TALLER DE ORACIÓN

ORAR LA SEMANA SANTA

Por Julia Merodio

Julia Merodio ha realizado un gran esfuerzo al recorrer los días más señalados de la Semana Santa siguiendo su base de oración inspirada en los diferentes momentos de la misa. Hoy se adjuntan tres bloques de enorme interés. De hecho, alguno de esos textos puede servir para realizar algunos de los actos de la devoción litúrgica de Jueves y Viernes Santo. Conviene leerlos con calma y sacar provecho.

1.- CUARESMA: EUCARISTÍA Y SANTO

“La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!” (Mateo 21, 1 – 10)

Ha terminado el ofertorio. El sacerdote nos invita a orar para que el Sacrificio que estamos ofreciendo sea agradable a Dios y lo hace en plural: “Este sacrificio mío y vuestro…”, dice, con fuerza. Nadie queda excluido, todos estamos ofreciéndonos en él al Señor. Y lo ofrecemos para que sea “alabanza y gloria”

Nos ponemos de pie para dar entrada al Santo debe de ser importante, pues antes de llegar a él nos uniremos a una oración que recita el sacerdote.

Y ahora sí. Ahora empieza: La plegaria eucarística

VER

El señor esté con vosotros.

Y con tu espíritu.

Levantemos el corazón.

Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Demos gracias al Señor nuestro Dios.

Es justo y necesario.

¿Verdaderamente, al rezar el Santo, levantamos el corazón al Señor?

¿De verdad nos parece justo y necesario darle gracias?

Vamos a pensar en ese momento es que de verdad nos pareció “justo y necesario” dar gracias al Señor. Recordemos el hecho…

Ahora en este silencio veamos por que cosas queremos, hoy, alabar y dar gracias a Dios. Puede ayudarnos:

JUZGAR

“Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: Él la fundo sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos” (Salmo 23)

“Cuando se acercaba, la gente y los discípulos entusiasmados se pusieron a alabar a Dios. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: Maestro reprende a tus discípulos. Él replicó: Os digo, que si estos callaran, gritarían las piedras” (Lucas 19, 38 – 40)

“¡Portones alzad los dinteles!, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es el Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos: Él es el Rey de la gloria” (Salmo 23, 9 – 10)

“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; se despojó de su rango y pasó por uno de tantos. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre” de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble: en el cielo, en la tierra, en el abismo… y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2, 6 – 11)

ACTUAR

Han pasado demasiadas cosas en tan breve espacio de tiempo. En nuestro interior se han fusionado sentimientos y plegarias, hemos reconocido que, verdaderamente, el Señor es Grande, es… el único Dios del Universo, nos hemos dado cuenta que de Él son la Gloria, el Honor y el Poder y que el cielo y la tierra están llenos de su misericordia y su bondad.

Ahora ya, no sólo rezamos, ahora también cantamos porque necesitamos gritar todo lo que se ha fusionado en nuestro corazón. Ya no tenemos que hacerlo por lo que nos dicho, lo hacemos por lo que hemos experimentado, por lo que hemos vivido.

FUE EL DOMINGO DE RAMOS

También Jesús vivió este momento en vivo y en directo. No es casual que oremos con esta plegaria, coincidiendo litúrgicamente, el Domingo de Ramos.

Ya llevamos varias semanas con el tema de la Eucaristía, hemos ido encontrándonos con Jesús en cada situación, en cada frase, en cada oración, en cada palabra… Hemos comprendido que todavía necesitamos purificar más nuestra manera de participar en el Sacrificio de la Misa, de renovar más profundamente lo que significa Dios en nuestras vidas.

Y ante el asombro de los discípulos y hoy ante el nuestro:

Jesús decide entrar triunfalmente en Jerusalén. Es la primera vez que se les presenta a los apóstoles una situación como esta. Pero nosotros lo hemos recibido triunfalmente es cada Eucaristía con el canto del: Santo.

CANTANDO EL SANTO, COMO SI FUESE LA PRIMERA VEZ

El Señor, no solamente, debería haber entrado triunfante en Jerusalén sino que debería entrar hoy, con el mismo triunfo, en nuestro mundo. Pero sabemos que, como entonces, quizá se llenaría de pena al ver los pocos que salimos y el talante que llevamos. Con tristeza vemos que nuestro mundo tiene otros dioses y otras prioridades. Nuestro mundo necesita gente que ensille caballos de pura raza, coches de precios millonarios y sequito impecable. Nuestro mundo necesita policía especializada, guardas de seguridad y los últimos adelantos técnicos en informática y megafonía, nuestro mundo necesita tantas cosas que le es imposible ver al Señor que llega montado en un pollino. Lo mismo que entonces solamente son capaces de verlo los niños y todos los que han sido tocados por Él.

Y ahí está la realidad después de tantos Santos rezados y cantados, después de tantas veces como hemos proclamado que los cielos y la tierra están llenos de su gloria seguimos necesitando que Dios entre triunfalmente en nuestro mundo, en las calles, en la televisión, en la prensa, en nuestras casas…

Entonamos el Santo, una y otra vez, en nuestras eucaristías pero no sé si, de verdad, creemos en su fuerza salvadora.

