1.- DIOS ES AMOR

La publicación de la encíclica del Papa Benedicto XVI ha suscitado un amplio debate en, sobre todo, las páginas religiosas de los medios de comunicación. Los contenidos generalistas se han ocupado –según nuestra impresión—menos del texto por ser de especial altura, muy centrado en la Palabra de Dios y sin una base programática que, por más profana, ha podido interesar a dichos medios generales.

Nosotros, poco a poco, intentaremos ir glosando el texto. Lo ha comenzado muy brevemente el editor en su Carta. Y seguiremos en números posteriores dando comentarios de diferente procedencia. Es muy importante leer con sosiego este texto y aprender de él. No debe primar –al menos en Betania—la urgencia periodística por “decir algo rápido”. Eso no.

 

2.- LOS OTROS PECADOS

Muchos sacerdotes afirman que la gente se confiesa mayoritariamente sobre faltas de cariz sexual o también sobre aspectos relacionados con defectos en la relación con su familia más próxima, pareciendo que los demás no interesan. También abundan pues cuestiones de fe planteadas como pecados o, de manera parecida, de faltas de rigor a la hora de los ritos o las devociones de la misma Iglesia. Pero apenas tienen conciencia de que cometen faltas en otros asuntos, siendo algunos muy graves. Por ello, muy poca gente tiene conciencia de que peca cuando pone en peligro su salud mediante la mucha bebida o el mucho tabaco. Y mucho menos con los pecados de omisión sobre las dificultades del prójimo en cuestiones básicas, como pueden ser la falta de alimentos, de vestido o de cobijo. Y no digamos, ya dentro de la necesaria atención al hermano, con cuestiones de muestras de afecto o delicadeza, en temas cercanos a las carencias psicológicas o en casos de abandono o soledad.

CONCIENCIARSE SOBRE LO QUE ES MALO

Un aspecto muy positivo, por ejemplo, en la lucha contra el aborto fue el trabajo de convencer a miles y miles de cristianos de que eso era un asesinato. Muchos creían que era un tema sanitario, una especie de cuestión similar a la de quitarse una verruga u operarse de algo innecesario, pero conveniente. Si no fuera por el tremendo dramatismo personal y colectivo que implica la interrupción voluntaria del embarazo, habría que pensar que para muchos, en un momento dado, un aborto no era muy diferente a una liposucción, sin tener idea de la gravedad de ese pecado. Por tanto, situar en muchas conciencias la referida gravedad del aborto ha sido algo muy notable y encomiable. Por eso hay que concienciarse sobre todo lo malo, aunque a veces parezca bueno porque lo hace mucha gente o está en línea frecuente de nuestra vida cotidiana.

En este sentido hay muchas cuestiones que no tomamos en cuenta y que, sin embargo, están en contra de nuestra realidad como seguidores de Jesús de Nazaret. Todo lo que favorezca la injusticia, la opresión política o económica, el hambre, la guerra, la destrucción de la naturaleza no puede ser apoyado por los católicos. Ya nos hemos referido en otras ocasiones aquí a los pecados económicos. A ser condescendientes con políticas de gobiernos o de grandes compañías que llevan a la pobreza a mucha gente. La avaricia, el culto al dinero, el deseo de multiplicar beneficios a costa de lo que sea, son enormes pecados. Por supuesto en todo ello habrá muchos grados de responsabilidad. Pero en ello hay muchos cristianos que son cómplices y muchos, muchísimos, que ejercen como agentes de pecados de omisión. La cuestión, como en el caso del aborto, es tomar conciencia de la gravedad de algunas cuestiones y no considerarlas como “normales cosas de la vida”. Es decir cuestiones que no pueden ni detenerse, ni es preciso salir de ellas.

LOS MUERTOS DEL TRÁFICO

Habrá muchos que digan que no están cerca de las causas que producen esos males y que nada se puede hacer para evitarlas. No colaborar ni de cerca con esas situaciones malignas no es tan difícil. Pero es posible “descender” a otros hechos cotidianos que también constituyen transgresiones de la Ley de Dios y del tipo de vida que Jesús pidió a sus discípulos. Hablemos por ejemplo del tránsito rodado, del tráfico. En cada país –y sobre todo en los más desarrollados—cada día mueren miles de personas en accidentes de tráfico. Algunos de ellos serían evitables por una más juiciosa conducción o por la necesidad de que las carreteras –bienes públicos—no fueran trampas para cazar hombres y mujeres.

No es posible salir de viaje con mucho cansancio o con una ingesta de alcohol excesiva. Asumir esos hechos de manera consciente es un gran pecado. Pero, en línea a lo mismo, no debemos prestar nuestro apoyo político a gobiernos locales, regionales o nacionales que no tengan un claro empeño en resolver las graves carencias viales, porque sabemos que hay muchos accidentes de tráfico que son causados por la negligencia de los conductores, pero también sabemos que hay muchos otros por falta de diligencia pública en solucionar los problemas de infraestructuras.

ENEMIGOS DE NOSOTROS MISMOS

Tal vez, pueda perecer un poco “exótico” hablar de las cuestiones de tráfico como causas de pecado grave. Sin embargo, no es así. Cuestan muchas vidas humanas cada año en todo el mundo. Y la vida es sagrada. El no respeto a la vida afecta a muchas cuestiones y a muchas conductas. La lista de comportamientos que producen muerte es amplia y muy frecuente a la vida cotidiana. ¿Es que la glotonería crónica y habitual de muchos no es un ataque directo a su propia vida? ¿No es el consumo excesivo de alcohol y tabaco causa directa de degradación y muerte? ¿No es, asimismo, paradójico que uno se convierta en principal enemigo de si mismo por unas costumbres absurdas que pueden evitarse, mejor al principio que cuando se está enganchado?

No pretendemos, en ninguno de los casos, aumentar la mala conciencia pecaminosa de los lectores. Recomendamos, no obstante, un buen análisis de conducta y examinar nuestras conciencias convenientemente para no estar devorados por las falsas culpas. No se niega aquí –para nada—en este editorial la existencia del pecado. Todos somos pecadores como dice San Juan. Pero es más que necesario que reflexionemos sobre todo aquello que nos hace mal gravemente a nosotros y a nuestros prójimos. El seguimiento de Cristo –que es voluntario y debe ser muy consciente—nos desaconseja muchas de las cosas que ahora hacemos por ignorancia, error o porque, supuestamente, nadie nos dice que está mal. El sentido común y la cercanía de Dios en la oración nos ayudarán mucho a descubrir en nosotros esos “otros pecados”.

 

3.- SOBRE LAS ADICCIONES

Un interesante correo de un joven universitario plantea un tema muy didáctico. El exceso de celo de los padres puede llevar al error. Es sin duda uno de los mejores correos recibidos y, desde luego, es muy deseable que los jóvenes se animen a escribir sobre estos temas.

Pensamos que sea en el próximo número cuando comencemos a dar soluciones o vías de apoyo al tema de las adicciones. Mientras tanto esperamos más correos. En la sección de “ver números anteriores”, en el menú azul de la izquierda pueden verse los textos precedentes, tanto en editoriales como en correo de los lectores. Seguimos.