Son tres editoriales. Dos referidos al nuevo Papa. Betania expone las razones para llamar al Papa, en los países donde se habla español, Benito y no Benedicto. Cuando, por ejemplo, nos referimos al Patrón de Europa, San Benito, no le llamamos San Benedicto. El segundo editorial hace referencia a la esperanza que han transmitido los primeros gestos del Papa. Y el tercero, a nuestro juicio el más importante, se dedica a glosar el necesario servicio que los cristianos debemos hacer a nuestros semejantes a nuestros prójimos.


1.- ¿Y POR QUÉ NO LLAMAMOS BENITO A BENEDICTO?

Creemos que por cercanía al italiano y una cierta presencia del latín hemos adoptado el nombre de Benedicto XVI. En realidad, el Papa Joseph Ratzinger ha tomado el nombre de San Benito, patrón de Europa, cuya elección es desde luego muy significativa. No llamamos a San Benito, San Benedicto, ni existe ese nombre en español. Es cierto que se utilizó el nombre de Benedicto, en los países de habla española, para anteriores pontífices que eligieron ese nombre y, naturalmente, al inmediatamente anterior al Papa Ratzinger, Benedicto XV. Es cierto que en los tiempos de Benedicto XV el latín estaba más próximo al acerbo cultural de los católicos y de ahí el mantenimiento del latinismo.

Habría que recordar también que, cuando fue elegido el Papa Montini, se le comenzó a llamar en España Paulo VI, derivado directamente del latín –en italiano es Paolo—y, finalmente, imperó el buen juicio de llamarle Pablo VI. Por eso creemos que deberíamos llamar al nuevo Papa Benito XVI, pues así hacen los franceses al llamarle Benoit XVI y no, por ejemplo, Benedict. La popularidad de Juan Pablo II llevo a que durante su pontificado muchos niños fueran bautizados con el nombre compuesto de Juan Pablo. No sabemos si esa costumbre se mantendrá, pero, desde luego, bautizar a niños, en los países de habla hispana, con Benedicto resulta raro. Además la tendencia de muchas zonas del español –Andalucía, Galicia y numerosísimos países de Hispanoamérica—es “comerse” las consonantes que aparecen antecediendo a otra consonante. Así Benedicto se transformaría en Benedito y desde luego es más razonable utilizar el nombre español de Benedictus: Benito. Nos parece lo lógico.

Nosotros en Betania hemos mezclado, esta semana, los dos modos de llamarle –Benedicto y Benito—pero la próxima semana intentaremos unificarlo. Sería bueno que nuestros lectores nos dieran sus opiniones al respecto.

 

2.- UNA GRAN ESPERANZA EN TORNO A BENITO XVI

Los primeros momentos del pontificado del Papa Benito XVI han tenido mucho de inesperados. La imagen que ha dado el nuevo Papa es de simpatía, de humildad, de alegría. Tal vez, muchos esperaban gestos más adustos o más serios o solemnes. Supo el Papa en esas primeras horas transmitir esperanza que no es poco.

No será Betania quien vaya a decir al nuevo Papa lo que tiene que hacer. Ni en broma. Sabemos que él se va a ocupar de toda la grey que tiene a su cargo. Además, lo que nadie podrá negar es que Benito XVI conoce perfectamente la Iglesia, a sus gentes y sus problemas. Ese conocimiento de primera mano es una garantía grande para conducir adecuadamente la Barca del Pescador. De esto estamos seguros.

 

3.- DEDICARSE A LOS DEMÁS

Hay un momento en la vida de fe –-si uno quiere ser un auténtico cristiano-- que uno se siente incomodo con tanta atención a las cosas propias. La preocupación por mejorar, por ser más efectivamente cristiano, necesita de una vigilancia permanente. Sería absurdo descuidar la casa propia para ponerse a barrer las de los otros. Eso es verdad, pero a veces hay una tendencia a estancarse en las cosas personales con olvido de las necesidades de los demás. La repetición de nuestras faltas habituales y grandes defectos, una cierta angustia que se produce a partir de ahí, dosis de autocompasión o briznas de soberbia oculta nos hacen perder mucho tiempo. Cuando tras un tiempo, solamente seamos foco exclusivo de nuestros pensamientos y apenas trabajemos por los demás, es que estamos en peligro de entrar en una peligrosa y complaciente soledad.

A pesar de que muchas de nuestras cosas personales no nos gustan, nos hemos acostumbrado a ellas y gozamos incluso con su "maldad". Sin embargo, la elección de trabajar por los otros trae una cierta incomodidad. La elección de los "otros" tampoco es fácil. La acepción de personas que habla la Escritura está siempre presente en nosotros. Es obvio que los consejos del Apóstol Santiago, en su carta, respecto a la idea preconcebida que nos haremos en función de si nuestro prójimo está bien o mal vestido, ya nos dan pistas de la tendencia a aceptar a unas personas y rechazar a otras. Y, sin embargo, en los pobres, en los marginados, en los solitarios, en los abandonados está Cristo y a él debemos servirlo a través de quienes nos gustan muy poco o nada.

Pero como decíamos al principio en la vía de la conversión hay un momento en el que uno se da cuenta de que nuestra casa interior ya está lo suficiente apuntalada como para poder salir al exterior. El deseo y la necesidad de servir a los demás se abre de manera muy imperiosa. Y hay dos caminos que se complementan. Debemos mejorar el trato con las gentes más cercanas que tenemos: los miembros de nuestra familia, los compañeros de trabajo, los vecinos. El otro, que es más difícil, se refiere a los auténticamente necesitados: a esos pobres, marginados y abandonados que conviven también cerca de nosotros.

Un camino muy adecuado para trabajar a favor de los colectivos de necesitados lo encontraremos, sin duda, en los diferentes grupos que hay en nuestras parroquias. Y ahí, con la ayuda de otros amigos más experimentados, podremos iniciarnos en el apoyo a los hermanos. En este sentido, nos gusta insistir que la pertenencia orgánica a una parroquia nos obliga a ser coherentes con la misma. Hay muchas gentes cristianas que, basada su actividad religiosa en movimientos y obras, abandonan sus obligaciones parroquiales.

En fin, todo son ejemplos. Lo importante es que vayamos, poco a poco, evitando nuestro aislamiento espiritual para abrirnos a las necesidades de los hermanos. Y no es malo iniciarnos en esta apertura en estos tiempos próximos a la llegada del Espíritu Santo. Tiempos, además, en los que la Iglesia abre un nuevo Pontificado y todo es esperanza.