Sexto Domingo de Pascua
1 de mayo de 2005

La homilía de Betania


1.- LA TRANSPARENCIA DE JESÚS

Por José María Maruri, SJ

2.- JESÚS; LA PALABRA ÚNICA DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

3.- AMAR A DIOS, COMO JESUS MANDA

Por Javier Leoz

4.- HABITAR EN ÉL ES VIVIR

Por José María Martín OSA

5.- AMAR A CRISTO

Por Ángel Gómez Escorial


1.- LA TRANSPARENCIA DE JESÚS

Por José María Maruri, SJ

1.- “Transparencia” es la palabra de moda… y no parece que en ningun campo político, económico, ni social, estén los cristales tan trasparentes como para ver debajo.

También Jesús en el evangelio de hoy reclama para los suyos “transparencia”, pero Él nos dice que nos la va a dar dándonos el Espíritu de la Transparencia, el Espíritu de la Verdad, que al tiempo es “abogado”, pero no para buscarle las vueltas a las leyes y que todo quede como antes, sino para exigir y dar Él mismo transparencia, verdad y sinceridad a nuestras vidas.

¿No es verdad que hasta a la ley de Dios hemos aplicado lo de que “El que hizo la ley hizo la trampa”, de forma que no buscamos cumplirla mejor, sino cumplir lo mínimo exigible de ella? Todos tendemos a contentarnos con “mínimos”.

2.- Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad, por eso no se le puede servir con los NOES de los Mandamientos, sino con el espíritu con que fueron dados, que es el Espíritu Santo, que es verdad y amor.

Hay que entrar en el dinamismo del amor, del amor del Padre a Jesús. Y de Jesús a nosotros. Y de nosotros a Jesús y al Padre. Sólo si nos metemos en ese torrente de amor seremos realmente cristianos en sinceridad, en verdad, en transparencia… No habrá en nosotros sombras de fariseísmo, ni hipocresía.

3.- Cristiano no es el que cumple los mandamientos, es uno que es amado y ama a las dos metas de los mandamientos: Dios y el prójimo. El amor de Dios a nosotros es tan verdadero que es amor sin motivo por nuestra parte. No nos ama porque seamos buenos y merezcamos su amor. Nos ama porque Él es bueno. Esta es la Gran Noticia del Evangelio. Y la mala noticia sería que Dios nos amase sólo si somos buenos.

El amor de Dios es creativo de forma que amándonos a los que no valemos nada, nos da bondad y nos hace valiosos, tanto que nos hace en realidad y de verdad hijos de Dios. En la escala de valores nos hace dar un salto no cuantitativo sino, cualitativo, dándonos un valor divino. La luz de su amor al iluminarnos, no descubre en nosotros valores que ya teníamos, sino que los crea en nosotros.

Recuerdo como relucía el presbiterio de la parroquia de San Francisco de Borja –aquí en Madrid en la calle de Serrano—bajo los focos de la televisión, una vez que se retransmitió la Vigilia Pascual. Esas luces no hacían más que poner de relieve lo que aquí ya existe, pero que no se ve con la mortecina luz ordinaria. La luz del amor de Dios no encuentra nada en nosotros que poner de relieve, sino que el lo crea en nosotros.

4.- Este amor tan de verdad, tan sincero, tan transparente de Dios a nosotros exige una correspondencia de amor en nosotros. “Si así nos amó Dios, así debemos amarnos unos a otros”, dice San Juan. No dice “así le debemos amar al Él, sino que debemos amarnos unos a otros.

¿Por qué?, porque en el amor a los demás mostramos la verdad de nuestro amor. “Si alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano es un mentiroso, vuelve a decir San Juan.

Ese amor abstracto, flota en las nubes hacía un Dios que está lejos y molesta poco, que es todo hermosura, buenas maneras, hasta huele bien a incienso y flores, cosas que no pocas veces faltan en el prójimo. No es amor sincero, verdadero, transparente…

5.- Hoy la Iglesia celebra la jornada de las Vocaciones Nativas., como primer domingo de Mayo. Es una obra pontificia. Pero también se celebra el día del enfermo. En todas nuestras casas hay algún enfermo, algún anciano, pongamos ese amor que debemos al Señor en esos seres que sufren a nuestro lado.

El enfermo, el anciano no es un problema biológico que solucionar, es un hermano que pide comprensión en su dolor y soledad, es un hermano que más que medicinas pide calor humano.

