Sexto Domingo de Pascua
1 de mayo de 2005

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos todos a la gran fiesta del Día del Señor. Eso es lo que significa la palabra domingo. Y así los cristianos desde hace ya más de dos mil años nos reunimos para celebrar que Cristo resucitó por nosotros, tras morir por nuestros pecados. Y esta es una reflexión jubilosa, alegre, llena de luz y de asombro feliz. Hemos de ser siempre conscientes de la grandeza de lo que celebramos hoy: que el Señor Jesús resucitó, que ya no muere más y que nos espera junto al Padre. Hoy celebramos, además, dos jornadas importantes. Una, pontificia, dedicada a las vocaciones nativas. Y otra, entrañable ya en la vida de la Iglesia, el Día del Enfermo. Nuestra oración hoy debe de ir también por la consecución de esos dos caminos importantes.


MONICIONES SOBRE LAS LECTURAS

1.- Los Hechos de los Apóstoles –es la primera lectura-- nos refieren los trabajos de Felipe, que, recién nombrado diácono, emprende una vigorosa acción de apostolado. Predica en Samaria, el país considerado por los judíos como apostata y extranjero, a pesar de que adoraban el mismo Dios. La Palabra es bien recibida y tanto es así que se hace necesario el viaje de Pedro y Juan para confirmar a tanto convertido. La imposición de las manos --hoy lo hacen los obispos en el sacramento de la confirmación-- hace adultos en la fe a los recién bautizados. Los comunica el Espíritu. Y este Espíritu de Dios aletea en proximidad al acercarse el tiempo de Pentecostés.

S.- Es un salmo universalista, en su tono y en su estilo, aplicado por los judíos contemporáneos de Jesús como liturgia de aclamación y de adoración jubilosa para Dios, Nuestro Padre. Por otro lado, la transformación del mar en tierra firme para que pase su pueblo elegido es una acción frecuente en Dios para salvar a su pueblo.

2.- En la segunda lectura, sacada de la Primera Carta de San Pedro, el primer vicario de Cristo sobre la Tierra –el primer Papa--, nos sigue hablando los últimos días de Jesús en la tierra. Ahora narra la resurrección producida por el Espíritu Santo y esa es una esperanza plena para todos nosotros, que esperamos la resurrección gloriosa.

3.- En el evangelio de San Juan, Jesús anuncia el envío y la presencia de ese Espíritu, el defensor. Es Él mismo quien nos anima día a día, hora a hora, a la Iglesia en su caminar y es Él el que está presente en estos momentos, en nuestra celebración del domingo. La fuerza del Espíritu realizará también hoy el milagro cotidiano de transformar el pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

 


Lectura de Postcomunión


ACCIÓN DE GRACIAS

Te siento en mí, lo mismo que la rosa

siente en el sol que late su hermosura;

me sabe a Dios tu pan sin levadura;

comiéndote, mi ser en Ti se endiosa.

 

Me siento en Ti igual que mariposa

sobre la flor libando su dulzura.

Siento rayar tu amor en la locura

de hacerte yo en entrega dadivosa.

 

Te siento en mí, tan vivo, tan cercano,

cual frufrú acompañante de la brisa,

que, más que Dios, te siento como hermano.

 

Me siento en Ti ajeno ya a la prisa

de indagar el misterio de tu arcano,

anegado en la estela de la Misa.

(De Astor Brime)


EXHORTACIÓN DE DESPEDIDA

Salgamos de la eucaristía contentos y llenos de gozo. Siempre el milagro de amor que es la renovación de la presencia de Jesús en el altar nos produce esa alegría. Pero hoy sabemos que el Espíritu está cerca y que ese Espíritu de Dios nos lo va a enseñar todo. Es nuestro valedor para la alegría que no cesa, para la felicidad que no perderemos jamás.