Cómo sonreirían los discípulos al verla afanosa por servir al Maestro y los que le acompañaban. Es una escena entrañable de la vida familiar, que Jesús bendice con su presencia bienhechora. Lección de buenas relaciones entre quienes con alguna frecuencia hay desavenencias y celos, cuando no rencor e incomprensión. El Señor nos enseña a preocuparnos por los ancianos enfermos. La suegra de Pedro nos anima con su ejemplo a saber servir, también cuando los muchos años pesan.

Continúa el texto evangélico diciendo que la gente se agolpaba para ver a Jesús. Podemos afirmar que también ahora las muchedumbres se sienten atraídas por el Señor y acuden tras de él, ávidas de su palabra y de su consuelo, necesitadas de la curación de tantas llagas como a veces laceran el corazón humano. El Señor sigue intercediendo por la Humanidad doliente. Sus manos de taumaturgo siguen bendiciendo por medio de su máximo representante, el Sumo Pontífice, así como a través del más humilde de sus sacerdotes. Su Palabra sigue descendiendo como lluvia suave sobre nuestra tierra reseca, para limpiar y fecundar, para despertarnos a la vida y a la esperanza.

Nos dice luego el pasaje que hoy contemplamos que Jesús, aunque asediado por las multitudes, buscaba el silencio para orar a Dios por los hombres. También nosotros, a pesar de estar metidos en tantas tareas humanas, hemos de buscar el silencio para escuchar a Dios, para hablarle sin palabras quizás. De lo contrario la vorágine de los días y las cosas nos envolverá, arrastrándonos hacia la superficialidad y el vacío interior.

Aunque parezca un contrasentido, para llegar al corazón del hombre tenemos que penetrar primero en el de Dios. Y esto sólo se consigue a través de la oración, sobre todo de la mental, la que nos pone en sintonía con el sentir de Dios, la que nos alcanza su perspectiva luminosa.


4.- ¿QUÉ ES LO PRIMERO EN TU VIDA?

Por José María Martín OSA

1. - "Un conferenciante quiso sorprender a los asistentes y apareció en la sala con una bandeja que contenía un frasco grande de boca ancha y unas pocas piedras del tamaño de un puño. Colocó la bandeja sobre la mesa y preguntó a los asistentes:

--¿Cuántas piedras piensan que caben en el frasco?

Después que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que se llenó el frasco. Luego preguntó:

--¿Está lleno?

Todo el mundo le miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron en los espacios que dejaban las piedras grandes. El conferenciante sonrió con ironía y repitió:

--¿Está lleno?

Esta vez los oyentes dudaron. Entonces sacó un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.

-¿Está lleno? -preguntó de nuevo.

--¡No! -exclamaron los asistentes.

--¡Bien! -dijo, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco.

El frasco aún no rebosaba.

-- Bueno, ¿qué hemos demostrado? -preguntó.

Uno de los asistentes respondió:

-- Que no importa lo lleno que esté tu tiempo; si lo intentas, siempre puedes hacer más cosas.

--¡No! --concluyó el conferenciante-- lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después".

2. - Yo creo que los discípulos tenían razón, que siempre podemos hacer algo más. De hecho está demostrado que si quieres pedir un favor a alguien o buscas colaboradores debes acudir a la gente más ocupada, pues normalmente están más disponibles. El que tiene pocas cosas que hacer tampoco tiene tiempo para los demás, sólo lo tiene para sí mismo. Jesús por lo que se ve en el evangelio de Marcos de este domingo no paraba de curar enfermos -la suegra de Pedro y otros muchos endemoniados-. Pasaba el día ocupado desde el amanecer al anochecer y "todo el mundo le buscaba". Da la impresión de que el evangelista escribe un diario, con agenda incluida, de lo que Jesús hacía en un día normal. Iba de un sitio a otro, de una aldea a otra "para predicar allí también". Parece que tiene pasión por predicar el Evangelio. Lo mismo le ocurre a Pablo, cuya única paga es dar a conocer la Buena Noticia de Jesús. Aclara que no lo hace por gusto, sino para cumplir una misión que se le ha encomendado: ser Apóstol, es decir mensajero del Evangelio -recordemos que "apóstol" significa precisamente "enviado".