No atosiguemos al enfermo con razones teológicas, hagámosle sentir la cercanía del Señor a través del calor de nuestro corazón. No intentemos que alce la mirada al cielo dejando helado su corazón humano que necesita calor.

Tagore dice: “Mira a las estrellas, pero no te olvides de avivar el fuego de tu hogar, porque las estrellas no calientan ni el cuerpo ni el corazón”.

Cuando Dios quiso acompañar nuestro dolor y soledad se hizo carne cálida y cercana en el Señor Jesús.


2.- JESÚS; LA PALABRA ÚNICA DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

1. Dentro del tiempo pascual, estamos en la semana final, inmediatamente antes de la celebración de la ascensión del Señor y de Pentecostés. Todas las lecturas y oraciones de la liturgia de este domingo van en la línea de recordarnos que Jesucristo está resucitado y exaltado; muerto, resucitado y asumido plenamente en la divinidad, y usa para explicárnoslo el lenguaje popular.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se nos habla de la actividad de evangelización de la primera comunidad cristiana. Felipe, dice el texto, predicaba a Cristo y “hacía las obras de Jesucristo”. Por eso, la ciudad de Samaría, tan alejada espiritualmente de los judíos, se abrió a la fe y “se llenó de alegría”.

Jesucristo, nos recuerda hoy la Iglesia, es la plenitud de la evangelización, en Él se nos hace visible lo que es el hombre cuando en él reina plenamente Dios. Evangelizar, predicar, cuando es una predicación cristiana, tiene que ser anunciar y proclamar a Cristo; ninguna otra verdad debe ser el núcleo y esencia de nuestra predicación que las palabras de Cristo que es, a su vez, la Palabra única, perfecta e insuperable de Dios.

En Cristo, Dios lo dice todo y ya no habrá otra palabra, que no sea la palabra de Cristo. ¿Predicamos nosotros a Cristo? Quien nos oye predicar, ¿de quién nos oye hablar?, ¿de Cristo o del pecado?, ¿de Cristo o del infierno?, ¿de Cristo o del diablo?

Fijémonos en lo que en esa primera lectura se nos dice acerca del bautismo y de la confirmación. El relato es de la época en que acababan de unirse los dos bautismos: El bautismo de agua y el bautismo de fuego y Espíritu, lo que actualmente conocemos por el Bautismo y la Confirmación.

2. La segunda lectura es de la primera carta de Pedro. Vuelve Pedro a recordarnos que la esencia de nuestra fe y esperanza es Cristo muerto y resucitado. Pedro nos pregunta si nosotros estamos preparados para dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pidiera. ¿Lo estamos? ¿No es un antitestimonio de nuestra fe cristiana la ignorancia a veces absoluta que parecemos tener acerca de la esencia de nuestra fe? ¿Es nuestra fe una fe fundamentada en la verdad?, ¿en la Palabra de Dios?, ¿en la tradición teológica de la comunidad cristiana?, ¿o es una fe basada en creencias populares o tradiciones familiares, bien intencionadas, pero supersticiosas y nada sólidas?

La segunda advertencia de Pedro es tan grave como la primera. Nuestra vida puede convertirse en un perfecto antitestimonio de la fe y la esperanza que decimos profesar. Si nuestra conducta no es coherente con nuestra fe, nuestra fe se hace increíble o rechazable. En esto, vale totalmente lo que la Carta de Santiago nos reclama: "Muéstrame tu fe por tus obras". Si ser cristiano es portarse habitualmente como algunos nos portamos, no vale la pena ser cristiano. Esto es lo malo. No vale la pena creer en Cristo, si creer en Cristo significa vivir como vivimos muchos millones que nos decimos cristianos. El Evangelio no se impone ni se defiende por la fuerza, se vive. Es como una luz encendida, que puede atraer y seducir. ¿Es nuestra vida un antitestimonio de la fe que decimos tener?

3. La tercera lectura, del evangelio según San Juan, trata de prepararnos para la fiesta de la ascensión. Jesucristo no se va a ningún lugar, asciende en poder, sube; por eso, Jesús dice en este trozo del Evangelio: "Yo estoy con mi Padre, vosotros estáis conmigo y yo estoy con vosotros”. Si amamos a Cristo eso se verá en que nos amamos los unos a los otros, porque en eso consiste el mandamiento de Cristo.

