Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
29 de mayo de 2005

La homilía de Betania


1.- ¿CREEMOS SIQUIERA EN ESA PRESENCIA REAL?

Por Antonio Díaz Tortajada

2.- NADIE SIN FUTURO

Por José María Martín OSA

3.- BANQUETE FRATERNAL

Por José Maria Maruri, SJ.

4.- ¡SOIS MI CUERPO!

Por Javier Leoz

5.- CUESTIONES PERSONALES

Por Ángel Gómez Escorial


1.- ¿CREEMOS SIQUIERA EN ESA PRESENCIA REAL?

Por Antonio Díaz Tortajada

1. La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos dice que los que pertenecían al pueblo de Dios comían del pan del cielo, el maná. La tercera lectura, sacada del evangelio según san Juan, nos añade que sólo quien come el verdadero pan del Reino pertenece al pueblo de Dios y, sólo él, tiene vida eterna. Sólo quien coma de la Eucaristía pertenece al pueblo de Dios y, al hacerse carne de la carne y sangre de la sangre del cuerpo de Cristo, que está resucitado, entra a formar parte de los que están destinados a entrar en el Reino, en el grupo de los resucitados.

Hoy, participar en la Eucaristía, y comer de ella es el signo por el que nos reconocerán como discípulos de Cristo. Ella es meta y origen de la vida y misión de la comunidad cristiana.

La segunda lectura, de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto, nos dice que no podemos hacer carne de nuestra carne el cuerpo de Cristo, sin hacernos un solo cuerpo los unos con los otros al mismo tiempo; no podemos ser una sola cosa con Cristo sin que eso nos haga una sola cosa con el prójimo. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión eclesial, es además, proyecto de solidaridad universal. Desenvolvamos las ideas tanto de la Liturgia como de la Eucaristía como tal.

2.- San Pablo, pues, nos preguntaría ¿con qué cuerpo de Cristo comulgamos si se nos queda atravesado en la garganta uno de los miembros de Cristo, uno de nuestros prójimos?

El evangelio según san Juan nos presenta a Cristo como un nuevo Moisés y que supera al mismo Moisés, porque Jesús, según Juan, es un Moisés que se hace maná para alimentar a su propio pueblo. Jesús, dice san Juan, no solamente es pastor o buen pastor, además es un pastor que se hace cordero pascual para salvar la vida de su pueblo.

Jesucristo está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. La presencia es real, pero no física. Jesucristo no está allí “chiquitito”, ni “bajado del cielo”, ni “encerrado en el sagrario”, ni con ojos y oídos como los que tenía. Jesucristo está allí, Él, realmente, pero eso es una afirmación de nuestra fe, no de nuestro cerebro o de nuestras ciencias.

¿Creemos siquiera en esa presencia real? ¿Cómo saldríamos de una reunión en la que Jesús, el que aparece en los evangelios, estuviera con nosotros? Saldríamos llenos de luz, llenos de alegría, llenos de amor, llenos de esperanza, llenos de fuerza, ¿salimos así de cada Eucaristía? Porque nosotros, los católicos, decimos que en cada Eucaristía Cristo está realmente presente.

3. Jesucristo está sacramentalmente presente. Su presencia es real, pero sacramental, es decir “bajo las especies de pan y de vino”. Su presencia es sacramental, pero real. Sólo la fe nos hace creer en que eso que comemos y bebemos, que parece pan y parece vino es, para nosotros, por la fe, realmente el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo.

Cristo está allí no para que lo veamos o admiremos, ni siquiera para que lo aclamemos, sino para que lo comamos. “El que coma y el que beba”, dice Jesús, bien claramente, en el Evangelio. La Eucaristía –sacramento de la presencia de Cristo– no es un concierto, no es para ir a oírla; no es un espectáculo, para verla. La Eucaristía es un banquete, y a los banquetes se va a comer, aunque no sólo se vaya a comer.

Tomás de Aquino vivió, precisamente, en un siglo en el que los “milagros” eucarísticos se multiplicaron frente a las herejías que negaban la presencia real. Interrogado una vez acerca de qué pensaba él sobre esos “milagros”, Tomás respondió que esa sangre que aparecía en las hostias profanadas por herejes podía ser cualquier cosa menos la sangre de Cristo. Recordemos la palabra de Jesús mismo: “Bienaventurados los que sin ver creyeren”.

