TALLER DE ORACIÓN

EUCARISTIA Y COMUNIÓN

Por Julia Merodio

La Mesa está servida, el Pan caliente y el Vino reposado ¡Venid todos, que nadie falte! El Banquete va a comenzar.

VER

Llega el momento de la oración. Hoy vamos a situarnos en el momento de la Comunión. Momento clave de la Eucaristía.

Para este rato de silencio podíamos situarnos en el momento de la Sagrada Cena. Meternos de lleno, con la mente, en ese momento.

Entremos en el Cenáculo.

Observemos a los apóstoles.

Mirar sus rostros.

No alcanzan a entender lo que allí está pasando.

Démonos cuenta de que, no todos, están allí por amor a Jesús.

También en los sentados a la mesa hay quien está por el interés.

Observemos el rostro de Jesús.

Su bondadoso corazón.

El amor con que los trata.

Jesús no denuncia.

Jesús calla y da una oportunidad al pecador.

Miremos, ahora, nuestra asamblea.

La gente se la levantado y se dirige a recibir al Señor.

Mirar su actitud.

Contemplad sus rostros.

Solemos ir, demasiados, serios cuando nos acercamos a comulgar.

Situémonos ante nuestra actitud.

¿Qué significa para mí, concretamente, recibir al Señor?

¿Qué sentimientos tengo en el momento de dirigirme a recibirlo?

¿Rezo algo?

¿Hablo con Él?

¿Qué le digo?

¿O, quizá, solamente voy mirando a los demás a ver lo que hacen?

¿Qué experiencias tengo de esos momentos en que recibo al Señor?

JUZGAR

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (Juan 6, 51 – 52)

“No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. Entonces dije: Heme aquí ¡oh Dios! Que vengo para hacer tu voluntad” (Hebreos 10, 5 – 8)

“Dijo Yahvé a Samuel: Lleva contigo una ternera y di: He venido para ofrecer a Yahvé un sacrificio. Los ancianos le dijeron: sabemos que tu llegada es para bien. Él contestó: Si he venido para ofrecer un sacrificio a Yahvé, santificaos y venid conmigo al sacrificio” (I Samuel 16, 1 -6)

“Al desembarcar vio un gran muchedumbre y se compadeció de ella. Jesús les dijo ¡Dadles vosotros de comer! Ellos respondieron: no tenemos nada más que cinco panes y dos peces. Él les dijo: traédmelos acá y alzando los ojos al cielo, los bendijo, los partió y se los dio. Comieron todos hasta saciarse y todavía sobraron doce cestos llenos” (Mateo 14, 13 – 21)

“El que come mi carne y bebe mi sangre, está en mí y yo en él. Este es el pan bajado del cielo y el que come de este pan vivirá para siempre” (Juan 6, 58 - 60)

ACTUAR

Llega el momento de la Comunión. La asamblea se ha serenado tras darnos la paz. Todos estamos expectantes. Ha llegado el momento en que recibiremos, íntimamente, el Cuerpo de Cristo Resucitado, como nos dice San Juan, al hablar del Pan Eucarístico.

El sacerdote hace una genuflexión ante el mismo Cristo, presente en el altar, toma el Pan consagrado depositado en la patena y levantándolo un poco dice, dirigiéndose a la asamblea:

“Éste es el Cordero de Dios,

que quita el pecado del mundo.

Dichosos los llamados a la Cena del Señor”

LLAMADOS A COMPARTIR

Dios nos llama. Y nos llama, nada menos, que a compartir el alimento. Dios nos ama tanto que, necesita el momento de la comunión, para llegar a todos, para fundirse con todos. Se parte y se reparte para regenerar nuestras fuerzas, para acompañarnos en el camino, para hacernos saborear su plenitud para desvelarnos la grandeza de su corazón.

Después de todo esto, me he dado cuenta, de que la mesa a la que se me invitaba, era una mesa importante. Al estar en ella he sabido por qué los que la comparten son dichosos, es verdaderamente una dicha compartir la mesa con el Señor.

Con el Único que puede quitar el pecado del mundo. Pues ¿quién podrá quitar el pecado del mundo, sino es el que no tuvo pecado?

¿Quién podrá dar consejos, sin que se le sonroje la cara, sino el que todo lo hizo bien?

