1.- ESTÁ EN CRISIS EL MATRIMONIO

Por David Llena

Al menos la idea de proteger el matrimonio y la familia como una herramienta importante en la construcción de la sociedad está puesta en entredicho. La naturaleza y en especial la continuidad de la humanidad, dependen esencialmente de la evolución, de que aparezcan nuevos individuos que releven a sus padres y demás antepasados. Y este es el fin primordial de la unión de dos individuos de distinto sexo. Es cierto que para la procreación no es necesario más que unos momentos de unión, pero para el desarrollo completo de ese nuevo individuo es necesario el acompañamiento, el ejemplo y la guía de sus progenitores. Esto último nos lleva a que la paternidad, no es un capricho sino quizá una de las tareas más importantes de cada individuo. Así esta paternidad, para asegurar un buen futuro a la especie, debe encontrarse en un ambiente de seguridad y continuidad que no se valora para nada en nuestra época, y así nos va.

Es cierto que un papel no tiene valor si el que lo firma no se siente comprometido por él, como viene aconteciendo; cada vez son más los que no son capaces de guardar una palabra de compromiso. Ya, este no es el lugar ideal para el crecimiento de un hijo, aunque si es cierto que puede haber amor, y fuerte, sin papeles, capaz de criar un hijo completamente desarrollado.

El problema es cuando ese papel que se firma no está sustentado por el amor y el compromiso. Esos ejemplos son los que desvirtúan el matrimonio y aún peor cuando se pone a Dios por testigo. Cuando el matrimonio se realiza para conseguir otro tipo de estabilidad está viciado de raíz. El matrimonio no puede ser una excusa para conseguir trabajo, estabilidad económica, posición social…

Ya a estas alturas de la civilización, los que se quieren, prefieren no casarse por no comprometerse. Los que no se quieren se casan porque no hay compromiso, pero si algún acuerdo económico y para poner la guinda, los que no pueden perpetuar la especie se unen para hacernos creer que la “igualdad” va por esos caminos. Me refiero, como muchos suponen, a las uniones homosexuales, destinadas al simple disfrute de los contrayentes sin ningún tipo de aporte a la sociedad, salvo quizá el de recibir las ayudas del estado que deberían estar destinadas a las familias que son las que realmente deben mantener y desarrollar a los que en el futuro sean los que asuman el desarrollo de las sociedades.

Así, debemos pedir que la sexualidad vuelva a ser un motivo de unión y no de separación, que la fidelidad vuelva a ser la guía de los esposos y que no se banalice el sexo, que dejen de confundir a los jóvenes que puedan ser educados en el compromiso y la responsabilidad y no solo en el poder, el dinero y la fama. Y en cuanto a las uniones entre personas del mismo sexo, busquemos una salida al problema pero no ocultemos el problema diciendo que no hay problema.

 

2.- HIGUERA (**)

Por Pedrojosé Ynaraja

En la antigüedad no existía la nomenclatura científica que utilizamos hoy en día y gracias a la cual podemos referirnos a cualquier ser vivo en cualquier lugar del mundo, con precisión. La Biblia, lo repetiré con frecuencia, no es un manual de biología, así que la traducción del nombre de un vegetal o un animal, no resulta siempre segura. Lo advertiré en su momento. Pero en el caso del árbol del que hablo hoy, no hay duda alguna. Es inconfundible, típicamente mediterráneo y abundante. Nos lo encontramos en huertos y en parajes solitarios abandonados. Es interesante advertir para empezar, que en los tiempos bíblicos no existía el azúcar, este polvo que tenemos en nuestras casas, que es acompañante de muchas bebidas y componente fundamental de golosinas. Se entenderá por esto lo atractivos que les resultaban los frutos ricamente dulces. El higo, que no es un fruto especialmente apreciado entre nosotros, resultaba para aquella época enormemente seductor por su sabor azucarado. Añádase que, en favorables circunstancias climatológicas, da fruto desde los inicios de la primavera hasta bien pasado el otoño, nos daremos cuenta así del favor que representaba tener un árbol de estos. La prosperidad bíblica se expresaba en estos términos: una casa con parra e higuera. La una proveía de vino, la otra, además de sus frutos, permitía que los sarmientos de la vid se encaramasen por sus ramas.

Cuando llegue a Santa Eugenia, observé con gozo que junto a la pared de mi casa se agarraban unas viejas, pero que muy viejas, parras y en el cercano huerto había una anciana higuera mal situada y peor protegida. Pese a su estado, fue una señal de bienvenida que agradecí al Señor. Llegado el momento oportuno ambos árboles me ofrecieron sus frutos, aunque los de la higuera fueran escasos, dada su pésima colocación y su vejez. Paralelamente, durante las cuatro estaciones del año recibí de Dios sus favores repletos de predilección. Una experiencia gozosa tal no podía olvidarse, merecía un monumento, así que en invierno planté algunos esquejes y comprobé satisfecho que agarraban. Estos días he puesto uno de estos arbolitos al lado de la puerta, en un lugar muy visible al visitante. Había comprobado en primavera que al lado de las cuatro hojas que fue capaz de sacar, aparecían tres frutos de los cuales uno llegó a madurar. Este año, poco después de que las yemas se abriesen, ya he visto junto a ellas unos diminutos higos. Estoy satisfecho de lo ocurrido, es el lenguaje mudo pero elocuente de la naturaleza. A quienes me preguntan porqué he puesto aquella higuera tan cercana a la puerta, pues arguyen que las raíces perjudicarán la pared cercana, les respondo que no sé como se comportará respecto al muro, pero que yo no podía dejar de proclamar que Dios es muy bueno y la Iglesia, esposa y madre, está dando hoy en día frutos muy buenos y visibles, está interrogando sobre el sentido de su existencia a los más superficiales y está invitando a la paz con suavidad (escribo contemporáneamente al fallecimiento en impresionante agonía de Juan-Pablo II y a la elección del nuevo Papa). Mi higuera empieza bien su andadura junto a mí. Primero da fruto, es generosa, después ya extenderá sus vistosas hojas y presumirá decorativamente. Es toda una lección de vida cristiana. Hay gente preocupada por leer, discutir, querer entender las razones de la Fe, sin dar a nadie nada, gratuitamente. Es una manera inoperante de buscar una senda de salvación. En el terreno del egoísmo nada bueno puede prosperar. De la higuera y de los higos se habla en la Biblia en 62 ocasiones.

(**) (ficus carica) (En hebreo te’enah)