Repetimos que el cielo y la tierra están llenos de su gloria, pero nos cuesta creer en su misericordia para con los desfavorecidos, ni su poder para sanar a los enfermos.

En cada eucaristía se multiplican las grandezas del Señor y dudo que las veamos muchos de los que asistimos a ella.

Tenemos que caer en la cuenta de que rezar el Santo, no sólo es cantar la gloria del Señor, sino glorificarlo desde lo profundo del corazón.

BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR

Cada vez me admira más ver, como Dios, siendo Dios, cuenta con el hombre para hacer su obra. ¡Traedme! (Mateo 21) Él siempre busca a los seres humanos para llegar hasta los demás. Hoy nos busca a ti y a mí. Quiere llegar por medio de nosotros a la realidad que nos ha tocado vivir. Necesita llegar, a través nuestro, al mundo de la empresa, al mundo de los negocios, al mundo de la comunicación, al mundo del espectáculo… necesita decir a todos que Él llega una y otra vez, que Él está aquí, en la vida, a nuestro lado. Que no viene a juzgarnos ni a reprocharnos nada, viene a acogernos a ayudarnos, a sanarnos, a liberarnos… a sacarnos de las esclavitudes que nos aprisionan sin dejarnos vivir en plenitud.

Pero ¿cómo se va a hacer esto realidad, si nosotros, que al rezar el Santo, repetimos una y otra vez “Bendito el que viene en nombre del Señor”, estamos lejos de afirmar que ya ha venido y está entre nosotros?

Es importante que oremos la Eucaristía. Que nos insertemos en ella de tal manera que, al proclamar las alabanzas del Señor, estemos diciendo que estamos dispuestos a disminuir nosotros para que Él crezca.

Que la gente note que, al estar tan sorprendidos de estas maravillas como hace con nosotros, nos sentimos privilegiados de poder darle gloria y honor.

Y que, de verdad, la proclamación del Santo es una explosión de gozo salida de, lo profundo de nuestro ser, porque todo lo que decimos y afirmamos, lo hemos vivido en nuestro ser.

JESÚS ES RECIBIDO CON ELOGIOS

El evangelio nos relata la entrada de Jesús es Jerusalén y cómo salio la gente a recibirle. Pero nosotros, las personas que vivimos en este momento de la historia necesitamos tener todo atado y bien atado y, casi sin quererlo, nos preguntamos: Y por qué salieron a recibirlo:

¿Por curiosidad?

¿Por los prodigios que había realizado?

¿Por lo que les había impactado su forma de vivir?

Necesitamos comprender que lo importante no son las razones, ni los motivos por las que salgas a ver al Señor. Lo importante es recibirle. Por eso cuando nosotros rezamos el Santo lo importante es que queramos recibir, a Jesús en nuestra vida con alegría y cantos. Que reconozcamos sus dones, su grandeza, su gloria.

Al mundo de hoy le asusta que Jesús siga actuando y haciendo prodigios. Las personas de hoy buscamos justificar los milagros, analizarlos, medirlos, demostrarlos… nos da miedo contar a los demás las obras del Señor y sin embargo en el prefacio proclamamos sus grandezas, las gritamos para terminar con el rezo del Santo, pero al salir de la Iglesia lo olvidamos y nos avergonzamos de decir que Dios está vivo y rige la historia.

LA LECCIÓN DE UN BURRO

Con la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un “pollino” hemos aprendido que los caminos de Dios no son nuestros caminos. Pero que sus sendas siempre son maravillosas. Que no importa montar un burro, un coche, un avión o en barco, que lo importante es el ser sus mensajeros, el ser portadores de Cristo. El ofrecer el tesoro a cuantos nos rodean, aunque lo llevemos en, frágiles vasijas de barro…

Lo importante es gritar a todos que, entonamos el Santo, porque hemos oído, visto y vivido las maravillas del Señor y eso da mucha fuerza.

La gente de hoy habla de todo menos de Jesús. No tienen experiencia de Él, no somos portadores de Cristo en el mundo, donde estamos anclados. Porque cuando la gente conozca a Jesús, cuando escuchen su palabra, cuando tengan experiencia de Él ya no podrán guardar esa dicha para ellos solos, de su interior brotará la alegría y el canto y todos nos uniremos “a los ángeles que cantan su júbilo eterno y a una solo voz cantaremos humildemente las alabanzas del Señor”: Santo, santo, santo es el Señor, Dios del Universo…

Y podremos decir, como los que se encontraron con Jesús: Yo no alabo al Señor porque me han contado sus maravillas. Lo alabo porque yo mismo he visto y he experimentado que Jesús es el Salvador del mundo.

 

2.- SEMANA SANTA: EUCARISTÍA Y CONSAGRACIÓN

Si hemos empezado a notar que el amor anida en nuestro corazón. Si nos creemos capaces de renovarlo, de hacerlo fuerte, sincero, verdadero y pleno. Si notamos que ese amor da sentido a nuestra vida, llevándonos a una donación total…Ciertamente estamos preparados para vivir, en serio, el momento de la Consagración.

