LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 96. ANUNCIAD AL MUNDO
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

El salmista hace una invitación al pueblo a expresar la grandeza y soberanía de Yahvé prorrumpiendo en un himno glorioso, un canto triunfal que se extienda por toda la tierra. El eco de sus voces ha de llegar a todo ser viviente de forma que todos se asocien a la proclamación de la majestad de Yahvé: “Cantad a Yahvé un canto nuevo, cantad a Yahvé toda la tierra, cantad a Yahvé, bendecid su nombre”.

Esta celebración festiva que sale de las entrañas de lo que podríamos llamar la comunidad litúrgica de Israel, nos recuerda el cántico triunfal que el pueblo entonó cuando vio con sus propios ojos y sintió en sus carnes la salvación que Dios les concedió al atravesar incólumes el mar Rojo, al tiempo que sus perseguidores quedaban sepultados por las aguas: “Entonces Moisés y los israelitas cantaron este cántico a Yahvé. Dijeron: Canto a Yahvé pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro. Mi fortaleza y mi canción es Yahvé, Él es mi salvación. Él, mi Dios, yo le glorifico, el Dios de mi padre, a quien exalto...Mandaste tu soplo, los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las temibles aguas. ¿Quién como tú, Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas?” (Ex 15, 1-11)

Sin embargo, hay una nota distintiva entre el cántico de Israel al cruzar el mar rojo y el que estamos viendo en este salmo. La distinción consiste en que se nos habla de un canto nuevo; y esto porque la salvación de Dios ya no es una experiencia exclusiva para Israel sino que se amplía a todos los pueblos; por eso hay que anunciarla a todos los hombres: “Anunciad su salvación día tras día, contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas”.

Es evidente que, conforme Israel va conociendo más a Dios, mayor es su conciencia de que la salvación no conoce frontera alguna. Hay, pues, que salir de los límites del pueblo para anunciar a toda la tierra que Dios es salvador universal. Todo hombre es digno de ver su gloria y sus maravillas. He aquí la novedad de este canto; sus ecos han de alcanzar a toda la humanidad.

El libro de Isaías termina con una profecía cargada de esperanza en este sentido. Nos anuncia que Yahvé vendrá a reunir a todas las naciones, que todas ellas serán testigos de su gloria. Para ello enviará a sus misioneros, incluso hasta las islas más alejadas: “Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos una señal y enviaré de entre ellos algunos supervivientes a las naciones: a Tarsis, Put y Lud, Mesek, Ros, Túbal, Yaván; a las islas remotas que no oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66, 18-19)

El anuncio del profeta Isaías tiene su cumplimiento al enviar Dios a su Hijo no solamente al pueblo de Israel sino a todo el mundo, y no para juzgarlo sino para salvarlo, como él mismo afirmó: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga Vida Eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17)

El Señor Jesús lleva a su término la misión encomendada por su Padre. Carga sobre sí los pecados de todos los hombres del mundo: los del pasado, presente y futuro. En este combate contra el mal sufre la aparente derrota de ser llevado al sepulcro. Dios Padre, cuya Palabra sobrepasa toda apariencia, hace resplandecer su fuerza levantando a su Hijo de la muerte. El Señor Jesús, con la victoria sobre el mal en sus manos, envía a sus discípulos a todas las naciones para anunciar el Evangelio de la salvación: "Jesús se acercó a ellos y les habló así: Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Desde sus orígenes, la Iglesia entendió perfectamente que había recibido el Evangelio de la salvación como don de Dios para todos los hombres. Por ello los apóstoles, al mismo tiempo que se sintieron enviados por el Señor Jesús, saben que tienen el poder de seguir enviando discípulos para anunciar el Nombre que da la Vida Eterna a todo ser humano.

Cuando aconteció el martirio de Esteban, muchos discípulos se dispersaron hacia países limítrofes como Fenicia, Chipre y Antioquia. Al principio anunciaban el Evangelio solamente a los judíos, pero pronto también lo trasmitieron a los gentiles. Llegada la alentadora noticia a la Iglesia de Jerusalén de la buena disposición de los gentiles ante el Evangelio, los apóstoles enviaron a Bernabé a Antioquia. Éste, al ver cómo crecía la comunidad, fue en busca de Pablo y permanecieron allí durante un año entero anunciando la Palabra a una gran muchedumbre. (Hech 11, 19-26)