LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 91. en EL secreto de Dios
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.


El comentario del Padre Pavía a este salmo 91 es una página muy especial para la Semana Santa. No sabemos si nuestro colaborador ha calculado el paso de las semanas --ya que nos suele enviar dos o tres comentarios a la vez-- o, por el contrario, es una muy bella casualidad que hable de lo que tratamos en esta Edición Especial. Por ello la lectura del Salmo 91 y el correspondiente comentario son una enorme ayuda para estos días de Semana Santa.


Este salmo es un canto de alabanza hacia el hombre que sabe vivir en el secreto de Dios. Es tal la intimidad que tiene con Yahvé, que aún en las más terribles pruebas tiene la suficiente confianza para decirle: ¡Tú eres mi Roca y mi apoyo! “El que mora en el secreto de Yahvé pasa la noche a la sombra del Señor diciéndole: ¡Mi refugio y mi fortaleza, mi Dios en quien confío!”

Ya desde estos primeros versículos, nuestros ojos se vuelven veloces hacia Jesucristo. Él vivió su secreto en el Padre hasta tal punto que nadie creyó que fuese el Hijo de Dios. Y no sólo eso, sino que lo que los escribas y fariseos llamaban “sus pretensiones”, fueron la causa de su condena a muerte.

En el Señor Jesús , más que en ningún otro ser humano , se cumple la Palabra de Dios cuando nos anuncia que “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahvé mira el corazón”( 1 Sam 16,7). Efectivamente, la mirada de los hombres sobre Jesucristo no fue capaz de ver en Él más que al hijo de un carpintero (Mt 13,55). A partir de entonces, esta mirada se hizo cada vez más necia e insensata hasta que dio lugar al juicio que le llevó a la crucifixión. El Señor Jesús , prisionero de la confusión provocada por tanto juicio inicuo, apoyó su espíritu en Aquel , el Único que le conocía verdaderamente , Aquel cuyos ojos traspasaba las apariencias y alcanzaba su corazón: su Padre.

Recordémosle en el Huerto de los Olivos. En plena noche, cuando sus discípulos Pedro, Santiago y Juan caen vencidos por el sueño, el Señor Jesús, aún adueñándose el temor de todo su ser, saca del tesoro secreto de su corazón la oración más profunda que pueda generar la fe: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42)

Esta oración no es la de un héroe, sino la de alguien que se sabe Hijo de Dios. Por ello y consciente de su cercana y terrible muerte, sabe que su Padre no dejará de ser su Roca de Salvación. En este atar su voluntad a la voluntad de su Padre, vemos el cumplimiento del salmo al proclamar: “Pues él se abraza a mí, yo he de librarle; le exaltaré, pues conoce mi Nombre”.

Abrazarse a Él, atarse a su voluntad, éste fue el gesto y la decisión de Jesús cuando fue llevado al Sanedrín. A la pregunta de los sumos sacerdotes acerca de si era Hijo de Dios, Jesús respondió afirmativamente. Oída su respuesta, “el sumo sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Respondieron ellos diciendo: es reo de muerte” (Mt 26, 65-66)

Volvemos al salmo para escuchar este anuncio: “Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le glorificaré”. Me llamará... y oímos al Señor Jesús pronunciando el Nombre del Padre casi al borde de la desesperación: ¡Padre, por qué me has abandonado! Sobrepuesto de la tentación, volvió a pronunciar su Nombre con la certeza de su salvación; sabía que Él le glorificaría. Confesó como testigo con esta invocación la lealtad y fidelidad del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” En tus manos, en tu fuerza, en Ti, que eres el único que me ha conocido, acompañado y consolado; en Ti, el único que, mirando mi corazón, me has hallado inocente; en Ti, el único en quien mis secretos mesiánicos han encontrado eco; en Ti deposito mi vida y mi esperanza. ¡Tú me levantarás del sepulcro!

Sabemos por el evangelio de San Lucas – (24,1-8) – que, al amanecer del domingo, unas mujeres se dirigieron al sepulcro con perfumes y aromas. Al entrar y hallando el sepulcro vacío, dos ángeles les dijeron: ¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ¡Ha resucitado!

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Eso fue lo que oyeron las mujeres. ¿Cómo iba a permanecer en la muerte alguien que ha puesto toda su confianza en Dios? El Dios que tuvo siempre misericordia de toda la humanidad, incluida Israel, de todos sus pecados e idolatrías, ¿No iba a actuar en el Único que mantuvo su inocencia? Habiendo cumplido el Hijo la voluntad del Padre, voluntad que le llevó hasta la muerte y muerte de cruz, ¿Iría ahora a defraudar la esperanza del que dio la vida con la certeza de recuperarla? ¿Cómo iba a dejarle a merced de la muerte? La esperanza de Vida Eterna de Jesucristo hacía parte de sus secretos con el Padre. Por eso el Padre quiso que las mujeres oyeran: ¡No busquéis entre los muertos al que está vivo! ¡No busquéis entre los derrotados al vencedor! ¡No busquéis entre los condenados por malhechores al que Yo he declarado Santo!

Los apóstoles, testigos de la obra gloriosa del Padre en su Hijo, la anuncian. Lo vemos, por ejemplo, en la siguiente predicación de Pedro: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato...” (Hech 3, 13)