VER

Hemos llegado al momento sublime de la Eucaristía. Cualquier palabra que pudiera sugeriros empañaría lo que cada día el sacerdote repite en este instante y que a penas nos damos cuenta de ello. Por eso he cogido el misal para no perder nada, de la grandeza que nos muestra la liturgia. El sacerdote dice:

“A ti, pues,

Padre misericordioso,

te pedimos humildemente,

por Jesucristo tu Hijo nuestro Señor”

Luego pide al Señor que:

Acepte y bendiga los dones que le ofrecemos.

El Sacrificio puro y santo…

¡Puede haber mayor belleza!

Y ahora una petición:

“Por tu Iglesia Santa y Católica,

para que le conceda la paz.

Para que la proteja.

Para que nos congregue en unidad.

Y para que gobierne el mundo entero”

Todo esto “con tu servidor el Papa Juan Pablo II

Con nuestro Obispo N.,

y con todos los que, fieles a la verdad,

promueven la fe católica y apostólica”

Por fin, en este momento denso, donde el silencio se intensifica, el sacerdote inclinado

hacia el Pan y el Vino dice:

“Acepta, Señor, en tu bondad

esta ofenda de tus siervos

y de toda tu familia santa

ordena la paz en nuestros días

y cuéntanos entre tus elegidos”

No podemos seguir adelante sin que estas palabras se hayan sellado en nuestro corazón. Sería como despreciar el manjar más suculento del mundo.

JUZGAR

ME VOY AL PADRE.-

“Ya habéis oído que dije: Me voy pero volveré a vosotros. Si de verdad me amáis, deberíais alegraos de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os digo esto antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Hago esto para demostrar al mundo que amo al Padre y que cumplo fielmente la misión que me encomendó. ¡Levantaos! Vámonos de aquí. (Juan 14, 27 – 31)

JESÚS, EL GRAN ORANTE.-

“Jesús levantando los ojos exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti. Tú le diste poder sobre todos los hombres, para que Él dé la vida eterna a todos los que Tú le has dado. Y la vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a Ti el único Dios verdadero y a Jesucristo tu enviado” (Jn. 17, 1 – 4)

ORAR EN SU NOMBRE.-

“Es el Padre que vive en Mí el que está realizando su obra. Debéis creerme cuando digo que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mi; si no creéis en mis palabras creed, al menos, en las obras que hago. Os aseguro que el que cree en Mí hará las obras que Yo hago, incluso mayores porque Yo me voy al Padre. En efecto, cualquier cosa que pidáis en mi nombre os la concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Os repito que os concederé todo lo que pidáis en mi nombre. (Jn. 14, 10 – 15)

OS DOY UN MANDATO NUEVO.-

“Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Porque en el amor que os tengáis unos a otros reconocerán que sois discípulos míos.” (Jn. 13, 34 – 36)

PERMANECED EN MI AMOR.-

“Como el Padre me ama a Mí, así os amo Yo a vosotros. Permaneced en mi amor. Pero sólo permaneceréis en mi amor, si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que Yo he obedecido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor. Os digo todo esto para que participéis de mi gozo y vuestro gozo sea completo. (Jn. 15, 9 – 12)

QUE SEAN UNO, COMO NOSOTROS SOMOS UNO

“Yo te ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que Tú me has dado; porque te pertenecen. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío y en ellos he sido glorificado. Ya no estaré más en el mundo, pero ellos continuarán en el mundo mientras yo me voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a los que Tú me has dado para que sean uno como Tú y Yo uno. (Jn. 17, 6 – 12)

EL CLAMOR DE DIOS

“Al llegar el medio día toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Jesús clamó con voz potente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y dando un fuerte grito, expió. (Pasión según San Marcos)

NO PARECÍA HOMBRE

“Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaban de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos; ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.” (Is. 52, 13 – 15)

EL LUGAR DE MARÍA

“Desde la Cruz, Jesús dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya.” (Juan 19, 25 – 28)

ACTUAR

Desde que empezamos a “Orar la Eucaristía”, hemos notado, que el Señor nos ha dedicado una palabra personal a cada uno.

Volvamos a oírla de nuevo. Vivámosla con la mayor sencillez. No nos encasillemos pensando que ya lo sabemos todo porque hemos vivido muchas eucaristías. Démonos cuenta de que Dios crea cosas nuevas cada día para los que reciben, con el corazón expectante, sus propuestas.

Estamos en Semana Santa. Hagamos la oración, contemplando el rostro de Jesús. Recorramos, pausadamente, cada parte de la misa:

• Mirémoslo el domingo de Ramos lleno de alegría recibiendo las alabanzas de los que salieron a su encuentro.

• Mirémoslo el Jueves Santo: sereno, dulce, regio, servicial...

• Veámoslo el Viernes Santo: maltratado, herido, desfigurado…

• Velémoslo el sábado en el silencio del sepulcro, para que así lo podamos gozar el domingo Resucitado y lleno de esplendor.

