1.- BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR: BENEDICTO XVI

Por Jesús Martí Ballester

En su biografía se calificó como animal de carga. Leo en su libro «Mi vida»: «De la leyenda de Corbiniano, fundador de la diócesis de Frisinga, he tomado la imagen del oso. Un oso --cuenta la historia-- había despedazado el caballo del santo, en su viaje a Roma. Corbiniano le regañó severamente por aquella fechoría y, como castigo le cargó el fardo que hasta entonces había llevado el caballo sobre sus lomos. Así el oso tuvo que arrastrar el fardo hasta Roma y sólo allí lo dejó en libertad el santo. El oso que llevaba la carga del santo me recuerda una de las meditaciones sobre los salmos de san Agustín. En los versículos 22 y 23 del salmo 72, veía él expresado el peso y la esperanza de su vida. Aquello que él ve que expresan estos versículos es como un autorretrato trazado ante Dios, que representa mi destino personal. También yo he llevado mi equipaje a Roma, y ya hace muchos años que camino con mi fardo por las calles de la Ciudad Eterna. Cuándo seré liberado, no lo sé, pero sé que también para mí vale aquello de «me he convertido en una bestia de carga, y es así como estoy cerca de ti».

UN ALEMAN TRABAJADOR INTELIGENTE

Joseph Ratzinger, nació en Martkl am Inn, cerca de Salzburgo en 1927, cursó la secundaria en el seminario de Traunstein. Estudió después en las Universidades de Bonn, de Münster y Ratisbona y se doctoró en Tubinga con una tesis sobre San Buenaventura. Designado perito del Cardenal Frings en el Concilio Vaticano II. Después será Profesor universitario, hasta su nombramiento de arzobispo de Munich y Freising. Ha mantenido relación con dirigentes de la Iglesia en Alemania. Es miembro de la Facultad de la Escuela Superior de Filosofía y Teología en Freising y Profesor de las universidades de Bonn, Tübingen y Ratisbona.

IRAS DONDE NO QUIERAS

El teólogo que no quería venir a Roma cuando Juan Pablo II lo llamaba, ha tenido que soportar la carga, como el oso de San Corbiniano de ser en momentos cruciales el Prefecto de la Congregación de la Fe y ahora, pasando por el derecho de la jubilación, ha asumido la enorme carga de dirigir la Iglesia. Hace 26 años el problema era la dictadura comunista. Hoy es la dictadura del relativismo. Le han elegido porque su talla intelectual, talante y humildad están a la altura del enorme desafío de suceder a Juan Pablo II. Tomando el nombre de Benedicto, asumido por última vez entre 1914 y 1922 por un Papa que se batió contra la Primera Guerra Mundial, Joseph Ratzinger muestra su voluntad de dejar brillar la estrella de Juan Pablo II, cuyo emblema escogió para adornar el balcón de la basílica de San Pedro en su primera bendición «Urbi et Orbi».«Humilde trabajador». El nuevo Pontífice dedicó sus primeras palabras «al gran Papa Juan Pablo II», se definió «humilde trabajador de la viña del Señor», que sabe «actuar y trabajar con instrumentos insuficientes» y solicitó las oraciones de todos. El Cardenal Ratzinger ha trabajado incansablemente. Llevaba años intentando que Juan Pablo II le permitiese retirarse para dedicarse a la reflexión teológica y la enseñanza. Ahora le han vuelto a retener los cardenales. Seguramente, también Pedro de Betsaida hubiese preferido pasar los años de su vejez en Galilea, pero los vivió en Roma y en el martirio, donde no quería.

LA SUPERFICIALIDAD

Un mundo de pensamiento débil atiende más a lo más superficial y poco a lo subliminal o, mejor, a las raíces. Aunque la gente sencilla ama al Papa por su entrega generosa, los más dedicados a las letras, pero poco sencillos y más bien creídos y con su tufillo de pedantes, miran más la superficie y las hojas del árbol que la raíz. No olvidemos que vivimos en la era de las apariencias. La de los pavos de plástico, los blindados alquilados o los carros de combate de latón; la de los olivares artificiales y de pega, la de inauguración de hospitales vacíos con enfermos figurantes en las listas de espera o la falsificación de algún atentado para conseguir popularidad; la de las palabras falsas, sonrisas falsas, fotografías falsas, todo por conveniencias materiales y trampas para los incautos. Ratzinger es pan auténtico. Es un verdadero intelectual enormemente inteligente. Es un hombre de pensamiento sólido y de gran corazón. Por serlo ha dado una importancia predominante a la cultura. Sabe que está en la raíz del progreso integral. Sabe que “mens agitat molem”. Que la idea mueve la masa. Lo sabe ver en los frutos de las filosofías nihilistas y descarriadas del siglo XX, que han cosechado nazismos y estalinismos.

