TALLER DE ORACIÓN

SAN FRANCISCO Y LA PAZ

(Sexta Parte)

Por Julia Merodio

“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” Todavía resultan, cercanos y sorprendentes, los cantos de los ángeles a los pastores: “Gloria a Dios en el cielo…, pero ni ellos, ni Dios se olvidan nunca de los hombres; por eso su mayor deseo es que: En la tierra reine la Paz.

Resulta asombroso observar cómo han pasado más de 2000 años desde que Jesús vino a la tierra a traernos la Paz y sin embargo las guerras de todas las clases se suceden en familias, comunidades, pueblos, naciones... Es probable que esto suceda porque los hombres, todavía, no hemos aprendido a pacificarnos, a sanarnos, a serenarnos; y entendemos mal lo que de verdad significa el que Dios nos haya confiado el don de la paz.

Sin embargo sí hay alguien que entendió, que vivió, que regaló a todos este don de la paz. Fue María; por algo la iglesia señaló el primer día del año dedicado a “María Madre de Dios”, como la jornada mundial de la Paz.

Y yo creo que, si hay algún título que a ella le guste de forma especial es precisamente este: el de “Reina de la Paz”.

SAN FRANCISCO HOMBRE DE PAZ

No hace falta elocuencia ni facilidad de palabra para gritar a todos lo que para San Francisco significó la paz. Creo que si hay una oración leída, recitada, sentida y vivida es la de: “Señor haz de mi un instrumento de tu paz”

Pero eso no se improvisa. Esa oración no se escribe, esa oración surge, brota de lo más profundo del alma y se hace realidad porque S. Francisco es un hombre de paz; su interior está sereno, en calma, sin alteraciones…

Cuando he buscado rasgos de la vida de San Francisco ha habido uno que me ha gustado por su contenido. Dice así:

“En aquella época, el evangelio de la misa del día de la fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado... Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente…. No poseáis oro... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ... He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos. . ." (Mat.10, 7-19). Y estas palabras penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía, que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras: "La paz del Señor sea contigo."

Estas palabras han quedado tan grabadas en sus seguidores que, siempre presiden o concluyen los escritos franciscanos: Para todos Paz y bien.

También vuelven a repetirse en el momento de la Paz en la Eucaristía. Un momento en el que, nos deseamos paz, los unos a los otros pero, a veces, tendríamos que preguntarnos ¿Lo de desearnos paz, es solamente un gesto, o ponemos en ello la complicidad que encierra el signo de la paz?

EN PRESENCIA DEL SEÑOR

Aquí estamos ante el Señor. Traemos a nuestra memoria lo que más nos ha impactado de la Navidad. Podemos recordar nuestro compromiso de vivir como, verdaderos hijos de Dios. Nos hacemos conscientes de que, el Padre no defrauda nunca. Contemplamos lo que sería vivir en una verdadera fraternidad y desde todo esto que ha quedado impreso en nuestro interior podemos preguntarnos.

¿Soy persona de paz?

Mirando el mundo que nos rodea.-

Contratiempos que nos desinstalan.

Conflictos en los pueblos.

En las naciones.

En os gobiernos…

Conflictos en la familia:

Separaciones.

Hermanos que no se hablan.

Hijos que buscan a sus padres.

Padres que no saben nada de sus hijos.

Miembros de la familia que abandonan el hogar.

Gente con grandes depresiones.

Personas que viven por lo que dicen los demás.

Desasosiego por tener.

Por escalar puestos.

Por alcanzar un sueldo mejor.

Por salir en los medios de comunicación.

Entrando en nuestro interior.-

Contemplamos gente que vive en guerra consigo misma.

Nos preguntamos: Yo ¿vivo en paz?

¿Soy persona de paz?

¿Pacifico los lugares donde voy?

O por el contrario ¿tengo en mi interior algún conflicto?

¿Qué conflictos impiden que anide la paz en mi corazón?

Desde mi realidad personal:

¿Qué hago yo para que en mi familia, en mi entorno, en mi trabajo… reine la paz?

Después de haber recorrido nuestro interior, sólo nos queda decirle al Señor:

“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

Allí donde haya odio, que yo ponga amor;

donde haya ofensa, que yo ponga perdón:

donde haya discordia, que yo ponga unión;

donde haya error, que yo ponga fe;

donde haya desesperación, que yo ponga esperanza;

donde haya tinieblas, que yo ponga luz;

allí donde haya tristeza, que yo ponga alegría.

Oh, Maestro,

que, yo no busque tanto ser consolado... como consolar,

ser comprendido... como comprender,

ser amado... como amar.

Porque es olvidándose... como uno se encuentra,

es perdonando... como uno es perdonado,

es dando... como uno recibe,

es muriendo... como un resucita a la vida.”