Recordemos, también, lo que san Pablo nos dice: “Cristo resucitado no muere más”; agreguemos nosotros que tampoco sangra más. Eso sí, “estamos completando en nuestro cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo”. Cuando se apalea, tortura, o profana, a la persona de un prójimo, se está profanando al cuerpo de Cristo; porque nosotros somos los miembros de su cuerpo. Así lo pensaba bien claramente san Agustín cuando decía: Cuando el sacerdote dice “esto es mi cuerpo” o “esto es mi sangre” sobre el pan y sobre el vino que están encima del altar, ¿el cuerpo de quién es el que está sobre el altar? El cuerpo de cada uno de nosotros, porque nosotros somos el cuerpo de Cristo.

Es una delicada tarea ejercitarse en ver a Cristo detrás de los velos. Para descubrir a Cristo detrás de los velos hay que encender todas las lámparas de la fe y del amor. La comunión con la Eucaristía ayuda a encenderlas.


2.- NADIE SIN FUTURO

Por José María Martín OSA

1.- El concilio Vaticano II nos enseñó que la Eucaristía es "fuente y cima de la vida cristiana" (LG 11). Y el Papa Juan Pablo II nos recordó hace dos años que "la Iglesia vive de la Eucaristía" (Ecclesia de Eucharistia). En efecto, no existe la comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana. Porque la Eucaristía es un banquete, ágape, una fiesta de comunión de hermanos. No puede haber Comunión si no hay comunión de vida. A menudo olvidamos que no sólo comulgamos con Cristo, también lo hacemos con los hermanos. Por tanto, absténgase de participar en ella aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad.

2.- El Jueves Santo celebrábamos el día de la institución de la Eucaristía. En el sacrificio eucarístico, actualizado en nuestras Eucaristías, Jesús entrega su vida por nosotros. Hay muchas semejanzas entre las palabras de Jesús en los relatos de la institución recogidos por los sinópticos y el evangelio de Juan. En aquellos se habla de cuerpo entregado y sangre derramada por nosotros. En el discurso del capítulo 6 de cuarto evangelio hay una explicación del signo de la multiplicación de los panes, que Jesús acababa de realizar. Hay también en él una mención explicita al cuerpo. Verdadera comida, y sangre, verdadera bebida: el que come su carne y bebe su sangre habita en El. Pero aquí se subraya mucho más el aspecto del banquete y el compartir.

Sólo celebramos bien la Eucaristía si tenemos los mismos sentimientos de Jesús. La fracción del pan, expresión con la que los primeros cristianos designaban la Eucaristía, refleja perfectamente lo que Jesús quiso mostrarnos al partirse y repartirse por nosotros. No olvidemos que el altar no sólo es "ara" para el sacrificio, es también mesa del compartir. Cuando ponemos el mantel y adornamos la mesa del altar estamos significando que allí se va a celebrar una comida fraterna. Y en esta mesa nadie está excluido. A ella están invitados todos: el parado que busca desesperado un trabajo, el inmigrante que se siente rechazado, el anciano que vive su soledad, el joven desesperado, la mujer explotada. Aquí no hay rechazo, ni soledad, ni explotación; aquí hay acogida, ayuda y solidaridad.

3.- La fiesta del Corpus Christi es también el "Día de caridad". Parece muy adecuado recordar este día el significado de la Eucaristía, para no quedarnos sólo en el ritualismo, sin darnos cuenta de qué es lo que se celebra. Este año el lema es "nadie sin futuro", subrayando que toda la celebración eucarística es una invitación a la solidaridad, a poner en común nuestros dones y nuestros corazones. Una persona que vive la Eucaristía estará dispuesta a abrir sus brazos a los hermanos, a lavar los pies y hacerse pan compartido. Nadie debe quedar excluido, todos hemos de estar al servicio de los últimos, para que todos puedan mirar el futuro con esperanza. Como nos decía la madre Teresa de Calcuta "lo importante no es cuanto hacemos, sino cuánto amor, cuánta honestidad y cuánta fe ponemos en lo que hacemos". Es cuestión de actitudes y comportamiento. Sólo adoremos a Jesús en el sacramento del altar si vivimos el sacramento del amor al hermano que está a nuestro lado. En palabras de San Agustín: "Preocúpate de aquél que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a Aquél con quien desees permanecer eternamente".


3.- BANQUETE FRATERNAL

Por José Maria Maruri, SJ

1.- Una comida en familia no tiene nada que ver con un banquete de sociedad, donde se va por conveniencia, a presumir, a aparentar, a encontrarse con personas importantes que le pueden servir a uno, a intercambiar tarjetas de visita, a chocar manos y hacerse fotografías. Banquetes programados más con la calculadora de la cabeza que llenos de amistad de corazón, donde tantas veces entra uno solo y sale de allí solo.