3. - ¿Cómo anuncian Jesús y Pablo la Buena Nueva? El domingo pasado veíamos que Jesús lo hacía "con autoridad", es decir con coherencia, haciendo vida lo que pronunciaban sus labios. Tanto El como "el Apóstol" lo hacían con entusiasmo -pasión-, como si dentro tuvieran un fuego abrasador que tiene que echar fuera: "¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!". Hoy día es tan importante el mensaje en sí como el mensajero que lo anuncia. Se aprecia "el qué se anuncia" en la misma medida de "cómo se anuncia". Pablo se hacía débil con los débiles, haciéndose todo a todos para ganar a algunos, esclavo de todos para ganar a los más posibles. La enseñanza es clara: hemos de adaptar lo que decimos a la circunstancia en la que viven quienes reciben el mensaje. Jesús, sin duda ponía mucho amor en sus palabras y lo demostraba con sus hechos. La mirada de amor de Jesús convierte al pecador y cura al enfermo. Sólo empatizando con la persona concreta podemos ser hoy día testigos del Evangelio.

4. - Pero también tiene razón el maestro en la conclusión que saca de la parábola: hay que colocar primero las piedras grandes. Lo primero es... lo primero. ¿Cuáles son las grandes piedras en tu vida: tus padres, tus amigos, tu salud, tu trabajo, tus estudios, la ayuda a los necesitados, Dios...? Jesús "se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar". Es lo primero que hacía al despuntar el día. Es necesario comenzar una casa por los cimientos para poder edificar después las paredes y el tejado. Para Jesús lo primero era la relación con el Padre, pero sin descuidar la entrega de toda su persona a la evangelización. Un peligro que corremos frecuentemente es vaciarnos en la misión apostólica, descuidando nuestra vida interior. Es como construir la casa por el tejado... A final nos viene el cansancio y el hastío. Pero también podemos decir que es rechazable un falso pietismo que no nos lleva a dar la vida por los hermanos. Es más cómodo quedarse quieto y mirar para otro lado, renunciando a la urgencia, hoy más que nunca, de la evangelización. ¿Qué es lo más importante que tienes que meter primero en el frasco de tu vida?


5.- SI SUFRES… AGÁRRATE A JESÚS

Por Javier Leoz

1.- Un denominador común, que entretejen perfectamente a las lecturas de hoy, es el sufrimiento del hombre.

Quien mira a Jesús, su cruz, se hace más soportable. Su enfermedad más llevadera. Sus pruebas más fáciles de superar.

Como Job contemplamos cómo muchos hermanos nuestros, sienten su vida como una interminable noche, sus días como experiencia amarga. ¿Qué respuesta ofrecerles? ¿Qué podemos hacer ante un mundo que parece, por momentos, romperse a pedazos? Ni más, ni menos, que volver a la humanidad que Jesús nos ofrece. Dejarnos tantear por El. Llamarle para que venga a nuestro lecho (a la vida matrimonial, política, sacerdotal, eclesial, económica, social, etc.,) y dejar que nos levante, una y otra vez, y volver a vivir dignamente

¿Fiebre nosotros? Y mucha. Hace tiempo que al hombre, frío para las cosas de Dios y excesivamente caliente para las cosas del mundo, se le han subido los humos demasiado. Piensa que sin Dios se puede vivir mejor. Que se puede ser más feliz sin tener en cuenta unos preceptos, que por otro lado si se cumplen, otorgan felicidad al cien por cien.

2.- Cuando venimos a la Eucaristía sentimos que se supera la fiebre de muchas cosas y en muchos sentidos:

-Recuperamos la esperanza frente al pesimismo

-La alegría frente a la tristeza

-La comunión frente al distanciamiento

-La fraternidad frente al individualismo

-La fe frente a la incredulidad

Al igual que la suegra de Pedro, sentimos que nuestros males desaparecen cuando nos acercamos a Jesús. Mejor dicho; si dejamos que Jesús se acerque a nosotros. Lo que ocurre es que preferimos estar sometidos a altas temperaturas. Postrados en el tálamo de nuestra mediocridad, enfermedad o debilidad

3.- Hoy, San Marcos, nos muestra ese poder curativo de Jesús que no es otro que el amor. El amor lo puede todo y lo invade todo. ¡Ojala los agentes de pastoral tuviésemos ese golpe certero (no de efecto) para levantar personas! ¡Para iluminar conciencias! ¡Para disipar miedos! ¡Para sanar espíritus que en otro tiempo estuvieron totalmente orientados hacia Dios!

