TALLER DE ORACIÓN

PASCUA: EUCARISTÍA Y PADRENUESTRO

Por Julia Merodio

Ha terminado la Plegaria Eucarística y entramos de lleno en le Rito de la Comunión. El sacerdote ha dejado en el altar la Patena y el Cáliz y ha juntado las manos para decir:

“Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza nos atrevemos a decir”

Jesús, no sólo nos hizo una recomendación, sino que además nos enseñó a realizarla. Fue, en un momento, en el que los discípulos al verle orar y contemplar como lo transfiguraba la oración, se atrevieron a decirle que les enseñase a hacer ellos lo mismo. Esperaban que Jesús les mostrase algo complicado, algo imposible a su rudeza y su condición, pero quedaron sorprendidos al comprobar que, Jesús, con la mayor sencillez les decía lo fácil que era relacionarse con el Padre. Y así con palabras fáciles, cercanas y conocidas les fue mostrando, recitando y enseñando la oración del: Padrenuestro.

Esta oración al Padre se reza, en la eucaristía, como preparación a la comunión. En ella reconocemos la grandeza de Dios. Una grandeza que ha sido la directriz de toda la Plegaria Eucarística.

“A ti, Padre Santo…”, hemos repetido. Por ti, Padre de bondad…” hemos afirmado…, por tanto este momento es, la recopilación de lo que hemos vivido y celebrado que, unidos, queremos manifestarlo recitando esta oración. En ella pedimos, también, el pan que necesitamos para alimentar el cuerpo y el Pan Eucarístico para alimentar el alma. Pedimos una vez más el perdón, pero ahora vamos un poco más lejos llegando a identificarnos con el Padre al perdonar y unidos todos, porque una de las cosas que más le agradan a Él es la unión de los hermanos, lo recitamos juntos.

RECITANDO EL PADRENUESTRO

“Jesús les dijo: Cuando oréis decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día el pan que necesitamos; perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende; y no nos dejes caer en la tentación” (Lucas 11, 2 – 5)

En la última parte que hemos orado apuntaba la necesidad de ir a lo nuclear, a lo de dentro, a lo que llena, a lo que hace crecer… Por eso me parece que es importante hacer lo mismo con el Padrenuestro y, en lugar de ir contemplando cada frase lo que vamos a hacer es desgranarlas e interiorizarlas, dando relieve a la afectividad y la cercanía.

PADRE NUESTRO

"No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre en el cielo" (Mt 23,9)

Padre de todos los seres humanos. Los que vivimos, los que han vivido y los que vivirá.

Si decimos a Dios ¡Padre! Es porque nos sentimos hijos de Dios. Es el Espíritu, que vive dentro de cada uno de nosotros, el que nos lo garantiza, el que nos lo testifica, el que nos convence de que realmente lo somos.

Dios, Padre y autor de toda la creación, que no has dudado de reglarnos todo, cuanto existe, para que viviéramos felices.

Tú eres el Padre bueno que espera a la orilla del camino, el regreso de los hijos alejados, para acogerlos en tus brazos de padre y darles ese abrazo de amor, que solamente Tú sabes dar.

Tú eres el Padre lleno de amor que quiere sentar a su mesa a todos los hijos para que se unan en una fraternidad de: hermanos que se quieren, que se apoyan, que se ayudan, que se necesitan…

Tú eres el Padre misericordioso que desea que, todos su hijos, vivamos en paz, promoviendo la justicia y reconociendo los derechos de todos los seres humanos.

Tú quieres sentarnos, a todos, en tu mesa, vestidos con “traje de fiesta” para que en ella descubramos lo que es:

El gozo de compartir.

El sabor a pan recién hecho.

El sosiego de la escucha.

El encuentro con los hermanos.

La alegría del canto.

La calidez de la intimidad…

QUE ESTÁS EN EL CIELO

“Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1, 1- 3)

Estás en el cielo, pero insertado en la tierra. Porque lo que Tú quieres es traer el cielo a la tierra para que, tus hijos queridos, vivamos la alegría habitar contigo.

Nosotros mismos, a veces sin ser conscientes de lo que decíamos, hemos afirmado ante cualquier acontecimiento que nos desbordaba de felicidad: ¡Esto es vivir el cielo en la tierra!

Y era verdad. El cielo está aquí en la tierra cuando somos capaces de vivir los acontecimientos de nuestra vida junto al Padre. Cuando somos capaces de trabajar para que el mundo sea más humano, más fraterno, más digno, más cristiano…

El cielo está en la tierra cuando:

Nos sentimos queridos y valorados.

Aprovechamos las oportunidades que se nos brindan.

Reconocemos el rostro de Dios en el hermano.

Vivimos con ilusión lo que nos toca vivir.

Cuando somos “sacramentos” de unión para los demás.

En nuestra familia.

En nuestro entorno.

En nuestro grupo.

En nuestra comunidad eclesial…

Cuando somos capaces de hacer, de las Bienaventuranzas, nuestro estilo de vida.