Es un intelectual de verdad. Llegó al sacerdocio desde la universidad y el hermano del nuevo Papa, maestro de Capilla de la catedral de Regensburg, Baviera, nunca creyó que pudieran "elegir a un Papa alemán”. Su hermano Georg, dice que humanamente "es un tipo de persona muy diferente de Juan Pablo II”. "Es más el tipo académico y universitario". Frente a Juan Pablo II, que "tenía un gran don de gentes, él no tiene esa facilidad para conectar con las gentes de una manera tan directa y espontánea, ni para fascinar de inmediato a quienes lo escuchan", aunque está "seguro de que su hermano hará un trabajo bueno y responsable", "completamente diferente al de Juan Pablo II". Además es pianista, que disfruta con Mozart, también de Baviera.

BENEDICTO XVI Y ESPAÑA

Ha estudiado la gran teología española, que ocupa un lugar destacado en su formación, y conoce a fondo a Santa Teresa y a san Juan de la Cruz, grandes místicos que han representado jalones formidables en la reforma y avance de la Iglesia. Ha visitado España en seis ocasiones ha tenido que mediar en varios asuntos en los que se han visto implicados algunos teólogos españoles. Permaneció durante tres días en Madrid e intervino en un seminario de teología sobre Jesucristo.

Ha visitado Toledo. Y ha sido investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra. En su visita a Pamplona presentó su libro «Mi vida» en una rueda de prensa en la que afirmó que «con los crímenes no se dialoga» e instó a «concienciarse» contra el terrorismo «desde el humanismo». Benedicto XVI, que tiene publicados 37 libros de teología en España, vino a Granada a devolver los Libros Plúmbeos del Sacromonte. 21 volúmenes confeccionados con 233 planchas de plomo con los que los moriscos trataron de evitar su expulsión ideando una doctrina que mezclaba en sus orígenes el Cristianismo y el Islam. Estuvo en Madrid invitado por la Universidad Complutense en los cursos de verano. Ha visitado Murcia, para celebrar una Misa en Caravaca de la Cruz y aprovechó su visita para pronunciar una conferencia y clausurar un Congreso de Cristología en la Universidad Católica «San Antonio» de Murcia. Entonces compareció ante los medios para referirse a asuntos de actualidad como la Constitución Europea o a la oportunidad de celebrar un nuevo Concilio de la Iglesia. Dijo a los medios que «la Europa unida no debe ser sólo algo económico o político, sino que necesita fundamentos espirituales». El pasado año, visitó otra vez Murcia en un congreso sobre la Doctrina de la Fe. Vivimos tiempos difíciles en los que hay que encarar grandes interrogantes, teniendo en cuenta numerosos factores que requieren una gran cabeza y mucha ayuda. En tiempos complejos como los actuales nadie puede intentar dar recetas rápidas o simples. Pocas personalidades podrán marcar a la Iglesia como lo ha hecho Juan Pablo II, también a mi hermano, confiesa Georg, su hermano sacerdote.

Durante 25 años ha servido y trabajado con humildad en su puesto, sin exigir nunca nada para sí, pobremente, sin llevar una vida de príncipe de la Iglesia, sin lujos ni compañías, más que la de su amada hermana hasta que el Señor se la llevó consigo; desde entonces ha vivido prácticamente solo, con un mínimo servicio, en un apartamento prestado, con la sola asistencia de sus secretarios, que por la mañana lo ayudaban en la Congregación y por las tardes en su infatigable estudio. El Cardenal Ratzinger ha sido el Prefecto que ha enseñado a todos lo que es trabajar, cumplir un horario, levantarse temprano y acostarse tarde para no dejar pendiente ninguno de los graves asuntos que el Papa y la Iglesia ponían en sus manos.