¿Quién podrá hablar de igualdad si no es el que se hizo pobre para enriquecer a los demás?

¿Quién puede quitar el pecado del mundo si no es el que tiene piedad de nosotros?

Pidamos, también todos, al Señor que nos envíe el don de piedad para que, como Él, sepamos apiadarnos del dolor humano de la injusticia, del que va por la vida pisando fuerte, aunque en realidad, lo único que hace es tapar, para que no se vean, las carencias que guarda en su corazón.

SEÑOR YO NO SOY DIGNO

Ha sido demasiado. Los que no son capaces de acercarse al Señor, no pueden comprender que, su cercanía siempre hace descubrir la pequeñez. Es como ese rayo de sol, que al entrar en una habitación que parecía totalmente limpia, revela que, todavía queda mucho polvo por limpiar.

La gente se cree que nos acercamos a comulgar porque nos sentimos “buenos” y no se da cuenta de que comulgamos porque somos pobres, necesitados de Dios, única riqueza absoluta.

De ahí que al contacto con esa luz potente podamos comprobar tanta pequeñez, tanta precariedad, tanta pobreza… y de lo profundo del corazón, seamos capaces de decir con la mayor humildad:

“Señor: Yo no soy digno…”

¿Cómo puedes Tú, Dios de dioses y Señor de señores, venir a esta pobre morada? ¿Cómo puedes esperarme, alimentarme, consolarme, amarme…?

Pero bien sé que lo puedes todo. Sé que “bastará una sola palabra para que mi alma quede sana”

EN LA FILA DE LOS QUE ESPERAN SER ALIMENTADOS

El primero en comulgar ha sido el sacerdote. Los demás vamos acercándonos despacio para recibir a Cristo. El sacerdote al darnos la comunión nos mostrará el pan consagrado diciendo, a cada uno personalmente: El Cuerpo de Cristo a lo que nosotros respondemos: Amén. Un amén que es la afirmación de que sabemos, de verdad, que estamos recibiendo al mismo Cristo en nuestro corazón.

La divinidad de Dios mezclada con la humanidad del ser humano, Dios descendiendo para que nosotros ascendamos. Misterio incomprensible de la grandeza de Dios.

A mi me molesta que dure tan poco ese momento. Yo no sé si las personas de nuestro tiempo, tan dadas al “autoservicio” son capaces de asimilar que este Banquete es otra cosa. La impresión que da, al terminar la santa misa, es que comulgamos y pasamos directamente a la acción siguiente sin percatarnos de ello.

Pasamos de la comunión a la televisión, al fútbol, al trabajo… como si nada hubiera sucedido, como si nos acabásemos de levantar de la mesa, de casa, al acabar de comer, para seguir con la repleta agenda que tenemos preparada para ese día.

Con las prisas, nos privamos del sosiego que necesita tener a Dios en el corazón. Nos privamos de escucharle, de sentirnos amados, de experimentar su ternura, de saborear su bondad… pero, sobre todo, nos privamos de acoger sus dones y darle gracias por ello, de decirle que se quede con nosotros, que nos acompañe, que necesitamos que esté a nuestro lado durante toda la jornada. Y, no es que Él no lo sepa, no es que Él no lo haga, pero, como a cualquier padre le gusta que nosotros se lo pidamos, que tengamos necesidad de Él y se lo digamos, que seamos conscientes de su cercanía, de se desvelo por cada uno de sus hijos.

SENTADOS A LA MESA

Yo creo que una buena sobremesa es algo muy apreciado por todos. Pero, sobretodo, en los grandes banquetes, en los grandes acontecimientos donde se reúne la familia, para festejar algún acontecimiento, la sobremesa adquiere una relevancia especial. Al terminar de comer los cercanos se van juntando para preguntar por la familia, para interesarse de su bienestar y todos ellos comparten eso que, no se puede decir a todos. Y es que, en la mesa se revelan las intimidades.

Quizá sea por tanto, el momento en que tenemos a Jesús dentro, una buena oportunidad para preguntarnos personalmente: ¿Cuánto hace que no hablo, desde el corazón, con esos que tanto quiero? ¿Cuánto hace que no escucho a los que llegan a mí, porque creo que ya sé todo lo que me van a decir?