Cuando vivimos junto al Señor nuestras adversidades.

Y somos capaces de resucitar a lo nuevo, a lo que no muere, a lo que no tiene fin…

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

“El Señor respondió: Yo mismo haré pasar delante de ti todo mi esplendor y delante de ti pronunciaré el nombre del Señor” (Éxodo 33, 19 -20)

Bien sabemos Padre que, sólo Tú, eres santo y santificador; pero quieres que todos tus hijos “seamos santos ante Ti por el amor”

Esto nos parece, cuando menos, difícil y, a veces, irrealizable ¡Llegar a la santidad! Pero estas dificultades nos llegan porque pensamos que somos nosotros mismos los que tenemos que construir “nuestra santidad” a base de puños, sin darnos cuenta de que es: “el mismo Espíritu Santo el que obra todo en todos” La auténtica santidad no es una construcción humana, sino la obra del amor de Dios que vive en cada uno de nosotros.

Por eso hoy, Padre, nos ponemos en tus manos para que santifiques nuestro tiempo, nuestra realidad, nuestra vida y desde ella te santifiquemos a Ti, nuestro único Padre y Señor.

Bien sabes que esto no es, precisamente, lo que marca la presencia de nuestro entorno. El mundo de hoy está lejos de querer santificarse y, ni siquiera, se acuerda de santificar tu nombre.

Por eso, a Ti que eres el único santificador, te pedimos en este momento de la eucaristía, que desciendas sobre nuestro mundo porque todo él necesita ser santificado.

Necesita ser santificado:

En nuestra casa.

En el mundo de la empresa.

En el mundo de la diversión.

En el mundo financiero.

En el mundo de la comunicación.

En EL mundo de la enseñanza.

En el mundo de los valores humanos.

En el mundo de la Iglesia…

VENGA A NOSOTROS TU REINO

“Con el Reino de los cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo. Llamó a los invitados pero ellos no hicieron caso, cada uno se fue a su negocio. Otros enojados maltrato a los que se lo avisaron y los mataron. El banquete estaba preparado pero los invitados no eran dignos. Entonces dijo el rey: salid a los caminos e invitad a cuantos encontréis. Lo hicieron así, reunieron a cuantos encontraron, buenos y malos y la sala se llenó” (Mateo 22, 1 – 10)

Con que nitidez encontramos aquí en amor de Padre. Él mismo nos invita cada día a este banquete, pero ya veis no vienen demasiados. Es sorprendente El Padre no impone, ni controla… simplemente espera y brinda la oportunidad.

Aquí está preparado el banquete y, a pesar de que la mayor parte se excuse y no venga, el banquete no se suspende, ni se devalúa, ni se hace más escaso, ni se suprime la fiesta…

Lo que, quizá, sí quiera decirnos el Padre es que salgamos a los caminos a invitar a cuantos nos encontremos. Que invitemos a todos. Incluso a esos que nos parece que “no tienen pintas” de ello.

Que traigamos a los pobres a los que lo pasan mal, a los que se han dispersado y no saben que camino coger, a los que han sido empujados y están a la orilla del camino sin atreverse a entrar…

El Padre nos pide que seamos “noticia de su Reino” de ese Reino de vida, de paz, de justicia, de amor…

HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

“Jesús les dijo: Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará” (Mateo 5, 6 – 7)

Después de haber rezado, tantas veces, estas palabras al recitar el Padrenuestro, cierto día hablando con una buena amiga descubrí que esta expresión la decimos al revés, porque lo que quiere decir, realmente, es que en la tierra se haga la voluntad de Dios, lo mismo que se hace en el cielo.

Me pareció precioso y ciertamente correcto. Ya que los seres que están junto a Dios, al conocer su inmensidad, no podrán hacer otra cosa distinta a lo que a Dios le agrada, para ellos será evidente de que no hay nada mejor.

Sin embargo a nosotros, no siempre, nos gusta lo que le gusta a Él. No siempre nos agrada hacer lo que quiere Dios para nuestra existencia.

¿Cuántas veces al día nos preguntamos si lo que hacemos es voluntad de Dios? ¿Cuántas veces al rezarlo hacemos una adhesión para que sea así en nuestra vida?

Sin embargo queremos ser instrumentos de Dios en la tierra. En la Doxología decíamos que queríamos vivir por Él, con Él y en Él, pero cuando lo que está en juego es nuestro interés personal la cosa cambia. ¡Cuántos sentimientos, afectos y criterios anteponemos a los de la voluntad de Dios!

Pero, a pesar de todo, cuando rezamos el Padrenuestro lo hacemos de verdad y decimos desde lo profundo de nuestro corazón que:

Queremos que Dios cuente en nuestra vida.

Queremos que sea nuestro motor.

Queremos estar a su entera disposición.

Qué queremos ser una manifestación suya en la tierra.

Porque queremos que su voluntad se haga en la tierra, como se hace en el cielo.