Uno de los riesgos que podemos tener, al escuchar y reflexionar el evangelio de este día, es observarlo desde una vertiente meramente sanadora o terapeuta. Muchas veces nos acercamos a la religión pidiendo a Santa Rita lo imposible, a San José una buena muerte, a San Pancracio la solución económica, a San Antonio un buen novio o a San Judas Tadeo el milagro mayor y más preciado. Pero la fe, es no olvidar lo sustancial: el mensaje que nos trae Jesús. La razón de su venida: el amor inmenso que Dios nos tiene. Y luego, a continuación, cuando uno descubre ese corazón paternal de Dios es, cuando siente en propias carnes, que además es salud, vigorosidad, fuerza y todo lo demás.

Construyamos la casa desde abajo. No por el tejado. Escuchemos a Jesús. Sigamos sus pasos. Meditemos sus palabras y, luego, ¡claro que sí! Le digamos que toque nuestra frente para que desaparezca la fiebre, el corazón para que nos haga más generosos y toda nuestra vida para que sea sana y límpida. Y ahora dejadme que os comunique lo siguiente:

¡BAJA MI FIEBRE, SEÑOR!

En la congoja, hazme descubrir tu rostro

Cuando me rebelo ante Ti, condúceme de nuevo al camino correcto

Si no encuentro explicaciones a mis días, ilumíname con tu Espíritu

Si la suerte no me sonríe, infúndeme la virtud de la paciencia

Si la oscuridad me acompaña, coloca al fondo de mi jornada, una luz

Si el dolor aprieta, que tu cruz me haga relativizarlo

Si me encuentro enfermo, que recurra a Ti como al excelente médico

Si estoy sano, que no me crea dueño del mundo

Si tengo éxito, que sea prudente

Si poseo talento, que lo exprima al servicio de los demás

Si asoma la angustia, que recuerde que nunca Tú me fallas

Si las fuerzas desertan, que seas Tú mi fortaleza

Baja, Señor, la fiebre que me impide ver el fondo de las cosas:

La fiebre de mi egoísmo

La fiebre de mi altanería

La fiebre de mis falsas seguridades

La fiebre de mi autosuficiencia

Y, si ves que tardo, Señor, en levantarme del lecho

siéntate junto a mí para que, cuando vuelva en sí,

compruebe, una vez más, que tu Palabra es eterna

y fuente de verdad y compañía.

Amén.


6.- APRENDAMOS A HABLAR CON DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El ruego de Job a Dios nos puede parecer hoy demasiado pesimista, hasta truculento. Vivimos en un tiempo en que tendemos a mejorar, de manera pública, todas nuestras actuaciones. No hay tiempo, ni ganas, para la queja. Y esa ocultación de nuestra realidad es a veces excesiva. Seguro que, a nuestro alrededor, hay amigos que estarían dispuestos a ayudarnos si les contáramos lo que nos ocurre. Pero no puede ser. Nos han enseñado a poner buena cara ante el mal tiempo, nos han enseñado a no confiar en nadie, nos han enseñado a no aceptar, ni misericordia de nadie.

La realidad, sin embargo, es que si recapacitamos sobre las palabras de Job veremos que se acercan bastante a nuestra vida cotidiana, a nuestros problemas. Hay mucha gente que lo está pasando mal. Muy cerca de nosotros. Lo sabemos. Ellos no dicen nada. Nosotros tampoco. Pero no podemos llegar, ni nosotros, ni la gente que tenemos próxima, a que la vida carezca de sentido y que, además, esa desilusión sea origen de comportamientos depresivos. Hay que hablar, hay que contar lo que nos ocurre para encontrar mejoría y apoyo. Job, por su parte, toma una decisión importante. Es la primera vez que habla a Dios de sus desesperanza, de lo mal que le va. Tiene la valentía de confiar en el Señor. ¿Y nosotros? ¿Somos capaces de acudir a Dios, como Padre Bueno, que espera nuestras quejas? Tal vez, no. O, a lo mejor, sí. Si somos creyentes, y todos los que estamos aquí en esta eucaristía dominical parece que lo somos, hemos de confiar en Dios y pedirle amparo en nuestros malos momentos. La oración sincera, el diálogo confiado con Dios, nos ayudará. Y eso es lo que hace Job en esas frases de la primera lectura de hoy. La lección es importante. No es un golpe de pesimismo. Job lo que hace es poner en manos de Dios lo que le ocurre.

2.- Hoy, Pablo de Tarso, en el fragmento que hemos escuchado de su primera carta a los Corintios, nos dice que no tiene más remedio que predicar. Parece que afirma que no lo hace por gusto. Y si por obligación. ¿Profesionaliza Pablo su acción de predicar? ¿Es para él ese trabajo parte de un oficio, similar a los conocimientos artesanales que tenia en cuanto era tejedor de tiendas de campaña? No, claro que no. Presenta el hecho de predicar el Evangelio de Jesús como un hecho vital, inevitable, que es tan fuerte dentro de él que no puede dejar. Como aquel cantante que sabe que no puede hacer otra cosa que cantar o como aquella madre a quien lo único que se le ocurre es cuidar con celo y gran desvelo a sus hijos.