POR QUE SE HA IMPUESTO EL NOMBRE DE BENEDICTO XVI

Giacomo de la Chiesa, estuvo en la Nunciatura ante España y fue Sustituto de la Secretaría de Estado con el cardenal Rampolla del Tindaro y con el Papa León XIII y cardenal y arzobispo de Bolonia con Pío X. Elegido Papa, Benedicto XV, entre 1914 y 1922, quiso e intentó evitar la primera Guerra Mundial. Reformó el Código de Derecho Canónico. Queriendo conseguir la paz en la tierra, piensa en él, pero sobre todo, porque lleva el nombre de Benedicto, pues como admirador de Benito de Nursia, patrón de Europa, desea que una de las claves de su pontificado sea la del fundador del monacato: «Nihil Christo praeponatur», «Nada se anteponga a Cristo». Los hijos de San Benito extendieron el cristianismo por toda la Europa medieval, frente al paganimo, y transmitieron los mejores aspectos de la herencia greco-romana. En las vísperas del Cónclave estuvo haciendo un día de retiro en Subiaco. Había sentido vocación benedictina para dedicarse al estudio y a la oración. Además, el patrón y Padre de la Iglesia Alemana es un monje benedictino, San Bonifacio de Fulda, obispo y mártir del siglo IX. Y dicen que, habiendo sido Benedicto XV sucesor de un santo --San Pío X--, Benedicto XVI, al suceder a otro santo --Juan Pablo II- ha elegido el nombre de Benedicto.

Al fijarse en San Benito complementa la atención que Juan Pablo II dedicó a Santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los eslavos. Dos sensibilidades para el mismo objetivo: profundizar en las raíces cristianas de Europa. Y una llamada de atención a los líderes europeos que no han querido que la Constitución recogiera explícitamente las raíces cristianas de Europa. Benedicto XVI, con su fino sentido del humor, ha bromeado recordando que el pontificado de Benedicto XV fue un breve.

OPINIONES MEDIATICAS

Escribe Prada que la elección de Benedicto XVI ha provocado una súbita erisipela en ambientes progresistas. Casi todas las invectivas dirigidas contra el nuevo Pontífice se fundan en una burda caricatura que lo reduce a una suerte de Torquemada, inmovilista aferrado a la ortodoxia, incapaz de afrontar las exigencias de nuestra época. Creen que los credos religiosos requieren una revisión constante y aclimatación a cada época. No se le ocurre a nadie afirmar que tal o cual sistema filosófico merece crédito en verano, pero no en invierno; o que tal o cual teoría cósmica es verosímil al mediodía, pero no a la medianoche. Así, la ferocidad con que ciertos sectores han atacado a Benedicto XVI constituye la mejor prueba de la oportunidad de su elección; pues lo que éstos deseaban es una Iglesia sometida al vaivén de las modas e incapaz de remar contracorriente. En esa caracterización tosca confluyen el reduccionismo, la mistificación y la ignorancia. Cuando se le pinta a Ratzinger como un azote de heterodoxos, se recuerda su rigor con corrientes modernistas como la teología de la liberación y se olvida que empleó idéntico rigor con corrientes como la del obispo Lefevre. La lectura de sus obras reclama un regreso a los fundamentos de la fe, una purificación de adherencias postizas; pero no se detecta inmovilismo, sino esfuerzo por hacer comprensibles unas verdades inmanentes como trató de hacer el Concilio Vaticano II.

DICEN OTROS

Que es responsable de la involución eclesial, cancerbero de la fe o enemigo de toda corriente innovadora en el campo pastoral, piensan los progres de nómina en su ignorante animadversión contra la Iglesia. Otros han proclamado desde la altura teológica de su marxismo que el “Espíritu Santo se ha equivocado”. Si su vagancia no se lo hubiera impedido, hubieran descubierto la inmensa altura intelectual del nuevo Papa y su prestigio como teólogo, demostrados no sólo en su producción bibliográfica --40 libro-- sino también en sus debates públicos con los más prestigiosos filósofos laicos, como el último representante de la marxista Escuela de Frankfurt y Premio Príncipe de Asturias, Habermas, que reconoce que para un laico es muy conveniente estar atento a la sabiduría que se esconde en las tradiciones religiosas. En estos debates, de gran hondura teológica y filosófica, Ratzinger analiza con finura cuestiones actuales como el positivismo o el relativismo. Su defensa del iusnaturalismo como origen de los derechos individuales del ser humano anterior a cualquier constitución política y de la racionalidad como gran herencia de la Europa cristiana, aportan un valioso magisterio, no sólo para los católicos, sino para cualquier persona interesada en ahondar en los grandes problemas filosóficos de nuestro tiempo.

