¿SE ENFADA DIOS?

Por Ángel Gómez Escorial

Un día, no hace demasiado tiempo, yo expresé la idea –ante un grupo de amigos-- sobre que Dios podía enfadarse con nosotros, por nuestras faltas, y, además, alejarse un poco de nosotros. Aquello sonó a herejía. Los argumentos en contra eran que Dios no puede alejarse de sus criaturas. Es obvio que Dios no se aleja de parte alguna porque está en todas. Pero, ¿se enfada o no? Yo creo que sí, como todo buen Padre. Si yo soy un repetidor permanente de faltas y pecados y he recibido pruebas –fehacientes--de que Él no quiere que vaya por donde voy marchando en esos momentos, pues, tal vez, un día puede decirnos: “Ahí te quedas, ya volverás”. Claro está, que el Señor me mira con el rabillo del ojo a ver si estoy inquieto o triste. Y espera a ver si ya vuelvo a Él, de una vez por todas y sin subterfugios. Haría, pues, como muchos padres, humanos, de aquí, de la Tierra.

Dios nunca nos va a poner pruebas que no podamos soportar. Y en el juicio para determinar nuestra capacidad para soportarlas será justísimo. Es decir, llegará hasta un milímetro y un segundo antes de nuestra incapacidad. Pero junto a todo ello está nuestra libertad que Dios no conculca ni modifica. Somos libres en términos –valga la expresión—de medida divina. Pero Dios será siempre educador de sus hijos. Y en su sabiduría insondable los métodos didácticos pueden ser muy variados. Nuestras ideas no son las de Dios, ni nuestra forma de ver las cosas tampoco pueden ser como es la suya. No es ocioso aplicar aquello de que Dios escribe derecho con renglones torcidos, porque nosotros los vemos torcidos, pero realmente deben ser completamente rectilíneos.

Tendemos, pues, a pensar a Dios con recetas humanas. Pero algunas cosas muy humanas pueden ser también muy divinas. Cuando Jesús dice que nosotros no damos una piedra a nuestros hijos cuando nos piden un huevo, añade que Dios superará esa medida como Padre bueno, nos da muchas pistas sobre el comportamiento de Dios como Padre cariñoso. Pero, bien podemos decir también que como fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos grabado en nuestro interior una capacidad innata para saber de Él y de sus cosas. Los santos han percibido muchas cosas de Dios y la mayoría son perfectamente homologables con la forma de pensar de los humanos. Sabemos que, para nada, Dios es un ente alejado e intuimos –con mayor o menor intensidad-- su cercanía: sabemos que nos ha elegido.

Pues por todo eso es por lo que yo creo que cuando Dios se enfada conmigo de vez en cuando y, además, se calla y espera. Mira por el rabillo del ojo a ver que hago y si me corrijo. Y aunque yo ande muy despistado por ahí, la cercanía de Él sigue siendo más que evidente. En una de las oraciones que el sacerdote dice en voz baja en la misa se dice: “Y no permitas, Señor, que me separe de Ti.” Es tal vez una de las plegarias más bellas que bien puede utilizarse a modo de jaculatoria de uso muy frecuente. La realidad es esa. Somos nosotros los que nos podemos separar. Él jamás nos dejará. Está claro. Pero eso no significa que alguna vez se enfade y nos suelte lejos en vuelo cautivo, como los globos amarrados a sus bases.