“Os he dado a conocer los secretos del Reino”, nos dice Jesús. ¿Le he dado yo, a los míos, a conocer mi intimidad, eso que me preocupa? ¿Acaso tengo algún temor de poner en sus manos mis miedos, mis prejuicios, mis carencias, mis limitaciones? ¿Soy capaz de compartirlo, en este momento con Cristo, desde la mayor sinceridad?

La mesa es un lugar de acogida, el lugar de lo gratuito, se reparte sin esperar compensaciones. Tendré que revisar, por tanto, cómo va lo de partir el pan para que llegue a todos. Como va lo de tomar en unión el vino que regenera. Tendré, también, que entregarme a los demás, que vivir en comunión con todos y responder si, de verdad, quiero comprometerme hasta entregar mi vida. Jesús lo dijo con claridad:

“Tengo poder para perder la vida y para darla”. Esto es la Eucaristía. La mesa es, como no, el lugar de la fiesta. ¡Qué importante es hacer de nuestras celebraciones una fiesta! Compartir el ellas la amistad, las vivencias, los bienes, los dones de cada uno... Por eso después de recibir al Señor me preguntaré:

¿Seré capaz, desde hoy, de hacer de mis eucaristías una fiesta? ¿Me sentiré acogido al llegar? ¿Saludaré a todos con alegría, o sólo a los conocidos, a los cercanos?

Y después de haber orado y escuchado al Señor en el silencio, tomaré conciencia de que recibirle en la Comunión es, una fiesta tan grande e importante para mí, que jamás podré agradecérselo debidamente.

Me daré cuenta de que recibir la Sagrada Comunión es vivir en la luz, en la alegría, en el encuentro… Es:

AGRADECER EL DON

Yo se sé, si hemos sido capaces de tomar conciencia, alguna vez, del Don que nos hace Cristo al esperarnos, cada día, para alimentar lo más profundo de nuestro ser.

Cuando nos demos cuenta de ello, viviremos en eterno agradecimiento. Y daremos gracias porque:

Él, al dar la vida, nos ha hacho partícipes, del diálogo de amor que le une al Padre.

Él, nos enseña a entregarnos, no sólo en la misa, sino en los detalles de cada día, siendo presencia suya en el mundo.

Él nos enseña a presentarnos ante todos como portadores de salvación.

Y seremos presencia de Dios, donde nos encontremos, porque hemos sido capaces, de acercarnos a la mesa, de recibir el pan y el vino consagrados y de hospedar a Cristo en nuestro corazón. Hemos sido capaces de romper el cerco donde nos protegíamos y hemos salido, de nosotros mismos, para dejarle a Él un sitio en nuestro corazón.

Y seremos custodia portadora de Dios, porque hemos abierto la puerta para que Él entrase, hemos abierto nuestra persona y hemos abandonado las defensas que nos cercaban, para dejarle tomar posesión nuestra.

Ahora, sólo nos queda, sentir la alegría de estar a su lado, de comunicarle nuestros sentimientos, de gozarlo en nuestro interior, de sentir su presencia.

Y personalmente te digo a ti, lo mismo que me digo a mí misma: No pongas condiciones, acógelo en el silencio de tu corazón. Pronto notarás cómo llega a ti su palabra silenciosa, cómo empieza a colmar ese vacío que tenías todavía sin llenar.

Cuando comulgues, cada día, mira de una forma especial el pan y el vino consagrados. Saboréalos en tu corazón, acoge su “misterio” salta por encima de tus esquemas, llena de disponibilidad tu persona y rompe con todos tus condicionamientos.

Y en este silencio, en esta intimidad:

Déjate interpelar por el Dios de la vida.

Abandónate en sus designios de salvación.

Pídele que te ayude a huir de la mediocridad.

Vive el gozo que proporciona darte a los demás.

Alégrate al descubrir que, realmente, lo necesitas.

Pregúntate, de vez en cuando, si estás haciendo lo que Dios quiere de ti.

Y, sobre todo, pídele la gracia de hundirte sin miedo en el inmenso corazón de Cristo. Porque, sólo allí encontraras el amor, la bondad, la misericordia, la luz, la gracia... Allí, encontrarás el absoluto. Allí encontrarás al Único… Allí encontrarás al mismo Dios.