Y en estos largos ratos de oración, procuremos oír, una y otra vez, las palabras de la Consagración. Cuando el sacerdote, mostrando el Pan dice:

“Tomad y comed todos de Él: Es mi Cuerpo entregado por vosotros. Después mostrando el Cáliz con el Vino, añade: Tomad y bebed todos de él, es mi Sangre derramada por vosotros”

EL LUGAR DE LA CITA ES JERUSALÉN

Ha llegado la hora. Él lo sabe mejor que nadie, por eso llama a los suyos para que se pongan en camino. Tienen que subir a Jerusalén. Muchos los siguen por las grandes maravillas que le vieron hacer, en especial por la última “La resurrección de Lázaro”.

Los apóstoles intuyen, por el gesto serio del Maestro, que las cosas no van bien y andan remisos. Pero Jesús sabe cual es la misión que ha de cumplir y nadie lo detendrá; llegará hasta el final y, cuando llegue, revelará que el Dios entregado es el que da a todos la Vida.

También la Eucaristía ha cambiado de cariz. Hemos terminado la entonación del Santo y todo queda en silencio. Se intuye que algo grande va a suceder.

Ese silencio que se respira nos da la medida de su grandiosidad. Todo está calmado, reposado… es hora de callar y escuchar, para encontrarnos con nuestro Dios.

Nos arrodillamos, en esa actitud de adoración a Cristo entregado por nosotros, y tomamos conciencia de que cargó con nuestras mezquindades sin pronunciar palabra, sin ninguna queja, sin gemido alguno… Y ahí está, caminando hacía la Cruz. Lleva encima todos los desastres de la humanidad. Le pesan demasiado, pero esa es su misión y llegará hasta el final.

TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL

¡Dios, siempre, sobrepasa nuestra corta mente humana! ¡Imposible entrar en la mente de Dios!

Bien sabemos que nuestra responsabilidad sobre la tierra es glorificarle, alabarle y bendecidle. Y ¿qué momento más apropiado para ello que, el momento de, la Consagración?

Cristo, hoy, está tan vivo y tan presente como entonces. Por eso, lo importante, es tomar conciencia de la respuesta que queremos dar al Señor en ese momento tan sublime. Porque, la Consagración, no es un recuerdo de lo que pasó en el Cenáculo; es, volverlo a repetir, volverlo a vivir… y todo porque Jesús así lo quiso y así nos lo pidió.

Yo creo que nuestra actitud, ante tanta grandeza, ha de ser la de acoger el Don, la de recibir su gracia, y la de aceptar el plan de salvación que tiene en exclusiva para cada uno de nosotros.

¡Cómo nos sobrepasa el corazón de Dios!

Seguramente hagamos esta oración el día de Jueves Santo, día de la caridad, día de fraternidad, día de unidad… día en el que se nos pide una respuesta concreta y clara de donación, entrega y servicio.

Ante esta petición, sorprende encontrar frente a frente dos respuestas antagónicas; la del hombre: sí pero no, mañana veremos, tenemos que calcularlo… y la de Jesús: ¡Tomad y comed todos de él! No quiero que nadie pase hambre, no quiero que nadie carezca.

Por eso quiero que hagáis vosotros lo mismo. Dadles comida que alimente, partiros para que llegue a todos… y, cuando hayan saciado el hambre y la sed de su cuerpo, saciad también la de su alma.

Que nadie sufra, que nadie lo pase mal, para eso estáis vosotros los que he elegido, los que habéis sido llamados. Los que habéis decidido, libremente, compartir la Eucaristía. Para eso estáis:

• Enjugad esa lágrima.

• Levantad a aquel que ya se dobla.

• Secad esa frente sudorosa.

• Curad esa alma ensangrentada.

• Socorred aquellas pobrezas.

• Compartid los bienes recibidos.

• Y sed agradecidos con el Señor que ha amado hasta las últimas consecuencias.

TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL

Tenemos que reconocer que Jesús, a veces, nos resulta imprevisible. Pero esto que celebramos, que compartimos, que admiramos... no es algo pasado, es algo totalmente presente, totalmente actual y real.

Asume que, celebrar la Eucaristía, no es hacer unos gestos más o menos significativos, sino comprometerte con el Señor, poniendo en sus manos tu vida.

Jesús nos invita hoy, a ti y a mí, a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, pero también nos está comprometiendo en su sacrificio.

“Si alguien quiere venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga.”

No puedes entender nada, de la Consagración, si separas el signo, del compromiso. El cáliz que presidió la Cena, y que se ofreció como bebida de salvación, es el mismo vivido por Cristo cuando dice al Padre “aparta de mí este Cáliz”. Por eso te repito, no te quedes sólo con los signos, trata de llegar al corazón de Cristo.

Y Jesús sigue hoy llegando hasta la mesa con los suyos, quiere juntarlos para revelarles su amor. En ella: El pan es regalado y repartido para que llegue a todos, y la Sangre es derramada y donada, como máxima expresión de amor.

Jesús ha hecho todo lo que se puede hacer por amor, tomar su vida y ofrecerla en un acto de confianza.

