LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 100. DE DIOS SOMOS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Este Salmo es una profesión de fe del pueblo de Israel. Podemos imaginarnos a una multitud de fieles haciendo una entrada procesional en el Templo proclamando su fe, su adhesión a Yahvé entre cánticos de bendición y alabanza: “¡Aclamad a Yahvé toda la tierra, servid a Yahvé con alegría, llegaos ante Él entre gritos de júbilo!”

Israel se sabe marcado por el sello de Yahvé. Sello que testifica que Él lo ha elegido, que es la hechura de sus manos. Tiene conciencia de que pertenece y es propiedad de Yahvé. De ahí la acción de gracias que brota de los labios de los fieles al pisar los atrios del Templo: “Sabed que Yahvé es Dios, Él nos ha hecho y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. ¡Entrad en sus pórticos con acciones de gracias, con alabanzas en sus atrios, dadle gracias, bendecid su Nombre!”

Esta exultación, estos gritos de bendición y alabanza a Yahvé que emergen del alma del pueblo al entrar procesionalmente en el Templo, no son fruto de un momento emocional, de un ambiente devocional colectivo. Es la manifestación de la dimensión espiritual de Israel, consciente de que las raíces de su identidad están marcadas por la elección que Dios hizo con él tomándolo como propiedad y pertenencia suya. Esta profunda y bellísima realidad nos viene expresada de forma magistral en las Santas Escrituras: “Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahvé, tu Dios; Él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra” (Dt 7,6)

Cuando Israel se desvía del camino de elección que le ha sido ofrecido, Yahvé le envía profetas para recordarle que es pertenencia suya y que, si en ese momento histórico están a merced de sus enemigos, es porque le han dejado de lado para servir a otros dioses. Veamos, por ejemplo, este texto del profeta Jeremías que denuncia la infidelidad del pueblo: “Así dice Yahvé Sebaot...cuando yo saqué a vuestros padres del país de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocaustos y sacrificios. Lo que les mandé fue esto otro: Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, y seguiréis todo camino que yo os mandare, para que os vaya bien. Mas ellos no escucharon ni prestaron el oído, sino que procedieron en sus consejos según la pertinacia de su mal corazón, y se pusieron de espaldas, que no de cara” (Jr 7,22-24). Tengamos presente que estar de espaldas es la actitud del que no escucha.

Puesto que Israel se ha puesto de espaldas a Yahvé y a su protección, queda a merced de sus enemigos. Así termina el texto del profeta que hemos iniciado antes: “Suspenderé en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén toda voz de gozo y alegría, la voz del novio y la voz de la novia; porque toda la tierra quedará desolada” (Jr 7,34)

Sin embargo, como ya sabemos, la última palabra de Dios sobre Israel y sobre todo hombre es la del perdón y la misericordia. Así oímos al profeta Isaías anunciar la promesa del retorno de los israelitas de los países a donde fueron desterrados a causa de vivir a espaldas de Yahvé: “Aquel día vareará Yahvé desde la corriente del río hasta el torrente de Egipto, y vosotros seréis reunidos de uno en uno, hijos de Israel. Aquel día se tocará un cuerno grande y vendrán los perdidos por tierra de Asur y los dispersos por tierra de Egipto, y adorarán a Yahvé en el Monte Santo de Jerusalén” (Is 27,12-13)

Fijémonos bien que el profeta nos dice que este retorno, esta vuelta del pueblo-rebaño de Dios, se llevará a cabo uno a uno; es una experiencia personalísima y que se vive dentro de la comunidad. Experiencia que será llevada a su plenitud a partir del Mesías. A causa de Él, es posible la adhesión personal y comunitaria de la fe. La gran Comunidad de la Iglesia engloba la innumerable multitud de comunidades extendidas por el mundo. Recordemos que la palabra católica quiere decir universal.

Jesucristo, portador y consumador de todas las promesas de Yahvé, se nos presenta bajo al figura del Buen Pastor que llama a sus ovejas una a una para constituir el nuevo pueblo-rebaño de Dios: “En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera” (Jn10, 1-3). En este mismo texto, el Señor Jesús anuncia la liberadora y gozosa noticia de que este nuevo y definitivo rebaño-pueblo perteneciente a Yahvé, traspasará las fronteras del pueblo elegido: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16)

Por la muerte y resurrección del Hijo de Dios, todos los hombres estamos llamados a ser propiedad, pertenencia de Dios porque hemos sido comprados, rescatados para el Padre por medio de la Sangre del Señor Jesús. Ha sido la misma Sangre de Dios la que ha roto las cadenas en las que nos tenía aprisionados el Príncipe del mal. El apóstol Juan nos transcribe este himno glorioso, dirigido al Señor Jesús en lo más alto de los cielos: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu Sangre, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Ap 5,9).