Además, Pablo dice que no puede hacer otra cosa y que eso que enseña es de Dios no de su cosecha. La advertencia es interesante en su doble punto de vista. Es un buen consejo para todos nosotros. Más de una vez –todos, cada uno en nuestro ambiente-- hemos intentado transmitir una doctrina que era más nuestra, producto de una particular elaboración, que de Dios. Lo ideal es que sepamos transmitir la Palabra como es. Y no como, en realidad, quisiéramos que fuera. Y de ahí puede surgir igualmente la profesionalización de la actividad religiosa, el crear el oficio de cristiano oficial, y no desde el esfuerzo humilde de transmitir la Palabra de Dios sin que nuestras opiniones, nuestros méritos o nuestros triunfos importen algo. El Espíritu nos guiará si la idea de ser transmisores de la Buena Nueva aparece en nosotros como un don que no podemos evitar darlo, pero sabiendo que no es nuestro, ni tampoco se trata de nuestras opiniones particulares.

3.- San Marcos nos cuenta la actividad cotidiana de Jesús en un día cualquiera: predica, cura enfermos, enseña sobre la cercanía del Reino de Dios. Sale de la Sinagoga con sus discípulos y se dirige a casa de Pedro. Igual que mucho de nosotros que tras esta Misa dominical iremos a casa de algún amigo o de un familiar a comer. La gente se reúne en domingo. Hay tiempo más tiempo que dedicar a quien queremos. Jesús llega a la casa de Pedro. Y su suegra lleva un tiempo postrada en cama por la fiebre, sin duda por una altísima fiebre, porque unas cuantas decimillas del termómetro no acobardan jamás a ninguna mujer. Jesús le da la mano y la fiebre desaparece. Comen. Charlan. Pero hay muchos enfermos que esperan que Jesús les cure y consuele. Y lo hace. Pasa el tiempo haciendo el bien, como Pedro dirá a la gente mucho tiempo después.

Y llegaría el momento de irse a descansar, de irse a la cama. Y, sin duda, Jesús lo hizo, porque el evangelista Marcos nos dice que se levantó muy temprano…y se fue a orar. Acudió a hablar con su Padre como hacia muchas veces en lugar tranquilo y despoblado. Podemos pensar que Jesús contaría al Padre lo que ocurrió la jornada anterior. Tal vez, y a pesar de sus deseos de servir a todos, sintió agobio por la cantidad de enfermos que le presentaban o por la de hermanos que todavía esperaban sus manos que curan y su voz que consuela. En eso, como el Santo Job, hizo lo que tenía que hacer y lo que debemos hacer nosotros. Exponer a Dios nuestras cosas, los problemas y las ventajas, los dolores y los gozos, los éxitos y los fracasos. Esa podría ser la gran enseñanza que nos traigan hoy las lecturas y la mismísima celebración de la Eucaristía, que no es otra cosa que una importantísima oración comunitaria a Dios de todos los que aquí estamos. Aprendamos a hablar con Dios.


LA HOMILÍA MAS JOVEN


LA SUEGRA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cuando uno se acerca a lo que fue casa de Pedro en Cafarnaún, trata de adivinar la utilidad que pudiera tener cada espacio que distingue y el lugar que ocuparía para su descanso cada persona de la que nos dan referencia los evangelios. La distribución de las estancias que no era como la nuestra y los diferentes hábitos de convivencia impiden que podamos tener certeza de nada, así que miramos el pavimento con emoción pensando en nuestro interior: por aquí, por este mismo pavimento, pasó Jesús. Si tiene tiempo trata de imaginar donde comerían, donde dormirían y hasta donde descansaría aquella viejecita que un día se puso enferma, la suegra del amo. Un día que estaba el Maestro en la casa. Al margen de que ciertos autores digan que el parentesco de la buena señora no es seguro correspondiera a lo que nosotros también llamamos “madre política”, lo que sí es seguro es que Jesús dejó de lado su serio compromiso recibido del Padre: la evangelización, para ocuparse de la enfermedad, que parece que ni siquiera era grave, de aquella abuelita. Pero si nos fijamos bien no abandonó su misión, su proceder fue un ejemplo, una enseñanza, de cómo debe ser el nuestro.