Tampoco entienden el hondo significado de la elección del nombre para su pontificado, pues Benedicto XV tuvo que luchar en los tiempos recios de la Gran Guerra europea y el nacimiento del marxismo. Por no entender, no son capaces de interpretar el significado de los tres últimos presidentes norteamericanos, potestas, arrodillados ante el cadáver del último pontífice, auctoritas.

IMPERATIVOS BIOLOGICOS

Al defender la necesidad de diversificar a los seres humanos en dos sexos, Benedicto XVI ha demostrado valentía e inconformismo. Cancelar la diferencia sexual significa anular la potencialidad femenina y rebajar la dignidad de la mujer, bajo la máscara de la igualdad absoluta, más allá incluso de los imperativos biológicos. Benedicto XVI ha sabido leer el feminismo desde un nuevo punto de vista. En su primer mensaje como Pontífice, afirmó que hacen falta gestos concretos que penetren en las almas y muevan las conciencias, solicitando de cada uno esa conversión interior que es el presupuesto de todo proceso de ecumenismo.

EL TRABAJO POR LA VERDAD. EL TEOLOGO Y EL PASTOR

El Papa, en un gesto cristalino de disponibilidad ecuménica, visita la Basílica Ostiense, para venerar el sepulcro de San Pablo, gesto que subraya el vínculo de la Iglesia de Roma con el Apóstol de los gentiles. La honestidad y estatura intelectuales de Benedicto XVI han sido reconocidas incluso por personalidades como Hans Küng, su antiguo y permanente adversario. Lo que molesta y ofende del pensamiento de Benedicto XVI es que parte de una convicción de que para él, el mensaje cristiano representa la verdad; una verdad no anquilosada, sino sometida a continua pesquisa, pero verdad al fin, que es el pensamiento motriz de su escudo, tomado de la 3 Carta de San Juan: Cooperatores Veritatis.

RESPLANDOR DE LA VERDAD

Lo acabamos de ver en la Liturgia de la Ceremonia del inicio de su Pontificado. Benedicto XVI sereno, dueño de sí, elegante y fino, modulación correcta en su afinado canto, largo todo, pero sin molestar, atento con suma delicadeza, con gran paz y serenidad interior, homilía modélica e insuperable, inteligente y cristiana, evangélica y sublime, coordinación de imágenes y lógica en los conceptos, litúrgica y teológica, histórica y convincente, rezumando talento y corazón, conmovedora. Pocas veces he podido comprobar y experimentar que la verdad es resplandeciente, contemplar una chispa de la hermosura de Dios, el Splendor Veritatis, la Verdad es la Belleza y la Belleza y la Verdad es Buena. Los tres trascendentales Bonum, Verum, Pulcrum, han surgido elocuentes en la Plaza de San Pedro, día 24 de abril de 2005, en un acorde perfecto, en una unidad fruto de la Verdad, la Belleza y el Bien, completado con el cuarto trascendental, el Bien, el Bonum. Coordinadamente y con coherencia como si un con un hilo de finísimo oro lo tejiera, el Nuevo Papa ha bordado su discurso en el principio, en el medio y el fin, con las palabras del invisible, pero no ausente, sino muy presente, amado Juan Pablo Magno, que refleja el amor, la gratitud, la fidelidad, la unidad con su Maestro predecesor.

LA INVESTIDURA DEL PALIO

La bllísima imagen del palio, que se usa desde el siglo IV y hasta ahora era más corto, con Benedicto XVI ha recuperado la tradición y ahora mide 2,60 metros de largo y 11 centímetros de ancho, sabio y buen gusto benedictino. Tejido con lana de ovejas y corderos, ostenta cinco cruces rojas, las cinco llagas de Cristo, con tres alfileres, los tres clavos de la cruz. Los flecos negros, simbolizan las pezuñas del cordero. “La lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La oveja perdida es la humanidad - descarriada en el desierto. El Hijo de Dios no puede abandonar a la humanidad en una situación tan miserable. Abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros”.

LA OVEJA PERDIDA

“La inquietud de Cristo ha de animar al pastor no ver con indiferencia que muchas personas vaguen por el desierto: el desierto de la pobreza, del hambre y de la sed; del abandono, de la soledad, del amor roto, de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia y sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. Yo doy mi vida por las ovejas", dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Pero todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

La característica fundamental del pastor debe ser amar a los hombres, como ama Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en la Eucaristía”.