Pero dar la vida duele. Dar la vida cuesta. Por eso, cuando notes que el amor te empuja a ofrecerte, a comprometerte…; te darás cuenta de que ese empuje te llega de lejos, te llega de más arriba que tú. Son los frutos que rebosan del amor que Dios ha plantado en nuestro corazón.

Por eso nos unimos para decirle:

Dame, Señor, la gracia de ver mi realidad.

Ayúdame a descender hasta la profundidad de mi corazón para ver lo que estoy haciendo con los dones que me dejaste para que los administrara, pero que, sé muy bien que son tuyos.

Haz, Señor, que en este silencio, pueda escuchar tu palabra hablándome en lo secreto de mi alma.

Y que, en esa cercanía: te sienta, te oiga, te encuentre y pueda decirte con la mayor sinceridad: ¡Tú estás aquí Señor, percibo que me amas!

AMANDO HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIA

Cuando a Jesús le llegó la hora de salir de este mundo al Padre nos amó hasta el extremo. Y para que lo viésemos, el Hijo amado del Padre, se arrodilla para lavar los pies a sus discípulos.

Jesús cenaba por última vez con los suyos. La Cena había sido tensa. Los discípulos, en este encuentro, veían a Jesús distinto del resto de las veces que había comido con ellos.

Sus actitudes les habían sobrepasado, recordaban lo que les había dicho en el camino hacia Jerusalén y, que ellos habían preferido no escuchar. Les parecía un sinsentido lo del “borriquillo” para entrar en Jerusalén, les parecía desconcertante el secreto con que se había preparado la cena; el que todo fuese tan precipitado… Pero, el que se arrodille a lavarles los pies, es la gota que colma el vaso. Pedro se indigna. “Señor: no dejaré que me laves los pies…” Jesús no pierde la compostura. Su talante es sereno, su rostro despide bondad. Pedro no puede seguir mirándole, porque sabe bien que su mirada lo desborda. Jesús le dice: “Pedro si no te lavas los pies no podrás estar conmigo…” Pedro le contesta: “Señor lávame, no sólo los pies, sino todo el cuerpo…”

Vamos a dejar, que también a nosotros nos lave el Señor. ¡Tenemos tantas zonas sucias en nuestro interior!

Vamos a orar pidiendo por todos los que necesitan ser lavados por Jesús y también por los que necesitan que nosotros nos arrodillemos ante ellos, para lavarles los pies, para regalarles ese gesto de servicio, que Jesús tiene, una y otra vez, con nosotros, sin merecerlo.

LA EUCARISTÍA, SACRIFICIO Y SACRAMENTO

Ante nuestros ojos tenemos la maravilla de lo que ocurrió en el Cenáculo y que todavía seguimos diciendo que nos hubiera gustado presenciar.

En la última Cena lo que hizo Jesús fue anticipar lo que luego nosotros seguiríamos recordando y viviendo en cada Eucaristía.

Sangre y agua manadas del costado de Cristo y elegidas para ser transformadas en Cuerpo y Sangre de Cristo. Divinidad y humanidad de Jesús, Bautismo y Eucaristía juntos.

Agua que lava y purifica, sangre que fortalece y regenera. Momento del sacrificio, momento de silencio fuerte, momento contemplativo y de adoración.

Jesús, con este gesto se hace Sacramento para cada uno de nosotros. Pero, ya veis, antes de realizarlo había repartido el pan, había servido el vino y, en ello, había entregado su vida.

“Yo soy la vida”, dijo entonces, y quiero que vosotros estéis conmigo para siempre. Y eso mismo nos repite hoy en el momento de la Consagración. Quiero ser vuestra verdad, vuestro camino. Quiero ser para vosotros “el que soy”. Quiero libraos de vuestro pecado y quiero daros mi paz. Por eso, aún cuando tiene que salir del mundo para ir al Padre, lo hace orando por cada uno de sus amigos:

“Padre, guárdalos en tu nombre, que estén siempre unidos en tu amor y que repitan con los demás lo que yo he hecho con ellos.”

Desde hoy, cuando llegue el momento de la Consagración en la celebración eucarística, no dejes de contemplar a Jesús, percibe su intimidad, escucha lo que te dice y déjate contagiar por sus sentimientos.

Contémplalo, alábalo, adóralo en silencio. Pídele que te dé fuerza para acompañarlo en su pasión. Dale gracias por haberte permitido vivir esta cercanía con Él.

Pregúntale, también, por su Madre. Acompáñala en estos días tan dolorosos y difíciles para ella.

Pídele que te ayude a pasar junto a ellos las dificultades de tu vida y dile que te contagie su fe para llegar al momento de la resurrección.

¡LEVANTAOS HA LLEGADO LA HORA!

Día denso de grandes realidades. Día de entrega, de servicio y de amor.

El cansancio del camino aparece, las fuerzas están muy mermadas y Jesús sabe que sus discípulos necesitan recuperar fuerzas. Por eso los ha invitado a sentarse, junto a Él, en la mesa.