2.- La Eucaristía es un banquete, pero no puede ser un banquete así como lo dicho anteriormente. En su misma raíz, en su misma institución el Señor marca muy claro el ambiente de una Eucaristía: cena de amigos, tan amigos que el de más autoridad de ellos lava los pies a los demás. Cena de amigos en la que se coló de rondón también uno que entro solo y marchó solo, cuando fuera era ya de noche.

Y desde aquella primera cena de amigos la Iglesia Primitiva entendió la Eucaristía como cena de hermanos, a la que cada uno traía lo que podía, para cenar todos juntos, y para llevar luego a los que no habían venido y estaban necesitados.

Eucaristía es esencialmente co-munión (común unión) participación, muchos unidos en uno. Nos reunimos y nos sentamos a la mesa del Señor los que somos hermanos, los que por ser pueblo de Dios somos pueblo de hermanos, a los que nos unen los mismos ideales, una misma fe, un solo bautismo, un solo Señor y Padre.

Tan estrecha es esa unión que nos hace uno en el cuerpo de Cristo, porque al recibir al Señor, que es vida, nos comunica la misma vida de Dios. Todos nosotros vivimos con una misma energía vital, la misma que hace vivir a Dios.

Diríamos que nuestros corazones laten con los mismos latidos de Dios y laten al unísono con Dios y por tanto al unísono con los que participan en esa misma mesa.

Por eso en la oración de los fieles pedimos unos por otros. En el Padre Nuestro, hijos del mismo Padre, pedimos para todos el pan nuestro de cada día. Pedimos que nos congregue en la unidad a los que participamos del Cuerpo de Cristo. Pedimos juntos por los difuntos de todos nosotros. Y nos damos la paz como hermanos.

3.- A esto viene el que nos reunamos cada semana y nos sentemos a la misma mesa. A que esa vivencia de pueblo de hermanos se profundice, eche raíces en nuestros corazones y que al salir de la misa nos sintamos más hermanos.

Que no entremos en la Iglesia solos y nos marchemos tan solos como entramos.

Que el “podéis ir en paz” no signifique una liberación de una obligación que teníamos que cumplir y que la hemos cumplido ya hasta la próxima semana. Que signifique algo para nosotros el haber estado, juntos un buen rato.

Qué hermoso sería que saliéramos de aquí charlando unos con otros, conocidos y desconocidos, hermanados en la comunión de un mismo pan.

¿Al final de esta Eucaristía nos sentiremos mas hermanos o cada uno marcharemos solos, tan solos como entramos?


4.- ¡SOIS MI CUERPO!

Por Javier Leoz

1.- Festividad del Corpus Christi: si Dios baja, hasta la mesa del altar, es para que nosotros luego descendamos –junto con El y por El- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes.

El Cuerpo y la Sangre del Señor, no pueden quedarse en la invisibilidad de las cosas y de los acontecimientos. Sus amigos (y esos amigos somos nosotros) somos los que tenemos que dar “cuerpo” y “sangre” a un evangelio que siendo conocido por muchos no es vivido por tantos como pensamos ni creemos. Tampoco, en toda su perfección, por nosotros mismos.

¿Quién no recuerda aquella famosa historia del Cristo sin brazos? No podemos olvidarnos de las personas que no tienen rostro porque les ha sido arrebatado su honra o de aquellos otros que no tienen brazos porque los han dejado mutilados sin derecho a réplica ni defensa. El Cristo sin brazos, en esta festividad del Corpus, es un Cristo que, cuando lo comulgamos, se sumerge en nuestras entrañas para que formemos parte de su cuerpo. Es entonces, cuando automáticamente, nos convertimos en nuevos cristos para un viejo mundo que necesita, aunque no se de cuenta, de un alimento que lo aleje de la extenuación física y psíquica a la que está sometido.

2.- ¿Somos de verdad el cuerpo del Señor allá donde estamos? ¿Dicen de nosotros, por nuestros modos y maneras, actitudes y palabras, éste se nota que es cuerpo de Jesús? ¿Preferimos el anonimato y el camino fácil, el aplauso de los medios, la falsa discreción antes que dar la cara en aquellas situaciones que requieren nuestro anuncio o denuncia?