Lo que nos hace seguidores de Jesús, sus discípulos, no es sabernos de memoria su palabra o su doctrina, no es tener imágenes de Jesús, ni rezarle oraciones o dirigirle cantos de alabanza. Lo que nos hace seguidores es que nos amemos los unos a los otros como Dios nos ama, eso es lo que dice Jesús mismo. Y eso, amarnos, es tener en nosotros, con nosotros, al Espíritu Santo, al Espíritu de Cristo. Eso es manifestar con nuestros hechos, con nuestro amor, que nos mueve el mismo impulso, el mismo espíritu que dio vida y movió a Cristo toda su vida.

La oración primera de la celebración litúrgica de este domingo resume magníficamente el espíritu que debe animar nuestra liturgia: “Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras”


3.- AMAR A DIOS, COMO JESUS MANDA

Por Javier Leoz

1.- Vamos avanzando en este tiempo de la Pascua. Y, además a una con este sexto domingo pascual, iniciamos el mes de mayo tradicionalmente dedicado a Santa María Virgen.

Muchas cosas han acontecido desde aquel segundo domingo en el que, el Papa Juan Pablo II, como si fuera otro Santo Tomás, tocaba con su dedo el mismo costado de Cristo. Muchos ríos de tinta han corrido ya sobre la figura de Benedicto XVI.

2.- ¡Qué bien viene el evangelio de este domingo! ¡Si me amáis, guardaréis mis mandamientos! No es cuestión de conservadurismos o de progresismos. El Evangelio está para proponerlo sin ceder al intento de “descafeinamiento” según y cómo convenga a ese relativismo del que, el Papa Benedicto XVI, nos hablaba horas antes de ser elegido. Amar a Dios implica guardar en nuestra memoria, en nuestra iglesia, los pasos, consejos y hechos que Jesús ha dejado a su paso por nosotros. Sucumbir en ese empeño evangelizador, olvidando sus fondos más exigentes (aunque se nos pongan ciertos sabios de frente) sería traicionar la misión primera y última de la Iglesia: dar a conocer íntegro el mensaje de Jesús.

2. - Necesitamos del Espíritu Santo para, además de guardar las indicaciones de Jesús, evitar el que se queden empolvadas en la estantería de nuestra conveniencia, ópticas eclesiales o en la sensación de orfandad que podemos tener ante tiempos difíciles para la fe. Flaco favor hacemos al Espíritu Santo si, en vez de abrirnos a su presencia, echamos pasos atrás en nuestro firme convencimiento de que El va por delante inspirándonos y abriendo caminos para la fe. Flaco favor hacemos al Espíritu Santo si, en vez de poner nuestra confianza en El, nos dejamos llevar por un derrotismo que todo lo invade y que se convierte en un cáncer que nos paraliza pastoral y afectivamente.

El dinamismo y la creatividad, aunque sean importantes en nuestra acción pastoral, no son la panacea ni el botón mágico para la comprensión y la aceptación del mensaje, de la vida o de la presencia de Jesucristo. Cualquier espectáculo, con muchos menos medios, puede resultar más competitivo y más atractivo que cualquier celebración litúrgica que intente llegar al corazón del creyente. Abrirnos a la próxima venida del Espíritu Santo, en Pentecostés, puede suponer una fuente de inagotable frescura para nuestra iglesia, parroquia, comunidades, etc.

3. - Amar a Dios, no como algunos pretenden imponernos, sino como Jesús manda, exige un cierto grado de coherencia, de seriedad, de respeto a la Palabra y de santo temor de Dios, de compromiso y de hacer santo con nuestra vida, lo que El hizo santo a través de Jesús.

En cierta ocasión dos enamorados se separaron durante un largo tiempo. Antes de marchar, el amado le pidió a su amada: “si me quieres de verdad, guarda esta alhaja hasta mi vuelta”. Pasaron los años y, sin previo aviso, apareció el amado en el horizonte. Su esperanza y su confianza en la amada se desvanecieron, cuando al acercarse hasta a ella, comprobó que se había desprendido de aquella joya para vivir mejor.

Creo, que esta anécdota, ilustra perfectamente la situación que –sin ser alarmistas- se da en la vida de muchos cristianos. Hace tiempo que, por diversas razones que ahora no vienen al caso, han dejado que la joya de la fe (con mandamientos de Dios incluidos) se haya oscurecido o haya sido vendida (no precisamente para vivir más, mejor, ni con mayor ni más dignidad).

¿Cómo reaccionará cuando regrese “nuestro amado" Jesucristo?

Que el Espíritu Santo nos ayude a recuperar el brillo de la fe y, de esa manera, podamos (más que deslumbrar) indicar el camino que conduce hasta El.