Estamos en la Semana Santa. En Jueves Santo y Jesús quiere que volvamos a vivir, hoy con Él, la institución de la Eucaristía. Quiere que lo hagamos al atardecer, como los judíos celebraban la pascua.

Fijémonos en que las vestiduras de hoy serán blancas. Es día de alegría y celebración.

Al terminar esta celebración solemne Él se quedará cerrado en el Sagrario del Monumento. Llega la hora de la Oración.

La Cena ha terminado. Jesús sabe bien, que ahora llega lo peor pero no se detiene. Poniéndose en pie dice a los discípulos

¡Levantaos! Ha llegado la hora. Vamos…

Jesús llega al huerto de los Olivos. Nada de lo que le va a pasar le es ajeno. Ha visto y oído demasiadas cosas, sobre todo, en los últimos días. También ha leído la escritura, con asiduidad y sabe que todo eso se refiere a Él. El profeta Isaías, sobre todo, habla con demasiada claridad como, para que todavía queden dudas.

Todo eso, junto, llega a su mente. Lleno de miedo y angustia se pone a orar al Padre. ¡Se siente tan solo! Sus mejores amigos dormían. Uno de los suyos le había traicionado entregándolo, y poco después otro le negará. La soledad le abruma. El silencio le daña. Solo, ante todo el pecado del mundo, siente el tedio de la muerte, y, en medio de su incalculable dolor, cae de rodillas para pedir ayuda.

Tengamos presente, en lo profundo de nuestro ser, la escena de la oración en el huerto.

Observemos que esta escena se abre y se cierra con una invitación apremiante por parte de Jesús.

¡Orad!. ¡Orad para que no caigáis en la tentación!

Él mismo, Jesús, ora con insistencia; sabe que la aceptación de la voluntad del Padre es dolorosa pero aquí está:

¡Padre, que no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú!

Su alma empieza a tomar impulso, parece que se está sobreponiendo un poco, cuando oye pasos fuera. Jesús sabe con certeza que vienen a por Él y no duda en salir a encontrarse con los que lo buscan.

Un beso sella la traición ¿Amigo con un beso me entregas? Lo cogen con energía, habían preparado a hombres llenos de fuerza para que no se les escapase; la primera sorpresa llega cuando ven que Jesús no opone resistencia.

Tan sólo sale de su boca una súplica: “Si venís a por Mí, dejad ir a estos”

Jesús camina ya hacia la cruz. Tendrá que pasar una larga noche en la que sufrirá toda la clase de torturas, pero llegará al día siguiente, con la mayor dignidad, nunca conocida. Andará, casi sin fuerzas, el camino del Calvario y abrazará la Cruz, dando la mayor lección de amor que el mundo recibirá jamás.

LAS TINIEBLAS CUBRIERON TODA LA TIERRA

Fue hacia las tres de la tarde. Jesús ha muerto en la Cruz. La tierra tiembla y todos los que la habitan tiemblan con ella. Lo sucedido no entraba en sus planes.

¡Verdaderamente este es Hijo de Dios! Exclama el Centurión mientras corre despavorido.

La Cruz con Jesús muerto es insoportable, nadie es capaz de mirarla de cerca y, como los humanos somos cobardes, lo solucionan huyendo. Sólo los íntimos, los cercanos, los que han apostado fuerte son capaces de permanecer, sin tambalearse, junto a ese Jesús, irreconocible, a causa de los tormentos, las heridas, los golpes… y el ensañamiento cruel de los que le torturaron.

Allí estaba La Madre: María. Y junto a ella el discípulo amado y algunos más, mujeres y hombres que quieren ayudar a darle una sepultura digna.

¡Cuántos años han pasado desde que tuvo lugar esta realidad! ¡Cuántas cosas han sucedido! ¡Cuántos milagros acaecidos en silencio! ¡Cuántas personas que creían no tener fe, como el Centurión, han exclamado que Cristo es el Señor!

Este año vamos a contemplar la Cruz de manera nueva. Vamos a ponernos junto a ella, en silencio, esperando que Jesús sea desclavado.

Vamos a pedir por todas esas personas clavadas en una cruz injustamente. Por sus padres, que sufren tanto horror. Por todas las víctimas de los terrorismos atroces que conviven entre nosotros. Vamos a hacer todo lo posible para que les quiten esos clavos que tanto les hacen sufrir. Vamos a ver en ellos a Jesús, clavado nuevamente…

Nos detendremos, también, en nuestras propias cruces. Nos daremos cuenta de cómo nos pesan. Cómo queremos desprendernos de ellas, cómo nos quejamos de tenerlas que llevar, cómo echamos la culpa a los demás de nuestro sufrimiento… y luego nos detendremos a observar que sólo son astillas de la Cruz de Cristo. Oraremos pidiendo fuerza para llevarlas y pediremos perdón al comprobar que nos quejábamos injustamente.

A nadie nos gusta llevar la cruz, pero no esperemos llegar a la Resurrección sin haber pasado por la Cruz.