LA PAZ DE JESÚS

Jesús, que conocía al Padre como nadie, vive en esta actitud durante toda su vida. De ahí que afirmemos que Jesús es el “Gran Pacificador”

Pero Jesús, que conoce este don como nadie, no quiere guardárselo para Él sólo y viene a traérnoslo, a regalárnoslo y al acogerlo en nuestra vida nos damos cuenta de que: Todos hemos descubierto ese signo de paz, alguna vez en el transcurso de la existencia.

Sólo hace falta que quedemos en silencio y contemplemos nuestra realidad para que, lleguen a nuestra mente, todas las veces que la paz ha presidido nuestro proceso personal.

Y nos daremos cuenta de que todo lo de Dios es mucho más sencillo de lo que nosotros queremos hacerlo.

Nos daremos cuenta de que descubrimos la paz:

Ese día que nos sentimos amados por Dios.

Ese día que fuimos capaces de perdonar.

El día que le hicimos al hermano un hueco en el corazón.

Aquella vez que reconocimos nuestra ceguera y pedimos al Señor que nos devolviera la vista.

Y, sobre todo, el día que nos dimos cuenta de que, nuestro Dios, era inmensamente mejor de lo que nosotros imaginábamos.

Descubrí la paz:

En ese momento en que, al comprobar mi tacañería a la hora de amar, descubrí Su generosidad al amar sin límites.

Cuando me di cuenta de que Él va siempre delante guiándome por el camino.

Y, de una manera especial, cuando descubrí que me había encomendado la más hermosa de las tareas, el más importante de los oficios, la más sorprendente de las misiones: Ser constructor de Paz.

DAOS FRATERNALMENTE LA PAZ

Hoy debería ser un día especial. Deberíamos quedarnos entusiasmados al oír estas palabras en el momento de la Eucaristía: “Daos fraternalmente la Paz” Ahora empieza el trabajo, ¡Ponte a repartir paz!

Pero Señor: yo no esperaba que te lo tomases tan en serio. Bien sabes que, he hecho lo que he podido. He dado la mano a los que quedaban cerca de mí, hasta he salido del sitio para desear la paz a aquellos amigos que se habían puesto un poco más lejos, me he esforzado por estar amable…

Sigues sin entender nada, me dijo el Señor ¡Eres, realmente torpe!

Está muy bien que des la paz a los que tienes a tu lado y… que, más o menos, conoces pues los ves casi todos los días. Pero lo importante es que des la mano y el corazón a ese que has evitado, al entrar en la celebración, y que lo has dejado, lo suficientemente, lejos de ti como para no tener complicaciones a la hora de dar la paz.

Lo importante es que des la paz en tu corazón, a ese que has dejado “machacado” porque le has hecho un desprecio antes de llegar a la eucaristía.

Lo importante es que des la paz a ese que, tu indiferencia, le hace sufrir de manera especial, por ser alguien muy cercano a ti.

Lo importante es que lleves la paz a ese que está esperando una palabra amable de tu boca, probablemente una palabra tan sencilla como: ¡Gracias! o ¡Lo siento!

En ese momento sí. En ese momento habrá tomado posesión en ti, la grandeza de la paz porque, como Jesús, habrás pacificado a otros y, casi sin pretenderlo, habrás notado que la paz ha llegado a tu corazón.

INMERSOS EN LA NAVIDAD

Estamos en plena Navidad. En el día de Año Nuevo y no nos es difícil observar que:

Tras, la copiosa, cena de nochebuena, las luces de colores, los regalos y las comilonas de empresa, la fraternidad sigue dejando mucho que desear.

Tras tantos mensajes de tolerancia, de cultura, de derechos humanos… las noticias sigan dando un número elevado de muertos en accidente, de muertos a manos de personas intransigentes, de robos, de secuestros…

Tras tantos progresos tecnológicos, en este mundo que parece tan civilizado haya montones de personas incluidas niños que se les enseña a matar utilizando las armas…

Y conmueve comprobar que es a este mundo, precisamente al que Dios decide salvar; y para ello no manda emisarios, vuelve a venir Él mismo en persona.

Ante tanto derroche de amor sólo nos queda caer de rodillas para decirle:

Señor:

-- Te damos gracias por llamarnos a trabajar en tu Reino, encomendándonos la tarea de ser constructores de paz.

-- Te doy gracias porque, al hacerlo, nos miraste con ternura y bajito nos dijiste:

Si no buscas el poder; el trabajo, el esfuerzo y el diálogo te harán llegar a la paz.

Si no buscas las riquezas; tu pan llegará a muchas mesas que nunca conociste.

Si no te detienes en la competitividad; tu paz se alimentará del amor y se solidificará en el perdón.

Si no buscas la fama; notarás que la paz se manifiesta donde reina la verdad, la justicia y la fraternidad.

Si no eres esclavo de la eficacia; verás que la paz es fruto del entendimiento, la tolerancia y la disculpa.

Si vives para el amor; comprobarás que la paz se fragua en el seno de la familia, anida en el corazón del hombre y se hace vida en cada una de tus acciones.