2.- Abunda gente muy aficionada a hablar, discutir y proclamar lo mucho que sabe, pero que a la hora de hacer un favor, se excusa diciendo que no tiene tiempo. Son aquellos que vulgarmente decimos que ni siquiera dan los buenos días gratis. Una tal manera de actuar, no nos engañemos, es egoísmo puro, de aquel que no le gusta a Dios, Él que es todo generosidad. Al final de los tiempos no nos preguntarán si hemos hablado y discutido mucho con acierto, sino si hemos atendido a nuestros hermanos.

El evangelio de hoy también nos dice que Jesús se levantó temprano y se fue al campo a orar. La plegaria es la respiración del alma, el silencio y la soledad proporcionan al espíritu el aire puro que necesita. Algunos dicen que necesitan música y estar acompañados para estudiar y pensar. Difícilmente podrán llegar a reflexiones profundas, de aquellas que cambian la historia personal. A nadie le parecería bien que un sacerdote saliera a celebrar la misa con los cascos puestos y los mantuviese en sus oídos mientras predicara y pronunciara las palabras sublimes de la Consagración.

3.- Entregado a la oración de tal manera, Jesús es capaz de salir decidido y sin pereza a predicar, expulsar demonios, que es otra manera de curar, de un pueblo a otro. Seguramente no podréis vosotros levantaros temprano y salir al campo, es un inconveniente del vivir en ciudad, pero sí podéis preparar un rinconcito de vuestra casa, de vuestra habitación, que os facilite la oración. Un cuadro que os guste, una vela y una flor, pueden adornarlo. Será vuestro oratorio.


HOMILÍA DE LA PRESENTACION DEL SEÑOR


AHORA, ¡SI! SEÑOR

Por Javier Leoz

1.- Navidad, Epifanía y la Presentación del señor son tres imágenes de un mismo cuadro.

--Como Simeón identificamos a Jesús como la luz que tenía que brillar. Reconocemos su persona. Y, su llegada, es un horizonte que Dios pone delante de nosotros para que dejemos de vivir en la tiniebla.

--Como Simeón y Ana, hemos llegado al templo y, con las luces en nuestras manos, nos hemos acercado para contemplar el rostro de Cristo.

¡Gracias, Señor! Por dejarnos vislumbrar la belleza de Dios en un Niño.

¡Gracias, Señor! Porque somos llamados a ser testigos de tu luz

¡Gracias, Señor! Porque, viéndote, podemos cerrar los ojos tranquilamente

¡Gracias, Señor! Porque, esperándote, los días se hacen más cortos y menos laboriosos

2.- Cuando se cree, la vida se vive con otra dimensión. Con otra luz. Con otra perspectiva. El “ahora, Señor” del anciano Simeón, se cumple y se actualiza en nosotros de muchas maneras:

-¡Ahora, Señor! Tengo la seguridad de que merece la pena creer en Ti

-¡Ahora, Señor! Veo que tenerte como amigo, es la mejor fortuna del año recién estrenado

-¡Ahora, Señor! Compruebo que, sigue siendo tan cierto como hace siglos, que reconocerte es abrir caminos para la paz, el amor, la justicia o el perdón

-¡Ahora, Señor! Soy testigo de que tu venida es motivo de alegría y de sufrimiento, de encuentro y desencuentros, de satisfacción y de decepción.

-¡Ahora, Señor! Intuyo tu futuro con gozos y sombras, adhesiones y deserciones, alegrías y lágrimas, triunfo y calvario, muerte y resurrección

3.- Como María, también nosotros, necesitamos ser purificados para seguir siendo portadores de esa gran luz que el mundo (aunque no lo sienta así) necesita para recuperar el brillo en sus entrañas y la paz como garantía del futuro inmediato.

Como María, cogemos a Jesús en nuestras manos, en nuestras candelas, sabedores que –allá donde estemos- si vivimos la fe con cierta radicalidad, estaremos expuestos a correr la misma suerte que aquel que, hoy, es presentado en el templo como la promesa felizmente cumplida.

Jesús, en esta fiesta de su Presentación, nos invita a ser luz en medio de la oscuridad. Hemos de ser como aquella vidriera que, cuando uno las ve desde fuera, parecen carecer de sentido y de belleza pero, cuando uno levanta su mirada desde dentro, comprueba la luz que desde arriba les ilumina haciéndoles recobrar su esplendor.

Jesús es aquella vidriera que iluminada por Dios irradia paz y concordia a todos los pueblos de la tierra. ¿No lo podremos también ser nosotros? Por algo, en el credo, decimos: ¡Luz de Luz!