Cada día vivido es un misterio: con sus gozos, sus dolores, sus alegrías, sus tristezas, sus luces, sus sombras… pero en todo ello, Cristo, para que nada de lo pasado resulte estéril.

TODOS QUEREMOS VIVIR EN LA LUZ

Cuando vieron las tinieblas, en el momento central de día, temieron lo peor. Todos buscaban la Luz pero por el camino equivocado.

¿Qué Luz puede producir un moribundo, destrozado, “ante el que los rostros giraban para no verlo, destrozado, sangrando a borbotones…”? La luz, necesariamente, debía de estar en otro sitio y, buscaron, pero sin encontrarla.

Lo mismo nos sucede a los que vivimos en la actualidad. Nuestro mundo necesita la Luz, pero no sabe donde buscarla. Llena todo de rayos láser, de luces de colores, de fluorescencias para anunciar productos sugerentes… y no se dan cuenta de que, aunque hemos inventado la luz artificial, nuestra tierra sigue oscureciéndose, vive en tinieblas, camina en la oscuridad.

Nosotros, al contrario que el centurión, no queremos reconocerlo, no queremos aceptarlo, cerramos los ojos para no ver la realidad y tapamos la boca a los que intentan hablar de Jesús. Cerramos las puertas y ventanas para no ver que camina entre nosotros… y, por si fuera poco, tratamos de cambiar el evangelio para justificar nuestra conducta injustificable.

Pero aquí estamos, celebrando el día de Viernes Santo. Haciendo presente el momento de la Consagración. Jesús ofreciéndose al Padre por nosotros. Es un momento de gracia… un momento ideal para tomar conciencia de nuestras realidades junto a Cristo en la Cruz.

• Jesús ha muerto para que yo viva.

• Para que tengan vida los que le dan la espalda.

• Los que lo aceptan a plazos.

• Los que sacan utilidad de Él.

• Los que lo siguen crucificando.

• Los que, hacen todo lo posible, para desplazarlo.

• Los que lo ignoran.

• Los que lo niegan…

Y es que, como dice S. Pablo: “Si hubiera muerto por los justos, quizá, lo entenderíamos; pero morir por los que le están quitando la vida… eso se nos hace difícil de entender…”

DANDO FRUTO EN ABUNDANCIA

Hoy es un día de Recogimiento ante la Cruz. La Iglesia, siempre unida a su Señor, lo ha entendido muy bien. Ni hoy ni mañana se celebrarán sacramentos. El altar va a estar completamente desnudo salvo en el momento de la comunión. Los celebrantes vestirán de rojo, como signo del color del sacrificio.

Yo os invito a desnudar nuestra alma. Vivid con fuerza el momento de la comunión con los hermanos. Demostrad por fuera y por dentro que queréis morir a todo lo viejo, que tanto os ata, para resucitar con Cristo a la vida en plenitud.

Vivid la liturgia. Uniros a toda la Iglesia en la oración universal en la que se pide por el Papa (en este momento más que nunca), los ministros y los fieles; los catecúmenos, la unidad de los cristianos, los judíos, los gobernantes y los atribulados.

Pensad lo que nos dijo, el mismo Jesús, que: “Cuando el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto”

El Grano ya ha caído en tierra y el fruto se está fraguando, no tardaremos de ver la abundancia de sus bienes.

Porque Dios está siempre más allá de nuestras ideas y nuestras posturas absurdas. Comprenderemos, que Dios no es un problema que tengamos que resolver, sino un misterio que hemos de aceptar. Dios siempre toma la iniciativa, siempre da el primer paso, siempre preside nuestra intimidad.

Cuando, la persona es tocada por el Señor, su respuesta no se hace esperar:

Señor:

Aquí estamos ante una realidad que nos sobrepasa. Ante un misterio duro de asumir.

Aquí estamos anclados ante la duda, el miedo, el fracaso, el tedio, la cobardía, la desesperanza.

Pero nosotros creemos que Tú eres la Luz. Que Tú has venido al mundo a ser luz, a iluminar, a destruir nuestras tinieblas.

Y nosotros te aceptamos como luz de Luz que alumbra nuestro caminar y da claridad a nuestra vida opaca y decadente.

Este año esperaremos el Alba junto a María, la Madre. Con ella, en silencio llegaremos al momento en que despierten nuestros corazones al hombre nuevo que se va fraguando en nuestro interior y tu Luz encenderá nuestros corazones asustados y apagados.

Y nuestra vida se llenará de claridad.

 

3.- PASCUA: EUCARISTÍA Y PLEGARIA

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven señor Jesús!

Con estas palabras sellamos y acogemos el momento clave de la Eucaristía. Es bueno pararnos ante ellas, orarlas, insertarlas en nuestro vivir… Es bueno sellar nuestro compromiso con el Señor.

ANUNCIAMOS TU MUERTE

Realmente, tiene que ser importante, una muerte para ser anunciada. Por eso a nadie interesa anunciar la muerte de Jesús. Cuando Él es cerrado en el sepulcro todos quedan derrumbados, abatidos, llenos de miedo… y lo que menos quieren es que, esa muerte, sea aireada.