Y os muestro, como todos los domingos, una oración. Esta es la de hoy:

ENSEÑAME, SEÑOR, A GUARDAR

Tus mandamientos, para que otros no me impongan sus ideas

Tus preceptos, para que nadie me cambie el sentido de las cosas

Tus Palabras, para que no me confundan otras totalmente vacías

Tus obras, para que no me seduzcan los que hablan y no hacen nada

Tus consejos, para que sepa distinguir el camino cierto del equivocado

Tu mirada, para que cuente hasta diez, antes de abandonar el sendero de la fe

Tu Eucaristía, para que sienta cómo desciende la fuerza del Espíritu Santo

Tu Ley, para que sepa diferenciarla de aquellas otras leyes caprichosas y falsas

Tu esperanza, para que no puedan más en mí, las dificultades que mi afán de dar a

conocerte

Tu iglesia, para que cuando vuelvas, la encuentres guardando con respeto, vida y veneración

la gran joya de tus mandamientos.

Amén.


4.- HABITAR EN ÉL ES VIVIR

Por José María Martín OSA

1. - "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos", nos dice Jesús. Me viene a la mente una parábola que escuché hace tiempo:

"Un amigo no creyente le dijo a un recién convertido que ya que decía que se había convertido a Cristo sabría mucho sobre El: ¿en qué país nació, a qué edad murió, cuántos sermones pronunció...?

-- Pues no sé contestar a ninguna de tus preguntas, contestó el nuevo cristiano.

-- Entonces, ¿cómo es que dices que te has convertido a Cristo, pues apenas sabes nada sobre El...?

-- Tienes toda la razón, añadió el amigo creyente, pues yo mismo estoy avergonzado de lo poco que sé acerca de El. Pero sí que sé algo: hace tres años yo era un borracho, estaba cargado de deudas, mi familia se deshacía en pedazos, mi mujer y mis hijos temían como un nublado mi vuelta a casa de noche. Pero ahora he dejado la bebida, no tenemos deudas, nuestro hogar es un hogar feliz, mis hijos esperan ansiosamente mi vuelta cada noche. Todo esto es lo que ha hecho Cristo por mí. ¡Y esto es lo que yo sé de Cristo! Estoy muy agradecido a su amor por mí".

2. - Esta persona demuestra con sus hechos que ama a Jesucristo. Porque si decimos que le amamos, pero nuestra vida no tiene que ver nada con lo que El nos enseña en el Evangelio, es que en el fondo no hemos dejado que El pase por nuestra vida. Dicho de otra manera, por los frutos se conoce al árbol, por las obras de amor hacia nuestro prójimo demostramos nuestro amor a Jesucristo. Cuando tenemos en nuestra memoria el mandato de Jesús, que no es otro que el amor mutuo, cuando observamos sus palabras y perseveramos en ellas demostramos que amamos a Dios. Como nos recuerda San Agustín comentando este evangelio, "el amor debe manifestarse en las obras para que no se quede en palabra estéril". Esto no es otra cosa que el dar razón de nuestra esperanza de la primera carta de San Pedro.

3. - El texto del evangelio se sitúa dentro de las confidencias que Jesús hace a sus discípulos en la Última Cena, antes de entregarse a la muerte para resucitar a una nueva vida. En el fondo en sus palabras está refiriéndose a dos resurrecciones: la suya, que se realizaría en breve tras la muerte en la cruz, y la nuestra que tendrá lugar en el futuro después de nuestra muerte. Suenan a despedida sus palabras, pero les consuela diciendo que no les dejará solos, porque les enviaría otro Defensor, el Espíritu de la verdad. Promete que volverá, es decir anuncia su resurrección.

Pero también anuncia que aquellos que crean en El vivirán y sabrán que está en el Padre, nosotros estaremos con Él y El con nosotros. Este es el premio que recibe el que le ama: se siente amado por el Padre y siente dentro de él el amor de Jesucristo, que se revela en toda persona que le sigue.

4. - En la jornada del enfermo podemos reconocer que Jesús es nuestra fortaleza en la debilidad. Dios se sirve de los profesionales y voluntarios de la sanidad para confortar a todas aquellas personas que ven flaquear sus fuerzas por la enfermedad o la vejez. Les necesitamos y ellos necesitan nuestro apoyo y nuestras oraciones. Pero también sabemos que hay un sacramento que nos devuelve la salud, nos conforta en la enfermedad, nos perdona los pecados y nos fortalece: es la Unción de Enfermos, no se llama Extremaunción. Podemos recibirla comunitariamente, siendo conscientes de lo que significa recibir esta ayuda y el gozo de sentir de cerca la oración de la comunidad. Jesús es nuestra vida: "alejarse de El es caer, dirigirse a El es levantarse, permanecer en El es estar firme, volverse a El es renacer, habitar en El es vivir" (San Agustín).