LA ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR

“Después de una noche de echar las redes sin éxito, vieron en la orilla al Señor resucitado, que les manda volver a pescar otra vez, y la red se llenó tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn 21, 11). "Y aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido”.

“EN TU PALABRA”

”Dijo Simón: "Maestro, por tu palabra echaré las redes". Se le confió entonces la misión: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5, 1,11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para la vida verdadera. Para el pez resulta mortal sacarlo del mar. En la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Cada uno de nosotros es amado, cada uno es necesario. Nada más bello que conocer a Cristo y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, a veces gravosa, es gozosa y grande, porque es un servicio a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo."Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor" (Jn 10, 16).

EL RECUERDO DEL PONTIFICE AMADO QUE SE FUE AL PADRE

“¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! Y ahora, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos”.

“En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!". El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, que tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. El Papa hablaba sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella?: ¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada - absolutamente nada - de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida".

 

2.- FIESTA DE SAN JOSE OBRERO, PRIMERO DE MAYO

Creación y trabajo: Dios creador y el hombre colaborando con él por amor. Meditación sobre el trabajo

Por Jesús Martí Ballester

Inmenso Dios creando como un torbellino inmóvil y amoroso, afanándose en su obra para su gloria en el hombre. Y cuando pasó revista a todo, montes y espesuras, estrellas, mares, calandrias y elefantes, aves del paraíso y águilas reales, altísimas montañas, palomas raudas, palmeras y cipreses, colibríes y elefantes... el hombre y la mujer..., dijo:

¡Bien, Todo está bien!

¡Me ha quedado todo estupendo!...

Es obra de mi amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Maravillas de amor del trigo verde.

Maravillas de amor de los ríos caudalosos.

De los hondos mares bravíos.

De las altas montañas escarpadas.

Del ondular de las colchas de sangre de amapolas.

De los rosarios rosados del maíz.

Del néctar de los melones deliciosos.

De los crujientes cacahuetes.

De los prados de verduras

De los racimos de los plátanos.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Riquezas de amor del oro pálido.

De los diáfanos diamantes.

De los zafiros y de los topacios.

De las aguas marinas románticas.

De los rojos corales.

De las amatistas y rubíes de sangre.

De la plata rutilante.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

El regalo de amor de la vida animal.

De los ágiles caballos.

De las gacelas tímidas.

De los jilgueros y de los gorriones cantarines.

De los locuaces periquitos.

De los toros solemnes y orgullosos.

De las ballenas como casas.

De los leones regios.

De los pavos reales de ensueño.

De las altísimas jirafas.

De los canarios melodiosos.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Y el lujo de los jardines.

Las rosaledas lujuriantes, jaspeadas.

Los jazmines embriagadores.

Las madreselvas de embrujo.

Los claveles rojos, naranja, blancos, amarillos.

Los tulipanes de nácar.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Maravillas de amor.

Y el hombre ¡ay! insatisfecho.

Porque los hizo: hombre y mujer.

Y Adán no encontraba la respuesta a su amor

en las otras bellezas de criaturas.

Al tener ante él a la mujer, maravilla de ser,

dice Adán: Ahora encuentro eco a mi amor.

Y el paraíso sin dolor.

La chispa primera de la inteligencia.

El latido de la primera emoción, del primer amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Misterio de amor.

Y la Redención.

Hijos en el Hijo.

Vida de Dios. Como si a las hormigas

las eleváramos a la vida humana,

inteligente y voluntaria.

Como si les pudiéramos decir:

¡Hormigas, qué alegría,

sois hombres, siendo a la vez hormigas!

Hombres - dioses.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Al animal con suplemento

de inteligencia: hombre.

Al hombre con la gracia = dios.

Divinizado.

Pero comprado con Sangre divina.

La Sangre del Cordero.

Y ese hombre, ya liberado en general,

tiene que ser liberado en concreto.

Tú, yo, él, todos.

La Iglesia.

La humanidad.

La humanidad en el crisol.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

 

Y le dijo a Adán: Prolonga tú ahora mi obra creadora, toma mis fuerzas y sigue creando, yo estaré contigo y descansaré. Trabaja conmigo, que es tu oficio. Trabajar para Adán era hermoso, era «coser y cantar», siempre con el corazón henchido de alegría, porque crear deleita. El sudor vino después; la amargura y el cansancio y la fatiga fueron posteriores al pecado. «Con el sudor de tu frente», la tierra se te resistirá, y las ideas se te irán escurridizas, y se bloqueará el ordenador, y los cardos y las espinas, son, pueden ser, expiación y penitencia. "Existe, dice Juan Pablo II en la "Laborem exercens", una dimensión esencial del trabajo humano, en la que la espiritualidad fundada sobre el evangelio, penetra profundamente. Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga.