Ante esta situación aparecen tres realidades:

• La esperanza, inadvertida, de los que no creen en Él.

• La desesperanza de los que creen, empezando por sus discípulos.

• Y la esperanza, hecha certeza, de la Madre.

Los que no creen, los que le han arrebatado la vida ponen guardias “por si se le ocurre resucitar”, aunque ellos se justifiquen diciendo que quizá, quieran robar su cuerpo sus discípulos.

Los que creen se cierran a “cal y canto” por miedo a las represalias. Ahora que ya ha pasado todo desaparecerán unos días hasta que se calmen los ánimos de los que han dado muerte a Jesús.

María, sólo María sabe que resucitará. Se lo dice su alma y el alma de una madre nunca miente.

Pero de lo que estoy segura es de que, ni los seguidores de Jesús ni sus perseguidores, podían imaginar que la muerte de Jesús se siga anunciando después de, más de dos mil años. ¿A qué es debido?

A que la muerte de Cristo hizo posible que todo lo negativo y doloroso del mundo, por mucho que nos sobrepase, pueda ser transformado en vida.

Que todo cobrase un sentido nuevo,

Que, hasta lo más oscuro fuera taladrado por su Luz.

Por eso, este año, cuando la Piedra del Sepulcro se corra y Jesús despierte glorioso, para no morir más, notaremos como la luz llega a nuestra vida, como se destruyen las oscuridades de nuestro corazón, como se equivocaron los que creyeron haber extinguido su resplandor para siempre…

Saldremos al encuentro de Cristo Vivo, para celebrar su Resurrección inundados de alegría.

En la Vigilia Pascual reconoceremos, su gesto de amor, como el hecho más sublime de la historia.

Y nuestro corazón saltará de gozo, cada vez que repitamos este hecho, en nuestras Eucaristías y con fuerza aclamaremos lo que acabamos de realizar uniéndonos todos para repetir:

Anunciamos tu muerte y proclamamos tu Resurrección

¡Ven Señor Jesús!

PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN

¿Te has dado cuenta? Se puede salir de la noche. Se puede vencer la oscuridad. Se puede encender el horizonte tenebroso del hombre en un inmenso resplandor.

Todo esto se ha cumplido en Jesús. Por eso sale hoy a nuestro encuentro para decirnos: ¡Alegraos!

¡Jesús ha resucitado! El Cristo crucificado ante quien orábamos con aflicción, tiene vida, ha vencido a la muerte, ha dado sentido a la negatividad, ha hecho florecer lo que estaba enterrado. Por eso hoy ya no nos ponemos ante el crucificado, nos ponemos ante el resucitado para pedirle la gracia de alegrarnos con Él.

Hemos ido viendo a lo largo de este camino cuántos rincones de tristeza, de desilusión, de sospecha, de resentimiento... anidan en los hombres de nuestro tiempo. Cuando miramos nuestro entorno vemos gente desencantada que vive porque no tiene otro remedio que vivir. Vemos gente que camina hacia la muerte siendo consciente de ello (drogadictos, alcohólicos...) se han metido, sin saberlo, en un mundo donde es muy difícil salir. Pero también en esos caminos sale al encuentro Jesús resucitado para decirnos a cada ser humano, a cada familia, a cada comunidad, a toda la Iglesia “¡Alegraos!”

Es necesario que abramos bien los oídos para escuchar esa voz. Una voz que viene de Alguien que puede convertir nuestro llanto, en gozo; nuestra tiniebla, en luz; nuestra pena, en alegría; pues os aseguro que no hay nada que tocado por el resucitado, no se transforme en vida y plenitud.

Así, en cada Eucaristía, la gloria del Señor inundará nuestro corazón y sintiendo su fortaleza, nos daremos cuenta de cómo nuestra nada empieza a entrar en contacto con el todo de Dios.

¡VEN SEÑOR JESÚS!

Fueron tres largos días de angustia, miedo y desesperanza. Los discípulos necesitaban a Jesús, pero Él no estaba.

Tampoco se atrevían a decir ¡Ven, Jesús, que te necesitamos! Pues en su mente, corta y estrecha como la nuestra, sólo cabía pensar que los muertos están muertos sin que nadie lo remedie.

Pero “de pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Alegraos!” También hoy sale a nuestro encuentro para decirnos “¡Alegraos!”

Pero la alegría que nace del misterio de la cruz, no nace de lo que me gusta, sino de entregar la vida por los demás. Es la que nos hace entender que el crucificado es el resucitado.

Dejémonos encontrar por Él, dejemos que aparezca en nuestra vida y nos invite, Él mismo, a vivir la alegría de la Resurrección.

Fijémonos en el esquema que nos marca en sus apariciones:

* La persona está aterrada, desanimada, temerosa, pero llega Jesús.

* Le hace caer en la cuenta y le ofrece la alegría.

* Cuando la persona asume esa alegría la manda a comunicarla a los demás.

No vivamos bloqueados. Jesús nos abre a su perdón, para que amemos, para que nos comprometamos, para que vivamos su vida y la llevemos a todos nuestros hermanos.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!