5.- AMAR A CRISTO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Cristo ha tenido a lo largo de toda la historia un enorme atractivo para mucha gente. Y dicha atracción no era --no es-- patrimonio solo de los cristianos. Pueden ser muy laudables opiniones como las de Ghandi y, asimismo, no es discutible el que personas de espíritu abierto sientan esa admiración, aunque se quede solo en eso. Pero quien verdaderamente le ama es el que sigue sus mandamientos. Jesús no pretende adhesiones intelectuales, ni partidarios multidisciplinares, desea que se sigan sus enseñanzas para que se de fruto en la obra que él ha iniciado.

Pero, tal vez, no sea correcto poner en tela de juicio la importancia de la admiración por Jesús, aun admitiendo la necesidad de que el verdadero amor por El llegará de la aceptación jubilosa de sus mandamientos. Y lo decimos porque cualquier principio es bueno. La atracción de ese prodigioso hombre situado en la historia que se llamó Jesús de Nazaret engendrará sin duda el amor profundo hacia Jesús, el Señor, hacia la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es posible que podamos quejarnos de una cierta trivialización por algunos de la figura de Jesús, pero durará poco: o abandonan dicha admiración o estarán postrados de amor en su regazo, escuchando sus enseñanzas como María de Betania. Eso, sin duda, puede ser así. Pero hoy nos interesa más la aceptación radical de Jesús, de su amor y de sus enseñanzas.

2.- "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él". El ofrecimiento de Jesús es enorme. Nos va a amar el Padre y el se nos revelará". Suspiramos a veces por una mayor intensidad en la presencia del Señor. Todos nuestros actos deben estar formulados en presencia de Dios. Pero a veces, nuestra debilidad y tendencia al pecado empaña en nuestros ojos del corazón la imagen que tenemos de El. Es obvio --ya nos lo dice Jesús-- que no hemos guardado sus mandamientos y por ello el no puede revelarse a nosotros.

Hay una continua sensación de debilidad en nuestro camino de discípulos de Cristo. Tenemos muchas puertas amplias por donde entrar y la que El nos ofrece es estrecha. Y la realidad es que solos no podemos. En el inicio del texto de San Juan que leemos hoy anuncia ya el envío del Espíritu Santo. Estamos ya en la cercanía de la Ascensión y de Pentecostés. Cristo subirá al Padre y nos enviará al Espíritu Santo. La Palabra de Dios nos va preparando para la gran ocasión de Pentecostés. El Espíritu comienza a estar omnipresente y cercano. Y mejor así, porque lo necesitamos siempre a nuestro lado.

3.- La Iglesia se extiende. En Samaria, Felipe transmite la Palabra y la Fuerza de Dios. Los convertidos aumentan y hace falta que "suban" al viejo territorio "hereje", nada menos que Pedro y Juan para confirmar a los nuevos creyentes. La imposición de las manos otorga el Espíritu Santo. La Iglesia, en el sacramento de la Confirmación, continúa el rito iniciado por los Apóstoles. Felipe no es menor, en su fuerza, al trabajo de los Apóstoles. El, junto a Esteban, y a otros había sido elegido -como leíamos el domingo pasado- como diáconos para ayudar en el servicio de los fieles. Felipe, además, actúa de misionero.

Ya Pedro en su carta observa la capacidad de calumniar y de endurecerse si no glorificamos en nuestros corazones a Jesús. Dice San Pedro: "...y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo". Es una excelente advertencia contra el fariseísmo o los excesos que producen aquellos que se creen en únicos poseedores de la verdad, pero incluso ante ellos solo cabe la mansedumbre y el respeto. Es la Cruz de Cristo quien nos dará la plenitud, pues si sufrió la Cabeza, como no van a aceptar el sufrimiento el resto de los miembros. Hay que mantener una atención muy precisa en todo lo que sea el trato con los hermanos y en él debe primar la mansedumbre, dejando la superioridad de un lado, que no es otra cosa que prueba de soberbia.

También esta presente el Espíritu en este texto. Es quien, estando en Jesús, le hizo volver a la vida. Merece que a lo largo de estos siguientes días vayamos abriendo nuestro corazón a la inmediata llegada del Espíritu. Es lo que nos aconsejan las Lecturas de este domingo.