El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida» (Gén 3,17). Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido hecho...» (Gén 3,19).

LA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO HUMANO

Casi como un eco de estas palabras, se expresa el autor de uno de los libros sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve...» (Ecl 2,11). No existe un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas estas palabras. El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, en el misterio pascual de Jesucristo. Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo de la historia del hombre en la tierra (Rm 5,19). Está contenida en él también la elevación de Cristo, el cual mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección. El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor en la obra que Cristo ha venido a realizar (Jn 17,4).

Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar. Cristo, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros que buscan la paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin».

En el trabajo cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo, son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.

LA TIERRA NUEVA

¿No es ya este nuevo bien —fruto del trabajo humano— una pequeña parte de la «tierra nueva», en la que mora la justicia? ¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio, tomando las mismas fuentes de la Palabra revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo (Lc 9,25). (Vaticano II, Gaudium et Spes, 38). No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios». El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa el puesto que ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio".Y así, trabajando, es como el hombre se convierte en dominador de la materia y concreador del mundo, que le estará sometido en la medida de su trabajo; y pondrá a su servicio todas las criaturas, inferiores a él. Y así se dignifica y crece.

TRABAJO BALUARTE

«El que no quiera trabajar que no coma», dice san Pablo; quien ha de comer tiene que trabajar. El deber de trabajar arranca de la misma naturaleza. «Mira, perezoso, mira la hormiga...», y mira la abeja, y aprende de ellas a trabajar, a ejercitar tus cualidades desarrollando y haciendo crecer y perfeccionando la misma creación. Que por eso naciste desnudo y con dos manos para que cubras tu desnudez con el trabajo de tus manos y te procures la comida con tu inventiva eficaz.

El trabajo será también tu baluarte, será tu defensa, contra el mundo porque te humilla, cuando la materia o el pensamiento se resisten a ser dominados y sientes que no avanzas. Te defenderá del demonio, que no ataca al hombre trabajador y ocupado en su tarea con laboriosidad. Absorbido y tenaz. Te defenderá del ataque de la carne, porque el trabajo sojuzga y amortigua las pasiones, y con él expías tu pecado y los pecados del mundo con Cristo trabajador, creando gracia con El y siendo redentor uniendo tu esfuerzo al suyo, de carpintero y de predicador entregado a la multitud y comido vorazmente por ella. Así es cómo el trabajo cristiano, se convierte en fuente de gracia y manantial de santidad. Pero si el hombre debe continuar creando con Dios, su trabajo debe ser entregado a la Iglesia y a la comunidad humana, llamada toda al Reino. El que trabaja, cumple un deber social. Ahora bien, si el trabajo es un deber, si el hombre debe trabajar, el hombre tiene el derecho ineludible de poder trabajar, de tener la posibilidad de ejercer el deber que le viene impuesto por la propia naturaleza, por el mismo Dios Creador, Trabajador, Redentor y Santificador. El derecho social al trabajo es consecuencia del deber del trabajo. Pío XII en la “Sponsa Christi” recuerda incluso a las monjas de clausura el deber de trabajar con eficacia.

Pero la realidad es que, así como hay en el mundo una injusticia social en el reparto de la riqueza, la hay también en el reparto del trabajo. Mientras haya parados, no puede haber hombres pluriempleados; por dos razones: primera, porque sus varios empleos quitan, roban, puestos de trabajo a los que de él carecen; segunda, porque los que tienen varios empleos difícilmente los cumplirán bien y a tope. El "enchufismo" no es sinónimo de perfección, sino todo lo contrario. Se habla de estructuras injustas en órdenes diversos; pero la estructura injusta, y había que revisarla si es injusta, se da también en la distribución del trabajo. Que un sacerdote, y son muchos, no tengan nada que hacer, en todo el día, salvo celebrar la misa, cuando hay también muchos que no pueden abarcar todas las misiones que se les encomiendan, puede ser consecuencia de unas estructuras, o de una interpretación de las mismas, que en todo caso, deberán ser, en justicia, revisadas. La sociedad no puede desperdiciar energías, pero la Iglesia tiene que aprovechar todas las piedras vivas, para edificar el Cuerpo de Cristo.