LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 118. JESUCRISTO SALVADOR
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Este salmo es una gran aclamación festiva del pueblo que, reunido en asamblea, canta el amor de Yahvé, inmutable y eterno Israel se considera a sí mismo como las niñas de los ojos de Dios; de ahí su rendida confesión a Él por tanta bondad y misericordia: “¡Aleluya!¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno, porque es eterno su amor!¡Diga la casa de Israel: que es eterno su amor!¡Diga la casa de Aarón: que es eterno su amor!¡Digan los que temen al Señor: que es eterno su amor!”

A lo largo del salmo, se suceden los numerosos motivos por los que el salmista proclama la bondad y el amor de Yahvé. Nos detenemos en uno que nos parece que es el compendio de la extraordinaria relación amorosa entre Dios y su pueblo; es, al mismo tiempo, compendio y vértice. Nos referimos al versículo cantado por el salmista en estos términos: “¡Ah, Yahvé, da la salvación! ¡Ah, Yahvé, da el éxito! ¡Bendito el que viene en nombre de Yahvé!”

Salvación y victoria de Yahvé a favor de su pueblo que, repetidamente, han proclamado también los profetas como, por ejemplo, Isaías: “Escuchadme vosotros, los que habéis perdido el corazón, los que estáis alejados de lo justo. Yo hago acercarse mi victoria, no está lejos, mi salvación no tardará. Pondré salvación en Sión, mi gloria será para Israel” (Is 46,12-13)

El sello mesiánico del himno se manifiesta con toda su fuerza cuando el salmista, al anunciar la salvación y victoria de Yahvé, bendice al que va venir en su nombre: el Mesías, el Enviado.

A este respecto, recordamos las palabras que el ángel susurró a José, esposo de María, al anunciarle el misterio del embarazo que le tenía perplejo. Una vez que le explica lo acontecido con su mujer, le dice que el nombre que debe poner al niño ha de ser Jesús, y añade: “...porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21)

Efectivamente, Dios envía a su Hijo para quitar el pecado del mundo, como anuncia Juan Bautista. Es un quitar destruyendo, y lo hace de la única forma posible, que es asumiéndolo y cargándolo sobre sí mismo. Jesucristo, que es fuego de Yahvé hecho carne, consume en su propio cuerpo todo pecado. No es una simple purificación, es un derribar y destruir el muro insalvable que separa al hombre de Dios. Jesucristo, el Cordero sin mancha, es nuestra victoria, es nuestra salvación; abre nuestros ojos para conocer a Dios a la luz de la Verdad y entrar en comunión con Él.

En el Señor Jesús, la salvación anunciada por los profetas, rompe horizontes y se extiende a toda la humanidad. Él es la personificación del amor eterno de Yahvé que, con tanta riqueza, canta y proclama este salmo.

Recordemos la entrada mesiánica de Jesucristo en Jerusalén. La muchedumbre extendía los mantos a lo largo del camino y agitaban ramos de olivo a su paso, al tiempo que le aclamaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”(Mt 21,9).

Hosanna es un término hebreo que significa ¡Dios salva! La multitud vio en Jesucristo al enviado de Yahvé para salvar, de forma que, en este contexto, podemos traducir la aclamación ¡Hosanna! por ¡Jesucristo salva! El pueblo vio en Él la respuesta de Dios a sus ansias de salvación. Ansias de salvación extendida a la humanidad entera. Todo hombre siente la necesidad imperiosa de vivir eternamente, de que su vida no tenga con la muerte su punto final. Todos hacemos a lo largo de nuestra historia, experiencias de amores, tanto dados como recibidos. Son estas experiencias las que nos catapultan, consciente o inconscientemente, al deseo de vivir un amor eterno e ilimitado en su intensidad. La salvación, incubada en Israel en un límite simplemente político-territorial, se amplía en Jesucristo alcanzando los deseos innatos más profundos del hombre.

Dios es amor, y por amor envía a su Hijo para que este nuestro deseo-intuición llegue, como hemos dicho, por medio de Él a su cumplimiento y plenitud. Ésta es la salvación, la victoria que Jesucristo nos otorga. Libre y voluntariamente, muriendo, venció nuestra muerte, liberando nuestro sello de eternidad.

Así nos lo anuncia el apóstol Pablo en sus catequesis: “Mas cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, Él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de Vida Eterna”(Tt 2, 4-7).

San Pablo puntualiza que esta salvación prometida a Israel, ha sido abierta por Jesucristo a los gentiles, a todos los hombres: “En Él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la Verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia...” (Ef 1, 13-14).