3.- .La Solemnidad del Corpus Christi nos trae a la memoria la comunión con Jesús y la comunión con los hermanos. No podemos contentarnos exclusivamente con unas carantoñas y besos, miradas perdidas o halagos ante un Cristo bonito. No podemos caer en la tentación, en este día del Corpus, de reverenciar al Señor que sale a la calle en histórica custodia o acariciarle con una lluvia de pétalos. A continuación, y después de eso (que está muy bien) hemos de dar el siguiente paso de rescatar y recuperar el cuerpo de su mensaje y de su acción evangelizadora: que todos los hombres, especialmente los más pobres, descubran la presencia de un Dios que ama con locura. Y los pobres, sobre todo en la situación que nos preocupa, son ciudadanos que viven como si Dios no existiera, cristianos que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran, creyentes que formaron parte de la gran familia de la Iglesia y que se han vuelto en su contra, representantes que, en su torpeza e intolerante progresismo, se mofan injustamente a los pies del Santo Sepulcro de Jerusalén de los símbolos de la Pasión de Jesús. ¿Éstos, no son pobres?

Solemnidad del Cuerpo Christi. Es el día de los que formamos esa gran familia de los hijos de Dios. Estamos llamados a manifestar públicamente (la procesión del Corpus es una manifestación de fe, pero manifestación) la gran riqueza que muchos se pierden todos los domingos, el gran memorial que Jesús nos dejó en Jueves Santo, el gran milagro que –todos los días- tiene lugar en miles de altares, la gran fuerza que expulsa toda debilidad, el gran misterio que nos va abriendo puertas para un entrar cara a cara y hablar de tú a tú con el Dios que nos salva.

4.-.Fiesta del Corpus Christi. Con este pan, hoy sobre todo, nos crecemos, nos hacemos los valientes, para no cejar en nuestro empeño evangelizador. En este día, mirando a Jesús Sacramentado, desaparece el egoísmo (que es la ausencia de Dios) y reaparece la caridad (que es el latir del corazón de Dios a favor del hombre).

Si "no comprometerse" ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso (Juan Pablo II, Christi fideles Laici 3).

No es que Cristo esté oculto en el mundo. Es más bien al contrario: muchos cristianos permanecen tan ocultos en la política y en la familia, en la empresa, en la cultura, en los organismos donde se toman ciertas decisiones etc., que, es entonces, cuando Cristo enmudece, se paraliza y se hace invisible, no por El, sino por aquellos que somos su cuerpo y nos resistimos a movernos y presentarnos en su nombre.

La custodia labrada en oro o de plata, volverá al museo con un letargo que durará todo un año. Los cristianos, por el contrario, como “custodias de carne y hueso”, lejos de dormir, seguiremos llevando a Cristo y pregonándolo a los cuatro vientos todos y cada uno de los días del año. Aunque no nos echen pétalos.


5.- CUESTIONES PERSONALES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Conmemoramos hoy la permanencia real de Cristo en la tierra, bajo las especies de pan y vino, en la Eucaristía. Es algo tan grande que sólo es posible explicarlo, partiendo de algo muy íntimo. Y así, en mi experiencia personal arroja un balance de enorme importancia la recepción diaria del Santísimo Sacramento. No se trata de presumir de piedad. Responde a una necesidad que tiene mucho de espiritual, pero que también incide en lo físico.

La presencia innegable de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual fehaciente. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, aquieta, perdona y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Santa Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, aprensiones, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de recibir a Jesús. No es un espejismo, no es una falsa emoción. Hay momentos en que el fruto del Santo Sacramento es recibir --por ejemplo-- un mayor tino para todas las cosas y, sobre todo, en las de índole espiritual.

2.- No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien "terreno" que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es --si ellos no lo sienten-- predibujarles tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación. Pidiendo a Jesús que nos ilumine y que nos "regale" de manera fehaciente su presencia. Y una vez que seamos capaces de aprehender esos dones, hemos de esforzarnos por comunicárselos a nuestros hermanos.

3.- Hay brillantes exhortaciones, en los textos litúrgicos de la Misa de hoy, a la unidad de los cristianos en torno al Cuerpo y Sangre de Cristo. "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan". Lo dice Pablo en la Carta Primera a los Corintios. Jesús en el evangelio de San Juan lo expresa sin la menor ambigüedad: "Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre".

Esa unidad en torno a la Eucaristía debería ser un proyecto común para todos. La corriente ecuménica de estos tiempos, la búsqueda de la unidad de las Iglesias, tiene cada vez más fuerza en el pensamiento común de los cristianos. Ciertamente, que hay un buen número de Iglesias que abandonaron el uso de la Eucaristía tras la Reforma. Hay otras, como las Iglesias Ortodoxas y la anglicana, que el Misterio Eucarístico está presente en sus liturgias. El camino de la Unidad debería ir desplazando todo aquello que separa y reforzando todo lo que une y, además, es común en las celebraciones. Nos parece que dedicar la fiesta de la Santísima Sangre y Cuerpo de Cristo a la unidad de los cristianos es una lección muy acertada.